miércoles, 18 de septiembre de 2013

Viaje a Escocia: día 2

Domingo, 14 de julio de 2013

8:15
La alarma de mi móvil sonó a la hora prevista. Me desperté nada más escucharla, y lo primero que hice fue desactivar las otras que había programado para que no sonaran. Jose y Miguel también se despertaron, pero se quedaron acostados unos minutos más mientras yo iba al baño a asearme. Ya era completamente de día, como si en España fuesen las diez de la mañana, y es que en Escocia, por lo que había consultado en Internet, amanece sobre las cuatro y media en verano. Pues eso, yo ya me había vestido y estábamos Miguel y yo asomados a la ventana de nuestra habitación, que daba a Jamaica Street, y nos tocó ver una escena un tanto peculiar. Justo enfrente de nuestro hostal estaba el hotel Jurys Inn, y en una de sus habitaciones, concretamente una que hacía esquina y situada prácticamente a nuestra altura, se encontraba un hombre bebiendo de lo que parecía un vaso de café, con la particularidad de que estaba totalmente desnudo. En fin, unas vistas muy agradables para comenzar el día.
Jose estaba todavía terminando de arreglarse, así que yo aproveché mientras tanto para dejar todo preparado para luego: la mochila con la cámara de fotos, los mapas, el planing, etc. Unos minutos antes de las nueve, salimos de la habitación para coger el ascensor, para el que tuvimos que esperar porque solamente había dos en todo el hostal y era hora punta. Llegamos a las nueve a la cafetería, y lo que allí nos encontramos fue una cola relativamente larga a la que nos unimos para esperar pacientemente nuestro turno. Ya cada uno con su bandeja, fuimos cogiendo lo que quisimos del buffet, que no es que fuese tan variado como me imaginaba, pero al menos tenía lo básico. En concreto, yo me serví seis tostadas, un vaso con zumo de naranja y otro con leche fría que me hubiera gustado mezclar con Colacao o algo similar, pero no había nada por el estilo; por su parte, mis amigos, además de las tostadas, se decantaron por un café y un bol de cereales con leche.
Cogimos sitio en la única mesa que vimos libre, junto a una ventana que, al igual que la de nuestra habitación, también daba a Jamaica Street. Comencé por las tostadas, que, por cierto, eran algo más finas de lo habitual, y las unté con la mantequilla de los pequeños envases que cogí cuando me las serví. Entre tostada y tostada me bebí el zumo de naranja y ya para el final dejé el vaso de leche para tomármelo de golpe, casi del tirón. Miguel y Jose tardaron un poco más en desayunar porque los suyos eran algo más contundentes que el mío, más que nada por la variedad, y también porque aprovecharon que allí se pillaba la wifi del hostal para conectarse a Twitter y consultar las últimas noticias, así como para confirmar que no llovería en todo el día, aunque para el día siguiente a lo mejor habría alguna precipitación.
Cuando terminaron, y una vez que reposamos el desayuno unos minutos, nos levantamos para dejar nuestras bandejas en el estante destinado para ello. Tras la pertinente espera para coger el ascensor, subimos a la habitación para que mis amigos se lavaran los dientes y para recoger lo necesario para pasar el día en Glasgow, principalmente mi cámara de fotos y los mapas, aunque ellos me pidieron que guardara en uno de los bolsillos laterales de mi pantalón la bolsa de chucherías que compraron el día anterior por si luego les apetecía. Cuando ya estuvimos listos, abandonamos la habitación, y esta vez bajamos a la recepción por las escaleras porque pasábamos de esperar otra vez a que viniera el ascensor.

10:10
Hacía muy buen día: soleado, buena temperatura... Nuestro destino era el Kelvingrove Art Gallery and Museum, el museo más importante de Glasgow, y para ir hasta allí teníamos dos opciones: o ir andando o ir en metro. Ya lo estuvimos discutiendo la noche anterior y durante el desayuno decidimos finalmente ir a pie y luego coger el metro para volver al centro, puesto que está relativamente lejos. Pues bien, iniciamos nuestro camino por Jamaica Street para luego girar a la izquierda y continuar por Argyle Street, justamente por la parte baja de la Central Station, una especie de túnel en el que hacía bastante frío, ya que estábamos en manga corta, pero por suerte fue solamente cuestión de unos pocos segundos, los que hicieron falta para cruzarlo por completo. Esta calle es una de las más concurridas de la ciudad, aunque no había mucha gente a esa hora porque además era domingo, por lo que no nos extrañó demasiado, y además es bastante larga, tanto que llega hasta más allá del museo, que ya es decir.
Cuando llegamos al punto en el que la autovía pasa por encima de la calle, nos tuvimos que parar para consultar el mapa y saber por dónde continuar, puesto que allí la calle se desdoblaba y no estaba seguro de por dónde debíamos tirar, pero fue fácil identificar el camino porque básicamente teníamos que seguir por Argyle Street. Serían ya las diez y veinticinco cuando de repente me di cuenta de que la calle en la que nos encontrábamos era Houldsworth Street cuando debíamos estar todavía en Argyle Street, básicamente porque no nos habíamos desviado en ningún momento. Miré el mapa y esa calle no aparecía, lo cual me extrañó bastante y me hizo dudar seriamente acerca de si nos habíamos perdido o no. Lo peor de todo es que no había nadie a nuestro alrededor a quien preguntar en qué dirección está el museo, así que no tuvimos más remedio que guiarnos por nuestro instinto. Cogimos por Elliot Street hasta desembocar en la confluencia de Saint Vincent Street con, atención, Argyle Street, que tan pronto como había desaparecido volvió a aparecer como por arte de magia.
