sábado, 29 de junio de 2013

Viaje a Milán: día 2

Martes, 6 de noviembre de 2012

8:00
Antes de que sonara la primera alarma de mi móvil ya estaba despierto, pero no me levanté hasta que dieron las ocho en punto, y es que en la cama se estaba muy a gusto. Al contrario de lo que me imaginaba por la ciudad en la que nos encontrábamos, no pasé nada de frío en toda la noche; es más, me tapé solamente con la sábana dejando la colcha a los pies. Sin hacer mucho ruido para no despertar aún a mi hermana y a mi primo, me puse en pie, cogí una muda y me dirigí al cuarto de baño para ducharme. El agua salió caliente casi de inmediato, y, si a gusto estaba en la cama, no menos lo estaba en la ducha, que me sentó de maravilla y que me despertó del todo. Me vestí de calle directamente para de esta forma poder hacer la maleta y dejarla prácticamente lista a falta de pequeños detalles. Mi primo Alberto fue el siguiente en ducharse, seguido de mi hermana; como ella iba a tardar más, él y yo salimos a eso de las nueve en busca de Nacho y Marta para bajar al comedor a desayunar.
Las mesas eran para dos personas, así que juntamos un par de ellas y cogimos una silla más para los cinco. La variedad del desayuno era la justa: minipanecillos, bollería, embutidos, huevos y poco más para comer, mientras que para beber había una máquina de café y cacao, así como jarras de leche, zumo y agua, que yo recuerde. En mi caso, cogí un par de panecillos para untarlos con mantequilla, un croissant para hacer lo propio con sucedáneo de Nutella, una napolitana rellena de chocolate y un vaso de leche con cacao de la máquina. La calidad no es que fuera gran cosa, pero para salir del paso no estaba mal. Entre tanto, llegó mi hermana, y yo, que quería desayunar contundentemente para no tener mucha hambre luego, cogí otro panecillo y otra napolitana. Cuando ya casi estábamos terminando de desayunar, llegó una nueva bandeja de bollería bien calentita, así que aproveché y me acerqué por un par de croissants que obviamente no dudé en untar con crema de cacao para mi disfrute. Estaba bastante lleno ya, así que me serví un par de vasos de agua para digerir mejor el desayuno y seguidamente subí a la habitación con mis compañeros de viaje.
Ya en ella, mi hermana recibió la llamada de su amigo Jaime, quien acababa de llegar a la Stazione Centrale, por lo que ella le dijo que se quedase allí que se iba a acercar a recogerle y así no perderse a la hora de encontrar el hotel. Mientras mi hermana fue en busca de su amigo, mi primo y yo nos quedamos en nuestra habitación terminando de hacer las maletas; en mi caso, también aproveché para limpiar los objetivos de mi cámara, así como para ponerme la camiseta del Málaga con los nombres de los socios, mientras que mi primo estuvo yendo y viniendo de la habitación de su hermano para traer ropa, guardarla, volver a cambiarse, etc. Casi a las diez y media, llegaron mi hermana y Jaime, a quien no nos tuvimos que presentar porque ya nos conocíamos de antes. Él estaba pasando un año de Erasmus en Polonia y nos contó un poco su experiencia allí: que si todo es bastante barato, que si tienen un bar al que siempre van a ver los partidos del Málaga, etc.
Pues nada, María terminó de finiquitar su maleta y, tras comprobar que no nos dejábamos nada importante, como por ejemplo las entradas del partido o los billetes de avión, bajamos a la recepción para pagar las dos habitaciones. El recepcionista que nos atendió no era el mismo que el del día anterior, era un poco más seco y parco en palabras, y qué sorpresa nos llevamos cuando nos dijo que teníamos que abonar tres euros más por cabeza. No sabíamos cuál era el motivo, así que le preguntamos, a lo que nos respondió que era el 'contributo di soggiorno'; en resumen, una tasa que por lo visto te incluyen sin previo aviso en los hoteles italianos, así que nada, a sacar la cartera. Antes de despedirnos, le preguntamos si era posible dejar nuestro equipaje en el hotel todo el día con la excusa del partido de fútbol, para lo cual no hubo ningún impedimento, aunque lo que nos extrañó un poco fue que las maletas había que dejarlas en un recoveco junto a las escaleras que suben a las habitaciones, por lo que cualquiera podría cogerlas como suyas sin que nadie lo viera, pero no nos quedaba otra que fiarnos, como así hicimos.

11:00
Salimos a la calle y giramos a la izquierda por Via Tonale y luego a la derecha por Via G. B. Sammartini hasta llegar a la Piazza Duca D'Aosta, desde donde pudimos contemplar la imponente fachada de la Stazione Centrale, de más de 200 metros de ancho; justo enfrente teníamos también el rascacielos más famoso de Milán, la Torre Pirelli, o Pirellone, como comúnmente lo conocen los milaneses, con sus 127 metros de altura, que tampoco están nada mal. Luego de hacer algunas fotos a ambas construcciones, entramos en la estación y bajamos para coger el metro, concretamente la línea amarilla, puesto que nos llevaría sin necesidad de hacer ningún trasbordo hasta nuestro próximo destino: la Piazza del Duomo.
