domingo, 2 de junio de 2013

Viaje a Milán: día 1

Lunes, 5 de noviembre de 2012

5:15
Suena el despertador, pero yo, como si nada, y eso que en poco más de tres horas comenzaría un viaje que me llevaría a presenciar en vivo y en directo un partido del Málaga fuera de casa por primera vez desde hace ya por lo menos catorce años, cuando todavía competía en Segunda División B, pero éste no iba a ser un partido cualquiera ni ante un rival cualquiera, sino todo un envite de Champions League frente al histórico Milan. Toda una vida soñando con presenciar un encuentro de este calibre, y la única pena es que mi padre, mi mentor malaguista, no iba a acompañarme físicamente, sino solamente en espíritu, después de habernos dejado apenas unos meses antes.
Antes de continuar con el relato, qué menos que contar cómo se fraguó este viaje. El 28 de agosto, nada más certificar el pase a la fase de grupos de la Champions League tras eliminar en la previa al Panathinaikos, ya rondaba por mi cabeza la idea de ver al Málaga jugar contra alguno de los equipos más importantes de Europa en el estadio rival: Arsenal, Bayern de Munich, Oporto, Milan, Chelsea, Manchester United, etc. Yo tenía dos preferencias muy claras: el Arsenal y, sobre todo, el Milan, ya que por historia, estadio y facilidad para desplazarse era la mejor opción con diferencia. El sorteo tuvo lugar dos días después, y, desde que dio comienzo, no dejaba de suplicar que nos tocara el Milan. Y así fue: nuestros rivales serían el conjunto rossonero, el Zenit de San Petersburgo y el Anderlecht. Ahora lo que faltaba por conocer era la fecha del Milan-Málaga, para lo cual tuve que esperar unas horas más, cuando se publicó el calendario de toda la fase de grupos. El día D sería el martes 6 de noviembre a las 20:45 en San Siro.
Inmediatamente, mi hermana y yo nos pusimos a buscar vuelos para llegar el día anterior y regresar al siguiente, pero nos encontramos con que no había conexiones directas para esas fechas, así que la única posibilidad que nos quedaba era hacer escala en otro aeropuerto. La mejor opción que se nos presentaba era la de hacer una parada intermedia en Barcelona tanto a la ida como a la vuelta, ya que el horario de los vuelos era más o menos razonable (a excepción de uno que saldría a las 6:45) y el precio de los cuatro trayectos (dos con Ryanair y dos con Easyjet) en ese momento rondaba los 120 euros, pero no los compramos con la esperanza de que bajaran un poco con el paso de los días. Mi hermana, al igual que yo, estaba totalmente decidida a ir, aunque un poco temerosa por si casualmente fuese a tener algún examen parcial de la carrera en esas fechas, y mis dos primos, además de la novia del mayor de ellos, también se subieron al carro de primeras. Cada día, y casi a cada hora, me dediqué a comprobar cómo fluctuaban los precios de los vuelos, y resulta que subieron un poquito el fin de semana, así que decidí que me daba a lo sumo tres o cuatro días más de margen para comprarlos.
Total, en esto que llegó el martes 4. Esa mañana estuve hablando con uno de mis tíos, y, en cuanto supo del plan que tenía, no dudó en unirse también a la expedición. Por la tarde, consulté de nuevo el precio de los vuelos, y, a tenor de la evolución que habían seguido, deduje que los de Easyjet (Barcelona-Milán ida y vuelta) no se iban a abaratar, así que me puse al ordenador con mi hermana y los compramos. Al día siguiente le tocó el turno a los de Ryanair (Málaga-Barcelona ida y vuelta), pero la reserva de estos vuelos fue tan rocambolesca que hasta me tuve que desplazar al aeropuerto porque nuestros nombres no se guardaron correctamente. Afortunadamente, pude solucionar este problema en el mostrador de la compañía aérea, por lo que ya entonces pude decir con tranquilidad que en noviembre volvería a Milán. Casualidades de la vida, al día siguiente me levanté con la noticia de que por la tarde iba a tener una entrevista de trabajo para un colegio, y claro, como ya os conté en el correspondiente relato, les pedí que me dejaran hacer este viaje, y por suerte no me pusieron ninguna pega.
Ahora solamente faltaba buscar alojamiento en Milán para la noche del lunes, ya que la del martes no nos compensaba pagarla porque el vuelo del miércoles salía muy temprano. Teníamos dos hoteles de tres estrellas como opciones preferentes, muy cerca de la estación de trenes y a buen precio; finalmente, el lunes 10 nos decantamos por el que más nos convencía a todos e hicimos la reserva. Pasaron las semanas y, apenas unos días antes del viaje, me enteré de que mi tío iba a causar baja porque una de sus hijas tendría que ser operada precisamente el mismo día del partido. Así pues, seríamos mi hermana María, mi primo Alberto, mi primo Nacho, su novia Marta y yo los que emprenderíamos este viaje tan esperado. Y ahora sí, retomamos el relato del viaje.
