martes, 2 de febrero de 2016

Viaje a Múnich: día 5


7:45
Suenan las alarmas de nuestros móviles por última vez en este viaje. Bueno, en realidad las del móvil de Jose lo hicieron un cuarto de hora antes, pero mi amigo prefirió seguir en la cama en vez de levantarse, por lo que, como siempre, fui yo el primero en ponerse en pie. Tras el preceptivo paso por el baño, me vestí para guardar el pantalón corto que usé para dormir, las chanclas y las cosas del aseo en la maleta, y así dejarla cerrada y lista a falta de la camiseta de recuerdo que me compraría más tarde. Mientras ultimaba todos estos detalles, le comenté a Jose que había soñado por la noche; concretamente, se había despertado para decirme algo del desayuno, creo recordar. Al principio no cayó en la cuenta, pero al minuto empezó a acordarse de algo, que se había dado la vuelta para hablar conmigo, aunque de una manera muy fugaz. En fin, se ve que esperó al último día para devolvérmela por los ronquidos que había tenido que soportar por mi parte.
Sobre las ocho y media, bajamos a la cafetería a desayunar. En la cesta del pan solamente había bollitos redondos, así que cogí un par de ellos con la esperanza de que repusieran en breve, mientras que para beber me serví un vaso de zumo de naranja y una taza de leche del tiempo con cacao soluble; mis amigos, como de costumbre, se mantuvieron fieles a su desayuno continental (pan, embutido, queso, café, zumo...). La mesa que utilizamos los dos primeros días volvía a estar ocupada, por lo que nos sentamos en la misma del día anterior. Primero me comí uno de los dos pitufos untado con mantequilla, al tiempo que me tomaba el zumo; en cuanto lo terminé, volví a la cesta del pan a ver si habían puesto algo nuevo, y sí, había unas cuantas mini baguettes del típico pan alemán, así que cogí una para despedir el viaje en condiciones. Ya en la mesa, lo unté también con mantequilla para disfrutar de su jugosidad y esas pepitas de sal gorda que le dan un toque más que especial; tras ello, me comí el otro pitufo con Nutella, así como el vaso de leche, que de nuevo eché de menos que estuviese fría y no a temperatura ambiente.
Cuando volvimos a la habitación eran las nueve y cuarto. Al asomarme por la ventana comprobé que hacía un día espectacular, del estilo de los que habíamos disfrutado durante el viaje, con mucho sol, aunque no con tanto calor, lo cual se agradecía. Le dimos un repaso a toda la habitación, baño incluido, para revisarlo todo y asegurarnos de que no nos dejábamos nada allí. Una vez que creímos tenerlo todo listo, cogimos nuestras maletas y abandonamos la habitación para salir a la calle y dirigirnos a la recepción del hotel, que se encuentra en la entrada principal, la de la calle Herzog-Wilhelm-Strasse. Esperamos a que otro huésped terminara de ser atendido, momento que aprovechó Jose para coger un tríptico del hotel, para que la recepcionista gestionara nuestro check-out, que básicamente consistió en que Miguel pagara con su Visa los 426 € del alojamiento. La verdad es que el precio no estaba nada mal (35'50 € por persona y noche, incluyendo desayuno), sobre todo teniendo su céntrica ubicación y que Múnich es una de las ciudades más caras de Alemania.
Cuando salimos del hotel, nos dirigimos a la estación de Sendlinger Tor, la que ya considerábamos "la nuestra", para comprar el Airport-City-Day-Ticket, ya que es el que se necesita para poder ir al aeropuerto. Tras abonar en la máquina expendedora los 22'30 € que costaba, bajamos al andén para coger una de las líneas de metro que se dirigen a la Hauptbahnhof Central Station, y una vez allí fuimos en busca de la consigna para dejar allí nuestras maletas y poder movernos con libertad durante todo el día. Buscamos a conciencia el casillero que utilizamos el día que llegamos a Múnich para ver si estaba libre, el 3038, y así fue, por lo que metimos las tres maletas y a continuación pusimos cada uno dos euros para cerrarlo, haciéndome cargo yo de la llave. Nos dimos cuenta de que por entre los pasillos de las consignas había un hombre con una pinta muy sospechosa que sin duda alguna estaba merodeando para comprobar si algún casillero no estuviese bien cerrado y llevarse las pertenencias de los viajeros, lo cual nos creó una cierta inquietud por si después nos fuésemos a encontrar nuestro casillero vacío.