De nuevo frente a ella, la catedral de Milán, ésa que nunca te cansas de admirar, el día anterior de noche y ahora de día. Saqué la cámara y, tras probar varias combinaciones para ver con cuál de ellas salían mejor los colores, hice unas cuantas fotos: a María con Jaime, a mis dos primos, a mi hermana con una foto de mi padre... Luego fui yo el fotografiado, tanto solo como con la foto de mi padre, que también viajaba con nosotros. En la plaza ya había bastantes grupos de malaguistas ataviados con sus camisetas y cantando y animando con sus bufandas y banderas, y entre todos ellos vimos también a corresponsales de TVE1 Andalucía grabando algunas imágenes, así como un fotógrafo del diario SUR que se nos acercó para preguntarnos si nos podía hacer algunas fotos, y obviamente le dijimos que sí. De quienes sí nos tuvimos que deshacer fue de varios jóvenes de origen africano que se te acercaban para ponerte una pulsera o para ofrecerte maíz para las palomas que invadían la Piazza del Duomo con la excusa de que era gratis, pero realmente después siempre te acosan para que les des algo. Yo ya estaba precavido y había escuchado que si les decías "¡Via, via!" te dejaban tranquilo, y más si lo hacías con gesto serio, y parece que surtió efecto.
Tras hacer unas cuantas fotos al arco de entrada de la Galleria, a la estatua ecuestre de Vittorio Emanuele II que está en la plaza y a algunas de las esculturas de la fachada de la catedral, entramos en ella, no sin antes pararme a admirar la puerta principal, con escenas de las vidas de Jesús y María. El interior del Duomo estaba tal cual yo lo recordaba, con sus altísimas columnas, sus cinco naves, los cuadros y pinturas que cuelgan entre la central y las laterales, sus enormes y coloridas vidrieras y rosetones, etc. Visitamos las diferentes capillas de la nave lateral izquierda hasta llegar a la altura del altar mayor, encima del cual cuelga un crucificado del techo. Cruzamos a la nave lateral derecha, justamente donde se encuentran varios altares y tumbas de algunos obispos de Milán; desde allí también podíamos contemplar los dos enormes órganos del Duomo, así como la estatua de San Bartolomé de Marco da Agrate, la obra de arte más importante de la catedral y que llama bastante la atención de los visitantes porque representa al santo sin su piel. Poco más podíamos hacer allí que bajar a ver el Tesoro del Duomo, pero lo descartamos porque recordaba que no era gran cosa, así que aprovechamos que a pocos metros teníamos una de las puertas de la catedral para salir del nuevo a la calle.
Nuestro siguiente destino era el Castello Sforzesco, para lo cual cruzamos toda la Piazza del Duomo y seguimos por la Via dei Mercanti, una calle peatonal y comercial donde destaca principalmente el Palazzo della Ragione. Luego llegamos a la Piazza Cordusio, una plaza enmarañada de carriles tanto para automóviles como para tranvías y en cuyo centro se erige un monumento a Giuseppe Parini, un poeta italiano del siglo XVIII. Paseando por allí, nos paramos frente a un hombre que estaba sentado apoyado en una marquesina haciendo figuras muy curradas a partir de frutas y hortalizas con la única ayuda de un cuchillo. En esto, se nos acercó un italiano de unos sesenta años que, supongo que al vernos con las camisetas del Málaga, nos preguntó si éramos malagueños. Cuando le dijimos que sí, nos contó medio en español medio en italiano que él ha vivido allí bastante tiempo por cuestiones de trabajo y que le encanta Málaga y toda la Costa del Sol, sobre todo la costa oeste, que es la que más conoce. La verdad es que el hombre estuvo muy simpático con nosotros, y de hecho estuvimos como cinco o seis minutos charlando con él.
Nos despedimos de él y continuamos nuestro camino por otra importante calle peatonal de Milán, la Via Dante, desde la cual ya se atisbaba al fondo el Castello, pero por desgracia la torre principal, la Torre del Filarete, estaba siendo restaurada, por lo que para ocultar los andamios y disimular un poco estaba recubierta por una lona con una imagen de la misma. Al final de la calle, cruzamos por Largo Benedetto Cairoli, una gran rotonda en la que se encuentra un monumento ecuestre dedicado a Giuseppe Garibaldi, el principal artífice de la unificación de Italia en el siglo XIX. Avanzamos por la Via Luca Beltrami para finalmente llegar a la Piazza Castello, donde le hice una foto a mis acompañantes junto a la fuente que hay en ella. A continuación, entramos en el Castello Sforzesco, llamado así porque fue construido bajo el gobierno de Francesco Sforza, que precisamente fue duque de Milán. Actualmente, el castillo se utiliza principalmente para albergar una pinacoteca y varios museos (el de Arte Antiguo, el Arqueológico, el de la Prehistoria, el de los Instrumentos Musicales, etc.), pero nosotros no íbamos a entrar en ellos, sino que simplemente paseamos un rato por allí viendo algunas partes de la construcción, como la Torre de Bona di Savoia, así como los restos antiguos y esculturas que se exponían en el patio principal.