El despertador sonó varias veces y yo lo apagué en cada una de dichas ocasiones; no es que me quedara dormido, pero es que en la cama se está muy bien, para qué engañarnos. Finalmente me levanté casi a las seis menos veinte, cuando mi madre entró en mi habitación para despertarme y decirme que ya iba siendo hora de ponerse en pie. Ahora, la rutina de cada día: visita al baño, luego a la cocina para descongelar y luego tostar el mollete de todas las mañanas para tomarlo con aceite y el vaso de leche con Nesquik. Mientras desayunaba, puse a calentar el horno para que se hicieran las malagueñas que mi hermana y yo nos prepararíamos a continuación, ella de queso y yo de salchichón, con vistas a almorzar durante el viaje, ya que dicha hora nos pillaría en pleno vuelo y ya sabemos que comer en los aeropuertos no es especialmente barato. Tras ello, regresé a mi habitación para vestirme y terminar de hacer la maleta, porque básicamente lo único que me quedaba por meter era el pijama, las babuchas y la caja de las gafas. Aun así, revisé varias veces que no se me olvidara nada importante, empezando por los billetes de embarque y la reserva del hotel, y terminando por las fotos de mi padre que mi madre había imprimido a gran tamaño, ya sabréis luego para qué. Apenas me costó cerrar la maleta, ya que apenas llevaba ropa, y estaría casi vacía de no ser por la mochila de la cámara de fotos, que en Ryanair no dejan entrar con más de un bulto como equipaje de mano.
Una vez todo listo, y tras la enésima revisión de que no olvidábamos nada de nada, bajamos los tres a la calle a eso de las seis y veinte, hora a la que habíamos quedado con mi tío Nacho para que nos recogiera y nos llevara al aeropuerto. De camino allí, le pregunté a mi tío si mis dos primos estaban nerviosos, ya que para ellos era la primera vez que iban a viajar al extranjero, y la verdad es que ese momento siempre se recuerda. No tardé mucho en comprobarlo, ya que a esas horas no había mucho tráfico, y en pocos minutos llegamos a la zona de bajada de pasajeros, donde nos estaban esperando mis primos Alberto y Nacho, su novia Marta y mi tía Charo. Cogimos el equipaje del maletero y nos dirigimos a la Terminal 3 en busca del control de seguridad, en la que apenas había cola. Tras entregarle a cada uno su hoja de embarque, nos despedimos de mi madre y de mis tíos, quienes nos desearon un buen viaje y, obviamente, que ganara el Málaga. Total, que nos incorporamos a la cola, y yo mientras tanto me fui quitando el cinturón, los zapatos, el reloj y cualquier otra cosa que pudiera provocar que pitara el arco de seguridad cuando pasara por debajo de él, pero a pesar de todo pitó, así que tuve que dar media vuelta e intentarlo de nuevo, pero nada, otra vez el pitidito. Tocaba cacheo en profundidad por parte de uno de los vigilantes para que se cercioraran de que realmente no portaba nada peligroso.
En fin, tras este pequeño paréntesis, tocaba volver a vestirse (estaba descalzo y sin cinturón...). Ya eran las siete y diez de la mañana, y hasta las ocho y media no estaba previsto el despegue del vuelo, pero de todas formas nos dirigimos a la puerta de embarque de nuestro avión, que se anunció por los paneles al poco de llegar nosotros allí. Cogimos sitio en uno de los bancos que había libres y charlamos un poco para echar el rato; por ejemplo, me acuerdo de que yo estuve hablando con Marta acerca de algunos profesores del colegio en el que trabajo, ya que ella estudió allí. También aproveché para sacar la cámara y hacerle una foto a mi primo Alberto presumiendo de colores blanquiazules, aunque él en realidad es más madridista que malaguista, por mucho que diga lo contrario. A los pocos minutos, y casi sin darnos cuenta, varios pasajeros dejaron sus maletas haciendo cola a pesar de que nosotros estábamos allí esperando desde hace un rato, por lo que hicimos lo mismo para que no se colara nadie más.
A las ocho creo recordar, llegaron una azafata y un azafato de Ryanair para comenzar a embarcar. Como siempre, los primeros en pasar fueron los pasajeros con Boarding Priority, y luego el resto. Ya sabemos que esta compañía solamente deja entrar con un bulto al avión, así que intenté ocultar la mochila de la cámara bajo mi chaquetón a ver si colaba, pero no, cuando me pidieron la hoja de embarque me pidieron que la guardara en la maleta, y eso hice; no obstante, duro poco allí, ya que una vez dentro del túnel que conectaba con el avión abrí de nuevo la maleta para sacarla. Ahora el objetivo era conseguir asientos junto a las salidas de emergencia, que son los más amplios y, por consiguiente, los más cómodos, pero nos quedamos con las ganas porque de cada uno de ellos colgaba un cartel que decía que no se podían ocupar. Le pedí al azafato que estaba allí que tanto yo como mis primos somos bastante altos y que no cabemos bien en los demás asientos, pero sirvió de poco el intento, así que nada, me tuve que aguantar y encajonarme en otro sitio; por lo menos el vuelo no iba a ser muy largo, y además me senté junto al pasillo para tener algo más de espacio.