Ahora sí que no había manera de perderse, puesto que ese tramo de la calle era totalmente recto. Pasados unos diez minutos, volví a consultar el mapa para asegurarme de que estábamos bien encaminados y ver por dónde debíamos continuar. Nos desviamos por Radnor Street, desde donde ya se divisaba a lo lejos el edificio principal de la Universidad de Glasgow, inconfundible con su espigada torre central. Luego seguimos por Sauchiehall Street, desde donde le hice un par de fotos, para dirigirnos definitivamente al Kelvingrove Art Gallery and Museum, a cuya entrada principal llegamos a las once menos diez, es decir, tras cuarenta minutos de caminata. El edificio del museo era bastante peculiar, tanto arquitectónicamente, con muchas torres, como estéticamente, con un color rojizo bastante llamativo.
Como todavía estaba cerrado, aproveché para pedirle a Jose que me hiciera una foto junto con el museo, para que el que habría unas veinte personas esperando para entrar allí fuera en los jardines que lo rodean. A las once en punto, con puntualidad británica, se abrieron las puertas. Tal y como me imaginaba, en el hall había una gran urna junto a un cartel en el que se rogaba dejar un donativo de 3 libras, ya que el museo es gratuito, como la gran mayoría de los que hay en Gran Bretaña, y eso me recordó al día que estuve en el British Museum de Londres, en cuya urna había billetes de hasta 50 libras. De allí pasamos al Centre Hall, una gran sala central profusamente ornamentada y que destaca principalmente por un enorme órgano situado justo enfrente de la entrada.
A pesar de la ostentosidad de la sala en la que nos encontrábamos, lo que más nos llamó la atención es que allí había una zona acotada en la que se estaba celebrando un torneo de Subbuteo, un famoso juego también conocido como fútbol de mesa y que consiste en jugar un partido de fútbol con once figuras que se golpean con los dedos de la mano. Si ya nos resultó curioso que hubiera un torneo de este tipo en un museo, más nos sorprendió ver que uno de los jugadores vestía una camiseta del Atlético de Madrid. Estuvimos un par de minutos viendo una partida, y, tras ello, me acerqué a un stand para coger un plano del museo.
Empezamos nuestra visita por la sala que teníamos a nuestra izquierda, en la cual encontramos numerosos animales disecados, siendo el más espectacular de ellos una de las mayores atracciones del museo, un enorme elefante indio llamado Sir Roger, que vivió hasta su muerte en el zoo de la ciudad. Junto a él había un puma, una jirafa, un alce, una tortuga, un avestruz, un canguro, un guepardo, un impala, un pingüino y otros animales, mientras que simulando que vuelan había varias aves como gaviotas, así como un avión de combate usado por los escoceses en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Tras ello, pasamos a la sala Creatures of the Past, en concreto a la parte dedicada a los animales que tiempo atrás poblaron Escocia, como el ciervo gigante, el mamut, el reno, el jabalí o el lobo. Continuamos por una sala contigua, el Environment Discovery Centre, principalmente dedicado al mundo marino, aunque también había un panal lleno de abejas que Miguel incluso llegó a grabar en vídeo con su móvil.
Volvimos a la sala anterior para seguir por la pared en la que se exponen las cabezas disecadas de varios mamíferos a modo de trofeos; allí también vimos algunos animales que está en peligro de extinción, así como el esqueleto de un velociraptor, o al menos a ese dinosaurio me recordaba. A continuación, pasamos a la sala del Antiguo Egipto, que, a pesar de no ser tan grande como, por ejemplo, la del British Museum de Londres, era bastante completa, pues en ella pudimos contemplar el busto de una diosa, varias esculturas, un sarcófago, una momia en su ataúd y algunos jeroglíficos procedentes de tumbas, entre otros elementos. La siguiente sala, Glasgow Stories, era un poco variada, puesto que en ella lo mismo te podías encontrar con un stand sobre James Watt y su máquina de vapor que los símbolos más representativos del conocido sectarismo que hay en la ciudad en lo referente a la religión y que ha llegado incluso a tener repercusiones en los dos equipos de fútbol de Glasgow. La última sala que nos quedaba por visitar del ala oeste de la planta baja era la Scotland's Wildlife, en la que, como se deduce de su nombre, se expone la flora y la fauna propia de esta nación de Gran Bretaña.
Regresamos al Centre Hall, donde ya había comenzado el torneo de Subbuteo, ya que antes cuando llegamos lo que estaban haciendo los jugadores era entrenar. Jose y Miguel, que ya estaban un poco hartos del museo, preferían quedarse allí viendo las partidas, así que yo continué en solitario la visita acordando que nos volveríamos a reunir allí mismo veinte minutos después, a las doce del mediodía. Me acerqué a la sala principal del ala este, que si por algo llama la atención es por las decenas de cabezas blancas que cuelgan del techo, cada una de ellas con una expresión diferente. En ella también pude ver un busto de la reina Victoria, máscaras que se utilizaban en la Antigua Grecia para representar obras de teatro, y también figuritas de la cultura china. Me asomé a las salas que rodeaban a ésta, pero no me resultaban interesantes, por lo que me fui directamente en busca de la que es probablemente la obra de arte más importante de este museo: el Cristo de San Juan de la Cruz, de Salvador Dalí.