En apenas cinco minutos cruzamos todo el castillo, llegando de esta forma al Parco Sempione, un enorme parque repleto de frondosos árboles y que cuenta en su parte central con un lago. Lo ideal hubiera sido pasear un buen rato por allí para relajarnos, disfrutar de la flora y la fauna del lugar, y acercarnos hasta el Arco della Pace, que está al final del parque, pero ya se acercaba la hora de comer, por lo que nos conformamos con asomarnos al pequeño mirador que hay al comienzo de éste y hacernos algunas fotos. Justo cuando nos íbamos, nos paró una pareja de españoles que me pidió que les hiciera una foto con una panorámica del Parco Sempione; tras ello, cuando ya pasaban unos minutos de la una, dimos media vuelta para salir del castillo y deshacer el camino que habíamos tomado para llegar hasta allí. En la Via Luca Beltrami, nos paramos un momento porque mis primos se encontraron con unos amigos que, al igual que nosotros, también habían venido a Milán a ver al Málaga. Más adelante, en la Piazza Cordusio, iba yo liderando al grupo con la idea de continuar por una calle que desembocaba en una de las entradas laterales de la Galleria Vittorio Emanuele II y de repente me di cuenta de que había perdido de vista a Nacho y Marta, por lo que cogí el móvil para llamarles, pero no contestaban. Por suerte, les encontramos un par de minutos después en la Via dei Mercanti, así que continuamos por dicha calle hasta regresar a la Piazza del Duomo.

13:30
Una vez allí, y tras hacerle un par de fotos a Jaime en la entrada principal de la Galleria, nos adentramos en ella para enseñársela, y luego nos desviamos a la derecha para llegar a la Via Santa Radegonda, donde se encuentra Luini, una especie de panadería y pastelería que mi hermana ya conocía y que sería el sitio donde almorzaríamos. Tal y como nos esperábamos, había una cola inmensa controlada en la puerta por un enorme joven de raza negra totalmente enchaquetado que no te dejaba pasar ni para mirar, así que lo primero que hicimos fue coger sitio y esperar. Cuando ya conseguimos entrar, echamos un vistazo rápido para ver lo que había, básicamente panzerotti, una especie de bocadillo cerrado y relleno de varios ingredientes que se puede pedir frito o al horno. Como no había mucho tiempo para decidirse, no me compliqué la vida y me pedí un panzerotti frito de jamón y queso y un botellín de agua por 3'50 euros, mientras que los demás pidieron una combinación muy parecida a la mía.
Desde que llegamos al sitio en cuestión hasta que le dimos el primer bocado al panzerotti que por cierto estaba bastante bueno, pasaron más de veinte minutos, así que fijáos la cola que había. A pesar de no ser excesivamente grande, yo solamente me comí uno, ya que había desayunado mucho en el hotel y no tenía demasiada hambre, aunque algunos de mis acompañantes no dudaron en repetir. Los panzerottis los comimos de pie apoyados en los escaparates de la heladería que estaba enfrente, Cioccolati Italiani, al que entramos justo después porque algunos, atraídos por lo que se veía a través de ellos, querían tomarse un helado como postre.
De allí nos fuimos andando a la Piazza del Duomo para dar un paseo tranquilo por el centro de la ciudad. Tiramos por Corso Vittorio Emanuele II y luego giramos a la izquierda a la Piazza del Liberty para entrar en la tienda oficial de Ferrari, cuyo principal reclamo es un coche de Fórmula 1 que tiene expuesto nada más a entrar a mano izquierda, concretamente uno de los que condujo Michael Schumacher cuando era piloto de esta escudería. Saqué la cámara para hacerle unas cuantas fotos, pero en cuanto hice dos o tres me llamaron la atención porque por lo visto estaba prohibido, así que, como el coche se podía ver a través del escaparate, las hice desde fuera. Volvimos a Corso Vittorio Emanuele II y, tras pasar por delante de la Basilica di San Carlos al Corso, llegamos a la Piazza San Babila, donde vi el famoso autobús 61, ése que cogí un montón de veces cuando vine a Milán a visitar a Leti y David. Luego cruzamos a Corso Europa para entrar en una pequeña tienda de Adidas porque mis primos querían echar un vistazo para comprarse algo, pero la ropa que allí había era muy estrafalaria, así que no duramos allí ni un minuto.