8:30
Con puntualidad inglesa, el avión comenzó a moverse a la hora prevista. Búsqueda de pista, acelerón y despegue hacia Barcelona. Se podría decir que nuestro viaje comenzaba oficialmente en ese preciso instante. Nos sentamos en la parte derecha del avión (mi primo Alberto, mi hermana y yo en una fila, y Nacho y Marta detrás) porque quería ver el amanecer desde las alturas, que claro está no es algo que se haga todos los días. Con suerte, este espectáculo de la naturaleza comenzó cuando ya estábamos volando, pero no pude hacer ninguna foto porque, como he dicho antes, mi asiento era de pasillo, y además me obligaron a guardar la mochila de la cámara en el compartimento superior.
El viaje transcurrió sin problemas. Las azafatas y azafatos de Ryanair comenzaron su rutina de todo vuelo, es decir, ofrecer la revista de la compañía (yo la cogí para echarle un vistazo y leer algo, pero no me atraía ningún artículo) y la carta para el que quisiera pedirse algo para desayunar; ninguno de nosotros lo hizo, más que nada por los prohibitivos precios que tenían. Lo mejor del vuelo fue que, ya no recuerdo cómo, hablando con mi primo Alberto descubrimos que uno de mis alumnos de Ciclos Formativos es amigo suyo, que por cierto pertenece al Frente Bokerón, una de las peñas más importantes del Málaga. Estuvimos hablando un buen rato de este alumno, acerca de qué le conocía y demás.
Total, que con esta animada e inesperada conversación el vuelo se hizo mucho más corto. Lo que tampoco podía faltar era el otro carrusel de productos que ofrecen las azafatas: que si cigarrillos que no echan humo, que si billetes de autobús para ir al centro de Barcelona, que si rasca y gana... Mis primos, que era la primera que volaban con Ryanair, no daban crédito. A todo esto, Barcelona ya se divisaba por las ventanillas del avión. Desde mi sitio conseguí identificar la Sagrada Familia, las Ramblas, Montjuic, el Tibidabo, la Torre Agbar, el Hotel W (el que tiene forma de vela), etc. A las diez de la mañana, quince minutos antes de la hora prevista, el avión aterrizó en el aeropuerto de Barcelona-El Prat, y, cómo no, cuando el avión se detuvo sonó por la megafonía la música corporativa de la compañía con ese ya famoso toque de trompeta que provoca que todo el pasaje aplauda.
Ya había ganas de ponerse de pie, aunque ya digo que el vuelo no se me hizo muy largo. Cogimos las maletas y los chaquetones y bajamos por las escaleras que adosaron al avión; ya en la pista, saqué mi cámara para hacerle una fotos a mis compañeros de viaje, pero nos llamaron la atención y nos dijeron que nos montásemos en los autobuses que estaban allí esperando y que nos trasladarían hasta la Terminal 2 del aeropuerto. En cuanto entramos en ella, llegaron a mi memoria los recuerdos del primer viaje que hice por mi cuenta con amigos, a Barcelona precisamente, y la verdad es que muy pocas cosas habían cambiado. Tan poco que hasta pasé por delante de esas escaleras que tanto yo como mis amigos Jose y Miguel tuvimos que subir corriendo porque pensábamos que nuestro avión ya estaba terminando de embarcar, aunque por suerte fue solamente una falsa alarma, y me acordé de ese momento como si lo estuviera viviendo en ese preciso instante.
Pues nada, ya estábamos en Barcelona, con algo más de tres horas por delante de espera para coger el avión hacia Milán. Lo primero que hizo mi primo Alberto fue encender el móvil y tuitear algo así como "Ya estamos en España. Bueno no, en Barcelona". Ya os digo que él es muy madridista, más que malaguista a pesar de que no lo quiere reconocer; tampoco se olvidó de mencionar a mi alumno de Ciclos Formativos, al que reveló que yo era su primo para su sorpresa, tal y como me dijo al volver al trabajo tras el viaje. Nos hicimos una fotos en la terminal con nuestras bufandas blanquiazules para dejar bien claro qué colores defendíamos, y no éramos los únicos, puesto que en nuestro avión estábamos acompañados por varios seguidores del Málaga, y en el aeropuerto encontramos algunos más. Entre tanto, mi hermana llamó a mi madre para decirle que ya habíamos llegado a Barcelona, y mis primos hicieron lo propio con sus padres.
