martes, 29 de septiembre de 2015

Viaje a Múnich: día 2

Viernes, 17 de julio de 2015

7:45
Ya estaba yo medio despierto cuando sonó la primera de las cuatro alarmas de mi antiguo móvil. Sobre las cinco y media o seis ya era de día en Múnich, y la claridad que entraba por la ventana hizo que instintivamente abriera los ojos cuando todavía no era hora de ponerse en pie. Desactivé las otras tres alarmas para que no molestasen a mis amigos y acto seguido me levanté para ir al baño y cumplir con mi rutina de aseo. Al salir, mis amigos ya se habían despertado, aunque seguían tumbados apurando los últimos minutos de descanso, que al menos a mí me vinieron de maravilla, puesto que estaba como nuevo. Lo primero que hizo Jose fue confirmarme que no había parado de roncar en toda la noche, que me tocó varias veces en el brazo y en la pierna, momento en el que cesaban mis ronquidos, pero que al rato volvía a empezar de nuevo. Miguel, que había dormido con los tapones puestos, se reía de la situación, y yo casi que también, ¡qué se le va a hacer!
Mientras ellos acudían al baño, yo me arreglé y me dediqué a dejar todo preparado (cámara de fotos, plan del viaje, mapa, dinero...) para perder el menor tiempo posible después de desayunar. Cuando ellos estuvieron listos, salimos de la habitación y bajamos en ascensor a la cafetería, situada en la primera planta del hotel. No nos tuvimos que preocupar por coger mesa porque había muchas libres, así que nos dirigimos directamente a los mostradores a coger nuestro desayuno. Me esperaba algo más de variedad teniendo en cuenta que estábamos en un hotel y no en un hostal como nos había ocurrido en los últimos viajes, las cosas como son, aunque al menos tenía lo indispensable, a excepción de la bollería, puesto que contaba con que hubiera pan de molde y, sobre todo, croissants, que es algo de lo que siempre me privo en casa para saborearlo con más gusto cuando viajo.
El primer día siempre suelo abusar un poco y cojo de casi todo, y esta vez no fue una excepción: un pretzel, una especie de mini baguette hecha con la misma masa del pretzel, tres rebanadas de pan alemán, tres trozos de bizcochos de diferentes tipos y una taza de leche del tiempo con cacao soluble. Jose y Miguel se decantaron por unos pitufos de pan redondos, cereales y un poco de embutido y queso, mientras que para beber se tomaron zumo y café. Empecé con el pretzel, el cual compartí con mis amigos para que lo probaran, y la verdad es que me gustó mucho, así como la mini baguette, que tenía mucha miga y que unté con mantequilla, cosa que también hice con una de las rebanadas de pan alemán. Ya estaba bastante saciado y todavía me quedaba bastante desayuno por delante, concretamente la parte más dulce; con algo de esfuerzo me comí los tres bizcochos, muy normalitos, y otra rebanada que unté con Nutella, mientras que la otra la tuve que dejar. Entre tanto, me tomé la leche con cacao para digerir mejor esta última parte.
Mientras desayunábamos, estuve varios minutos mirando a la mesa de al lado, en la que estaba un matrimonio con sus hijos, debido a que la cara del padre me resultaba muy familiar; finalmente caí en que se parecía una barbaridad a Agustín Cabañó, el que fuera nuestro profesor de Matemáticas de Bachillerato en el colegio, y Miguel y Jose, al verle disimuladamente, confirmaron lo que yo pensaba. Serían las nueve y cuarto cuando subimos a la habitación para recoger las cosas e irnos, pero, entre que mis amigos tenían que lavarse los dientes y que también les gusta hacerme sufrir un poquito con el tema de la puntualidad, no la abandonaríamos hasta las diez menos veinticinco. Antes de irnos, me asomé a la ventana y vi que el día se presentaba con el cielo despejado y con una temperatura que rondaría los treinta grados, por lo que todo apuntaba a que volveríamos a pasar calor.

9:35
El plan que habíamos establecido para hoy implicaba moverse a pie por todo el centro histórico de Múnich, lo cual significaba que no nos haría falta comprar ningún billete de transporte como el día anterior y como ocurriría en los días posteriores. Al salir del hotel, pasamos por delante del restaurante Tarullo's en el que cenamos la noche anterior para a continuación tirar por Herzog-Wilhelm-Strasse y entre medias por la Sendlinger Tor. Seguimos por An der Hauptfeuerwache, y fue en esta calle cuando Jose comenzó a quejarse de que sus zapatos le estaban rozando a la altura del telón de Aquiles, y es que a quién se le ocurre estrenarlos en un viaje, que es cuando más se anda. El sol apretaba bastante, motivo por el cual siempre buscábamos el lado de la calle que tenía sombra, aunque en Papa-Schmid-Strasse y Fraunhoferstrasse tuvimos que cambiarnos continuamente de acera debido a que varios tramos estaban de obras.
Al llegar al Reichenbachbrücke, uno de los puentes que cruzan el río Ísar, giramos a la izquierda para continuar por la sombra de la acera cubierta por árboles de la Erhardtstrasse, donde Jose, que ya no aguantaba mucho más, no tuvo más remedio que parar y pedirme tiritas para aliviar algo el dolor. Más adelante, ya empezamos a ver a nuestra derecha el edificio del Deutsches Museum sobre la Museumsinsel, una de las islas del río, mientras que a la izquierda teníamos el de la Europäisches Patentamt, la sede de la Oficina Europea de Patentes. A las diez ya estábamos cruzando el Boschbrücke, un puente que cuenta en uno de sus extremos con una enorme estatua de Otto von Bismarck y en el otro con la tienda del museo que visitaríamos a continuación, cuya entrada principal se encuentra en una pequeña plaza en una de cuyas fachadas destaca un gran reloj en el que aparecen representados los doce signos del zodíaco, pero estaba estropeado porque no marcaba la hora que realmente era.
Al entrar en el Deutsches Museum, Jose nos dijo que se le habían despegado las tiritas y que había decidido volver al hotel para cambiarse los zapatos. Le di el mapa de la ciudad para que no se perdiera y quedamos en que nos avisase a alguno de nosotros cuando regresara al museo para indicarle dónde reunirnos de nuevo, puesto que la idea era estar allí hasta la una más o menos, así que tenía tiempo de sobra. Miguel y yo nos acercamos a la taquilla para comprar las entradas, 11 € cada uno, y coger un tríptico en español con la guía y el plano básico del museo, que por cierto estaba anticuado porque los precios no se correspondían con los actuales. Según había leído, el Deutsches Museum, que tiene otras dos sedes en Múnich y otra en Bonn, necesita de ocho días para recorrerlo en su totalidad, pero nosotros nos centraríamos únicamente en las salas que consideraba más interesantes y sin detenernos demasiado para que nos diese tiempo a verlas todas en unas tres horas.