Consulté el plano que había cogido nada más llegar para saber dónde se exponía el famoso cuadro del pintor catalán. Tenía que ir a la primera planta, así que subí por las escaleras que hay en el hall y que casualmente terminaban a apenas unos metros de la exclusiva sala en la que se encuentra dicha obra. No estaba muy iluminada, supongo que con el fin de apoyar la oscuridad propia de la pintura, en la que se ve a Cristo crucificado desde una perspectiva cenital sobre un cielo nublado, mientras que en la parte inferior aparecen dos pescadores junto al mar. Al salir de esa sala, me asomé al Central Hall desde uno de los pasillos de la primera planta para poder admirar un poco más cerca las bóvedas del techo, las lámparas que cuelgan de él y el resto del interior del edificio, que por cierto estaba muy limpio y cuidado. Precisamente desde allí pude ver a Jose y Miguel jugar al Subbuteo en una de las mesas que había libres para los visitantes y turistas, así como para que los jugadores del torneo pudieran entrenar esperando su turno.
Apenas quedaban dos o tres minutos para las diez, por lo que bajé para reunirme con mis amigos, pero cuando llegué ya no estaban allí, y eso que acababa de verles desde la planta de arriba; así pues, llamé al móvil de Jose para localizarles sin obtener respuesta, aunque justo en ese momento aparecieron los dos. Antes de abandonar el museo, nos acercamos de nuevo a la sala donde se encuentran los animales disecados para fotografiarnos con Sir Roger. Primero le hice una foto a ellos dos y luego Jose me la hizo a mí, pero también queríamos una en la que saliéramos los tres juntos, así que le pedimos a un hombre que pasaba por allí que nos fotografiara con el móvil de Jose. Por cierto, en ese preciso instante nos topamos con un grupo de turistas que iban con uno de las visitas guiadas gratuitas del museo, y el guía, un hombre de unos sesenta años calculo yo, iba vestido con un kilt, la típica falda escocesa.

12:05
Al salir del Kelvingrove Art Gallery and Museum, giramos a la izquierda para bordear el edificio y enfilar el camino hacia la Universidad de Glasgow, pero antes nos detuvimos frente a unas pistas de césped en la que había varias personas practicando un juego o un deporte un tanto peculiar del que no he conseguido averiguar el nombre (si alguien lo conoce, me gustaría que lo hiciera saber a través de un comentario). Básicamente consiste en dos equipos que lanzan unas bolas cilíndricas, con una forma muy similar a la de los quesos, y con ellas hay que acercarse lo más posible a una bola de referencia; en fin, en líneas generales es como la petanca, pero supongo que tendrá un nombre específico. Estuvimos asomados a la barandilla que hay alrededor de las pistas cerca de diez minutos, y en ese tiempo aproveché además para hacer algunas fotos al museo, que desde esa distancia se podía ver el edificio entero.
Apenas unos metros más adelante lo que nos encontramos fueron otras pistas, esta vez de tenis, y, cómo no, eran de césped natural, como es típico en Gran Bretaña. En total había seis, y todas ellas estaban ocupadas por gente de todas las edades, desde chavales de diez y doce años hasta adultos. Justo enfrente estaba el Kelvingrove Skatepark, una zona del Kelvingrove Park especialmente acondicionada para que se pueda practicar skate. La verdad es que allí lo tienen todo bastante bien montado, porque además tenía pinta de ser gratuito, e incluso con algunos kioskos para poder tomarte un refresco o descansar. Ya me gustaría ver algo así en Málaga... Ahora sí, tiramos por Kelvin Way pasando en primer lugar por el puente que atraviesa el río Kelvin, que desemboca en el río Clyde, y seguidamente recorriendo dicha calle bajo la sombra de los árboles del parque que la recubren.
Mi intención era desviarnos a mitad de camino para ver la fachada del edificio principal de la Universidad de Glasgow, pero no interpreté correctamente el mapa y lo dejamos atrás, tal y como me di cuenta cuando, después de hacernos unas fotos en mitad de la carretera aprovechando que no pasaban coches en ese momento, giramos a la izquierda por University Avenue. Al recorrer esta calle, íbamos dejando a nuestra izquierda el campus universitario, mientras que a la derecha dejamos la Welligton Church, un templo de la Iglesia de Escocia que no tenía pinta de serlo, sino que más bien se asemejaba a una construcción griega con sus columnas corintias y su fachada neoclásica. Unos metros más adelante nos topamos con la entrada trasera del edificio principal de la universidad, que en ese momento estaba abierta para poder ser visitada y porque, además, allí está la tienda de souvenirs de la misma. La verdad es que daban ganas de entrar e incluso de ir a estudiar allí, supongo que por tener una apariencia tan medieval y tan diferente a lo que estoy acostumbrado a ver de una universidad.
Apenas nos detuvimos un par de minutos antes de continuar bordeando el edificio principal de la University of Glasgow por la University Avenue hasta desviarnos por Ashton Road para luego girar a la derecha por Byres Road en busca de la estación de metro que hay en esa calle. Fue fácil localizar la estación, la de Hillhead, aunque, a pocos de llegar a ella, vimos a un joven portando un cartel que señalaba hacia una bocacalle, Ashton Lane, en la que según indicaba había como una especie de mercadillo, así que nos adentramos en ella. Al final de esta estrecha vía nos encontramos, en efecto, con una calle un tanto peculiar, y es que los edificios que había en ella parecían sacados de un pueblo andaluz por su color blanco y porque estaban llenos de macetas en sus puertas y balcones, pero realmente eran pubs y restaurantes; además, también había algunos tenderetes en los que se vendían principalmente dulces y frutas. Era más que llamativo, y eso que la calle apenas tendría treinta o cuarenta metros de largo, pero fue suficiente como para que Jose y Miguel afirmaran rotundamente que eso era mucho mejor que el mercadillo The Barras en el que estuvimos el día anterior. Dejémoslo en que son dos estilos totalmente distintos.