Nos acercamos a un Caffé di Fiore para que mis compañeros de viaje desayunaran algo, aunque al ver los precios se lo pensaron dos veces. No cabe duda de que comer en un aeropuerto es un timo, así que compraron solamente un par de cosillas y nos sentamos allí a descansar un rato. Tal y como teníamos previsto, aprovechamos el tiempo y buscamos el autobús gratuito que va de la Terminal 2 a la 1 para resolver algunas cuestiones, ya que las dos terminales están separadas por carreteras y, por lo tanto, no se puede ir a pie. Salimos al exterior en busca de la parada del autobús, aunque antes cruzamos a un estanco que había en el aparcamiento para que Marta comprase tabaco. Muchos autobuses había por allí, entre ellos el aerobús que te lleva al centro de Barcelona, pero el que nosotros necesitábamos se cogía a la altura de la Terminal 2A. El conductor esperó unos minutos a que se llenase y emprendió la marcha, bastante más larga de lo que nos imaginábamos, pues, sin exagerar demasiado, tardamos cerca de un cuarto de hora en llegar a la Terminal 1: que si una rotonda, que si otra, que si ahora sale a la autovía, que si se desvía, que si una rampa, que si otra...
Total, que por fin llegamos a la otra punta del aeropuerto, e inmediatamente nos dirigimos a un puesto de información para preguntar un par de cosas: dónde se encontraba la consigna para poder dejar las maletas en el aeropuerto el miércoles cuando volviésemos de Milán y si había algún McDonald's para comer. Los interesados por esta pregunta eran básicamente mis primos, y qué sorpresa para ellos cuando le dijeron que sí, que había uno, pero en esa misma terminal una vez pasado el control de equipaje, así que se iban a tener que buscar la vida de otra forma para almorzar luego. Pues nada, una vez resueltas las dudas, regresamos a la parada en la que nos habíamos bajado para volver a nuestra terminal. Cuando llegó el autobús, el chófer nos dijo que esa parada era solamente de bajada, pero de todas formas nos dejó subir, y menos mal, porque hacía bastante fresquete. El camino de vuelta se nos hizo un poco más corto, y eso que el trayecto era casi idéntico, aunque esta vez nos bajamos en la Terminal 2C, puesto que desde ella saldría nuestro avión a Milán. En esta terminal, al igual que cuando llegamos a Barcelona, nos encontramos a varios aficionados malaguistas, que cada vez iban teniendo más presencia en el aeropuerto.
Ya eran las doce del mediodía y, como no teníamos nada mejor que hacer, nos dirigimos al control de seguridad no sin antes entregar a cada uno su correspondiente hoja de embarque para poder presentarla en dicho control. Llegado el momento de pasar por debajo del arco de seguridad, de nuevo me quité todo aquello que fuera susceptible de provocar que éste pitara, y esta vez sí que me libré del innecesario cacheo, así que sin problemas. De allí pasamos directamente a la zona de embarque, donde había una cafetería en la que cogimos asiento para tomar algo. Mis primos hicieron cola para comprarse una botella de zumo y algo más que no recuerdo, y yo una botella de agua para compartirla con mi hermana, pero el precio era un tanto abusivo, por lo que me acerqué a una máquina expendedora que vi en el otro extremo de la sala para ver si me compensaba ir hasta allí, y tanto, porque, aunque también estaba cara, costaba cerca de medio euro menos que en la citada cafetería.
Luego fuimos a sentarnos cerca de la puerta de embarque que deducíamos sería la de nuestro vuelo para que, en cuanto se anunciase en los paneles, nos pusiéramos de los primeros en la cola. Estando allí sentados esperando, se nos acercó una mujer con acento argentino de una agencia de viajes para ofrecernos un viaje a Turquía para dos personas con unas condiciones la verdad que muy interesantes (elección de cualquier fecha en un período de dos años, un guía español durante todo el viaje, ocho días de alojamiento gratuito, traslados incluidos...) con solamente facilitar el número de teléfono y un par de datos más para entrar en el sorteo. Yo me ofrecí a darle mi número, aunque en realidad no es que estuviera muy confiado; en cualquier caso, a la semana siguiente, ya de vuelta en Málaga, me llamaron para informarme de que había sido agraciado, pero rechacé el regalo (les metí una trola) porque no las tenía todas conmigo.
Al cabo de un rato, los paneles informaron de cuál era la puerta de embarque del vuelo Easyjet a Milán Malpensa, pero los demás fueron más raudos que nosotros, que nos tuvimos que conformar con situarnos más o menos en la mitad de la cola. Estando allí de pie a la espera de que llegasen las azafatas, mi primo Alberto se dedicó a escuchar cómo hablaban en italiano los pasajeros que teníamos a nuestro alrededor. Estaba alucinado con el característico acento de este idioma y no tardó en preguntarnos a mí y a mi hermana cómo se decían algunas palabras para imitarles, y no lo hizo del todo mal para ser el primer intento. En esto, por la puerta de embarque comenzaron a salir los pasajeros del avión en el que nos montaríamos nosotros y que precisamente procedían de Milán, por lo que en cuanto salió el último comenzó a avanzar la cola. Para ahorrarme el que me llamaran la atención por llevar dos bultos, guardé la cámara en la maleta, aunque una vez superado el trámite de comprobar la identificación por parte de la azafata la saqué de nuevo para poder hacer fotos durante el vuelo.