Empezamos la visita por la sala de Navegación, en la que destacaba sobremanera un enorme buque pesquero a través del cual se podía bajar hasta un sótano donde se exponían camarotes, un puente de mando, ruedas de timón, maquetas de barcos de diversas épocas, propulsores de hélice, etc. Volvimos a la planta baja para continuar con una de las secciones más completas e importantes del museo, la de Aeronáutica. En la primera parte pudimos ver numerosas aeronaves de todo tipo, tales como aviones a reacción, helicópteros, aviones militares y el que parecía ser uno de los primeros aviones de pasajeros; cabe comentar también que a través de los ventanales de esta sala se veía a varias personas tomando el sol y bañándose en el río, y es que los alemanes aprovechan los días de buen tiempo como pocos. A continuación subimos a la entreplanta, y allí, además de contemplar desde arriba las aeronaves anteriores, pudimos ver el agobiante y mínimo espacio de la cabina de vuelo de un Boeing 707, una réplica del interior una torre de control de tráfico aéreo y una maqueta del aeropuerto de Múnich.
Al bajar de nuevo a la sala principal nos topamos de frente con la sección transversal de un avión comercial en el que se apreciaba perfectamente la cabina de pasajeros con los asientos y el compartimento de carga donde se almacenan las maletas, y también el tren de aterrizaje y uno de los motores sin el fuselaje para que se pudiera ver la turbina y el laberinto de tubos y cables que lo componen; justo detrás teníamos un módulo de la ESA (Agencia Espacial Europea) cuyo interior, un laboratorio espacial, se podía visitar, pero no se parecía en nada a los que se muestran en la tele, pues era mucho más espacioso y sin tantos botones y cachivaches. De allí nos fuimos en busca de lo último que nos quedaba por visitar de esta planta, el péndulo de Foucault, que resultó ser más pequeño de lo que me esperaba y que precisamente estaba rodeado de las escaleras que dan acceso al resto de plantas, pero nosotros preferimos coger el ascensor situado justo al lado.
Ya en la primera planta, entramos en las salas que muestran la evolución de diferentes tipos de instrumentos musicales, ya fueran de viento, cuerda o percusión (arpas, pianos, órganos, baterías, flautas, trompetas, violines...), algunos de ellos totalmente desconocidos por ser propios de culturas y etnias muy específicas. Continuamos con la sección de Aeronáutica, que en esta planta cuenta con una gran sala dividida en dos partes. La primera que visitamos estaba dedicada a los inicios del vuelo y la aviación, desde el globo de los hermanos Montgolfier hasta el dirigible de Ferdinand von Zeppelin, pasando por planeadores y, cómo no, por el aeroplano de los hermanos Wright; a modo de inspiración de estos pioneros, en uno de los laterales de esta parte de la sala había una exposición de insectos voladores disecados, la mayoría de pequeño tamaño, aunque algunos eran tan grandes como una mano, lo cual me generó una sensación de asco y repelús, y es que para nada me gustan los bichos.
La otra parte era más grande y en ella se mostraban ejemplos de aeronaves utilizadas en el período comprendido entre los años 1918 y 1945, principalmente avionetas y un avión de transporte de pasajeros de gran envergadura; a este último se podía entrar, y bien que se notaba que era de los primeros en utilizarse para este fin, ya que apenas podía transportar a unas veinte personas y en un habitáculo con tan poca altura que tuve que estar ligeramente agachado. Subimos ahora por las escaleras a la segunda planta, concretamente a la sala de Astronáutica, la cual repasa las misiones espaciales tripuladas y los satélites y sondas que el ser humano ha enviado al espacio desde que comenzó esta era allá por el año 1957. Entre los objetos allí expuestos se encontraban la sonda Helios 3, que estaba destinada a orbitar alrededor del Sol; un diorama que representa el aterrizaje en la Luna de la misión Apolo 15 y una réplica a tamaño real del vehículo de paseo lunar que utilizaron; un fragmento de una roca lunar procedente de la última misión tripulada a nuestro satélite; y por último la evolución que han experimentado los trajes espaciales utilizados por los astronautas, así como la de los cohetes y transbordadores espaciales.
Ya eran las once y veinte y habíamos previsto asistir a la demostración de soplado de vidrio que daría comienzo diez minutos después en esa misma planta, por lo que atravesamos varias salas que más tarde visitaríamos para llegar a tiempo, pero ya había bastante gente alrededor y prácticamente no íbamos a poder ver nada. Lo que hicimos fue entrar en la sala contigua, donde se encuentra una réplica exacta de una parte de las famosas Cuevas de Altamira en un ambiente de total oscuridad para observar mejor las pinturas rupestres; precisamente allí fue cuando Jose se puso en contacto con Miguel a través de un mensaje para decirle que ya había llegado al Deutsches Museum, así que le dijimos que cogiese una guía con el plano del museo y que nos buscase en la segunda planta por la sala 39, que era en la que nos hallábamos. Cuando nos disponíamos a salir de la sala para encontrar a Jose, pasamos justo por debajo de un aparato de aire acondicionado junto al cual estuvimos un par de minutos para refrescarnos, y es que, al contrario de lo que me imaginaba, hacía bastante calor en el museo.
La demostración de soplado de vidrio ya estaba más desahogada de gente, por lo que aprovechamos para ver cómo el artesano utilizaba el quemador de gas e inmediatamente soplaba el vidrio para crear figuras de diferentes tamaños y formas. Diez minutos más tarde vimos llegar a Jose, que nos contó que tuvo que doblar la parte de atrás de los zapatos como si fueran chanclas para que no le rozaran más y que a la hora de comprar la entrada del museo, enseñó su carnet de estudiante de la universidad para que en vez de 11 € le costase solamente 4 €; ya los tres juntos, reanudamos la visita deshaciendo el camino que Miguel y yo habíamos hecho para ver el soplado de vidrio. No nos detuvimos mucho en las salas de Técnica del vidrio, Papel y Técnica de imprenta porque, a pesar de que las tenía apuntadas como recomendables, no tenían mucho que ver, salvo algunas máquinas antiguas bastante bien conservadas; sí que le prestamos un poco más de atención a una sala intermedia, la de Juguetes técnicos, en cuyos expositores se exhibían principalmente construcciones y figuras hechas con piezas de Lego.