Ahora tocaba buscar el andén del cercanías S2, puesto que el plan de la mañana consistía en ir al campo de concentración de Dachau, situado a unos 13 kilómetros de la capital bávara. El cercanías llegó enseguida, y, teniendo en cuenta que el trayecto duraría unos 25 minutos, cogimos asiento los tres juntos, y así de paso descansábamos, ya que había sido el día del viaje en el que menos horas habíamos podido dormir. Sobre las diez y media llegamos a la estación de trenes de Dachau, cuya entrada principal se encuentra en una pequeña plaza donde tuvimos que esperar unos minutos para coger un autobús de la línea 726. Como era de esperar, muchos de los que venían en el cercanías iban a hacer lo mismo que nosotros, por lo que en cuanto llegó el autobús se llenó casi por completo, que por cierto era doble; por suerte, pudimos sentarnos al final del mismo y con algo de aire acondicionado sobre nuestras cabezas.

10:50
El bus atravesó medio pueblo y, pasados diez o doce minutos, nos dejó en la parada del KZ-Gedenkstätte Dachau, donde se bajaron casi todos los pasajeros, quedándose el autobús prácticamente vacío. Nos dirigimos al Centro para el Visitante, y no para adquirir las entradas, ya que el acceso es libre y gratuito, sino porque mis amigos querían alquilar las audioguías para estar informados durante la visita. Miguel tuvo que pagar 3'5 €, mientras que Jose solamente pagó 2'5 € por haber enseñado su carnet de estudiante; como depósito, Jose dejó su DNI que luego recogeríamos al terminar la visita. También les dieron unos planos orientativos que nos serían útiles a la hora de recorrer el campo de concentración y no dejarnos nada importante por ver.
Avanzamos por un sendero rodeado de árboles y paralelo a un pequeño riachuelo hasta llegar a la Jourhaus, la entrada que da acceso al campo de concentración a través de la famosa reja de hierro con la inscripción "Arbeit macht frei" ("El trabajo os hará libres"), mientras que en las paredes vimos un par de placas conmemorativas en recuerdo de la liberación llevada a cabo por tropas estadounidenses el día de la Masacre de Dachau (29 de abril de 1945). Una vez dentro, teníamos a nuestra derecha un enorme edificio correspondiente al Museo del campo de concentración, y a nuestra izquierda un extenso e interminable descampado donde se encontraban todos los barracones de los prisioneros. En primer lugar, nos acercamos al Memorial Internacional, situado justo delante del Museo y compuesto por varios monumentos: un muro con una inscripción en cuatro idiomas (francés, inglés, alemán y ruso); el monumento admonitorio internacional, una escultura en la que se distinguen varios cuerpos famélicos sobre el período en el que estuvo operativo el campo (1933-1945); y otro muro con la leyenda "Nunca más" en los cuatro idiomas antes mencionados.
Según el orden dispuesto en el plano orientativo, ahora habría que visitar el museo, pero preferimos dejarlo para el final de la visita en el caso de que fuésemos bien de tiempo y continuar mejor con el resto del campo de concentración. Nos dirigimos a los dos únicos barracones que se mantienen de los 34 que hubo en su tiempo, pero, cuando nos dispusimos a entrar en el primero, una chica nos preguntó si éramos de la visita guiada, y le dijimos que no, así que nos fuimos al siguiente. En realidad, los dos barracones son reconstrucciones de los originales, pero en cualquier caso resultaba fácil imaginarse a decenas de prisioneros hacinados en las literas de madera como tantas veces los hemos visto en las fotografías de los libros de Historia; quede como dato que este campo estaba capacitado para alojar a 6.000 personas y que llegaron a tener más de 30.000, así que imaginad en qué condiciones vivían, si ya de por sí eran duras. Además de las habitaciones, también vimos una sala que aparentaba ser el comedor y otra con dos hileras de retretes.