Propuse continuar por el cuadrilátero, una zona del centro de Milán donde se concentra la mayor parte de las tiendas más caras de la ciudad y que toma ese nombre porque todas ellas se encuentran en una zona delimitada por cuatro calles que forman un rectángulo. A pesar de que a mis compañeros de viaje no les hizo mucha gracia la idea porque ya estaban hartos de andar, al final me salí con la mía, así que volvimos a la Piazza San Babila y seguimos por la Via Montenapoleone. Nada más entrar en esta calle empezaron a cambiar de opinión al ver las tiendas que allí había. Para empezar, Bulgari, y luego Louis Vuitton. A todos nos daba cosa entrar, sobre todo por como íbamos vestidos, y nos conformábamos con mirar los escaparates, pero mi primo Alberto dijo "Pues yo entro". Todos nos reímos y le decíamos que no era capaz; sin embargo, él siguió en sus trece, se acercó a la puerta y le abrieron como a un señor. Al cabo de un par de minutos salió y nos contó la categoría y el lujo del interior de la tienda, pero que casi ni se atrevía a tocar la ropa por si acaso.
La sucesión de tiendas era interminable: Ralph Lauren, Prada, Gucci (con 'económicos' bolsos a 1.950 y 3.900 euros), Damiani (una joyería en cuyo escaparate vimos unos pendientes a tan solo 55.000 euros), Versace, Dior, Cartier... Giramos a la derecha por la Via Gesù, una calle decorada con macetones y cuyos establecimientos no eran tan conocidos como los de la calle anterior, aunque el que se divisaba al final del todo en la confluencia con la Via della Spiga sí que lo era: Dolce & Gabbana. De nuevo, asomarse a los escaparates daba miedo (zapatos a 545 euros, un vestido por 3.450 euros, etc.), pero mi primo también quiso entrar. Dicho y hecho. Mi idea gustó más de lo esperado, aunque me volvieron a insistir en que estaban cansados y que querían coger el metro para volver al Duomo a pesar de que les hacía ver que estábamos a menos de quince minutos andando. Deshicimos la Via Gesù entera hasta llegar a la Via Montenapoleone, de la cual recorrimos su otro tramo; al final, nos topamos con una boca de metro, por la que bajamos para coger la línea amarilla, que tras una sola parada nos dejó en la Piazza del Duomo sobre las tres y media.
La plaza ya estaba repleta de cientos de aficionados malaguistas que se habían citado allí para una quedada previa al histórico partido que iba a jugar el Málaga C. F. frente al AC Milan. Uno de los muchos grupos que se habían formado allí extendieron sus banderas en el suelo para dejar claro quiénes éramos y qué colores defendíamos: la rojigualda de España, la blanquiazul del Málaga, la verde y morada de la ciudad, etc. La espera hasta la hora del partido se me iba a hacer muy larga, así que cogí mi cámara para hacerle fotos tanto al Duomo como a la Galleria Vittorio Emanuele II aprovechando la buena luz que tenía en ese momento. Por cierto, que con tanto malagueño allí reunido era raro no encontrarse con algún conocido: mis primos volvieron a cruzarse con varios amigos suyos, lo mismo que mi hermana y Jaime con compañeros de la facultad, ya que ambos estudian la misma carrera, mientras que yo conseguí identificar a varias personas, como por ejemplo a dos o tres aficionados que se sientan delante de mí en La Rosaleda.
Los malaguistas allí presentes no dejaban de animar, pero hubo un momento en el que se formó una especie de corro que se puso a entonar varias de las canciones más típicas del Málaga, entre ellas cómo no su himno. Era espectacular lo que estábamos viviendo allí: la Piazza del Duomo tomada por malaguistas agitando sus bufandas y presumiendo de colores ante la mirada atónita de los milaneses, que seguramente no se esperaban la llegada de tantos 'tifosi' del Málaga. Pasaban ya varios minutos de las cuatro de la tarde, y ésta ya empezaba a caer, lo cual se identificaba perfectamente en los dos principales monumentos de la plaza, que poco a poco iban adquiriendo un tono más anaranjado como consecuencia de los últimos rayos de sol. Como os podéis imaginar, volví a sacar la cámara para tomar más fotos.

16:30
Como decía antes, la espera se nos estaba haciendo eterna. Todavía quedaban más de cuatro horas para que comenzara el esperado partido, pero tampoco podíamos hacer mucho más que quedarnos allí y ver pasar los minutos. Mi hermana y Jaime estaban un poco sedientos, por lo que se fueron en busca de un quiosco para comprar unas cervezas; mientras tanto, fueron llegando más y más aficionados, como por ejemplo peñas tan conocidas como Malaka Hinchas y Guiri Army, que colgaron sus respectivas banderas en las vallas que rodeaban la estatua de Vittorio Emanuele II. Reunidos todos de nuevo y charlando con personas con las que nos íbamos encontrando, nos enteramos de que a las seis estaba previsto que llegase la policía italiana para escoltar y llevar en metro a todos los malaguistas reunidos en la plaza hasta el estadio. Yo entendía esa medida, pero me negaba a ir en un vagón de metro como si fuéramos sardinas en lata, así que le propuse a mis compañeros de viaje la opción de irnos justo antes y evitar el barullo y la incomodidad que supone ir vigilado por varios policías. Mi idea no les convencía del todo, y por más que discutíamos cuál era la mejor o la peor opción no nos poníamos de acuerdo.