11:50
Sin nada más que ver en la segunda planta, cogimos el ascensor para subir a la tercera y adentrarnos en la sala de Telecomunicaciones, la cual cubre los aparatos, métodos y sistemas que se han utilizado a lo largo de la historia para el intercambio y la difusión de información a través de señales eléctricas y ópticas. En uno de los módulos había una cámara que te grababa sobre un croma para que te pudieras ver en una pantalla de televisión con el fondo que eligieras (el mar, una isla, una ciudad...); más adelante, nos topamos con una maqueta de una ciudad en la que se podía observar cómo se transmiten las señales con la ayuda de satélites artificiales, antenas parabólicas, torres de telecomunicaciones, torres eléctricas, etc., mientras que al final nos encontramos con una exposición de teléfonos antiguos de esos que utilizaban nuestros padres y abuelos y que también aparecían en las películas en blanco y negro.
De allí pasamos a la pequeña sala del Gabinete matemático, una de las que más ganas tenía de visitar, aunque creo que no me equivoco al afirmar que fueron mis amigos los que más disfrutaron, por paradójico que pueda parecer. La razón era que en dicha sala había varios módulos con experimentos para ser resueltos, y eso a ellos les llamó mucho la atención, tanto que se pusieron manos a la obra con algunos hasta solucionarlos. A pesar de su reducido tamaño, la sala contaba con algunos de los problemas y conceptos matemáticos más conocidos, como por ejemplo el triángulo Reuleaux, la banda de Möbius, el teorema de los cuatro colores, el cuadrado mágico del grabado Melancolía I de Durero o los famosos dibujos de Escher; en uno de ellos hasta me atreví a ayudar a un visitante que estaba un poco atascado para explicarle en inglés cómo se podía hacer pasar un mismo sólido por tres huecos con forma triángulo, cuadrado y círculo.
En una de las esquinas de esta sala vimos unos paneles en los que se mostraba que ciertas figuras de la vida cotidiana como un corazón o un limón pueden ser representados matemáticamente a través de una fórmula, y a continuación subimos por unas escaleras que daban a una de las cafeterías del museo. A Jose y a Miguel les apetecía tomarse una cerveza, pero yo no quería desaprovechar el tiempo, así que ellos se quedaron allí y yo continué con la visita por mi cuenta con la idea de reunirnos de nuevo en un rato. La siguiente sala era la de Microelectrónica, la cual no me llamó mucho la atención porque no soy yo muy amigo de semiconductores, circuitos y transistores, pero cuya presencia era inevitable porque compartía espacio con una sección que si me interesaba bastante más, la de Informática, que por algo soy ingeniero de esta especialidad. En esta parte de la sala se hacía un repaso de la historia de esta ciencia a través de diversas subsecciones, tales como las de instrumentos matemáticos y de computación, calculadoras digitales, criptografía, autómatas y ordenadores.
En las dos primeras se exponían objetos que, salvando las distancias y aunque a priori no lo parezcan, son considerados precursores de lo que hoy conocemos como computación, como por ejemplo los compases, las tablas logarítmicas, los ábacos o las máquinas de calcular mecánicas de Pascal y Leibniz; sin embargo, la parte que me hacía más ilusión visitar era la de criptografía, una técnica que se lleva utilizando desde hace miles de años y que hace menos de un siglo marcó para muchos el origen de lo que hoy conocemos como informática gracias a un señor llamado Alan Turing. No os voy a contar de él mucho más de lo que ya hice en este post con motivo de la película que se estrenó a comienzos de este año y que relata la historia de cómo consiguió descifrar los mensajes que los nazis encriptaban durante la Segunda Guerra Mundial con la ayuda de la máquina Enigma; pues bien, dos de estos dispositivos estaban allí en el Deutsches Museum. En el resto de la sala se exhibían máquinas de tarjetas perforadas, así como una muestra de cómo han evolucionado las originalmente llamadas computadoras, desde la voluminosa UNIVAC hasta los más pequeños y manejables ordenadores personales.
Al término de esta sala volví con mis amigos, básicamente porque si seguía por mi cuenta seguramente nos costaría encontrarnos de nuevo, y sobre todo porque si no les meto prisa no hay quien les saque de la cafetería. Una vez allí, donde por cierto hacía bastante calor, me senté con ellos a esperar a que se terminasen sus respectivas cervezas, que estaban todavía por la mitad, y mientras tanto aproveché para echarle un vistazo a mi correo electrónico y a navegar por Internet gracias a que había Wi-Fi libre en la cafetería. A la una menos diez nos pusimos de nuevo en marcha para visitar la sala de Microelectrónica e Informática, otra vez en mi caso, así que hice de guía para ir un poco más rápido, aunque nos entretuvimos un buen rato en la parte de criptografía con un ordenador en el que podías introducir cualquier texto (nosotros pusimos nuestros nombres) para que lo encriptase con un cifrado Vernam y luego desencriptara el resultado para obtener de nuevo el mensaje original
Pasamos de largo por la sala de Geodesia y continuamos por la de Astronomía, otra de las secciones más interesantes del museo, pues de hecho también está presente en la cuarta y en la quinta planta. En la que nos encontrábamos estaba centrada en los diferentes instrumentos que han utilizado los astrónomos a la hora de observar las estrellas, los planetas y cualquier otro astro visible en el cielo, principalmente astrolabios y telescopios de varios tamaños. De allí fuimos a la contigua sala de Pesos y Medidas, que como su propio nombre indica muestra la evolución histórica de las unidades de longitud, masa y volumen a través de objetos y procedimientos que han permitido medirlos (balanzas, el Sistema Internacional de Medidas, etc.). La siguiente era la de Cronometría, que cuenta con una importante colección de relojes de todo tipo y también con instrumentos capaces de medir intervalos muy largos y muy cortos de tiempo.
Seguidamente, subimos a las cuarta y quinta plantas para volver con la sección de Astronomía. En ellas pudimos ver, entre otras cosas, una exposición de esferas celestes, en las que aparecen representadas las estrellas y constelaciones que podemos contemplar en el cielo nocturno; paneles explicativos con la formación del Universo y las galaxias, haciendo especial hincapié en la Vía Láctea, el Sistema Solar y sus planetas; un diorama del monumento megalítico de Stonehenge; y lo que más gustó a Miguel y Jose, una mesa curvada y circular en la que al lanzar una bola se veía cómo ésta dibujaba una trayectoria elíptica como la que siguen los planetas y que poco a poco se iba acercando al vórtice del centro hasta desaparecer. Con esto terminaba nuestra visita al Deutsches Museum, que con todo lo que tiene tendría que haber sido más larga, pero Múnich tiene muchas cosas que ver y no podíamos estar allí todo el día.