Ya fuera, recorrimos la calle principal del campo de concentración, a cuyos lados se encontraban los barracones, ahora recordados con números grabados en piedras. El sol empezaba a pegar con fuerza, por lo que fuimos por la sombra que daban los altos árboles a lo largo de todo el camino, hasta llegar finalmente a la zona de los monumentos conmemorativos de carácter religioso. Justo enfrente teníamos la Capilla de la Agonía de Cristo, un edificio con forma cilíndrica y abierta junto al cual se halla una campana donada por supervivientes austríacos. Detrás de esta capilla, una vez traspasado el muro del campo, se encuentra el Convento de las Carmelitas, al que no nos acercamos porque nos pillaba un poco a desmano, lo mismo que el Monumento conmemorativo judío y la Iglesia Evangélica de la Reconciliación, situados respectivamente a derecha e izquierda de la capilla.
A continuación, fuimos en dirección al crematorio, para lo cual tuvimos que atravesar un pequeño puente que salva el riachuelo que discurre en paralelo a uno de los laterales del campo de concentración, y justo después, al final de un sendero a mano izquierda, teníamos la Capilla Ruso-Ortodoxa. Unos metros más adelante nos topamos con el edificio del crematorio, inconfundible por la chimenea que sobresale del tejado, y enfrente, un poco escondido entre la vegetación, un pedestal sobre el que se erige el Monumento al prisionero desconocido. Nada más entrar en el crematorio, vimos los hornos en los que introducían a los reclusos para incinerarlos una vez ejecutados, mientras que en la siguiente sala, completamente diáfana, se les hacía creer que iban a ser duchados; precisamente en la siguiente estancia estaban las duchas, aunque como reza un cartel realmente eran cámaras de desinfección.
Al salir de allí, nos acercamos a un mural con una fotografía en blanco y negro muy impactante, en la cual aparecen los cuerpos de decenas de presos famélicos amontonados justamente en el punto en el que nos encontrábamos en ese instante. Rodeamos el crematorio por la parte trasera, donde probablemente fusilaban a los prisioneros, y a continuación seguimos por un sendero oculto entre los árboles que cuenta con algunos pequeños espacios para la oración y el recuerdo de las víctimas. Desembocamos en el puente que une la zona del crematorio con la parte principal del campo de concentración, por cuyo lateral avanzamos en dirección a la entrada, pasando entre medias junto a una de las torres de control. Eran las doce y cuarto, lo cual nos daba todavía un poco de margen para completar la visita con el museo del edificio de la intendencia que nos habíamos saltado al principio.
El museo se compone principalmente por expositores y paneles con información e imágenes de lo que fue en su día este campo de concentración repartidos por todas las estancias de dicho edificio, en cada una de las cuales se indica para qué estaba destinada en aquel entonces. Destacan sobre todo dos de ellas: una, el cuarto de maniobras, donde los prisioneros recién llegados tenían que despojarse de sus ropas y entregar todas sus pertenencias; y la otra, los baños, donde se les cortaba el pelo, se les duchaba y se les desinfectaba con la excusa de la higiene. En cuanto a la exposición propiamente dicha, comienza explicando el ascenso al poder del nazismo y los diferentes campos de concentración con los que contaban repartidos por toda Alemania y Polonia, tal y como se podía apreciar en un gran mapa, y continúa con las tres fases de la evolución del campo de concentración de Dachau, desde su apertura en 1933 hasta la liberación final de 1945.