Ya eran las cinco de la tarde, sin rastro de luz solar y con toda la plaza bañada por la sombra, por lo que tanto la catedral como la Galleria comenzaron a iluminarse lentamente. En esto, dije de acercarnos a Luini para tomar algo puesto que luego iba a estar complicado poder cenar, teniendo en cuenta que el partido terminaría sobre las diez y media de la noche y después tendríamos que volver al hotel a recoger las maletas. Mi hermana y Jaime prefirieron quedarse en la plaza, así que mis dos primos, Marta y yo entramos en la Galleria Vittorio Emanuele II hasta llegar a la Piazza della Scala, donde me detuve un par de minutos para fotografiar el Palazzo della Banca Commerciale Italiana, el monumento a Leonardo da Vinci que se erige en el centro de la plaza y, cómo no, el Teatro alla Scala, uno de los teatros de ópera más importantes del mundo. De allí, cogimos por la Via Tomasso Marino y luego por su continuación, la Via Santa Radegonda, donde se encuentra Luini, que a esas horas no presentaba la extensa cola del mediodía. Los cuatro nos pedimos un panzerotti frito de tomate y queso que, a pesar de lo simple que era, estaba bastante bueno.
Volvimos a la plaza por el camino más corto, es decir, por Via Giovanni Berchet y por la Galleria, iluminada por completo al igual que el Duomo, pues ya era prácticamente de noche. Allí estaba yo, pasando los últimos minutos del viaje que iba a estar frente a mi catedral preferida, admirándola. Quién sabe si alguna vez se me presentaría la oportunidad de volver a Milán, así que me colgué la cámara al cuello y le hice unas cuántas fotos más; por último, fue mi primo Alberto el que me inmortalizó junto a ella después de que yo hiciera lo mismo con él. Quedaban apenas diez minutos para las seis cuando comenzaron a llegar los carabinieri en sus furgones, y fue entonces cuando le dije claramente a mis compañeros que yo me iba ya antes de que nos escoltaran; finalmente, todos me hicieron caso, a excepción de Jaime, que prefirió quedarse con unos amigos, aunque luego nos volveríamos a reunir con él. Así pues, nos dirigimos los cinco a una de las bocas de metro de la plaza, y bajando por ella me giré para mirar atrás y despedirme del Duomo. Ojalá volvamos a vernos.
Para ir a San Siro, teníamos que coger la línea 1, la roja, pero debíamos estar atentos porque esta línea se desdobla en dos a partir de una parada y solamente uno de los desdobles llega hasta nuestro destino. Casualmente, el primero de los convoys que llegó al andén era el que necesitábamos, así que nos montamos en él junto con algunos aficionados tanto del Málaga como del Milan. El trayecto era largo, de casi un cuarto de hora, ya que tuvimos que pasar hasta por ocho paradas hasta que nos bajamos en la de Lotto Fiera. Nada más salir al exterior, me ubiqué de inmediato al mirar a mi alrededor y recordar el camino que seguí la vez que estuve en el estadio con David cuando vine a visitarle a él y a Leti, incluso algún malaguista que estaba un poco perdido me preguntó por dónde debía tirar, y le dije que era tan sencillo como coger por la larga y arbolada Viale Caprilli hasta toparse con San Siro, o Giuseppe Meazza, que es su nombre oficial. La luz procedente del estadio se divisaba a lo lejos, pero por más que andábamos no veíamos el estadio. Después de casi veinte minutos de caminata, y tras pasar por delante del hipódromo, ya estábamos frente a San Siro.
Mi hermana, mis primos y Marta se quedaron embobados al ver el estadio, y eso que todavía no habían entrado. Su silueta era más que reconocible, sobre todo por esas vigas rojas que le sobresalen y por esas torres cilíndricas que le hacen inconfundible. Eran poco más de las seis y media, por lo que teníamos tiempo de sobra por delante. Cómo no, lo primero que hicimos fue sacarnos unas fotos: primero se la hice yo a mis primos y a Marta mostrando sus bufandas; luego, me tocó el turno también con mis primos; y, por último, le hice una a mi hermana. Empezamos a bordear el estadio por una zona repleta de puestos de comida (pizzas, paninis, kebabs...) y tenderetes con artículos de fútbol (banderas, bufandas, camisetas, sudaderas, bocinas...), además de una especie de gran cabina donde se ubicaba una tienda oficial del Milan. Entré con mis primos porque querían la bufanda oficial del partido, pero no la tenían, así que al final cada uno se la acabaron comprando por 10 euros creo recordar a un joven de aspecto africano que se estaba paseando por allí intentando venderlas, y con dichas bufandas nos volvimos a hacer más fotos delante del estadio.
