lunes, 2 de noviembre de 2015

Viaje a Múnich: día 3

Sábado, 18 de julio de 2015

6:45
Hoy tocaba despertarse una hora antes que ayer, aunque ello no significó que estuviese más cansado, ya que esta vez conseguí quedarme dormido mucho antes. Lo primero que hice nada más levantarme fue comprobar qué día hacía, y la verdad es que el cielo estaba bastante despejado, lo cual era un buen indicativo de lo que nos encontraríamos en Salzburgo, situado a unos 150 km de Múnich. Tras mi rutinario paso por el cuarto de baño, me siguieron mis amigos Miguel y Jose, este último recordándome por segundo día consecutivo el concierto de ronquidos con el que le había deleitado durante toda la noche, pero estoy seguro de que en el fondo lo decía más bien como un comentario que se suele hacer en estos casos que como una queja real; en fin, ya sería él el que me pagaría con la misma moneda más adelante.
Tras arreglarme, me dispuse a preparar todo lo que necesario para el día que pasaríamos en Salzburgo, concretamente mi cámara de fotos, dinero y el plan del día, porque los mapas de transporte de Múnich de poco o nada nos servirían, y en caso necesario los tenía descargados en mi móvil. Las prisas que le metí a mis amigos para que estuviesen listos lo antes posible surtieron efecto, puesto que bajamos a la cafetería del hotel con casi diez minutos de adelanto con respecto al día anterior. Esta vez fui más moderado a la hora de escoger lo que iba a desayunar para no dejar nada luego en el plato, aunque además de eliminar algunas de las elecciones del primer desayuno también añadí novedades: un par de rebanadas de pan alemán, dos pitufos de pan redondos, un vaso de zumo de naranja y una taza de leche del tiempo con cacao soluble. Mis amigos, por su parte, se mantuvieron fieles al pitufo, los embutidos, los cereales, el zumo y el café del primer día, eso sí, con pequeñas variaciones.
La cafetería, al ser una hora más temprano que el día anterior, estaba más vacía, y de hecho la mesa que ocupamos entonces estaba libre, así que nos volvimos a sentar en ella. Comencé mi desayuno con las dos rebanadas de pan alemán, las cuales unté con mantequilla, que estaba lo suficientemente derretida como para poder extenderla fácilmente, y de igual manera procedí con uno de los dos pitufos redondos; mientras tanto, me fui tomando el zumo de naranja poco a poco. Como de costumbre, dejé lo mejor para el final, es decir, el otro pitufo untado con uno de los envases de Nutella que también había cogido, porque en muy raras ocasiones la consumo en mi casa, y el vaso de leche con cacao, que de nuevo eché de menos que estuviese fría y no templada como me la tuve que tomar todos los días. Bien es cierto que en los viajes siempre desayuno más que en mi casa, aunque al menos esta vez sí que atiné con la cantidad.
Eran las ocho menos cuarto cuando a mis amigos les quedaba todavía medio desayuno por delante, y resulta que empecé a sentir ganas de ir al baño, por lo que no tuve más remedio que pedirle a Jose la tarjeta de la habitación; menos mal que tomé esta decisión, ya que en las siguientes horas me hubiera sido imposible encontrar la manera de aliviarme, y seguramente no habría podido aguantar. A la espera de que subiesen mis amigos, me asomé otra vez a las ventanas de la habitación para confirmar que el cielo aparentemente nos iba a respetar, aunque presumiblemente con unas temperaturas similares a los dos días precedentes, esto es, con calor. Ya con Jose y Miguel en la habitación, procedieron a lavarse los dientes y a terminar de prepararse con su habitual parsimonia a pesar de mi intranquilidad por el temor a perder el tren que queríamos coger y tener que esperar una hora más al siguiente, ya que a mí me gusta llegar con tiempo por los imprevistos que pueden llegar a surgir.
Finalmente salimos de nuestra habitación a las ocho y veinticinco rumbo a la estación. Nos incorporamos a la Herzog-Wilhelm-Strasse, de tal forma que pasamos por delante de la entrada principal del hotel, y nos desviamos por la segunda bocacalle a la izquierda para continuar por Sonnenstrasse y desembocar en la Karlsplatz. Ya no nos sorprendió que tuviésemos que esperar un buen rato en los semáforos para cruzar dicha plaza y poder seguir por la peatonal Schützenstrasse hasta llegar por fin a la Hauptbahnhof Central Station tras quince minutos de caminata. Lo primero que teníamos que hacer era sacar el billete en una de las máquinas rojas de la estación; concretamente, teníamos que comprar el Bayern Ticket, que nos costaría 33 €, o lo que es lo mismo, 11 € por cabeza, y que nos permitiría ir y volver de Salzburgo en el mismo día, además de poder utilizar cualquiera de los transportes públicos de Múnich, una auténtica ganga, para qué negarlo.
Ya con nuestro billete, nos dispusimos a buscar el panel de salidas para saber desde qué andén salía nuestro tren. Lo haría desde el 12, que nos costó encontrar en un principio porque creíamos que para llegar a los andenes teníamos que tomar las escaleras mecánicas y subir a la primera planta, pero una vez allí comprobamos que estaban debajo. A la hora de planificar el viaje, había leído que se recomendaba llegar unos 20 o 30 minutos antes para evitar sentarnos separados en el tren, y resultó ser un consejo totalmente cierto, y es que, mientras recorríamos el andén, veíamos a través de las ventanas de nuestro tren que los vagones estaban completos a falta de diez minutos para salir; finalmente entramos en uno de los últimos vagones al comprobar que había cuatro asientos de mesa libres en los que poder sentarnos juntos.
Si antes afirmaba que el precio del billete era una ganga, una vez dentro del tren la afirmación se hacía más rotunda. Los asientos eran bastante cómodos, y durante el viaje confirmamos que de vez en cuando activaban el aire acondicionado para contrarrestar el ligero calor que hacía; por poner alguna pega, lo único negativo era que para un trayecto de unos 150 km emplearía casi dos horas, aunque estaba justificado por las numerosas paradas que haría al ser un tren regional y no uno de larga distancia. Lo dicho, que por 11 € no podíamos pedir mucho más. Antes de que se me olvidara, saqué el bolígrafo que llevaba en la mochila de mi cámara para escribir nuestros nombres ordenados alfabéticamente por apellidos en el billete, una medida obligatoria para evitar de esta forma que el billete pueda ser usado el mismo día por varios grupos de pasajeros.

8:54
Con puntualidad germana, el tren se puso en marcha con destino a Salzburgo. En poco menos de diez minutos hizo la primera de sus muchas paradas en la estación de Ostbahnhof, aunque también es cierto que serían menos de las habituales, tal y como indicaba un cartel escrito en alemán junto a nuestros asientos en el que se daba a entender que en ciertas fechas pasaría de largo por algunas de ellas, sobre todo en el primer tramo del trayecto, como así pudimos comprobar. Ya habíamos salido de Múnich cuando vimos llegar a la revisora controlando que nadie se hubiese colado sin pagar, lo cual estoy seguro de que ocurre en muy pocas ocasiones; en nuestro caso, le entregué el billete que habíamos adquirido hace un rato, y, tras comprobar que todo estaba correcto, lo selló.