13:30
Accedimos al avión caminando por la pista y, tal y como me esperaba, los asientos junto a las salidas de emergencia ya estaban ocupados; al menos, me pude sentar en el lado izquierdo como pretendía, puesto que desde ese lado las vistas serían mejores como luego comprobaréis. Yo me senté junto a la ventana con Alberto, mientras que en la fila de delante iban mi hermana, Nacho y Marta. Oculté la mochila de la cámara bajo mi asiento para que las azafatas no pudieran verlo durante la comprobación que llevan a cabo minutos antes de que el avión se ponga en marcha, y por suerte logré mi objetivo. Pues lo dicho, el avión se puso a buscar pista justamente a la hora prevista, a las 13:50, para despegar rumbo al aeropuerto de Milán Malpensa.
A los pocos minutos de comenzar el vuelo, cogí el bocadillo que me había preparado por la mañana en mi casa y que saqué previamente en la cola de embarque para almorzar, que ya tenía algo de hambre. Le ofrecí un poco a mi primo Alberto, pero se negó; sin embargo, poco después el pasajero que iba a su derecha se pidió un menú, bastante caro por cierto, consistente en un bocadillo de jamón y queso y una pequeña bolsa de patatas fritas, así que terminó cayendo en la tentación y, a poco de llegar a Milán, no tuvo más remedio que imitar a su acompañante, que por cierto también era del Málaga, como demostraban su bufanda, su camiseta y su entrada para el partido.
Entre tanto, el vuelo discurrió sin problemas, con unas geniales vistas a través de mi ventanilla con todo el mar bajo mis pies. Poco a poco, nos fuimos acercando a las costas de Francia, y a eso de las tres menos diez ya se empezaba a distinguir núcleos de población, carreteras, playas, etc. En primer lugar, pasamos por encima del puerto de Tolón, y unos minutos después por los aeropuertos de Cannes y Niza, este último por cierto justo en la orilla del mar, tal y como recordaba de cuando fui a Milán para visitar a mi amiga Leti unos años antes. Lo siguiente que logré avistar, aunque con algo más de dificultad debido a la inclinación que tenía el avión en ese momento, fue el Principado de Mónaco, concretamente su puerto y su estadio de fútbol. El resto del viaje pudimos disfrutar de otro gran lujo de este vuelo, que no es otro que observar las montañas nevadas de los Alpes; siendo noviembre no había mucha nieve, pero aún así pude hacer unas cuantas fotos medianamente decentes. Al poco tiempo, por las ventanillas del lado derecho del avión se lograba divisar una gran ciudad, que debía ser Milán, ya que más o menos a esa altura comenzamos a descender para aterrizar sobre las tres y veinte en el aeropuerto de Malpensa, diez minutos antes de lo previsto.
Cogimos las maletas y bajamos por la escalera que conectaron al avión para llegar a la Terminal 2 a pie por la pista. Ya en la terminal, nuestro objetivo ahora era salir al exterior y buscar el autobús que nos trasladaría hasta la Stazione Centrale de Milán, y no pudimos tener más suerte porque fue salir y literalmente encontrarnos enfrente un bus de la empresa Malpensa Shuttle con el chófer vendiendo los billetes, así que metimos todo nuestro equipaje en el maletero y pagamos 16 euros cada uno por nuestro billete de ida y vuelta. Cogimos asiento al fondo del autobús, casi donde únicamente había hueco para estar los cinco juntos, y, tal y como me esperaba, no había mucho espacio entre cada fila para estar cómodamente sentado. A eso de las cuatro menos cuarto, nos pusimos en marcha y salimos en dirección a Milán en un trayecto que duraría unos cuarenta y cinco minutos. El camino me sonaba bastante de cuando vine a visitar a mi amiga Leti, sobre todo el principio del camino por la autovía con arboledas a ambos lados de la carretera.
El viaje se nos hizo un poco pesado porque ya llevábamos encima dos vuelos, además de que nos habíamos levantado bastante temprano, pero cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos entrando en la ciudad. La verdad es que los barrios periféricos de Milán, muy dejados, no tienen nada que ver con la zona céntrica, mucho más cuidada, lo cual al principio supuso una pequeña decepción para mis primos, que, siendo la primera vez que iban al extranjero y a una gran urbe, seguramente se esperaban otra cosa, aunque conforme nos íbamos adentrando más y más comenzaron a surgir algunos rascacielos y edificios más modernos. De repente, me di cuenta de que estábamos en la Via Tonale, la calle perpendicular a la de nuestro hotel y en la que se encuentra el Hotel Demò, la otra opción que habíamos contemplado para alojarnos en Milán. Al mismo tiempo, eso significaba que estábamos a escasos metros de la Stazione Centrale; en efecto, el autobús atravesó la estación por el túnel subterráneo y luego giró a la Piazza Luigi di Savoia, uno de los laterales de la estación, donde por fin terminó el trayecto sobre las cuatro y media de la tarde.