Fuimos en busca del ascensor para regresar a la planta baja y acercarnos al restaurante del museo a comprobar si nos merecía la pena almorzar allí; estaba bastante concurrido y había varias opciones para comer, pero a Jose y Miguel no les terminó de convencer del todo, por lo que nos fuimos de allí. Antes de irnos, le dije a mis amigos que necesitaba descomer, así que fuimos en busca de los baños, que seguramente estarían más limpios que los del sitio al que fuésemos a comer, y ya de paso aproveché para beber agua y refrescarme mojándome el pelo, que estaba un poco sudado.

13:50
Ya fuera del Deutsches Museum, atravesamos el Boschbrücke para girar a la derecha e incorporarnos a la calle Erhardtstrasse hasta la confluencia con Ludwigsbrücke, otro de los puentes que cruzan el río Ísar; a continuación, seguimos por Zweibrückenstrasse y luego por Isartorplatz hasta que encontramos el Hans im Glück, el sitio en el que almorzaríamos. La carta estaba únicamente en alemán, pero quedaba claro que la elección para comer se reducía básicamente a varios tipos de ensalada o hamburguesa, y nosotros obviamente nos decantamos por lo segundo. Me fijé en que había menú de mediodía disponible hasta las cinco de la tarde por el que se pagaba el precio de la hamburguesa que se quisiera y 4'50 € más por la bebida y patatas fritas, así que ya solamente nos quedaba escoger la hamburguesa, que no eran lo que se dice baratas, casi ocho euros, aunque estando en Alemania se podía considerar normal. Cuando ya nos decidimos, avisamos a una de las camareras para que tomase nota de nuestros tres menús: refresco de naranja para Jose, Coca-Cola para Miguel y para mí, hamburguesa Gorgonzola para Miguel, y hamburguesa Caesar para Jose y para mí.
La decoración de la hamburguesería era cuanto menos peculiar, con un diseño un tanto minimalista y al mismo tiempo ecológico, con delgados troncos de árbol repartidos por todo el local, incluso atravesando los bancos y las mesas, en las que también había pequeñas macetas. La camarera nos trajo las bebidas de momento, y, cinco minutos después, los platos con las hamburguesas y los cuencos de patatas fritas. Todo tenía bastante buena pinta, sobre todo las hamburguesas, cuya apariencia no tenía nada que ver con las que sirven en esas cadenas de restaurantes de comida rápida que todos sabemos. En la mesa teníamos una cesta con botes de ketchup, mostaza, salsa picante y otra que por su color parecía mayonesa, pero no tenía el mismo sabor; aun así estaba buena, pues de hecho eché un poco tanto en las patatas como en la hamburguesa, mientras que mis amigos probaron las cuatro. Los tres quedamos bastante satisfechos con nuestras hamburguesas (la mía, además de salsa césar, llevaba queso parmesano y bacon), tanto con su sabor, de las mejores que he comido, como con su tamaño, lo suficientemente grandes como para dejarte saciado con la ayuda de las patatas fritas.
Cuando la camarera vio que habíamos terminado de comer, se acercó para preguntarnos si queríamos café, ya que estaba incluido en el menú, de lo cual no me había dado cuenta; a mí no me gusta, por lo que no me lo pedí, mientras que mis amigos se tomaron un cappuccino. El almuerzo nos salió a cada uno por 12'40 €, así que, como Jose y Miguel tenían un fondo en común para los gastos del viaje, me dieron 25 €. La camarera, que estaba cobrando a la mesa de al lado, nos trajo la cuenta, y, cuando comprobé que estaba todo correcto, le entregué dos billetes de veinte, pero, al ver que se marchaba sin más, le avisé para que nos diese el cambio, y es que nos dio la impresión de que ella creía que la propina estaba incluida cuando en realidad no teníamos pensado dejar nada, y mucho menos ahora. Dejamos atrás esta confusión y salimos de la hamburguesería en dirección al centro; al llegar al cruce con Frauenstrasse, mis amigos entraron en una tienda de montañismo que había en la esquina, mientras que yo preferí quedarme fuera viendo Isartor, una de las cuatro puertas de la antigua muralla medieval de la ciudad, pero la única que todavía conserva su torre principal, además de unos frescos en su parte central.
Juntos de nuevo los tres, cruzamos para continuar por Tal, peculiar nombre para una calle con comercios de todo tipo (tiendas, cafeterías, bancos...) en la que hicimos un alto en el camino para entrar en Rewe, un pequeño supermercado al que acabaríamos acudiendo varias veces durante el viaje. El motivo de que estuviésemos allí era que Miguel y Jose querían comprar un botellín de agua, que al pagarlo en caja le costó veinticinco céntimos más caro de lo que marcaba el precio del estante en el que estaba porque, según parece, en Alemania te ofrecen la posibilidad de reciclar ciertos envases en unas máquinas especiales que hay en los supermercados, de tal manera que al hacerlo te devuelven un ticket con el valor de dicho sobrecoste para que lo gastes en otro producto; a mis amigos esta medida no les parecía del todo justa, aunque yo sí que la veía bastante útil.
Al final de la calle nos topamos de frente con el Altes Rathaus, mientras que a nuestra izquierda teníamos la Heilig-Geist-Kirche, es decir, la iglesia del Espíritu Santo, en la cual entramos. El templo, de estilo barroco, nos llamó muchísimo la atención no por que tuviese un altar espectacular, por que contase con reseñables capillas o por que allí estuviese la tumba de algún personaje histórico de relevancia, sino por dos detalles absolutamente inesperados. El primero, que el techo estaba cubierto por una malla de la cual colgaban cientos y miles de cuerdas blancas de diferentes longitudes, así como de unas vallas metálicas repartidas por las dos naves laterales; la segunda, que a los pies de cada columna había un puf para que el que quisiera se sentase a descansar, o a dormir como parecía que hacían algunos. Jose y Miguel no dudaron un solo segundo en probarlos, y tras ello afirmaron con rotundidad que ésta era la mejor iglesia que habían visitado nunca; yo también acabé sentándome en uno de ellos y hay que reconocer que era muy cómodo, tanto que apetecía quedarse allí a echarse una siestecita, pero debíamos continuar recorriendo la ciudad.
Nuestro siguiente destino lo teníamos justo enfrente de nosotros, la Peterskirche, la iglesia más antigua de Múnich. En nuestros planes estaba verla por dentro, aunque lo primero que haríamos sería subir al mirador de su torre, situado a 56 metros de altura, por lo que nos acercamos a la entrada para pagar los dos euros que cuesta (Jose solamente pagó un euro mostrando su carnet de estudiante). Como suele ocurrir en estos casos, la subida es angosta y cada dos por tres te tienes que parar porque te cruzas con gente que baja, y además sus algo más de 300 escalones no son muy anchos que digamos, especialmente para mis grandes pies. A mitad de camino, hicimos una pausa para descansar en un banco situado para tal efecto en un pequeño rellano, y tras ello continuamos para completar casi diez minutos de ascensión. Llegamos al mirador un poco cansados y acalorados, pero merecía mucho la pena haber subido, ya que las vistas que teníamos desde allí eran simplemente maravillosas.