Como dije antes, el tren iba bastante lleno, con gente de todas las edades, pero principalmente jóvenes que aprovechaban el fin de semana para hacer una escapada. Ése parecía ser el caso de un grupo de ocho o diez franceses, o al menos hablaban dicho idioma, quienes iban cargados con algunas mochilas seguramente para pasar el día en algún pueblo o en el campo. Debido al madrugón y aprovechando que el asiento invitaba a ello, me eché una pequeña siesta matutina de unos veinte minutos, aunque en realidad lo que hice fue cerrar los ojos y relajarme, no fuera a ser que me quedase dormido del todo y comenzase a roncar en mitad del vagón. A ambos lados de las vías del tren solamente se veía el azul del cielo y el verde de los frondosos bosques y las praderas salpicadas cada dos por tres por pequeños pueblos de los que sobresalía la torre de una iglesia y por casitas muy bien cuidadas, todas con la misma estética, con tejados a dos aguas y jardines para uso propio.
Más o menos a mitad de camino, el tren hizo una de sus paradas principales en la localidad de Rosenheim, tras lo cual bordeó dos lagos, el Simssee y el Chiemsee, siendo en la parada de este último donde se bajó el grupo de franceses que antes mencioné; con posterioridad al viaje he sabido que este lago, que cuenta con dos islas en su interior, es muy visitado por aquellas personas a las que les gusta disfrutar de la naturaleza, y la verdad es que el entorno es casi inmejorable para ello. En el último tramo, donde el tren hizo varias paradas, ya se veía perfectamente a través de nuestra ventana el perfil montañoso de los Alpes al fondo del todo, sin nieve claro está; esto significaba que ya estábamos próximos a Salzburgo, ya que quedaba poco para las diez y media y la hora prevista de llegada era las 10:41.
A los pocos minutos, justamente cuando estábamos llegando a la frontera entre Alemania y Austria, los árboles se fueron convirtiendo en fábricas y edificios. A nuestra derecha logramos divisar el Red Bull Arena, el estadio del Red Bull Salzburg, y poco después, justamente cuando el tren cruzaba el río Salzach, el centro de la ciudad con la colina sobre la que se asienta su fortaleza, pero lo más importante de todo es que el cielo estaba completamente despejado, por lo que no tendríamos que temer por una lluvia que nos aguase el día. Llegamos puntuales a la Salzburg Hauptbahnhof, y, tras apearnos del tren, bajamos por las escaleras para acceder a la terminal de la estación y entrar en el supermercado situado pocos metros antes de la salida. Mis amigos fueron en busca de algo para beber, mientras que yo me dediqué a ver los precios de las cajas de bombones, todas con referencias a Mozart, el vecino más ilustre de la ciudad. Estuve a punto de comprar una, ya que mi madre me lo había encargado, pero pensándolo mejor lo dejé para más tarde y así no tener que cargar con ella todo el día; por su parte, Miguel y Jose se compraron una lata de Red Bull Cola para tomársela de camino al centro.
Salimos al exterior, concretamente a la Südtiroler Platz, donde pudimos ver la blanca e impoluta fachada del edificio de la estación, bastante sencilla pero más elegante y vistosa que la de Múnich. No teníamos ningún mapa de Salzburgo, pero ni falta que me hacía después de tantas veces que lo había consultado en Google Maps para planificar el viaje, y además la ciudad no era demasiado grande, así que nos guiamos por la imagen mental que tenía en mi cabeza. Básicamente teníamos que coger por la Rainerstrasse en paralelo con las vías del tren, las cuales íbamos dejando a nuestra izquierda hasta que las cruzamos por debajo del puente por el que discurren poco antes de desembocar en la estación. Tras dicho puente, esta calle, que en su primer tramo era más bien simplona y con comercios de poca monta, se hacía un tanto más distinguida y llamativa, especialmente por el tipo de arquitectura de los edificios que en ella se erigen, sobre todo hoteles y bancos.

11:00
Estábamos ya casi al final de la calle Rainerstrasse cuando a mano derecha nos topamos con un parque repleto de enormes y frondosos árboles; si la memoria no me fallaba de cuando planeé la visita a la ciudad, detrás del Schloss Mirabell había un parque, y resultó ser éste. Al adentrarnos en él, subimos por un montículo desde el cual teníamos una de las muchas y mejores estampas que nos regalaría Salzburgo este día: la Fortaleza de Hohensalzburg coronando el monte Mönchsberg con la catedral a sus pies, todo ello encuadrado entre el Palacio de Mirabell y sus jardines. Tras hacernos una fotos, bajamos por la escalinata que daba acceso al Mirabellgarten propiamente dicho, de tal manera que a nuestra izquierda dejábamos el imponente Schloss Mirabell, cuyo interior no se puede visitar salvo cuando se organizan bodas y conciertos en él, que no era nuestro caso; por cierto, que en este complejo fue donde se rodaron varias escenas de la famosa película musical 'Sonrisas y lágrimas', sí, ésa en la que se canta el "DOn es trato de varón, REs selvático animal...".
El Mirabellgarten era una auténtica maravilla, una delicia para la vista, ideal para pasear por los diferentes jardines de los que consta. En primer lugar vimos la Fuente de Pegaso, en el que obviamente destaca una escultura de bronce de un caballo alado, rodeada de extensiones de césped con flores de color rosa y blanco que trazaban complicadas formas y curvas en éstas. Lo mismo nos encontramos unos metros más adelante, en la parte principal de los jardines, pero mucho más amplio, colorido y majestuoso, con cráteras y vasijas alrededor del recinto de las que emanaban flores y plantas; casualmente allí mis amigos descubrieron que había Wi-Fi libre, así que aproveché para tomar una foto con el móvil y enviársela a mi hermana por WhatsApp para que se hiciera una idea del sitio tan bonito en el que estaba, y sí, también para darle un poco de envidia, como ella misma me reconoció.
En el centro de los jardines encontramos otra fuente de la que brotaban varios chorros de agua y a cuyo alrededor se sitúan cuatro estatuas de mármol sobre bases de piedra de Eneas, Hércules, Paris y Plutón que representan los cuatro elementos (tierra, aire, agua y fuego). Nos hicimos unas cuantas fotos, al igual que los muchos turistas que pululaban por allí, y tras ello nos dirigimos a la salida de los jardines, o la entrada según se mire, donde también había varias esculturas de personajes mitológicos que le iban como anillo al dedo a este espacio tan idílico. A continuación llegamos a la Makartplatz, una plaza en la que destacan principalmente la imponente iglesia Dreifaltigkeitskirche y la Mozart Wohnhaus, la que fuera residencia del compositor y su familia siendo ya adulto. Seguimos por la Schwarzstrasse hasta que nos encontramos con el Staatsbrücke, uno de los puentes que cruzan el río Salzach y que lleva al casco histórico de Salzburgo, aunque antes teníamos que terminar con lo que nos quedaba por ver a esta orilla del río.