Nos bajamos del autobús para recoger nuestras maletas y salir en busca del hotel, que desde donde nos encontrábamos no tenía pérdida alguna. Nos dirigimos en primer lugar a la Piazza Duca D'Aosta, la cual tuvimos que bordear por completo al estar vallada, ya que estaba de obras; en cualquier caso, nos permitía contemplar la imponente fachada de la Stazione Centrale, que nunca dejará de impresionarme. A continuación, giramos a la derecha por la Via G. B. Sammartini, luego a la izquierda por la Via Tonale y por último de nuevo a la derecha por la Via Niccolò Copernico, donde por fin nos topamos con el Club Hotel. Subimos los escalones que había a la entrada y a mano izquierda encontramos la recepción, donde nos atendió un hombre de unos cuarenta años. Como mi hermana es la que mejor habla italiano de nosotros, fue ella la que se encargó de hacer las gestiones con él, pero la gracia estuvo en que, al poco de intercambiar unas palabras, el recepcionista comenzó a responder en español, y sin embargo mi hermana pareció no darse cuenta y continuó hablando en italiano hasta que le advertí que no era necesario. Informamos de que finalmente seríamos cinco huéspedes en vez de los seis que se indicaron en la reserva, pero esto no supuso ningún problema y nos mantuvieron las dos habitaciones triples que habíamos solicitado.
Una vez entregadas las llaves de ambas habitaciones, cogimos el ascensor para subir a la primera planta en dos turnos, ya que no cabíamos los cinco a la vez. Pues nada, mi hermana y yo nos fuimos a una habitación, y mis primos y Marta a la otra, aunque luego Alberto se mudaría finalmente a mi habitación. Estaban bastante bien: muy limpias, suelo de moqueta, unas camas muy cómodas, un baño completo... No se le podía pedir mucho más a un hotel de tres estrellas situado a escasos metros de la estación, y encima por el precio que nos saldría a cada uno, a 30 euros la noche. El resto del día lo íbamos a aprovechar para pasear un poco por Milán, pero, después de dos viajes en avión y uno en autobús, lo que más nos apetecía en ese momento era descansar y vaguear un rato en el hotel. Encendimos la tele a ver qué estaban echando y resulta que se podían ver varios canales españoles: TVE1, Antena 3, Tele5, etc. Mi primo Nacho en su habitación llegó a sintonizar un canal italiano en el que estaban poniendo Los Simpson, lo cual me chocó un poco porque el doblaje en este idioma no estaba muy conseguido, al menos bajo mi punto de vista.
Mientras descansábamos, mi hermana y yo nos pusimos a pensar qué hacer en lo que quedaba de día. Ella optaba por ir a Navigli porque cuando ella visitó Milán estando de Erasmus en Bolonia no llegó a ver esa zona, mientras que yo optaba por quedarnos solamente en el centro. Finalmente ganó ella, aunque después se arrepentiría de su decisión. Poco antes de las seis, más o menos una hora después de haber llegado al hotel, nos pusimos de nuevo en marcha, bien abrigados porque por la noche haría frío y con nuestras cámaras, la mía y la de Marta, dispuestos a hacer muchas fotos. Pues nada, dejamos las llaves de las habitaciones en la recepción y salimos a la calle en dirección a la Stazione Centrale para coger el metro. Si antes nos sorprendió la magnitud de la estación, más todavía ahora cuando accedimos al vestíbulo, de mármol blanco, con un techo altísimo y con grandes figuras ornamentales. Bajamos por las escaleras mecánicas en busca de las máquinas para comprarnos cada uno un billete de 24 horas por 4'50 euros, puesto que nos compensaba más que comprar billetes sueltos por las veces que íbamos a utilizar el metro, el autobús y el tranvía.
Para ir a Navigli nos montamos en la línea 2, la verde; en total, ocho paradas hasta bajarnos en la de Porta Genova F. S. sobre las seis y veinte de la tarde, aunque en realidad ya era casi noche cerrada. Lo difícil ahora era orientarse, pero me puse a recordar la vez que estuve por esta zona cuando vine a Milán hace unos años y en seguida me situé. Tiramos por la Via Vigevano para luego girar a la derecha por la Via Corsico y terminar en la Via Alzaia Naviglio Grande. Tal y como comenté anteriormente, mi hermana se llevó una gran decepción, puesto que el canal estaba prácticamente seco y además la iluminación era muy pobre, por lo que apenas les hice unas fotos a ellos para atestiguar que estuvimos allí y poco más. Deshicimos el camino por las mismas calles para volver a la estación de Porta Genova F. S., donde cogimos de nuevo la línea verde, pero esta vez nos bajamos en la parada de Cadorna para hacer transbordo con la línea 1, la roja, y bajarnos en la parada del Duomo justamente a las siete de la tarde.
Nunca me olvidaré de ese momento en el que subía por la boca de metro para salir al exterior y encontrarme de buenas a primeras a mi derecha el imponente Duomo de Milán. Ese instante, ese reencuentro con la catedral que me enamoró unos años atrás fue simple y llanamente asombroso. Su altura, su color, su iluminación, sus infinitos detalles, su majestuosidad, su simetría, su elegancia... Su todo. Nos dirigimos a la Piazza del Duomo para situarnos frente a la fachada principal de la catedral y no exagero cuando digo que me pasé tres o cuatro minutos mirándola cautivado antes de sacar mi cámara y hacerle fotos tanto al Duomo como a mi hermana, a Marta y a mis primos con éste de fondo; obviamente, después ellos me inmortalizaron con la catedral, como no podía ser menos.