Todo, absolutamente todo era visible desde lo alto del Alter Peter, que es como los muniqueses conocen a esta torre, ya que su mirador se puede rodear por completo, así que la panorámica de la ciudad que se extendía ante nosotros era inmejorable. A tiro de piedra teníamos el techo de la propia Peterskirche, la Heilig-Geist-Kirche en la que acabábamos de estar, los puestos del Viktualienmarkt, la Frauenkirche con sus dos torres, el Neues Rathaus coronado con el Münchner Kindl, la Marienplatz y el Altes Rathaus; mientras tanto, a cierta distancia se distinguían otros puntos de interés que ya habíamos visitado y otros a los que iríamos más adelante, como por ejemplo el Deutsches Museum, la Residenz, el Englischer Garten, el Allianz Arena, el Olympiaturm, el Olympiastadium, el Maximilianeum, etc.
Os podéis hacer una idea de cuántas fotos pude llegar a hacer desde allí arriba teniendo unas vistas como éstas. Debido a este motivo y a la cantidad de turistas que había, llegó un momento en el que me di cuenta de que mis amigos no estaban conmigo, por lo que me dispuse a buscarles dando vueltas por el mirador; finalmente les encontré en el descansillo situado en el interior de la torre, esperándome sentados en un banco a que terminase de hacer fotos. Ahora tocaba hacérnoslas a nosotros, así que volvimos a salir al mirador en busca de la mejor perspectiva para que se viera tanto la Frauenkirche como el Neues Rathaus, y para ello utilicé a Jose como cobaya. Cuando encontré la mejor ubicación, le dejé la cámara a Jose para que me inmortalizara, pero como yo soy más alto que él no se veían bien los dos monumentos, por lo que durante unos segundos me vi obligado a forzar una postura en la que flexionaba las piernas hasta ponerme casi en cuclillas apoyándome como buenamente podía en la reja protectora del mirador, momento que aprovechó Miguel para fotografiar tal escena mientras yo aguantaba la risa que me entró.
No queríamos irnos de allí sin hacernos una foto en la que saliésemos los tres, pero, entre que había bastante gente y que sería muy complicado que los tres cupiésemos en una misma foto por lo estrecho que era el pasillo del mirador, descartamos la idea y nos dispusimos a bajar la torre, para lo cual empleamos apenas cinco minutos. Accedimos al interior de la Peterskirche por una de las puertas laterales; esta vez, mis amigos se tuvieron que conformar con sentarse en uno de los bancos y no en un puf como antes mientras yo me paseaba por el templo. De nuevo, me encontraba ante una iglesia que por tamaño y estética no tenía nada que envidiar a la Frauenkirche, que como catedral se supone que tiene que ser el mejor templo de la ciudad; De estilo barroco, cabría destacar especialmente los frescos de la bóveda, con varias referencias a San Pedro; las estatuas de santos situadas en las columnas que separan las naves del templo; y también su altar mayor, de nuevo con la presencia del que fuera el primer papa de la Iglesia católica.
Al salir de allí, nos dirigimos a la Marienplatz, donde a falta de solamente dos minutos para las cinco de la tarde ya había numerosos turistas congregados para ver el carrillón del Neues Rathaus. Precisamente nos acercamos a este edificio para entrar por el pasadizo situado en la base de su torre al patio interior, desde donde escuchamos la melodía introductoria del Glockenspiel; de nuevo en la plaza, con todo el mundo mirando hacia arriba y apuntando con sus cámaras al carrillón, nos fuimos hasta la esquina con la Sendlinger Strasse, donde le pedí a Jose que me hiciese algunas fotos con el Neues Rathaus de fondo. Tras ello nos acercamos a la Apple Store, y no con la intención de comprar algún producto con el logo de la manzana, sino con la de poder conectarnos a la Wi-Fi gratuita del local, que es lo que hacía la mayoría de las personas que allí se encontraban.
Continuamos nuestro paseo por Kaufingerstrasse, por donde casi no se podía ni andar de la gente que había, para entrar en la Galeria Kaufhof, ya que Jose y Miguel necesitaban ir al baño. El interior de estos grandes almacenes, así como su distribución, nos recordó muchísimo al de El Corte Inglés, con una planta dedicada a cada tipo de persona (mujer, hombre, joven, niños) y otra de restauración, donde encontramos los servicios. Junto a la puerta de los baños había una mujer sentada a una mesa en la que había un plato en el que la gente dejaba dinero al pasar, por lo que se deducía que había que pagar para poder usarlos; sin embargo, mis amigos se arriesgaron a entrar gratuitamente y la mujer no les dijo nada, así que finalmente pensamos que era un donativo voluntario.

17:25
Estábamos ya por Neuhauser Strasse cuando pasamos por delante de un par de tiendas de souvenirs especializadas no tanto en las tradicionales camisetas, llaveros o imanes, sino en productos típicos más autóctonos como los relojes de cuco, las jarras de cerveza y los trajes regionales bávaros, todos con unos precios nada asequibles para nuestros bolsillos, aunque se veía que eran de bastante calidad. Unos metros más adelante encontramos la Michaelskirche, en cuya fachada destaca una estatua de bronce del Arcángel Miguel matando al diablo, que es como se le suele representar, pero lo que nos llamó la atención fue algo que ya habíamos visto en las puertas de algunas iglesias y que también veríamos los siguientes días en otras tanto en Múnich como en Salzburgo, una secuencia de caracteres escritas con tiza cuyo significado todavía hoy desconozco: 20 * C + M + B * 15. Si alguien conoce el porqué de esto, que me lo explique a través de un comentario porque estoy muy intrigado.
Nada más entrar, una mujer que estaba sentada y que parecía ser la que vigilaba el interior del templo me hizo una señal como diciéndome que no podía hacer fotos, lo cual me sorprendió porque eran bastantes los turistas que estaban utilizando sus cámaras sin ningún tipo de restricción, así que o yo le había entendido mal o no le caía bien por algún motivo. Yo no suelo hacer caso a estas prohibiciones, y esta vez no fue una excepción, pero por si acaso me preocupé de hacerlas sin levantar la cámara ni mirar por el visor y de espaldas a esta mujer cuando estaba en su campo de visión. Con respecto a este templo jesuita, resulta que es la iglesia renacentista más grande al norte de los Alpes, y no era de extrañar viendo su gran bóveda de cañón, aunque también habría que reseñar su altar mayor y sus capillas laterales, con notables esculturas y pinturas.