Avanzamos por la peatonal Platzl y su continuación, Linzer Gasse, una de las calles más importantes de la ciudad por sus numerosos y variados establecimientos, pero también porque en ella se encuentra la Felixpforte, una puerta que data del año 1632 y que marca el comienzo de una empinada subida al Kapuzinerberg, es decir, el Monte de los Capuchinos. Si algo nos llamó la atención de esta cuesta, además de su notable desnivel, fue que cada dos por tres nos topamos con unas pequeñas capillas protegidas por rejas en las que aparecen representadas algunas de las estaciones del vía crucis con estatuas a tamaño real. Conforme más ascendíamos, más rodeados de arbustos, plantas y árboles estábamos, hasta que cinco minutos después llegamos a una escalinata que terminaba en una especie de templete en cuyo interior se reproduce mediante estatuas la escena del calvario con Cristo crucificado junto con los dos ladrones y con la Virgen María, María Magdalena y San Juan.
Un poco más adelante, a la derecha, había un mirador desde el cual se podía ver una parte de la ciudad, concretamente la zona norte, aunque también se conseguía divisar ligeramente el río y una larga hilera de tenderetes a lo largo de la orilla de enfrente. El ascenso hasta el mirador nos había dejado un tanto exhaustos y acalorados, motivo por el cual mis amigos dijeron de descansar unos minutos en el banco que allí había; mientras tanto, yo prefería merodear un poco la zona para acceder al interior del templete del que hablé en el párrafo anterior y ver por fuera el Kapuzinerkloster, el Monasterio de los Capuchinos. De nuevo con mis amigos, avanzamos a través de un sendero trazado con piedras que hacían las veces de peligrosos escalones cuando llegó el momento de descender unos metros hacia la muralla que circunda el monte; precisamente en una de las que antiguamente fueron casetas de vigilancia había un hombre que la había convertido en su hogar y que salió a saludarnos al vernos bajar.
Unos metros más a la izquierda alcanzamos un claro que nos regaló, para mi gusto, las mejores vistas de la ciudad, con el Mönchsberg, la fortaleza, la catedral, las torres de las iglesias del casco antiguo, el río, los Alpes... Solamente por esto ya había merecido la pena venir a Salzburgo a echar el día, y eso que todavía nos quedaban varias horas por delante y muchos rincones por descubrir. Le pedí a Jose que me hiciera unas fotos ante tan impresionante panorámica, tras lo cual me quedé un buen rato admirando y fotografiando la belleza de lo que tenía delante, mientras que mis amigos se fueron a un mirador que habíamos dejado atrás poco después del monasterio. Ya con ellos, permanecimos allí unos diez minutos para descansar aprovechando la sombra de los árboles antes de reanudar la caminata, es decir, tocaba recorrer de nuevo la empinada cuesta de antes, pero ahora en sentido descendente, mucho más liviano.
Regresamos a la Platzl, donde un par de niños jugaban con los chorros de agua que brotaban del suelo, y continuamos por el Staatsbrücke para cruzar a la otra orilla del ancho y caudaloso río Salzach que divide a la ciudad en dos. Nos adentramos en el casco antiguo por un pequeño pasadizo para llegar a la Rathausplatz y luego girar a la izquierda para continuar por Kranzlmarkt y Judengasse, dos calles peatonales caracterizadas con los típicos carteles de hierro forjado clavados en las paredes que sirven para indicar qué tipo de establecimiento son. Entre otras, vimos una tienda especializada únicamente en bombones, con cajas de todos los tamaños, pero siempre con el rostro de Mozart; más adelante, una llamada Christmas in Salzburg, en la que se venden artículos de decoración navideña durante todo el año; y, sobre todo, muchas tiendas de souvenirs, en las que entré para echarle un vistazo a las camisetas y saber qué precios tenían, bastante más altos que los que vi el día anterior en Múnich.
A continuación llegamos a la Mozartplatz, una amplia plaza con varias terrazas de cafeterías que recibe este nombre porque en su centro se erige una estatua de bronce de Wolfgang Amadeus Mozart, uno de los compositores de música clásica más importantes de la historia, si no el que más. Me fui con mis amigos, que se habían sentando en un banco a la sombra del edificio del Salzburg Museum, para decidir qué plan seguir ahora, ya que casi era la una de la tarde y teníamos que pensar dónde almorzar. Saqué la lista para tener una idea de dónde poder ir, y comprobamos que el que teníamos en mente como mejor opción estaba donde comenzaba la cuesta para subir al Kapuzinerberg, pero lo descartamos porque perderíamos mucho tiempo, así que pensamos que lo mejor sería mirar las otras dos o tres alternativas que teníamos por la calle Getreidegasse.

13:00
Antes de ponernos en pie, aproveché para cambiar de tarjeta de memoria, puesto que a la que estaba usando le quedaba ya muy poco espacio, y tras ello nos fuimos en dirección al río hacia el otro extremo de la plaza, en una de cuyas fachadas pudimos ver un reloj de sol. Seguimos en paralelo al Salzach por la calle Rudolfskai, desde donde pudimos distinguir claramente el mirador del Kapuzinerberg en el que habíamos estado apenas una hora antes, y al llegar al puente Staatsbrücke continuamos por Griesgasse. A mediación de esta calle, nos adentramos en una pequeña plaza ajardinada a la que se accede por una de sus bocacalles y que era utilizada por dos restaurantes como terraza para sus mesas; uno de ellos era un italiano que quedaba totalmente descartado por mis amigos, mientras que el otro era de cocina alemana y austríaca con precios similares a los que ya estábamos acostumbrados de Múnich. No queríamos arriesgarnos con lo primero que viésemos, así que salimos de allí para seguir tanteando la zona.
Al final de la calle nos topamos con la impresionante pared natural del Mönchsberg, el Monte de los Monjes, que rodea y protege todo el casco histórico de la ciudad; luego, nos desviamos a la izquierda por Gstättengasse y Bürgerspitalplatz, donde vimos la Sankt Blasiuskirche, una pequeña iglesia que casi se camuflaba con el monte por su aspecto pétreo y por tener buena parte de su fachada cubierta por enredaderas y plantas trepadoras. Finalmente llegamos a la Getreidegasse, la calle peatonal más comercial y transitada de Salzburgo, repleta de establecimientos de todo tipo y para todos los bolsillos, pues lo mismo te encuentras la tienda de Louis Vuitton, la de Zara, una heladería o una zapatería; eso sí, todos y cada uno de ellos con su correspondiente letrero de hierro forjado, manteniendo de esta forma la tradición medieval, cuando la mayor parte de la población era analfabeta y así, según lo que estuviera representado en el rótulo, sabía qué tipo de negocio era.