Como no había mucho más que ver, volvimos a Byres Road para entrar definitivamente en la estación de metro de Hillhead. Nos dirigimos directamente a la taquilla, donde nos atendió un joven al que le pedí tres billetes sencillos, a 1'40 libras cada uno; el de ida y vuelta costaba 2'60 libras, por lo que quizás hubiera sido rentable haber ido también en metro al Kelvingrove Art Gallery and Museum por la mañana y así ahorrarnos ese momento de confusión que tuvimos a mitad de camino, aunque por otra parte nunca está de más pegarse una buena caminata. Hay que comentar que el metro de Glasgow se compone únicamente de dos líneas que en realidad se puede decir que son la misma, pues tienen las mismas paradas, pero una lo hace en el sentido de las agujas del reloj (Outer Circle) y la otra, en el contrario (Inner Circle).
Nosotros teníamos que coger la primera de las líneas, y casualmente, nada más adquirir los billetes, escuchamos que llegaba un tren a uno de los andenes, pero no estábamos seguro de si era el que necesitábamos. Ante la duda, corrimos hacia el andén, y sí, por suerte era el que llegaba antes al centro desde la parada en la que nos encontrábamos, así que subimos rápido a uno de los vagones, que por cierto están todos pintados de naranja. Yo apenas cabía de pie dentro del vagón, y es que si me ponía totalmente erguido mi pelo rozaba con el techo; a pesar de ello, fui de pie en el trayecto al igual que Miguel, mientras que Jose logró sentarse en un asiento que había libre. Las peculiaridades del metro de Glasgow no se quedan aquí, porque por otra parte es el maquinista el que habla por la megafonía interna para avisar de cuál es la siguiente parada. Tras pasar por las de Kelvinbridge, Saint George's Cross y Cowcaddens, nos bajamos en la estación de Buchanan Street.
Salimos al exterior por la boca de metro acristalada que hay en esta calle a eso de la una y diez. Todavía era un poco temprano para almorzar, porque además desayunamos bastante, así que entramos en el centro comercial Buchanan Galleries para hacer un poco de tiempo. En Glasgow, las tiendas suelen abrir los fines de semana, y la gente suele aprovechar para salir a la calle e ir de compras, por lo que no nos extrañaba que, siendo domingo, el centro comercial estuviese tan animado y concurrido. En la planta baja había poco que ver, pero en la primera entramos en la colorida tienda de LEGO, donde estuvimos un buen rato viendo por ejemplo a niños formando objetos con los bloques que había allí para jugar. Como en todo centro comercial, había bastante variedad de tiendas, tanto de ropa y accesorios como bares y restaurantes, a los que prestamos especial atención por si alguno nos parecía interesante para almorzar, aunque ninguno nos satisfizo. Una de las tiendas de ropa en la que entramos fue la de Fred Perry, una marca que suele vestir Miguel, quien a punto estuvo de comprar un par de zapatos, ya que, para nuestro asombro, costaban menos que en España.
Sobre las dos menos veinte, después de haber recorrido todas las plantas del centro comercial, salimos del Buchanan Galleries para buscar un sitio donde comer. Empezamos a mirar por Sauchiehall Street, donde vimos un italiano que no estaba del todo mal de precio, pero lo descartamos porque al día siguiente seguramente almorzaríamos en un Pizza Hut en Edimburgo, así que continuamos girando a la izquierda para bajar por Renfield Street. En la esquina de esta calle con West George Street nos topamos con dos restaurantes que más o menos encajaban dentro de lo que buscábamos, puesto que había menús a precio medianamente asequibles; sin embargo, no terminaban de engancharnos del todo. Finalmente, acabamos entrando en uno de los restaurantes de la cadena J D Wetherspoon (sí, la que Miguel bautizó como Money Bank), concretamente The Society Room, que casualmente estaba casi pared con pared con uno de ellos.

14:00
La decoración interior de este restaurante no era de un estilo clásico como el del día anterior, sino que más bien era corriente, sin grandes florituras, pero muy espacioso. Tampoco estaba tan lleno como el otro, probablemente por la hora, y la mayoría lo que hacía era beberse una cerveza. Nos sentamos en la mesa 5, y allí cogimos la carta para elegir nuestro almuerzo. Las hamburguesas ya las pedimos el día anterior, por lo que ahora tocaba cambiar y probar otra cosa. Entre las muchas opciones disponibles, nos decantamos por unos perritos calientes, un Gourmet Hot Dog para Jose y Miguel, mientras que yo me pedí el Classic Hot Dog porque el de ellos llevaba un poco de chili, y el picante no es que me siente muy bien. Para beber, mantuve mi habitual Pepsi y ellos, una cerveza cada uno, en concreto una Tennents y una Strongbow.