Ya en la calle, deshicimos parte de nuestros pasos para desviarnos por la Augustinerstrasse, y, tras pasar por delante de la Frauenkirche, seguimos por Löwengrube y Schäfflerstrasse hasta desembocar en la Marienhof, una gran plaza peatonal situada detrás del Neues Rathaus y cubierta casi por completo por césped, lo cual es aprovechado por muchos para hacer picnics, leer o simplemente tumbarse al sol, aunque sol ya había más bien poco porque se estaba nublando y el cielo estaba adquiriendo un color entre grisáceo y blanquecino. Continuamos por Theatinerstrasse y Perusastrasse, llegando de esta forma a la Max-Joseph-Platz, otra de las plazas más notables de la ciudad por su céntrica localización y por los importantes monumentos y puntos de interés que hay en ella.
El primero que vimos fue el Palais Toerring-Jettenbach, un palacio fácilmente reconocible por la arcada que recorre su fachada. Seguidamente, cruzamos a la parte peatonal de la plaza hasta situarnos frente al Nationaltheater, el teatro más importante de Múnich y que es sede de la Ópera Estatal de Baviera, y a la estatua del rey Maximilian I de Baviera, situada en el centro de la misma, de tal manera que a nuestra izquierda quedaba la Residenz, el que fuera Palacio Real y residencia oficial de la familia Wittelsbach. Conviene recalcar que la fachada que era visible desde la plaza estaba completamente impoluta, y es que parecía que estuviese recién pintada en vez de con la piedra con la que realmente está construida. Al llegar a la esquina de la Max-Joseph-Platz con Residenzstrasse nos topamos con otra de las curiosidades de Múnich que ya habíamos visto con anterioridad, unas cajas metálicas en las que se apilan los periódicos para comprarlos directamente ahí echando el importe correspondiente en la hucha situada al lado, una prueba más de la confianza que se tiene de los alemanes y su honradez.
Ya en Residenzstrasse, bordeamos uno de los laterales de la Residenz, en la que hay dos puertas flanqueadas cada una por un par de leones que, según la tradición, dan buena suerte si los tocas, cosa que hicieron Jose y Miguel. Tras ello llegamos a una de las principales plazas de la ciudad, la Odeonsplatz, cuya explanada estaba en ese momento repleta de camiones y pequeñas carpas, lo cual era un fastidio porque no era fácil moverse entre tantas vallas y la cantidad de gente que allí había, pero lo que más me cabreó fue que la Theatinerkirche, una de las iglesias más grandes y representativas de Múnich, estaba completamente oculta tras unos andamios cubiertos por enormes lonas en los que estaba dibujada la fachada principal del templo a modo de disimulo. No cabe duda de que la suerte me estaba resultando esquiva en este sentido durante todo el viaje. Mis amigos no tenían ganas de visitar más iglesias y se fueron a la cafetería situada justo pared con pared a tomarse algo, así que me quedé solo durante un rato para visitar todo lo que había en la plaza.
Empecé por el otro monumento que destaca en la Odeonsplatz, el Feldherrnhalle, una construcción de estilo neoclásico inspirada en la Loggia dei Lanzi de Florencia que se erigió para honrar al ejército bávaro, pues en ella se hallan las estatuas de algunos líderes militares, así como las de los dos leones de piedra situados a cada lado de la escalinata central; precisamente aquí tuvo lugar en 1923 un enfrentamiento entre la la policía bávara y un grupo de manifestantes seguidores de Hitler que acabó con la muerte de varios de ellos y con la detención y encarcelamiento del líder nazi, quien durante su estancia en prisión escribió el famoso libro Mein Kampf. A continuación entré en la Theatinerkirche, cuyo interior me dejó bastante impresionado por su inmensidad y majestuosidad, aunque si algo me llamó la atención sobremanera fue la tonalidad blanca del estuco con el que está decorado, en contraste con el característico e intenso amarillo de la fachada que no pude admirar. Recorrí su larga nave principal hasta llegar al altar mayor, adornado con unas llamativas columnas rizadas, y sobre ella vi la enorme cúpula que alcanza los 70 metros de altura; ya en busca de la salida, me paseé por las capillas laterales, en una de las cuales se encuentran las tumbas del rey Maximilian II de Baviera y de su esposa.
Me reuní de nuevo con mis amigos, quienes se estaban refrescando con unos smoothies; me acerqué a la barra para ver qué sabores había, pero ninguno me llenaba del todo, así que me senté con ellos a esperar que terminasen para seguir visitando la ciudad. Salimos a la Odeonsplatz para cruzarla y entrar al Hofgarten por el arco de la plaza que da acceso a él, aunque tuvimos que parar un momento porque cuando quise hacerle una foto a dicho arco la cámara no me respondía. El problema radicaba en que no era capaz de enfocar, por lo que no podía fotografiar, y entonces empezó a recorrerme un sudor que me puso nervioso porque quedaba mucho viaje por delante; por suerte, tras apagarla y encenderla varias veces conseguí que volviese a la normalidad. A todo esto, mientras yo me peleaba con la cámara, a Jose se le acercó una chica que le preguntó en inglés por una calle, pero entre que no domina el idioma y que no sabía dónde estaba no le pudo ayudar.
Atravesado ya el arco, a nuestra derecha teníamos la imponente fachada trasera de la Residenz, con dos largas arcadas superpuestas y separadas por columnas que estaban rematadas por estatuas de mármol, mientras que a la izquierda teníamos el Hofgarten propiamente dicho. Este jardín de estilo italiano con forma rectangular destaca principalmente por el pabellón circular erigido en su parte central, el Dianatempel, dedicado a la diosa Diana y cuya cúpula está coronada por una figura de la Bavaria. A pesar de que el cielo se estaba nublando cada vez más, hacía calor, lo suficiente como para que la gente se animase a pasear como nosotros por entre los setos y árboles de este pequeño parque. Al llegar a una de sus esquinas, lo bordeamos en dirección al centro, concretamente por el lateral en el que se encuentra el edificio de la Bayerische Staatskanzlei, es decir, la Cancillería del Estado de Baviera, muy reconocible con gran parte de su fachada acristalada.