Tanta gente había que dar dos pasos de frente sin chocarte con alguien se convertía en una tarea imposible. Otra de las características de esta calle es que cuenta con varios pasadizos que terminan en patios interiores o galerías comerciales, y precisamente oculto en una de ellas encontramos el Balkan Grill Walter, un pequeño puesto en el que únicamente sirven bosna, un producto típico de Austria que se compone básicamente de un bocadillo a la plancha con dos salchichas condimentadas con especias, ketchup, mostaza, curry o lo que desee el cliente. A pesar de estar muy escondido, este sitio tiene mucha fama debido a que estos bocadillos cuestan 3'5 €, pero mis amigos querían comer sentados en un restaurante y no de pie como ocurriría en este caso, por lo que volvimos a Getreidegasse para continuar con nuestra búsqueda; entre tanto, ellos entraron en el Red Bull World, un local de la famosa bebida energética especializado en prendas deportivas de esta marca, y yo en las tiendas de souvenirs para confirmar que los precios era prácticamente los mismos en todas ellas.
Ya pasaban algunos minutos de la una y media y teníamos que elegir sitio para comer ya. Precisamente al lado de la tienda de Red Bull estaba la otra entrada del Sternbräu, el restaurante de comida alemana y austríaca que vimos antes, y, como era el único que nos había medio convencido, entramos en él para no marear más la perdiz. Nos atendió una chica que nos asignó una mesa bajo unos pórticos que rodeaban un patio interior salpicado de árboles y macetones, y a continuación vino un camarero joven para traernos la carta en inglés, ya que se dio cuenta de que no hablábamos alemán. Como de costumbre, la bebida la elegimos en seguida, cerveza Kaltenhausener Bernstein para mis amigos y Coca-Cola para mí, pero para comer nos costó un poco más; cuando volvió el camarero para tomar nota, yo ya lo tenía claro, un Wiener Schnitzel, no así Jose y Miguel, que pretendían pedirse platos diferentes y sin querer acabaron pidiéndose lo mismo, el Sternbräu Bratwurst.
A los pocos minutos nos trajeron las bebidas, bastante fresquitas para mitigar en parte el calor que también estábamos padeciendo este día, y poco después los platos que habíamos pedido. El mío era un filete de pavo empanado acompañado de patatas al perejil y un tarrito con salsa de arándanos, mientras que el de mis amigos consistía en una salchicha a la parrilla con patatas y salsa de cerveza. Antes de probarlo ya me percaté de que tenía muy pinta, especialmente porque se notaba que estaba muy bien frito, con el empanado consistente y pegado a la carne, y al comerlo confirmé que sí, que estaba muy bueno, así como las patatas, ni duras ni blandas. La comparación con el schnitzel que cenamos la noche anterior era inevitable: en cuanto a tamaño, el que comimos en Múnich ganaba de forma abrumadora, y eso que éste de por sí ya era grande, aunque la principal diferencia era que el de ayer llevaba una capa de salsa entre la carne y el empanado que le aportaba más jugosidad. En cualquier caso, me quedé muy satisfecho con este plato, al igual que Jose y Miguel, quienes no se equivocaron con su elección.
Mientras comíamos, de repente llegó una familia de hindúes compuesta por lo menos por doce o quince personas, tanto adultos como niños, que se sentó en la mesa situada a mi derecha, casi todas con móviles de última generación, tabletas, cámaras de fotos y muy bien ataviadas; algún motivo habrá, pero todos los turistas asiáticos, ya sean japoneses, chinos, indios, coreanos o de dónde sea, deben tener mucho dinero, o si no cómo es posible que vayas a la ciudad que vayas siempre te encuentres con cientos y miles de ellos viniendo de tan lejos. Con lo que habíamos comido ya estábamos medianamente llenos; sin embargo, habíamos visto pasar ya a varios camareros con un postre típico de Salzburgo que descubrimos en los días previos al viaje, y no nos queríamos ir de allí sin probarlo. El problema era que no recordábamos cómo se llamaba, así que no nos quedaba otra que buscarlo en Internet aprovechando que en el restaurante había Wi-Fi gratuita, hasta que finalmente lo encontramos y se lo enseñamos a nuestro camarero para que nos trajese uno para compartir entre los tres.
Se trataba del Salzburger Nockerl, un soufflé hecho con huevo, harina, azúcar y vainilla acompañado de salsa de frambuesas. Cuando el camarero nos lo trajo, nos advirtió que tuviésemos cuidado con el plato porque estaba muy caliente, y la verdad es que se quedó corto, pues estaba ardiendo, como si lo acabasen de sacar de un horno. Esperamos un par de minutos a que se enfriara un poco mientras hacíamos la fotos de rigor, y a continuación cogimos una cucharilla para probarlo. La parte de fuera te daba la sensación de que fuese duro, pero no, era muy cremoso y se deshacía en la boca como si fuese una mousse; en fin, que estaba muy bueno, e hicimos bien en pedir solamente uno porque si no hubiese sido demasiado. La comida salió en total por 51'40 €, y pagamos a partes iguales ya que todo lo que habíamos pedido tenía un precio similar. Antes de reanudar nuestra visita a Salzburgo, fuimos a los baños del restaurante situados en la planta de arriba para refrescarnos un poco, aunque no mucho porque el agua que salía de los grifos de los lavabos estaba más bien calentorra.
De nuevo en Getreidegasse, le comenté a mis amigos que durante toda la mañana me había fijado en que los comercios del centro cerraban a las seis de la tarde, y, según el plan que teníamos previsto, a esa hora a lo mejor estaríamos por la zona de la fortaleza, así que lo más indicado era comprar ahora los souvenirs y no arriesgarnos a encontrarnos luego todo cerrado. En esta misma calle, que seguía siendo un hervidero de gente, nos topamos con la Mozarts Geburtshaus, o lo que es lo mismo, la Casa Natal de Mozart, que actualmente alberga un museo dedicado al vecino más ilustre de Salzburgo y que no visitaríamos porque, entre que teníamos muchas más cosas que ver y que la entrada costaba 10 €, no nos merecía la pena. Precisamente en el bajo del edificio había un supermercado Spar en el que entramos porque mis amigos iban a comprarse un par de botellines de agua y un café envasado para compartir, y yo de paso le eché un vistazo a las cajas de bombones, que tenían un precio similar a los que vi en la estación, por lo que por si acaso compré una que me costó 6'99 € y así me quitaba un problema de encima.