Ya iba siendo hora de entrar al estadio, por lo que nos dirigimos a la puerta 5, que es la que teníamos asignada los aficionados del Málaga. Antes de entrar, mi primo Nacho nos dio a cada uno nuestra correspondiente entrada, ya que eran nominativas, aunque después no verificaron que cada uno iba con la correcta. Por incierto, hago un pequeño inciso para comentar que la entrada me costó solamente 20 euros, nada que ver con lo que hay que pagar para ver un partido en cualquier estadio de España, y encima éste era de Champions League. Total, volviendo a lo de antes, pasamos un primer control donde comprobaron que todos teníamos entrada; luego, un segundo control donde nos cachearon por completo y donde tuvimos que enseñar el contenido de nuestros abrigos, bolsos y, en mi caso, la mochila de cámara; por último, un tercer control en el que ahora sí pasamos la entrada por el lector para poder acceder al estadio tras superar un torno infranqueable. En resumen: si alguien se quería colar en este estadio, lo tenía bastante crudo.
Tal y como nos indicaron los vigilantes de seguridad, nos dirigimos a la torre de una de las esquinas del estadio y empezamos a subir por su rampa en forma de hélice. Cada puerta que nos encontrábamos en el camino estaba cerrada, así que subíamos y subíamos y subíamos, y eso no parecía terminar nunca; por lo menos, el esfuerzo se vio compensado con el gustazo de ver la reluciente y dorada Madonnina del Duomo a lo lejos a través de la rejilla metálica que cubría la torre. Por fin, después de unos quince minutos de una subida interminable, llegamos a nuestra grada, y lo primero que dijo mi primo Alberto, madridista confeso, nada más asomarse y ver el estadio por dentro fue lo siguiente: "¡Qué pasada! Esto es mejor que el Bernabeu". No le faltaba razón. San Siro es espectacular, probablemente el estadio que más me ha gustado de los que he visitado hasta ahora. Yo ya lo conocía porque hice el tour cuando fui a verlo con David, pero fue de día, y obviamente de noche e iluminado impresiona muchísimo más.

19:10
Fuimos recibidos por un acomodador al que le enseñé mi entrada para que me llevara hasta mi asiento, pero nos dijo que nos podíamos sentar donde quisiéramos porque toda la grada estaba reservada para los aficionados del Málaga; entre eso y que además fuimos de los primeros en llegar, tuvimos la suerte de coger unos asientos justo detrás de la portería. Nuestra grada, situada en el tercer anillo de uno de los fondos, era la de los asientos de color verde, y estaba separada de las gradas inferiores por una mampara de cristal y por una red protectora para que no hubiese problemas entre las aficiones. A continuación, cogí mi cámara y comencé a sacar fotos y más fotos del estadio, que a esa hora estaba todavía prácticamente vacío. Primero hice una vista general de San Siro, y luego, una a cada grada: la de enfrente era la azul, donde ya había algunos tifosi milanistas colocando sus pancartas; la de nuestra derecha era la de los asientos rojos, en la que también se ubica el palco de autoridades; y a nuestra izquierda teníamos la naranja, que solamente tiene dos anillos y a través de la cual podíamos ver la ciudad de Milán iluminada. Seguidamente, le hice varias fotos a los dos enormes videomarcadores que cuelgan del techo, que por cierto cubre todas las gradas, y también al terreno de juego, que presentaba un aspecto impecable, y es que el césped lo cambian tres o cuatro veces cada temporada.
Ahora tocaba nuestro turno para fotografiarnos. Primero le hice una a los cuatro, y después le dejé la cámara a un malaguista que pasaba por allí para que nos sacara una a los cinco juntos. Luego, fui fotografiándoles individualmente: a Nacho con la bufanda que se acababa de comprar, a Alberto con la del Málaga, a mi hermana, ella a mí, yo a ella con una de las fotos de mi padre, ella de nuevo a mí solo con otra foto de mi padre y luego también con mis dos primos, y ya por último Marta nos hizo una a los cuatro primos con una de las fotos de mi padre. Nuestra grada se iba llenando cada vez de más y más aficionados, y, con tanto barullo, nos dimos cuenta de que en el pasillo situado detrás de nuestros asientos había una bufanda oficial del partido que se le debió caer a alguien, pero esa persona no vino a buscarla, así que me la quedé; mientras tanto en el terreno de juego, unos operarios del estadio empezaron a colocar en el círculo central la lona que simula el balón de la Champions League, al cual también le hice una foto.