Con todo ya decidido, Jose y yo nos acercamos a la barra para pedir los almuerzos de los tres. A la hora de pagar, el camarero me dijo una cantidad (17'77 libras) que no me cuadraba con la suma que yo había hecho (dos libras menos), así que le dije que se había equivocado y que seguramente sería porque no los había considerado como menús específicos que vienen en la carta. Después de revisarlo un par de veces, resulta que yo era el que se equivocaba porque no había sumado una libra más a cada uno de los almuerzos de mis amigos por haber pedido cerveza en vez de refresco. Nos llevamos las tres bebidas a la mesa a esperar la comida, que no tardó mucho en llegar, apenas doce minutos después de haberla pagado.
Los perritos venían acompañados por una ración de patatas fritas y, en el caso de la Gourmet Hot Dog de mis amigos, también con aros de cebolla. Tenían bastante buena pinta, sobre todo los de Miguel y Jose, puesto que, además de chili, sus perritos estaban bañados en queso fundido, lo que le daba más consistencia; como bien decían ellos, el mío era muy simple, pero para compensar le eché mayonesa para que estuviera más sabroso, al igual que a las patatas, que estaban espectaculares. Tanto yo como mis amigos disfrutamos con lo que habíamos elegido, y encima por un precio razonable (4'19 libras lo mío y 6'79 lo de ellos), lo que definitivamente nos llevó a concluir que en Edimburgo volveríamos a comer en esta cadena de restauración al menos una vez más para seguir probando platos de la carta.
Cuando terminamos de comer, nos quedamos allí un rato para reposar el almuerzo y descansar antes de ponernos en marcha de nuevo con la idea de visitar la catedral y luego tener el resto de la tarde libre. A las tres y media fue cuando salimos del restaurante. A paso tranquilo, cogimos por West George Street hasta llegar a la Nelson Mandela Place, donde bordeamos la Saint George's Tron Church para luego desembocar en George Square, que seguía vallada en su totalidad sin motivo aparente que lo justificase; definitivamente, nos íbamos a quedar sin verla en condiciones. Nada más abandonar la plaza, seguimos nuestro camino por George Street, justamente por uno de los laterales del imponente edificio del Glasgow City Chambers, sede del ayuntamiento de la ciudad. En esa misma calle, nos cruzamos con una varios españoles que no podían negar que eran vascos, tanto por las pintas como por la forma de hablar, o al menos eso era lo que parecían. No serían los únicos compatriotas que veríamos en todo el viaje.
Al final de la calle, nos desviamos a la derecha para continuar por High Street y llegar poco antes de las cuatro a Cathedral Square, donde se erige la Saint Mungo's Cathedral. Antes de acercarnos para verla de cerca, me fijé en que en la plaza, donde por cierto nos topamos con un numeroso grupo de jóvenes que seguramente venían de excursión, había varias farolas coronadas por uno de los símbolos de Glasgow y que además aparece en su escudo: el pájaro que nunca voló, el árbol que nunca creció, la campana que nunca sonó y el pez que nunca nadó. Arquitectónicamente, la catedral no me gustó demasiado, sobre todo por presentar un color demasiado oscuro y una forma un tanto distinta a la habitual; además, la parte derecha de la fachada principal estaba oculta tras unos andamios, así que la impresión general que me llevé fue todavía peor. Nos acercamos a la puerta frontal para entrar en la catedral, pero estaba cerrada, así que accedimos a ella por la puerta lateral.
Eran las cuatro de la tarde, y casualmente a esa hora iba a dar comienzo una misa; por este motivo, y al verme con la cámara colgada al cuello, se me acercó una mujer, deduje yo que sería una de las guías del templo o algo similar, para decirme que no usara el flash para las fotos y que hiciera el menor ruido posible, a lo que le respondí que sin problema. Jose y Miguel no tenían muchas ganas de verla, por lo que se quedaron sentados en unas sillas que había por allí mientras yo recorría la catedral. El interior era innegablemente de estilo gótico, como se podía deducir de sus bóvedas de crucería y de los arcos ojivales, así como de las vidrieras y rosetones que pueblan sus paredes. Avancé en silencio por la nave lateral derecha dejando a mi izquierda la misa que se estaba celebrando. La disposición de la catedral era un tanto curiosa, puesto que tenía dos partes divididas por un muro central, concretamente a la altura de la torre principal del templo, de tal forma que parecía la unión de dos iglesias, porque en la otra parte también había bancos para poder oficiar otra misa al mismo tiempo si se quisiera. Sobre dicho muro divisorio se encontraban dos órganos que creo recordar se estaban utilizando precisamente para la misa, en la que también participaba un coro compuesto por una docena de personas aproximadamente.
De nuevo con Miguel y Jose, salimos de la catedral para visitar la Necrópolis de Glasgow, que está justamente detrás. Para llegar allí, accedimos por una verja de entrada decorada con varios elementos dorados y que da paso a un camino que termina justamente sobre el Bridge os Sighs (el Puente de los Suspiros), que así se llama porque es donde la gente suspiraba al acompañar a los muertos al cementerio. Como la necrópolis era bastante grande, no la íbamos a recorrer por completo, así que cogí el mapa para trazar una ruta reducida. En primer lugar, tiramos por el sendero que teníamos a nuestra izquierda para luego desviarnos a la derecha por una cuesta que terminaba en el punto más alto de la colina. La verdad es que para ser un cementerio no parecía un lugar muy triste, sobre todo por la vegetación que lo rodea y por lo bien cuidado que está.