Abandonamos el Hofgarten para continuar por Alfons-Goppel-Strasse, una calle por la que no pasaba apenas nadie y en la que nos topamos con el edificio del Instituto Cervantes. Al final de la misma llegamos a una de las avenidas más importantes de la ciudad, la Maximilianstrasse, donde se hallan las tiendas y hoteles más caros de Múnich, por lo que allí poco más podíamos hacer que mirar, y luego nos desviamos por una de sus bocacalles, concretamente Am Kosttor, en la que paramos un par de minutos para refrescarnos aprovechando que había una fuente de la que salía agua muy fresquita. Unos metros más adelante, en Platzl, encontramos la Hofbräuhaus, la cervecería más conocida de la ciudad, tanto que se ha convertido en un punto de interés más y una visita obligada para todos los turistas, especialmente para los amantes de la cerveza; nosotros no íbamos a ser menos, a pesar de que yo no bebo alcohol, pero lo dejaríamos para el domingo.
Eran poco más de las siete de la tarde y ya habíamos cumplido con lo planeado para este día, así que tocaba pararse un momento a pensar qué haríamos el resto del día; entre el cansancio acumulado y el poco hambre que teníamos, la mejor opción era ir en dirección al hotel para descansar y cenar más tarde por algún sitio de por allí cerca, y eso hicimos. Así pues, tiramos por Orlandostrasse, la conocida como calle de los souvenirs, puesto que allí se congregan varias tiendas en las que poder comprar recuerdos de Múnich; entré en tres o cuatro de ellas para echarle un vistazo a los modelos de camisetas que tenían, saber sus precios y así poder compararlas con otras que viese más adelante para comprar la que más me gustase. Continuamos por Ledererstrasse y Maderbräustrasse hasta llegar a la calle Tal para entrar en el Rewe. Lo primero que hicimos fue buscar la máquina recicladora para introducir tanto la botella que mis amigos compraron después de comer y como otra que encontramos en la calle poco antes, de tal manera que obtuvimos un vale de 50 céntimos, y luego nos paseamos por los pasillos en busca de algún capricho o postre para la cena; no vimos nada que nos convenciera del todo, aunque finalmente yo me compré un bote de batido de yogur de fresa cuyo precio era de 95 céntimos, pero solamente tuve que pagar 45 céntimos haciendo uso del vale que acabábamos de obtener.
De allí nos fuimos a la Marienplatz, concretamente a la máquina situada junto a una de las bocas de metro de la plaza para sacarnos el billete de tren a Salzburgo para el día siguiente; seguimos paso a paso las indicaciones que se mostraban en la pantalla, pero, llegado el momento de fijar la fecha concreta en la que usaríamos el billete, nos surgieron dudas porque no quedaba del todo claro cómo especificarla, por lo que decidimos dejarlo para la mañana siguiente y de esta forma evitar cualquier error. Nos desviamos por Rindermarkt, pasando por delante de la Peterskirche que habíamos visitado horas antes, y a continuación seguimos por Sendlinger Strasse, ya sin tanta gente como suele ser habitual en esta calle tan comercial, en parte porque casi todas las tiendas ya estaban cerradas o a punto de hacerlo y porque se estaba nublando más y más con el paso de los minutos.
Cuando nos topamos con la Sendlinger Tor, giramos a la derecha por Herzog-Wilhelm-Strasse, en cuya esquina con Kreuzstrasse, la calle de nuestro hotel, el restaurante Tarullo's ya tenía su terraza prácticamente llena de comensales, pues casi eran las ocho de la tarde, y ya se sabe que fuera de nuestras fronteras cenan más temprano que nosotros. Subimos a nuestra habitación con el temor de que quizás no nos habrían cambiado las sábanas y las toallas, más que nada porque era a lo que estábamos acostumbrados por los hostales en los que nos habíamos hospedado en los últimos viajes, pero no, los hoteles son otra cosa.

19:50
Al igual que el día anterior, lo primero que hice nada más llegar fue despojarme de la camiseta que llevaba puesta, colgarla en una de las perchas para que se aireara, quitarme los zapatos y tumbarme en la cama. Después de más de diez horas en la calle yendo de un lado para otro, descansar era lo que necesitábamos, y es que según el reloj de Jose en el día de hoy habíamos caminado unos veinte kilómetros, aunque también es cierto que la cifra no era 100% fiable porque él volvió al hotel por la mañana cuando llegamos al Deutsches Museum e hizo ese recorrido por partida doble; en cualquier caso, mis amigos aprovecharon el dato para reprocharme que deberíamos hacer más paradas intermedias en el viaje. Miguel y Jose, además de descansar, estuvieron un buen rato entretenidos con las habitaciones del hotel de enfrente, observando qué tipo de huéspedes había, si se iban, si venían, etc.
La hora de cenar se iba acercando más y más, y por consiguiente tocaba decidir dónde iríamos. Había una cosa en la que los tres estábamos de acuerdo, y era que no teníamos mucho hambre, mientras que ellos de entrada descartaban ir a un italiano. Saqué la lista de restaurantes que elaboré en los días previos al viaje para ver cuáles estaban cerca de nuestro hotel: un Hans im Glück, el Andy's Krablergarten y el Ali Baba. El primero ni lo consideramos porque ya habíamos almorzado ese mismo día en otra hamburguesería de esa misma cadena, el segundo era un restaurante de comida típica alemana que entraba dentro de los posibles, y el tercero era un turco al que no me hubiese importado ir, pero, en cuanto le recordé a mis amigos que era el que estaba en el barrio situado junto a la estación que tan poca gracia les hizo, dijeron que no. Con una opción más o menos fiable, pensamos que antes de ir a ese sitio deberíamos mirar en los alrededores por si acaso veíamos otro sitio a tener en cuenta.
Sobre las nueve menos cuarto, nos pusimos en pie para arreglarnos de nuevo y con la duda de si coger o no un paraguas, ya que las nubes y el viento que hacía presagiaban que llovería tarde o temprano, pero finalmente optamos por arriesgarnos porque tampoco es que fuésemos a alejarnos demasiado. Antes de irnos, puse el tapón de la pila del lavabo y la llené de agua fría para dejar allí el batido que compré por la tarde con el objetivo de que cuando volviésemos de cenar estuviera fresquito y no a temperatura ambiente. Ya en la calle, tanteamos Kreuzstrasse por si encontrábamos algún sitio alternativo para cenar, y en esto que vimos que a mano derecha daba comienzo una bocacalle semicubierta en la que se avistaban mesas. Se trataba de un pasaje con varios restaurantes y cafeterías que desembocaba en Sendlinger Strasse en la que nos llamó muchísimo la atención la cantidad de macetas, flores y plantas que los rodeaban, especialmente en una de ellas en cuyas mesas resultaba un tanto agobiante estar; ninguno de los sitios que allí había nos convenció, así que dimos media vuelta y nos dirigimos a la Sendlinger-Tor-Platz.