Aprovechamos que estábamos allí en la plaza para hacernos también unas cuantas fotos bajo el arco de entrada de la Galleria Vittorio Emanuele II, que al igual que el Duomo también destaca por su tamaño y grandiosidad. Primero se las hice a mis compañeros de viaje, y luego fue mi primo Nacho el que cogió mi cámara para hacerme unas fotos con mi hermana, Alberto y Marta. Entramos en la Galleria y tanto mis primos como Marta alucinaron con lo que estaban viendo: gente muy bien vestida, tiendas de ropa y joyerías poco accesibles a los mortales, cafeterías en estas mismas tiendas, etc. Y qué decir de la bóveda acristalada, que le da todavía más caché y elegancia a esa particular vía milanesa. Cuando llegamos al crucero donde se encuentra la cúpula, fuimos en busca de uno de los elementos más peculiares de la galería: el toro que supuestamente da suerte si le pisas sus partes nobles con el talón del zapato, cosa que hicieron Marta y mi hermana. En esto, me llamó mi madre al móvil para preguntarnos dónde estábamos y qué íbamos a hacer.
Ya eran casi las siete y media, así que iba siendo hora de buscar un sitio para cenar, en primer lugar porque teníamos hambre, y segundo porque en Italia se cena más temprano que en España y nos teníamos que adaptar al horario sí o sí. Nos paseamos por la Piazza della Scala, con su famoso teatro; la via Santa Radegonda, donde localizamos un sitio llamado Luini que ya conocía mi hermana y donde almorzaríamos al día siguiente; el Corso Vittorio Emanuele II, que estaba adornado con banderolas de todos los países del mundo; etc. Todos los restaurantes que veíamos nos parecían un tanto caros, así que después de varios minutos de tanteo decidimos preguntar a un viandante para pedirle consejo acerca de algún donde poder cenar una pizza o un plato de pasta a un precio asequible, y nos dijo de un restaurante situado en una de las bocacalles de esa vía, pero no nos convenció del todo esa opción. Nos hallábamos ahora en Corso Europa sin saber todavía qué hacer, por lo que preguntamos a otra persona, esta vez a un hombre de unos cincuenta años, que no solamente nos dio una recomendación, sino que hasta nos llevó al sitio en cuestión, a apenas un minuto andando de donde nos encontrábamos. El restaurante se llamaba Brek y era una especie de buffet de pasta, pizza y ensalada principalmente, pero al entrar nos dimos cuenta de que el buffet no tenía un precio fijo por el que uno podía comer todo lo que quisiera, sino que ibas pagando en función de lo que ibas cogiendo, así que no salía tan rentable como inicialmente pensábamos.
Total, que llevábamos ya media hora dando vueltas sin un rumbo fijo y, lo peor de todo, sin saber dónde cenar. Yendo por el Corso Vittorio Emanuele II, a la altura de la Basilica di San Carlo al Corso, se nos ocurrió preguntar a un carabiniero, muy arreglado y elegante como buen italiano, por un restaurante que fuese barato, unos 8 o 10 euros por cabeza, y nos dijo que esta zona no era la más adecuada porque en pleno centro los precios están disparados, así que nos recomendó ir a Navigli, precisamente donde habíamos estado al comienzo de la tarde; en concreto, nos dijo que cogiéramos el tranvía 3 en la Via Torino esquina con la Piazza del Duomo y bajarnos en la parada Ticinese/24 Maggio. Pues nada, nos dirigimos a la Via Torino y nos pusimos en la cola a la espera de que llegara el tranvía, que por cierto nunca me había subido a ninguno. Es bien sabido que en Italia casi nadie paga su billete cuando coge el tranvía o el autobús, pero, como nosotros ya teníamos nuestro abono diario, validamos el billete en las máquinas correspondientes. Tal y como nos había indicado el policía, teníamos que contar cinco paradas para bajarnos donde él nos dijo, justo enfrente de la Porta Ticinese.