Desde donde nos encontrábamos, teníamos una vista excepcional de la catedral, por lo que aproveché para pedirle a Jose que me hiciera una foto. En cuanto a las tumbas que allí había, muchas de ellas consistían básicamente en una lápida o una cruz celta, mientras que otras muchas eran auténticos monumentos funerarios, como obeliscos, mausoleos o pedestales sobre los que se erige una estatua del fallecido, sobre todo en los casos de personajes conocidos, como por ejemplo los de John Knox, Charles Tennant o Peter Lawrence. Después de pasar allí unos diez minutos, decidimos dar por terminada la visita a la necrópolis, así que seguimos caminando por los senderos trazados en ella para salir de allí y regresar al punto de partida, es decir, a la verja de la entrada.

16:45
De nuevo en Cathedral Square, le hice una última foto a la catedral, concretamente desde la parte más alejada de la plaza en la que se encuentra la estatua del explorador David Livingstone. La visita a Glasgow ya había terminado, porque la opción de ir a ver el estadio del Celtic de Glasgow la descartábamos por completo por lo lejos que estaba; así pues, el resto de la tarde la teníamos totalmente libre. Ya sin prisa alguna, nos dirigimos al centro por Cathedral Street, y durante este trayecto, no recuerdo ya por qué motivo, resulta que nos pusimos a hablar de Bola de Dragón, ese mítico manga japonés protagonizado por Goku y del que tengo la colección completa a excepción de tres o cuatro volúmenes que más tarde o más temprano conseguiré. Ni que decir tiene que los libros los habré leído varias veces, y lo mismo sucede con la serie de televisión, que cada vez que la reponen en un horario factible no dudo en verla y disfrutarla como si fuera un niño.
Pues eso, que estuvimos un buen rato charlando sobre varios aspectos de Bola de Dragón, entre otros de algunos de los personajes secundarios más importantes, como por ejemplo Kaito, que por lo visto era el preferido de Miguel, y la verdad es que era bastante clave, y también rarillo, por qué no decirlo. Al final de la calle nos topamos con los aparcamientos de Buchanan Galleries, así que tuvimos que subir por North Hanover Street y luego girar a la izquierda por Killermont Street para bordearlos. Luego continuamos por West Nile Street hasta desembocar en Sauchiehall Street para entrar en el Poundland en el que estuvimos la tarde anterior. Esta vez, el que quería comprar algo era yo, puesto que vi que había bolsas de chucherías a una libra que compensaba comprar. Después de pensarlo unos minutos, al final me decanté por un paquete de tiras de regaliz con azúcar y una bolsa de caramelos similares a los sugus. En total, dos libras, y muy bien invertidas.
Al salir, Jose y Miguel propusieron ir a merendar al Starbucks que estaba a apenas unos metros de allí, pero, entre que no había sitio para estar sentados los tres cómodos y que lo que había era bastante caro, lo descartamos. Nos dirigimos a Buchanan Street, que, siendo domingo y casi las cinco y media de la tarde, estaba a reventar de gente; como os dije antes, en Glasgow las tiendas abren los fines de semana, así que estaba más que justificado. Ya que no teníamos nada que hacer, aprovechamos para buscar posibles sitios en los que cenar esa noche. Nos acercamos a un restaurante americano al que le habíamos echado el ojo desde el día anterior, el Friday's; sin embargo, cuando vimos los precios nos echamos atrás. A continuación, nos desviamos por la Royal Exchange Square, una plaza en la que también había varios restaurantes, sobre todo italianos, igual o más caros aún.
Desembocamos casualmente en Queen Street a la altura de la estatua del Duque de Wellington, que os recuerdo que curiosamente tiene un cono en su cabeza. Bajamos la calle en busca de algún sitio que nos convenciera, y vimos uno llamado Da Vinci's que no tenía mala pinta, y además resulta que era uno de los que tenía apuntado en la lista que había elaborado para el viaje. El problema era que estaba cerrado, lo cual era comprensible por la hora que era, pero nos temíamos que más tarde también lo estaría. Continuamos por Argyle Street hasta regresar a Buchanan Street y seguir por Saint Enoch's Square, donde hicimos un alto para entrar en el supermercado Tesco. Fuimos allí a comprar una botella de agua que nos costó 0'45 libras, porque el día anterior ya nos timaron en una tienda de alimentación y no queríamos tropezar dos veces en la misma piedra. Ya que estábamos allí, aprovechamos para ver qué podríamos comprar para desayunar uno de los días que pasaríamos en Edimburgo, y descubrimos que a los productos que están a punto de caducar se les aplica una importante rebaja; para que os hagáis una idea, una bandeja de muffins costaba alrededor de una tercera parte si caducaba al día siguiente.
Al salir del supermercado, cogimos por Howard Street y Jamaica Street hasta regresar finalmente al hostal minutos antes de las seis de la tarde. Había bastante gente esperando a los dos ascensores, así que, muy a nuestro pesar, nos dirigimos a las escaleras para subir a la séptima planta después de todo un día de un lado para otro. Como os podréis imaginar, nada más entrar en la habitación lo primero que hicimos fue tumbarnos en nuestras respectivas camas para descansar, que falta nos hacía. Ya no teníamos nada más que ver de Glasgow de lo que teníamos previsto; obviamente, si fuésemos a pasar allí más días habríamos ido por ejemplo a Celtic Park, a Hampden Park o, por ejemplo, habríamos visitado el Science Centre, pero no teníamos tiempo para más.