Tras cruzar a Blumenstrasse, seguimos por Thalkirchner Strasse, al comienzo de la cual vimos el restaurante del que habíamos hablado en la habitación del hotel y justo al lado un sitio de kebabs con variados menús ofertados en su escaparate. Seguimos unos metros más y básicamente lo que había eran pubs, por lo que nos teníamos que decidir entre el Andy's Krablergarten y la comida turca, decantándonos finalmente por el primero de ellos. Nos sentamos en una de las mesas que había libres a mano izquierda, y es que el restaurante estaba prácticamente vacío, lo cual me sorprendió en parte porque había leído buenas referencias en Internet, aunque también es cierto que los alemanes cenan más temprano; al momento, llegó una camarera para tomarse nota de la bebida, que sería una cerveza negra para Miguel, una rubia para Jose y una Pepsi para mí.
Como dije antes, mucho hambre no teníamos, así que teníamos que buscar uno o dos platos para compartir; casualmente, en la mesa había un mantel de papel en el que aparecían algunas especialidades, entre ellas el schnitzel, un filete empanado típico de Alemania y Austria que suele tener un tamaño más que considerable y que definitivamente sería lo que nos pediríamos. En esto que llegaron las bebidas y justo después el camarero que nos tomaría nota de la comida, que además daba la impresión de ser el dueño del restaurante. Venía con una carta para cada uno, pero le dijimos que no hacía falta porque queríamos un schnitzel con patatas para compartir, a lo que puso una cara como diciendo "¡Qué flojos son estos turistas!", pero nos excusamos en que no estábamos hambrientos y que con eso íbamos bien. La decisión que tomamos fue del todo acertada, sobre todo cuando nos lo trajeron y vimos que el filete prácticamente no cabía en el plato de lo grande que era.
Tal y como suele ocurrir en estos casos, me tocó a mí la tarea de cortar el filete, y me costó lo suyo, tanto que, para no hacer un destrozo y que acabase repartido por toda la mesa, decidí que lo mejor era comernos primero una mitad y luego la otra. Al partirlo, observamos que entre la capa de pan empanado y el propio filete había una especie de salsa de color anaranjado que no sabíamos qué podía ser, pero cuando lo probamos resultó estar bastante bueno, al igual que las patatas fritas. Mientras cortaba la segunda mitad del filete, vimos que a las dos chicas que estaban sentadas en la mesa de al lado les habían traído un entrante para compartir y un schnitzel como el nuestro para cada una, es decir, una prueba más para que el camarero se hubiera acercado a nuestra mesa si hubiese querido para hacernos ver lo que es comer en Alemania y no lo que estábamos haciendo nosotros.
Por entonces también nos dimos cuenta de que estaba empezando a lloviznar, según podíamos comprobar a través del cristal que tenía a mi espalda, lo que significaba que seguramente nos mojaríamos después. Quizás éste fuera el motivo que llevó a un grupo de cuatro o cinco chicas a refugiarse en el restaurante y sentarse en la mesa que estaba detrás de Jose; en cuanto empezaron a hablar, comprobamos que eran españolas y que pretendían cenar, pero se les acercó uno de los camareros para informarles de que la cocina ya estaba cerrada, o eso es al menos lo que nosotros dedujimos porque las chicas se fueron de inmediato; mis amigos y yo pensamos que aquí el restaurante había hecho un mal negocio, ya que fácilmente hubieran consumido unos 80 o 100 euros entre todas. En lo que respecta a nosotros, el plato lo dejamos limpio como una patena, y definitivamente se podía decir que habíamos acertado, tanto en calidad como en cantidad, puesto que estábamos totalmente saciados.
Pasados unos minutos para reposar la cena, le hicimos una señal al camarero para que nos trajese la cuenta, que fue de 21'20 €; Jose y Miguel pusieron siete euros cada uno, mientras que yo puse ocho para completar y dejar algo de propina. Nos fuimos de allí sobre las diez y media, no sin antes llevarnos un posavasos de la marca Franziskaner de recuerdo; ya no estaba lloviendo, pero el cielo seguía estando nublado y por el fresco que hacía daba la impresión de que podría empezar de nuevo en breve, así que no nos entretuvimos y nos fuimos directos al hotel. Al llegar a la habitación, nos llevamos una sorpresa al comprobar que misteriosamente el lavabo se había quedado vacío, por lo que botella del batido de yogur seguía a temperatura ambiente; así pues, volví a llenar la pila de agua para enfriar el batido durante unos minutos, tras los cuales nos servimos un vaso cada uno, mientras que el restillo que quedaba me lo tomé yo.
Para la ducha respetamos el orden que establecimos la noche anterior, es decir, primero Miguel, luego Jose y por último yo. Mientras ellos se duchaban, cargué mi móvil, que ya estaba corto de batería, y me puse a pensar a qué hora nos tendríamos que levantar al día siguiente para que nos diese tiempo a tomar el desayuno, ir hasta la estación, sacar el billete de tren a Salzburgo y coger el que sale a las 8:54. Teniendo en cuenta lo que habíamos tardado hoy para desayunar y la distancia que hay del hotel a la Hauptbahnhof Central Station, concluí que tendríamos que levantarnos a las siete menos cuarto de la mañana, así que informé de ello a mis amigos para que como yo pusiesen sus alarmas en sus móviles a dicha hora. También teníamos que tener en cuenta el tiempo que nos haría en Salzburgo, puesto que, según la previsión que consultamos en Málaga, había cierta probabilidad de lluvia para la segunda mitad del día; para tener unos datos más fiables, intentamos conectarnos a Internet a través de nuestros móviles, pero esta vez no pillamos ninguna señal Wi-Fi libre.
Una vez que Jose terminó en el baño, entré yo para lavarme los dientes y ducharme, pero cuál fue mi sorpresa cuando comprobé que de la alcachofa solamente salía agua fría y en poca cantidad. Le pregunté a mis amigos si ellos se habían podido duchar con agua caliente, y me dijeron que sí, que no habían tenido ningún problema. Estaba ya a punto de desistir y de dejar la ducha para la mañana siguiente cuando pasados unos minutos, tras probar varias veces cerrando y abriendo la llave del agua, empezó a salir caliente, por lo que me duché lo más rápido posible no fuera a ponerse otra vez fría y quedarme a medias, en cualquier caso con la incomodidad que conllevaba un plato de ducha de reducidas dimensiones. Eran las doce menos cuarto de la noche cuando me metí en la cama, con apenas siete horas de sueño por delante previas a una visita express a Salzburgo que a priori prometía bastante.