15:00
Excusándome en que yo iba todo el día cargado con la mochila de mi cámara, le pedí a mis amigos que por favor me llevasen la bolsa de la caja de bombones, a lo que accedieron sin poner pegas, porque si no me iba a resultar complicado hacer fotos con una mano ocupada, las cosas como son. Jose y Miguel iban buscando una tienda de souvenirs para comprar un imán, y llegamos a una en la calle Judengasse en la que comprando tres cada uno te salía a 3 € y no a 3'5 € en caso de hacerlo por separado, así que yo escogí uno para poder aprovechar la oferta. Faltaba mi camiseta, y me fui directamente a una de las tiendas en las que habíamos estado por la mañana donde tenía fichada la que más me había gustado de todas las que había visto. Estaba en un estante detrás del mostrador, así que le pedí a la dependienta, una mujer cincuentona de pelo blanco que hablaba muy despacio vocalizando perfectamente, que me diese una de la talla XL para echármela por encima, ya que no había probador; a ojo comprobé que más o menos era la que me venía bien, así que le pagué los 17'9 € que costaba y, sin nada más que comprar y pidiéndole de nuevo a mis amigos el favor de llevarme la camiseta, retomamos la visita a Salzburgo.
Atravesamos un pasadizo y llegamos a la Residenzplatz, una gran plaza llamada así porque en ella se erige la Salzburger Residenz, un palacio que ha sido utilizado como residencia por los arzobispos de la ciudad, pero no era el único punto de interés de la misma. De frente teníamos uno de los laterales de la catedral, en la cual entraríamos poco después; a nuestra izquierda, el edificio de la Neue Residenz, que alberga el Salzburg Museum y cuya torre contiene un Glockenspiel que suena tres veces al día; y en el centro, la Residenzbrunnen, una preciosa fuente en la que aparecen caballos, delfines y figuras humanas. Al bordear la fachada de la catedral por su parte trasera desembocamos en la plaza más llamativa y probablemente más bonita de la ciudad, la Kapitelplatz. ¿Por qué? Pues porque, al encontrarse a los pies del Mönchsberg, desde ella se tiene una estampa espectacular de la fortaleza, que parece flotar entre el verde de los frondosos árboles del monte y el azul del cielo.
Hacía bastante calor y mis amigos pasaban de estar a pleno sol, por lo que se refugiaron bajo el pórtico que conecta la plaza con la de la catedral. Si en la de antes había cosas que ver, esta plaza no se quedaba muy atrás, empezando por la Kapitelschwemme, una fuente que me recordó muchísimo a la Fontana de Trevi de Roma, aunque más modesta en tamaño, y es que en ella destaca una estatua de Neptuno con su tridente sobre un caballo y con un tritón a cada lado vertiendo agua sobre un estanque. Lo que más me llamó la atención de esta plaza estaba en la otra esquina, concretamente la Sphaera, una enorme esfera dorada con la figura de un hombre en la parte superior que parece mirar al infinito, y, justo al lado, un tablero de ajedrez gigante pintado en el suelo junto con las correspondientes piezas blancas y negras. Al reunirme con mis amigos, vimos en el pórtico una misteriosa estatua de bronce con la forma de una persona sentada y encapuchada pero totalmente hueca, y tras ello le pedí a Jose que me fotografiara con la fortaleza y la plaza de fondo.
Por el pórtico accedimos a la Domplatz, la plaza en la que se encuentra la Salzburger Dom, esto es, la Catedral de Salzburgo, en la que por cierto fue bautizado Mozart. Si ya en Múnich tuvimos la mala suerte de que muchos de sus monumentos estaban ocultos tras andamios, aquí resulta que media plaza estaba ocupada por un escenario y una gran grada que impedía admirar la fachada de la catedral por completo, que cuenta con tres puertas custodiadas por unas excepcionales estatuas de San Pedro, San Pablo, Ruperto y Virgilio, estos dos últimos los patrones de la ciudad. Al entrar en ella comprobamos que delante del altar mayor había un coro integrado por unas doscientas personas ensayando para una actuación posterior, y vaya ensayo, puesto que la composición que estaban interpretando nos puso la piel de gallina por la potencia e intensidad de sus voces, y más aún cuando minutos más tarde se incorporó parte de una orquesta, concretamente la sección de cuerda.
Mis amigos tomaron asiento en uno de los pocos bancos que quedaban libres, ya que estaban repletos de turistas presenciando el ensayo, y mientras yo me fui a recorrer de punta a punta esta catedral barroca. Empecé por la nave central, con una bóveda de cañón simplemente impresionante, y luego me acerqué lo más que pude al crucero, que estaba acordonado para no interrumpir al coro, para admirar la enorme cúpula, que fue destruida por una bomba durante la Segunda Guerra Mundial y terminada de restaurar quince años más tarde, tal y como se podía apreciar en los paneles situados en la entrada del templo. A continuación me paseé por las dos naves laterales, con sus majestuosas capillas y con frescos que relatan tantos escenas del Antiguo Testamento como las estaciones de la pasión de Cristo; por último, también habría que destacar unos órganos de considerable tamaño situados a ambos lados del altar mayor y en la parte superior de la entrada. Me fui en busca de Jose y Miguel para sentarme con ellos y descansar un rato escuchando lo que estaba cantando el coro, que te llegaba a sobresaltar e incluso a acelerar el corazón de lo bien que lo hacía.
Pasados unos minutos de las cuatro de la tarde, volvimos a la Domplatz para desde el otro extremo poder contemplar mejor la fachada principal de la catedral con sus dos altas torres y ver también en el centro de la plaza la estatua dedicada a la Virgen María. Atravesamos unas arcadas para continuar por la Franziskanergasse, al final de la cual pasamos por debajo de un puente, decorado con un fresco y con un pequeño campanario en la parte superior, que unía dos paredes, siendo una de ellas de la Franziskanerkirche, una de las iglesias más antiguas de Salzburgo. Al entrar comprobamos que la disposición de su interior era un tanto extraña, pues cuenta con dos partes muy diferenciadas, pero ambas de un marcado estilo gótico. La primera, donde se encuentra el primer tramo de bancos, es bastante oscura y sencilla, sin apenas ornamentación, mientras que la segunda destaca por su luminosidad, sus largas y esbeltas columnas que confluyen en una geométrica bóveda, su altar mayor y unas capillas laterales más bien recargadas.
Al salir de allí, retrocedimos unos metros de la calle Franziskanergasse para atravesar otro de los muchos pasadizos de la ciudad y llegar a una plaza presidida por una estatua de San Pedro, ya que en ella se erige la Stiftkirche Sankt Peter o Abadía de San Pedro, fácilmente reconocible por su torre campanario. Cuando nos dispusimos a entrar para visitarla, nos encontramos con que la puerta estaba cerrada y custodiada por dos personas que no dejaban pasar a nadie, seguramente porque habría misa o algún otro acto religioso privado. Así pues, para no esperar tontamente allí sin saber cuánto tiempo, nos fuimos al anexo Petersfriedhof, el Cementerio de San Pedro, considerado uno de los más hermosos del mundo, un calificativo más que merecido teniendo en cuenta el incomparable y bello marco en el que se encuadra, entre la citada abadía y la imponente pared natural del Mönchsberg, y lo bien cuidado que está. Sinceramente, si yo viviera en Salzburgo, querría que mis restos descansaran allí eternamente.