Poco antes de las ocho, saltó a calentar al césped Caballero con Xabi Mancisidor, el preparador de porteros, lo cual hizo que la afición entonase su cántico "¡Caballero, Caballero, Caballero, Willy Caballero!". Minutos después salieron los demás jugadores del Málaga, así como los del Milan y el quinteto arbitral encabezado por Howard Webb, sí, ese nefasto árbitro inglés que tan mal pitó la final España-Holanda del Mundial de Sudáfrica. Viendo los que estaban entrenando, pudimos deducir la alineación con la que saldría el Málaga (Caballero, Jesús Gámez, Demichelis, Weligton, Sergio Sánchez, Camacho, Iturra, Eliseu, Isco, Joaquín y Saviola), así como que jugaríamos con pantalones azules, toda una novedad en lo que llevábamos de temporada. Por su parte, el Milan presentaba un once muy ofensivo con jugadores como Bojan, Pato, Emanuelson o El Shaarawy, mientras que otros como Boateng y Robinho esperarían en el banquillo. Conforme se acercaba la hora del partido, más y más aficionados fueron llegando al estadio, aunque al final apenas hubo media entrada, bastante menos de lo que me esperaba, y es que había muchos claros; por nuestra parte, fuimos unos 2.500 aficionados los que finalmente acudimos al estadio para presenciar uno de los encuentros más importantes de la historia del Málaga.
Sobre las ocho y media, con los equipos ya preparándose en los vestuarios, se empezaron a recitar por megafonía las alineaciones al tiempo que también se mostraban a través de los videomarcadores. La del Milan fue espectacular, ya que se anunciaba el nombre y seguidamente todo el estadio gritaba al unísono el apellido del futbolista en cuestión. Como era de esperar, las dos aficiones pitaron las alineaciones del equipo contrario, y por consiguiente comenzaron a intercambiarse cánticos e insultos del tipo "¡Milan, Milan, vaffanculo!", que poca traducción necesita. A pesar de que el campo no estaba lleno, imponía bastante, sobre todo la grada en la que se sientan los ultras del Milan, ondeando decenas de banderas y con varias pancartas en las vallas. Por fin, a las nueve menos veinte, los dos equipos saltaron al terreno de juego, y, tras situarse debidamente sobre el césped, comenzó a sonar el himno de la Champions League mientras varios jóvenes ondeaban la lona del centro del campo. Los vellos se me pusieron de punta, ya que el sonido era atronador, y es que se escuchaba mucho más fuerte que en La Rosaleda.
Justo a las nueve menos cuarto se puso en marcha el partido. Los primeros diez minutos estuvieron bastante igualados, pero a partir de entonces el Milan se acercó con bastante peligro al área malaguista; de hecho, Caballero se vio obligado a lucirse con dos auténticos paradones, primero ante un zurdazo de Bojan y luego para desviar con la yema de los dedos una falta directa lanzada por Emanuelson que se colaba por la escuadra. La cosa no pintaba bien, y encima el árbitro tampoco colaboraba porque era muy permisivo con los jugadores del Milan al no pitarles varias faltas de manual. El éxtasis llegó en el minuto 39 cuando Isco recibió cerca de la frontal del área para mandarle un pase al hueco a Eliseu, que batió a Abbiati con un disparo cruzado y pegado al segundo palo (0-1). Los aficionados malagusitas enloquecimos con el gol, que para más inri fue en nuestra portería, y al mismo tiempo enmudeció San Siro, que veía cómo un debutante en la competición como el Málaga se ponía por delante en el estadio de un equipo que ha sido siete veces campeón de Europa. Yo grité como nunca, y es que casi no me podía creer lo que estaba viviendo, ni yo ni nadie de los que estábamos allí.
El primer tiempo duró cinco minutos más, y, tras los quince del descanso, dio comienzo la segunda parte. Todo hacía indicar que el Málaga tendría que aguantar los arreones del conjunto rossonero, que no se podía permitir perder el partido porque si no tendría más complicado poder clasificarse para la siguiente ronda. El Milan se hizo con la posesión desde el comienzo y se acercó varias veces al área malaguista, pero inicialmente no tradujo ese dominio en ocasiones realmente claras. Todo parecía relativamente controlado por parte del Málaga; sin embargo, el árbitro empezó a tomar decisiones muy discutibles en nuestro perjuicio y el Milan empujaba cada vez más. Fue en el minuto 72 cuando llegó el empate que resultaría definitivo tras un centro de Emanuelson al segundo palo que cabeceó Pato al fondo de las mallas (1-1); por cierto, que éste era el primer gol que encajaba el Málaga en la Champions después de dos partidos de la eliminatoria previa y otros tres de la fase de grupos. Los jugadores blanquiazules dispusieron de alguna que otra acción de peligro, aunque el último cuarto de hora fue un poco agobiante, más que nada por el rival que teníamos enfrente y porque jugábamos fuera de casa.