Como dije antes, el resto del día era totalmente libre, por lo que decidimos quedarnos en el hostal hasta las siete y media para descansar y luego ya saldríamos de nuevo a la calle para cenar. Jose y Miguel se quedaron en sus camas jugando con sus respectivos iPhones al juego que os comenté en la entrada anterior al que se habían enviciado (ahora he descubierto que es el Candy Crush Saga). Yo, por mi parte, también estuve todo el rato tumbado en mi cama, aunque dediqué el tiempo simplemente a darle vueltas a la cabeza, que yo siempre tengo cosas en las que pensar y pensar. Entre tanto y tanto, hubo algún que otro intercambio de palabras entre los tres, que el silencio en exceso tampoco es bueno.

19:20
Pues bien, poco antes de las siete y media me puse en pie para desperezarme un poco y, de paso, tirar de mis amigos, que si no capaces son de quedarse allí todo el día. Tras coger la cámara, los mapas y el planing, salimos de la habitación, y no para coger el ascensor, sino para bajar por las escaleras, que ya pasábamos directamente hasta de llamarlo, aunque seguro que de haberlo hecho hubiera llegado en seguida. Hacía bastante buen tiempo, pero mi impresión cambió nada más pasar por debajo del puente por el que pasan los trenes que llegan y salen de la Central Station, porque allí pasé bastante frío, y luego además bajó un poco la temperatura. Jose y Miguel habían cogido sus chamarretas, pero yo iba a pelo, en manga corta, así que pensé en volver al hostal para coger la mía; sin embargo, en cuanto caí en la cuenta de que muy probablemente tendría que subir y luego bajar las escaleras hasta una séptima planta, me dio pereza y me resigné a pasar un poco de frío, que a fin de cuentas era medianamente soportable.
Precisamente en el interior de dicho puente vimos unos graffitis pintados en las columnas que lo mantienen en pie que eran auténticas obras de arte, y además el dibujo que terminaba en una columna continuaba en la siguiente, por lo que el efecto también era digno de destacar. Seguimos caminando por Broomielaw hasta llegar a la altura del Tradeston Bridge, ya que Jose quería hacerse unas fotos antes de ir a cenar allí en el puente y con los edificios que están en la otra orilla del río Clyde. En primer lugar, se las hice yo a ellos, y luego fue él el que nos la hizo a Miguel y a mí. También queríamos que los tres saliésemos en la misma foto, pero apenas había nadie a quien pedirle el favor; así pues, busqué en mi cámara la opción del temporizador para tal fin.
Ya eran más de las ocho de la tarde, hora de ir buscando un sitio para cenar, y encima mis amigos van y me dicen que yo sea el encargado de ello, siendo domingo además, con la complicación que eso conlleva en una ciudad desconocida. Cogí mi lista de posibles sitios para comer en Glasgow y vi que uno de ellos estaba en una calle cercana a la Central Station, en concreto Drury Street; sin embargo, buscaba dicha calle en el mapa y no aparecía por ningún sitio. Caminamos en dirección a la estación por si con un poco de suerte la veíamos, pero nada. Justamente en el porche de la entrada de la Central Station vimos una marquesina con el plano de la zona centro de Glasgow, y allí tampoco aparecía. La única opción que nos quedaba era preguntarle a alguien, y eso hicimos. A unos metros de nosotros estaba aparcado un camión, así que me acerqué para preguntarle al camionero por la calle. Resulta que estaba muy cerca de allí, tanto que el propio camionero nos acompañó hasta un poco más adelante para indicarnos que era la siguiente bocacalle a la derecha.
Cuando llegamos a la calle del restaurante en cuestión, el Horseshoe Bar, observamos que estaba un poco desértica y un poco sucia. Me acerqué a la puerta del restaurante para echarle un vistazo a la carta, y prácticamente en seguida vino un vigilante del mismo para decirme que a esa hora ya no servían comidas, pero que en el Drum & Monkey de la calle de al lado tienen la misma carta y que podíamos ir allí. Según lo que yo tenía apuntado, los precios del otro restaurante no se correspondían con los del Horseshoe Bar, sino que eran bastante más caros, por lo que descartamos esa opción. La cosa estaba chunga, ya que eran las ocho y media y no sabíamos dónde cenar. Jose propuso ir a un KFC que había visto a lo largo del día por Sauchiehall Street, aunque no caía en el sitio exacto. Cogimos por Saint Vincent Street hasta desembocar en Buchanan Street, la cual subimos para ver también lo que había allí.
Pasamos por delante de un take-away que hacía esquina con West George Street que no me desagradaba del todo y que propuse como alternativa si en unos minutos no encontrábamos el KFC que decía Jose. Al llegar a la parte más alta de Buchanan Street, continuamos por Sauchiehall Street para seguir con la búsqueda, que finalmente acabó en éxito, puesto que lo vimos al principio de una de las calles que salen de ella, en Renfield Street. Una vez dentro, nos unimos a la cola a la espera de nuestro turno; mientras tanto, nos fijamos en las diferentes opciones que había para comer. Algunas ofertas eran medianamente interesantes, lo cual nos hizo dudar bastante, tanto que tuvimos que salirnos de la cola para no entorpecer. Al final nos decantamos por tres cajas de nuggets de pollo con patatas y una botella de litro y medio de Pepsi, aunque al final fue de Pepsi Max porque cuando lo pedí ya no quedaban. En total, 2'99 libras cada caja y 1'49 libras por la botella.