Estuvimos unos diez minutos paseando por los senderos de este pequeño camposanto, que, aunque repleto obviamente de tumbas, transmitía una tranquilidad y una paz gracias a la gran cantidad de árboles, plantas y flores que hay en él. Había tumbas de todo tipo: grandes y pequeñas, simples con una sencilla cruz de madera y recargadas con lápidas y estatuas, al aire libre y a cubierto tras unas rejas en lo que parecían panteones familiares, con varios siglos de antigüedad y tan recientes como de hace unas semanas. En medio de todas ellas destacaba una pequeña capilla que en ese momento estaba cerrada y donde supongo se oficiarán las misas previas a los entierros, y en uno de los laterales teníamos el acceso a las catacumbas, excavadas en la montaña y cuya entrada costaba dos euros; a mí no me habría importado visitarlas, aunque Miguel y Jose no estaban muy por la labor, por lo que nos fuimos de allí.
Regresamos a la Abadía de San Pedro con la esperanza de que ya se pudiera visitar, pero nos quedamos con la ganas de verla por dentro, puesto que la puerta seguía velada por los vigilantes de antes. Salimos de la plaza por el pasadizo por el que entramos, en cuya fachada vimos un nuevo reloj de sol, para atravesar la Domplatz y volver a la Kapitelplatz, donde había varios puestos ambulantes en los que se vendían postres, helados, productos de artesanía, etc. Ahora tocaba hacer un poco de ejercicio y sudar la gota gorda para subir el monte Mönchsberg por la empinada Festungsgasse. Al llegar al cruce donde el camino se divide en dos, se nos presentaba la opción de acercarnos a la Stift Nonnberg, una abadía en la que se rodaron escenas de 'Sonrisas y lágrimas' y en la que por lo visto es posible escuchar los cánticos de las monjas a las cinco de la tarde, para lo cual quedaban pocos minutos, pero entre que no sabíamos realmente a qué distancia estaba y si nos daría tiempo a llegar o no, decidimos continuar ascendiendo en la otra dirección.
Alcanzamos un mirador desde el que se podía contemplar la catedral en todo su esplendor con la Kapitelplatz a sus pies, el Kapuzinerberg en el que habíamos estado por la mañana y casi toda la ciudad; así pues, no dudé un instante en pedirle a Jose que me hiciese una foto con estas espectaculares vistas después de fotografiarle yo a él con una pose contemplativa. Avanzamos unos metros más por Oskar-Kokoschka-Weg, la continuación de Festungasse, hasta que nos topamos con los raíles del funicular que sube y baja a los que visitan la Festung Hohensalzburg, la fortaleza que llevábamos viendo todo el día desde diferentes rincones y que ahora teníamos justo encima de nuestras cabezas. Si en vez de sólo un día hubiésemos estado dos, sin duda alguna habríamos visitado este monumento tan característico de Salzburgo, desde cuyas torres y murallas es posible obtener una de las mejores panorámicas de la ciudad, aunque nosotros nos tuvimos que conformar con la que teníamos delante, que no estaba nada mal.

17:05
Permanecimos allí arriba unos minutos antes de volver al centro y dar prácticamente por concluida nuestra visita a Salzburgo, puesto que ya habíamos visto casi todo lo que teníamos planeado. Retrocedimos hasta el mirador en el que acabábamos de estar y, en vez de seguir por la cuesta que subimos antes, bajamos por una serie de escalinatas escondidas entre los árboles que precisamente desembocaban al comienzo de la misma. Enfrente vimos una pequeña fuente en la que había varias personas haciendo cola para rellenar sus botellas de agua, así que aprovechamos para beber y refrescarnos un poco, que bastante habíamos sudado debido al calor que hacía y a las caminatas que nos estábamos dando. Al regresar a la Kapitelplatz, atravesamos el pórtico que la conecta con la Domplatz y el de esta plaza con la Residenzplatz para continuar por la Goldgasse, una estrecha calle del estilo de la Getreidegasse, también con sus rótulos de hierro forjado en las paredes.
Al llegar a la plaza del Alter Markt, llamada así porque era donde antiguamente se ubicaba el mercado de la ciudad, nos dimos cuenta de que había mucha gente alrededor de un pequeño escenario que había montado en ella, por lo que nos acercamos para ver a qué se debía. En él había unos veinte jóvenes vestidos con chaleco cantando a coro, no sabemos si porque era una competición o porque el escenario allí estaba a disposición de quien quisiera utilizarlo, pero la verdad es que lo hacían bastante bien. Tras escucharles cantar un par de canciones, tiramos por Churfürststrasse para a continuación atravesar un pasaje con una galería comercial y desembocar finalmente en la Universitätsplatz, a la altura de la Kollegienkirche, una iglesia que por su tamaño me entraron ganas de ver. Sabiendo que mis amigos son poco amigos de las iglesias, dije que no, que pasábamos de largo porque no la tenía apuntada en mi lista de sitios que visitar, pero me insistieron en que por una más tampoco se iban a quejar, así que me dispuse a entrar, aunque para nada porque estaba cerrada desde hace un rato.
Más adelante, en esta misma plaza, nos volvimos a refrescar en una pequeña fuente que había en ella, para luego continuar con nuestro ya tranquilo paseo hasta llegar a la Herbert-von-Karajan-Platz, donde se encuentra la Pferdeschwämme, una enorme fuente compuesta por un estanque, una gran fachada con frescos en los que aparecen pintados varios caballos y una estatua de un hombre domando un equino; tanto caballo tiene su explicación en que aquí antiguamente había establos y un abrevadero. A continuación, seguimos por la Bürgerspitalgasse y la Bürgerspitalplatz, de tal manera que nos encontramos de nuevo junto a la Sankt Blasiuskirche, al comienzo de la calle Getreidegasse, todavía con un mar de gente yendo de un lado para otro. Tras recorrer Gstättengasse y Museumsplatz, llegamos a la Kaipromenade, un paseo a orillas del río Salzach y protegido por la sombra de una larga hilera de árboles que sin duda le ponía el broche de oro a una jornada inolvidable. Tal y como divisamos por la mañana desde el mirador del Kapuzinerberg, estaba repleto de puestos y tenderetes en los que se vendían productos de todo tipo: ropa, artículos de decoración, artesanía, antigüedades, herborístería, dulces, batidos, helados, etc.