Ya eran más de las ocho y nos teníamos que decidir ya por un sitio u otro. Echamos un pequeño vistazo por el Viale Gabriele D'Annunzio y teníamos básicamente dos opciones: un restaurante de pasta y pizza o uno de paninis. Al final, nos decantamos por el primero, Pizzeria Caffè Viarenna, así que entramos y pedimos una mesa para cinco personas. Nos recibió el dueño del restaurante, un tipo ya mayor muy bonachón que nos atendió como nos conociera de toda la vida, e incluso chapurreó algo de español cuando le dijimos que veníamos de Málaga, aunque él conocía más Marbella. A la espera de que nos trajeran la carta, pedimos las bebidas: agua para mi hermana y para mí, y refrescos para mis primos y Marta creo recordar. Tras ejercer de traductores de italiano/español a mis primos y Marta, decidimos lo que íbamos a cenar. Cada uno se pidió un plato en concreto: macarrones carbonara en mi caso y otras pastas y pizzas los demás, aunque Nacho y Marta además se pidieron otro plato para compartir. La cantidad de pasta que traía cada plato, así como el tamaño de las pizzas, era más o menos lo que nos esperábamos, ni mucho ni poco, pero la verdad es que todo estaba bastante bueno. Parecía que después de tantas y tantas vueltas que habíamos dado para buscar un sitio para cenar habían merecido la pena, pero la sorpresa llegó cuando nos trajeron la cuenta: cada plato salía por 8-9 euros, pero las bebidas costaban 4 euros cada una y aparte 2 euros más por el cubierto. En resumen, un timo, puesto que casi había que pagar más por lo que no era comida que por lo que comimos. Lo más gracioso de todo es que cuando íbamos a salir del restaurante nos preguntaron qué nos había parecido y les soltamos una sonrisa diciendo que todo muy bien...

21:30
Para volver al centro teníamos dos opciones: tranvía o metro. Nos decantamos por la primera opción, ya que la misma línea que cogimos antes pasaba por enfrente del restaurante, mientras que la estación de metro más próxima se encontraba a unos diez minutos andando. El tranvía se hizo de rogar mientras nosotros soportábamos el frío como buenamente podíamos, pero finalmente llegó y nos dejó a la entrada de la Piazza del Duomo, en la que ya no había tanta gente como por la tarde. Antes no nos detuvimos mucho a observarla, así que aprovechamos ahora para contemplar con todo detalle la catedral de Milán, empezando por la Madonnina, la estatua de cobre dorado que representa a la Virgen María y que se erige en lo más alto del templo; no me había dado cuenta antes, pero resulta que la torre en la que se encuentra estaba totalmente rodeada por andamios, supongo que porque la estarían restaurando. Como dije anteriormente, si por algo destaca el Duomo es por los infinitos detalles que contiene, principalmente las pequeñas esculturas, todas diferentes por cierto, que rematan todos y cada uno de sus chapiteles, así como el bosque de pináculos que realza y estiliza el perfil gótico de la catedral.
Mientras la íbamos rodeando por completo, nos fijamos también en las gárgolas y las estatuas que adornan la fachada, pero si algo hay que destacar en ésta son sus enormes vidrieras, que a esa hora de la noche se nos mostraban iluminadas creando de esta forma auténticos mosaicos de colores. Mi intención ahora era seguir callejeando un poco más, pero mis compañeros de viaje estaban deseando volver ya al hotel, por lo que dimos por terminado el día en lo que a turismo se refería, no sin antes hacerles unas fotos más tanto con la catedral como con la Galleria Vittorio Emanuele II de fondo. Bajamos por una de las bocas de metro de la plaza para coger la línea 3, la amarilla, que tras cuatro paradas nos acabaría dejando poco antes de las once menos diez en la de la Stazione Centrale, cuyo vestíbulo nos volvió a impresionar ahora si cabe más que antes completamente iluminado, lo que generaba una sensación de mayor tamaño incluso.
Sobre las once ya estábamos en la recepción del hotel para pedir las llaves de nuestras habitaciones y preguntar por el horario del desayuno, que era de siete a diez de la mañana, así que acordamos bajar a partir de las nueve para descansar lo máximo posible y tener tiempo suficiente para desayunar en condiciones. Ya en mi habitación, ahora me tenía que poner de acuerdo con mi hermana y mi primo Alberto acerca del orden en el que nos ducharíamos por la mañana. A mí no me importaba ser el más tempranero en levantarse, por lo que me ofrecí para ducharme a las ocho para estar listo con tiempo como a mí me gusta. Ya con el pijama puesto, me lavé los dientes y programé unas cuantas alarmas en mi móvil, al igual que hicieron mis compañeros de habitación con los suyos. Y nada, a la cama, que por cierto era muy cómoda, tanto que no eché en falta la de mi casa, que ya es mucho decir.

Nota: si os habéis fijado, esta entrada se corresponde con el primer día de un viaje que tuvo lugar hace ya casi siete meses. La verdad es que a estas alturas ya debería haber publicado los posts correspondientes a los tres días que duró este viaje, pero sinceramente no he dispuesto de tiempo para sentarme y escribir con cierta continuidad. La excusa es de sobra conocida, que tengo trabajo y que trabajo mucho, así que mis disculpas por tanta tardanza espero que estén lo suficientemente justificadas. Bien podría haber escrito un relato mucho más corto y conciso, pero en ocasiones anteriores ya he recalcado que mis viajes los quiero recordar con todo lujo de detalles, todos aquellos que mi memoria y mis fotos me permiten. En cualquier caso, ya os digo que, salvo sorpresa y causas de fuerza mayor, las otras dos entradas serán publicadas antes del próximo 13 de julio, ya que ese día me voy de viaje con dos amigos a Glasgow y Edimburgo, y la lógica me dicta que no se debe empezar uno sin antes haber terminado el anterior. Lo dicho, perdón por tardar tanto, pero más vale tarde que nunca.