22:35
Finalmente, el partido acabó con un justo empate a uno que le daba al Málaga el pase matemático a octavos de final de la Champions League y un primer puesto virtualmente asegurado, por lo que el sueño europeo se prolongaría por al menos dos partidos más. Los jugadores saludaron desde el centro del campo a una afición que seguía celebrando el éxito conseguido, todo un hito en la historia del fútbol malagueño. Por la megafonía se avisó minutos antes del término del encuentro que la afición visitante debía permanecer en la grada a la espera de ser escoltados al exterior del estadio, tal y como me imaginaba. El problema era que nosotros queríamos volver al aeropuerto en el último autobús de la noche, que saldría a las doce y media de la madrugada, y antes nos teníamos que pasar por el hotel para recoger el equipaje, así que le dije a mi hermana, a mis primos, a Marta y a Jaime, que se acababa de reunir con nosotros, que deberíamos acercarnos lo más posible a la torre de la esquina del estadio para ser de los primeros en salir. Esta vez me hicieron caso prácticamente de inmediato, y, tras recoger todo, nos dirigimos a esa zona.
Mientras esperábamos de pie en las escaleras del graderío, le hice unas cuantas fotos al interior de San Siro, que ya estaba totalmente vacío salvo por unos cuantos operarios que estaban trabajando por los alrededores de los banquillos, hasta que, sobre las once, los vigilantes de seguridad de nuestra grada dieron vía libre para salir de ella de forma ordenada. Ahora teníamos que bajar por la interminable rampa de la torre, aunque cuesta abajo se hizo bastante más corto que cuando tuvimos que subirla al llegar al estadio. Cuando llegamos al nivel de la calle, nos esperaban otros vigilantes y también policías que nos llevaron agrupados y por un camino vallado hasta un aparcamiento cercano al Giuseppe Meazza que estaba repleto de autobuses. Primero dejaron pasar a los aficionados que tenían asignado un autobús en concreto, y luego al resto, que nos fuimos montando en los demás autobuses. Nosotros nos dirigimos a uno de los que estaban más cerca de la salida, pero paradójicamente no fue de los primeros en salir, y eso que apenas tardó en llenarse; mientras se decidía a ponerse o no en marcha, le hice unas últimas fotos a San Siro, que todavía se mantenía iluminado.
Por fin, el chófer del autobús arrancó para coger por la Via Achille, Piazzale dello Sport, Viale Caprilli y Piazzale Lorenzo Lotto, donde se bajaron los aficionados de todos los autobuses, lo que se acumulara mucha gente en muy poco espacio. La verdad es que la policía italiana no estuvo muy acertada en este aspecto, aunque sí que atinaron a la hora de reservar varios trenes de metro solamente para nosotros desde la parada de Lotto Fiera. Nos montamos allí y el tren únicamente paró en Cadorna y luego en la del Duomo, donde nos bajamos para hacer trasbordo con la línea amarilla, que nos dejó definitivamente en la parada correspondiente a la Stazione Centrale pasada ya la medianoche; precisamente durante el trayecto en metro, recibí una llamada de mi madre para preguntarnos qué tal estábamos y si habíamos disfrutado con el partido. Salimos pitando de la estación porque íbamos con el tiempo muy justo, y andando a paso muy ligero nos dirigimos al hotel. Por el camino nos preguntábamos si nos habrían robado alguna de las maletas, pero no, cuando llegamos allí comprobamos que todo nuestro equipaje estaba en su sitio tal cual lo dejamos, por lo que las recogimos y nos despedimos del recepcionista.
De nuevo en la calle, tiramos por el camino más corto posible para llegar al autobús que nos llevaría al aeropuerto; así pues, cogimos por la Via Niccolò Copernico, por la Via Tonale y luego seguimos rectos por el túnel que pasa por debajo de las vías de tren hasta llegar por fin a la Piazza Luigi di Savoia poco antes de las doce y veinticinco de la noche. Encontramos nuestro autobús sin problemas, lo cual fue todo un alivio después de todas las prisas que nos habíamos dado para poder pillarlo a tiempo. Jaime no iba al aeropuerto de Malpensa como nosotros, pues su vuelo saldría de Bérgamo, por lo que nos despedimos de él; seguidamente, metimos todo el equipaje en el maletero y luego sacamos los billetes de ida y vuelta que compramos el día anterior para mostrárselos al conductor. Apenas un minuto después de sentarnos, concretamente a las doce y media, el autobús se puso en marcha rumbo al aeropuerto.
Estábamos muy cansados después de todo un día de un lado para otro, que si andando, que si cogiendo el metro, que si viendo el esperado partido, que si las prisas... Normal que tanto mi hermana como mis primos y Marta decidieran echarse un sueñecito durante el trayecto hasta Malpensa; sin embargo, yo, que también estaba reventado, aguanté despierto como buenamente pude no fuera a ser que nos quedásemos dormidos y que se nos pasara la parada de la Terminal 2, puesto que la siguiente y última era la de la Terminal 1, que está bastante lejos y poco comunicada con la otra. Lo dicho, me las apañé como pude para no dormirme hasta la una y cuarto, hora a la que llegó el autobús al aeropuerto, donde nos bajamos somnolientos y con una larga noche por delante.