Nos sentamos en una de las mesas que no estaban ocupadas a la espera que de que nos avisaran cuando nuestro pedido estuviera listo, que apenas tardó cinco minutos. Las cajas eran más pequeñas de lo que parecían en la foto de la oferta, y el remate fue que al abrirla tenía menos contenido del que creíamos, puesto que las patatas apenas llegaban a media altura, y solamente se incluían tres nuggets de pollo. En fin, nos tuvimos que conformar con eso, aunque a modo de compensación tengo que decir que los nuggets estaban más sabrosos de lo que esperábamos. Ya estábamos terminando de cenar cuando, poco antes de las nueve y media, uno de los empleados se pasó por las mesas para avisarnos de que en breve cerrarían. Apuramos al máximo para aprovechar que estábamos sentados y, de paso, intentar terminarnos la botella de Pepsi Max, cosa que no conseguimos.

21:30
Ya en la calle, deshicimos el camino que tomamos antes para ir al KFC. A esa hora, aunque todavía brillaba el sol, ya no había tanta gente en la calle, y sobre todo lo notamos bajando por Buchanan Street, ya que siempre que pasábamos por allí estaba a rebosar. A paso tranquilo, llegamos hasta Saint Enoch Square, y, al igual que por la tarde, entramos en el supermercado Tesco antes de que cerrase. Mis amigos tenían la intención de comprarse algo de postre, por decirlo de alguna forma, pero al final salimos de allí sin que se gastaran nada. Tras ello, tiramos por Dixon Street y luego giramos a la derecha por Clyde Street para llegar a nuestro hostal a eso de las diez de la noche.
Esta vez esperamos a que llegase el ascensor, porque ya pasábamos de tener que subir siete plantas a pie. Nada más llegar a la habitación, lo primero que hice fue quitarme los zapatos y ponerme más cómodo y más fresquito, que algo de calor hacía allí dentro. Por la tarde habíamos estado hablando acerca de cómo íbamos a controlar lo que cada uno de nosotros se estaba gastando en el viaje, puesto que, aunque el día anterior establecimos un fondo común del cual yo me encargaría y luego cada uno tendría una cantidad para gastos personales, al final todo lo estaba pagando yo. Así pues, decidimos seguir el resto del viaje como hasta ahora y anotar todos los gastos para al final hacer cuentas, por lo que aprovechamos que en la mesa de la habitación había un cuestionario del hostal y un bolígrafo para sumar lo que llevábamos gastado hasta el momento, que no era tanto como habíamos previsto, lo cual significaba que estábamos administrando bien el dinero.
Mientras hacíamos tiempo para hacer la digestión, pusimos a cargar la batería de mi cámara de fotos y los iPhones de mis amigos; ya os comenté en la entrada del primer día del viaje que mi móvil no necesitó ser cargado en los cinco días que estuvimos allí. Luego, estuvimos echándolo un vistazo a las diferentes monedas de libra que se utilizan en el Reino Unido para aprender definitivamente cuál corresponde con cada cantidad, puesto que más de una vez nos habíamos liado, y es que, si ya con las de euro resulta incomprensible que por ejemplo la de 50 céntimos sea más grande que la de 1 euro, con las libras las comparaciones de tamaño son aún peor. El caso más clamoroso es la moneda de 1 libra, que sí, es reconocible por su grosor, pero en lo que al círculo se refiere es más pequeña que las de 2, 10 y 50 peniques; y, por cierto, esta última y la de 20 peniques tienen forma heptagonal, cosa realmente curiosa.
Tras esto empezó la ronda de duchas, que de nuevo comenzó por Miguel. Jose y yo nos quedamos sentados en nuestras camas esperando, y en esto que empezamos a hablar acerca de la necesidad de comprarse ropa, ya que me preguntó de cuándo era la camiseta que me había puesto durante el día, que a todo esto calculo yo que tendría ya unos seis o siete años como mínimo, y, por cierto, prácticamente como nueva. Yo soy de la opinión de que es una tontería comprar ropa si la que tienes todavía te está bien y además cuidada, porque al fin y al cabo lo de comprar ropa se ha convertido en una obligación para renovar el armario continuamente y adaptarse a lo que dicte la moda, que a mi entender es una soberana estupidez. Ese dinero sería más útil gastarlo por ejemplo en libros, que hace bastante falta leer, y en viajar para conocer mundo.
Con el debate todavía en curso, Jose tuvo que abandonarlo porque Miguel ya había terminado y le tocaba a él. Mantuve la conversación un rato con Miguel, aunque mientras tanto estuve dejando la maleta medio hecha para que a la mañana siguiente no surgieran prisas de última hora. También hablamos acerca de la hora a la que nos tendríamos que levantar al día siguiente, ya que mi idea era coger el autobús para ir a Edimburgo a las nueve y media, y antes tendríamos que desayunar, hacer el check-out y llegar hasta la estación de autobuses. Para asegurar, y conociendo a mi amigos, acordamos levantarnos a las siete de la mañana. En esto que llegó mi turno para ducharme, con relativa incomodidad por la estrechez del plato de ducha, pero bueno, tampoco hay que quejarse demasiado, que el precio de la noche en el hostal (12 libras) era casi un regalo.
Ya sería medianoche cuando salí de la ducha y, ya los tres acostados en nuestras respectivas camas, activé unas cuantas alarmas de mi móvil para que nos despertaran a partir de las siete. Esta vez, y tras la experiencia de la noche anterior, dormí sin camiseta, y, aunque empecé tapándome con el edredón, volví a destaparme pasados unos minutos. El siguiente día sería bastante movidito, y con algún que otro sobresalto, pero todo eso y mucho más os lo contaré en la próxima entrada.