El paseo que nos estábamos dando no podía resultar más agradable, con el frescor del río y la tranquilidad que allí se respiraba, pero la cosa mejoró todavía más a la altura de la Christuskirche, una iglesia situada en la otra orilla, cuando me dio por mirar hacia atrás, y es que por encima de los árboles se asomaban la fortaleza coronando el Mönchsberg y la catedral sobresaliendo del resto de edificios del casco histórico. Una panorámica más de tantas que nos había regalado Salzburgo en las apenas siete horas que habíamos pasado allí, y que admiraríamos todavía mejor al tenerla continuamente de frente cuando decidimos dar media vuelta al llegar al puente Müllner Steg, donde terminaban los tenderetes. Además de los dos principales monumentos que he mencionado, también se divisaban la cúpula de la Kollegienkirche que nos encontramos cerrada unos minutos antes, la llamativa torre de color rojo de la Stift Nonnberg a la que no nos llegamos a acercar y la del Ayuntamiento, entre otros.
Conforme avanzábamos y recorríamos la curva que forma el paseo, estas vistas se iban escondiendo poco a poco tras la arboleda. La idea era ir ya en dirección a la estación de trenes, por lo que abandonamos la Kaipromenade para cruzar al otro lado de la ciudad por el Makartsteg, un puente peatonal que si por algo llama poderosamente la atención es porque sus barandillas están plagadas de candados colgados por parejas que de esta manera quieren dejar constancia del amor que se profesan, una costumbre que cada vez está más extendida en todo el mundo. Continuamos por Josef-Friedrich-Hummel-Strasse, de tal forma que a nuestra izquierda teníamos una estatua en memoria del director de orquesta salzburgués Herbert von Karajan y a nuestra derecha el lujoso Hotel Sacher, y luego nos desviamos por la Makartplatz hasta regresar a los Jardines de Mirabell.
Eran las seis y cuarto y el tren que teníamos pensado coger salía a las ocho y veinte, lo cual significaba que teníamos por delante dos horas sin nada más que hacer, así que Miguel planteó la posibilidad de o bien tomarnos algo en una cafetería para matar el tiempo o bien irnos ya a la estación y si eso coger un tren que salga antes. Ambas opciones nos parecían igual de válidas, aunque con ligera ventaja para la segunda porque, en caso de éxito, volveríamos antes a Múnich; así pues, nos sentamos en uno de los bancos situados bajo la frondosa arboleda de uno de los laterales del Mirabellgarten, cuyos jardines seguían tan concurridos como por la mañana, para descansar y poder conectarnos a la Wi-Fi libre que allí se pillaba. Mientras mis amigos navegaban por Internet para ponerse al día de las últimas noticias balompédicas, yo consulté el horario de los trenes, y resulta que a las 19:13 salía uno que podíamos coger con nuestro Bayern Ticket.
Teníamos algo más de media hora de margen para llegar a la estación, más que suficiente porque antes solamente tardamos quince minutos en hacer este mismo trayecto, pero no merecía la pena arriesgar, por lo que nos pusimos en pie inmediatamente para emprender la marcha. Mientras recorríamos el Mirabellgarten, seguí haciendo fotos, especialmente a la Fuente de Pegaso, que daba mucho juego tanto por la estatua en sí como por la pequeña cascada que se forma a sus pies, o a sus patas mejor dicho. Ya estábamos a punto de irnos de allí cuando mis amigos cayeron en la cuenta de que a estas alturas del viaje todavía no nos habíamos hecho una foto los tres juntos, y qué mejor sitio que éste para ello. Teníamos que buscar a alguien con pinta de turista y de saber manejar mi cámara, y precisamente en ese momento no encontrábamos a nadie que cumpliese con dichas características. Finalmente vimos a un joven al que le pedimos que nos fotografiara de tal forma que se vieran el Palacio de Mirabell, los jardines y la fortaleza al fondo, y la verdad es que se lo curró porque nos hizo tres fotos desde diferentes encuadres.
Salimos del Mirabellgarten por la escalinata desde la que vi por última vez una de las mejores estampas de una ciudad que me había encandilado de principio a fin, y tras ello continuamos por entre los árboles del parque situado junto al Schloss Mirabell. Ya nos dimos cuenta de ello por la mañana, pero resultaba muy llamativo que en cuanto nos alejamos unos metros de la zona turística de Salzburgo por la Rainerstrasse apenas nos encontramos con nadie, aunque quizás ahora estaba un poco más justificado por ser sábado por la tarde y no haber actividad comercial; eso sí, tanto en esta zona como en el centro la ciudad estaba impoluta, limpia como una patena, sin un mísero papel tirado en la acera, cosa que también ocurría en Múnich. Mucho tendrían que aprender Málaga y los malagueños para parecerse tan siquiera un poco a estas dos ciudades en este sentido, porque hay que reconocer que pasar por ciertas calles da simplemente asco.

19:00
Al llegar a la Salzburg Hauptbahnhof, lo primero que hicimos fue buscar los paneles de información para saber desde qué andén saldría nuestro tren, concretamente el número 5, y seguidamente subimos a la plataforma de las vías. Al igual que nos ocurrió en la ida, nuestro tren estaba ya lleno de pasajeros, así que no tuvo más remedio que montarnos en uno de los últimos vagones, de nuevo en asientos enfrentados para ir los tres juntos. El tren se puso en marcha a la hora prevista en dirección a Múnich, adonde llegaríamos a las nueve y cuarto. A los pocos minutos, se pasó el revisor para pedirnos el billete, el cual no tuvo que sellar porque ya lo estaba de esta mañana, por lo que simplemente comprobó que éramos tantas personas como nombres aparecían en el billete.
Al contrario que en el viaje de ida, nuestro vagón no estaba tan masificado, pues había varios sitios libres, y con respecto al tipo de viajeros también había ciertas diferencias, con gente más bien mayor en vez de joven, con la excepción de un niño de raza negra de unos tres o cuatro años que iba sentado con sus padres en los asientos situados a nuestra izquierda. Lo que sí se mantuvo fue el ligero calor que hacía allí dentro, aunque cada diez o quince minutos encendían el aire acondicionado para al cabo de un rato volverlo a apagar. Poco antes de las ocho de la tarde sentí vibrar el móvil, ya que me estaba llamando mi madre para preguntarme qué tal iba todo, qué habíamos visto desde la última vez que hablamos y, cómo no, si estaba comiendo bien. Le conté que ya estábamos en el tren de vuelta a Múnich y que le había comprado en Salzburgo el encargo de bombones que me había hecho, y ya por último quedamos en que volviese a llamarme al día siguiente sobre esta misma hora.
Durante las dos horas de trayecto estuvimos charlando acerca de varias cuestiones, como por ejemplo de los gastos que ya llevábamos en el viaje. En estos tres primeros días, yo era el que más había consumido, aunque por poco y principalmente justificado por los souvenirs que había comprado en Salzburgo, un total de casi 30 €; de no ser por ello, Miguel se habría llevado la palma gracias a que Jose se ahorró unos cuantos euros el día anterior haciendo uso de su carnet de estudiante. Ya que estábamos, hicimos una estimación de lo que nos gastaríamos los dos días que nos quedaban teniendo en cuenta las comidas, el transporte y los sitios en los que tendríamos que pagar para entrar, como por ejemplo el Allianz Arena. A ojo, e incluyendo el alojamiento y los vuelos, el viaje nos supondría unos 500 € por cabeza, bastante más de lo que estábamos acostumbrados, puesto que siempre nos han salido por unos 300 €; ya os adelanto que en total yo me gasté 475 € en los cinco días que duró.
La conversación, por un motivo que no recuerdo bien cuál fue, llevó a mis amigos a ponerme a prueba preguntándome los símbolos de los elementos químicos que aparecían en la etiqueta de sus botellas de agua, y no fallé ni uno solo; luego pasaron a algunos compuestos, y, salvo un par de ellos de los que no me acordaba del todo porque solamente me lo explicaron en 1º Bachillerato, volví a demostrar que de conocimientos básicos de Química estaba bien servido, y es que por algo estudiaba para aprender y no solamente para aprobar los exámenes. Esto nos llevó a seguir la charla con recuerdos de nuestra etapa en los Maristas, el colegio en el que estudiamos, reviviendo anécdotas de nuestros compañeros y profesores. Entre tanto, el tren seguía su camino haciendo las paradas correspondientes, en una de las cuales se bajaron el negrito y sus padres, ocupando sus plazas un chico y una chica jóvenes con tatuajes y piercings que bebían de una botella de litro de cerveza.
La noche estaba cada vez más cerca, y nosotros de Múnich. Pasadas las nueve ya habíamos dejado atrás kilómetros y kilómetros de paisajes verdes y boscosos para circular entre los edificios de la ciudad, como probaba la penúltima parada de Ostbahnhof. Llegamos a la estación puntualmente a las nueve y cuarto, aunque bueno, lo de que estábamos en la estación era un decir, ya que, como íbamos en los último vagones, tuvimos que recorrer todo el andén para llegar a la terminal propiamente dicha, lo cual nos llevó un par de minutos sin exagerar. Siendo la hora que era, estaba claro que teníamos que buscar un sitio para cenar, pero la cuestión era dónde. A falta de ideas, Jose comentó que le sonaba haber visto un Burger King cerca del hotel, concretamente en la avenida que va hasta la Karlsplatz; yo dije que podríamos ir al de la estación y así nos evitábamos tener que buscarlo, pero mis amigos no estaban muy por la labor justificándose en que el público de allí no les gustaba mucho.
Teníamos que coger el metro, por lo que bajamos por las escaleras mecánicas para llegar hasta el andén correspondiente, que estaba en lo más profundo del todo. Tanto la línea U1 como la U2 nos servían, así que nos montamos en la primera que llegó; por cierto que aquí se cumplió eso de que la excepción confirma la regla, en este caso la de que los alemanes son muy silenciosos cuando usan el transporte público, y es que del vagón salieron varios jóvenes armando ruido y cantando, dando la impresión de que venían de un concierto. Nos bajamos en la siguiente parada, la de Sendlinger Tor, y ya en la calle nos dispusimos a buscar el Burger King que decía Jose por la Sonnenstrasse. Por más que andábamos no lo veíamos por ningún lado, y no solamente eso, sino que tampoco es que hubiera por allí otras opciones para cenar; estábamos ya a punto de rendirnos cuando de repente avisté a lo lejos el logotipo luminoso del Burger King, que resultó estar tan cerca del hotel como de la estación.
Yo no soy nada amigo de estas cadenas de comida rápida, es más, ésta iba a convertirse en la segunda ocasión en la que cenaría en un Burger King, pero en casos de urgencia como éstos no queda otra que hacer la vista gorda. Le pregunté a mis amigos, que pisan estos sitios más que yo, cuál de los menús ofertados me podría gustar más, y me aconsejaron el little grilled chicken, que costaba 5'49 €; cuando ellos hubieron elegido los suyos, nos acercamos al mostrador para hacer el pedido indicándole al joven que nos atendió los números de los menús que queríamos con las correspondientes bebidas. Como las hamburguesas ya llevarían hechas desde hace un rato (¿se notan mis pullas a este tipo de 'restaurantes'?), en apenas tres minutos ya estábamos sentados con nuestras bandejas en una de las mesas del local, a todo esto completamente vacío.
Lo primero que hice fue extraer las rodajas de tomate y pepino de mi hamburguesa, ya que no me gustan, y a continuación la probé. Lo que venía siendo el pollo se dejaba comer, aunque fallaba la salsa marrón que lo acompañaba, que tenía un sabor raro tirando a picante que no supe identificar; por su parte, las patatas fritas estaban bastante buenas, y el medio litro de Pepsi, bastante frío, como debe ser. Miguel quedó bastante satisfecho con lo que se había pedido, no tanto Jose, puesto que su hamburguesa era doble cuando pensaba que iba a ser simple, por lo que le costó un poco terminársela a costa de dejar buena parte de sus patatas. En cuanto terminamos, nos levantamos y nos fuimos directos al hotel saltándonos algún que otro semáforo ante la mirada atónita de los viandantes alemanes, acostumbrados a esperar pacientemente a que se ponga en verde para los peatones.
Pasaban unos minutos de las diez y media cuando por fin llegamos a nuestra habitación. Miguel fue directamente al baño para ducharse, y yo mientras tanto extendí sobre la cama la camiseta y puse sobre ella la caja de bombones y el imán que había comprado en Salzburgo para hacerles la foto que acompaña a estas líneas; también aproveché para poner a cargar una de las baterías de la cámara, que ya estaba a punto de agotarse. El plan del día siguiente implicaba comenzar en la Königsplatz, para lo cual tendríamos que coger el metro puesto que a pie queda bastante lejos, y luego desplazarnos con tiempo suficiente al Allianz Arena para hacer el tour en inglés por el estadio a la una, así que tendríamos que levantarnos a la misma hora que el primer día, es decir, a las ocho menos cuarto, para no ir demasiado apurados e ir relajados en la medida de lo posible.
Otro de los aspectos que debíamos tener en cuenta era que el siguiente día era el que más probabilidades de lluvia tenía, según las últimas previsiones que habíamos consultado en Málaga horas antes de partir; en caso de que finalmente lloviese tendríamos que modificar los planes sobre la marcha, por lo que tocaba rezar y esperar que nos acompañase el tiempo, porque si no tendríamos poco que hacer. Después de que Jose terminase en el baño, entré yo para lavarme los dientes y ducharme, aunque de nuevo me ocurrió lo mismo que la noche anterior, esto es, que casi no me salía agua y además fría. Mis amigos ya se tomaban a risa la suerte que estaba teniendo con la ducha, y yo casi que también, aunque por suerte al rato volvió el agua caliente. Al final, entre una cosa y la otra, me acosté definitivamente a las doce menos cuarto, no sin antes activar las alarmas de mi antiguo móvil para no quedarnos dormidos.