Con el museo terminamos la visita del KZ-Gedenkstätte Dachau, que nos llevó aproximadamente hora y media. Salimos por la famosa reja de la Jourhaus para dirigirnos al Centro para el Visitante, donde Miguel y Jose tuvieron que dejar las audioguías, y este último además recoger su DNI, el cual habíamos dejado como depósito. De allí nos fuimos hasta la parada del autobús que nos habría de llevar de vuelta a la estación de trenes de Dachau. Al igual que a la ida, se llenó por completo, pero esta vez era un autobús simple y no doble, por lo que fuimos de pie y apretados como sardinas en lata, y encima con un calor insoportable; tan lleno iba que el conductor no tuvo más remedio que saltarse todas las paradas ante la cara de estupefacción de las personas que estaban esperando en la calle y que tendrían que esperar todavía más. Cuando llegamos a la Bahnhofplatz, entramos en una pequeña tienda de la estación en la que Jose se compró un botellín de Orangina (el equivalente a nuestra Fanta) y Miguel, una lata de cerveza, y tras ello nos acercamos al andén a esperar que llegase el cercanías S2.

13:00
Casi todos los que habíamos venido en autobús desde el campo de concentración cogimos también el cercanías, que llegó pasados dos o tres minutos. Por suerte pudimos pillar asientos libres, lo cual nos vino de perlas para descansar un poco, concretamente cerca de media hora, que fue lo que tardamos en llegar a la parada de la Marienplatz. Nos bajamos allí en vez de en la Hauptbahnhof porque ya iba siendo hora de comer, y pensamos en tantear opciones en el cercano Viktualienmarkt. Ya pasaba de la una y media, por lo que como era de esperar estaba lleno de gente sentada y bebiendo cerveza alrededor de las numerosas mesas que componen este biergarten. Nos paseamos tranquilamente por todos los puestos para ver qué había, principalmente carne, hasta que llegamos al Maibaum, el Árbol de Mayo, un enorme y colorido mástil decorado con diversas escenas típicas bávaras.
Como no terminábamos de aclararnos acerca de dónde almorzar, consecuencia de nuestro habitual tonteo, decidimos echar un vistazo por la calle Tal, puesto que allí había una pizzería que tenía apuntada en mi lista de posibles sitios en los que comer, pero cuando la encontramos no nos convenció. Acabamos entrando en el supermercado Rewe al que ya habíamos ido en días anteriores, y lo primero que hicieron mis amigos fue reciclar el botellín y la lata que se habían comprado en Dachau para conseguir un vale de 50 céntimos que utilizaron para comprar dos pretzels pequeños; mientras tanto, yo me gasté 2'99 € en una tableta de chocolate con un envoltorio con el traje típico bávaro para mi hermana. De nuevo en la calle, decidimos volver al Viktualienmarkt y comer lo que fuese, ya que yo al menos tenía algo de hambre, y para la cena tendría que esperar a llegar a Málaga cerca de la medianoche.
Yo le había echado un ojo a un puesto de salchichas, pero antes nos teníamos que asegurar de coger sitio porque tampoco era plan de comer de pie. Nos acercamos a las mesas a ver si teníamos suerte y había algún hueco libre, y sí, pillamos un banco que estaba completamente vacío, más que nada porque daba el sol, mientras que los demás estaban a la sombra que daban los árboles. Como mis amigos no lo tenían del todo claro todavía, se quedaron guardando el sitio mientras yo iba al puesto que había visto antes, que básicamente ofrece salchichas de diferentes tipos recién pasadas por una plancha para luego meterlas en un pitufo de pan. Tuve que esperar unos cinco minutos en la cola hasta que llegó mi turno para pedir un bocadillo de salchicha picante y una lata de Coca-Cola, lo cual me costó 4'8 €. Volví al sitio que habíamos cogido para relevar a mis amigos, quienes se acercaron al Nordsee, una franquicia de comida rápida especializada en pescado.
Mi bocadillo no era nada del otro mundo y el refresco no es que estuviera demasiado frío, las cosas como son, pero por lo menos me sirvió para saciar mi apetito. Al poco volvieron Jose y Miguel, cada uno con un plato de cartón con dos grandes salchichas bañadas en salsa de curry y una buena ración de patatas fritas, así como un botellín de Coca-Cola para compartir, y es que resulta que, mientras esperaban en la cola del Nordsee, vieron a varias personas pasar con esos platos y se pusieron a averiguar de dónde venían hasta que lo encontraron. Tengo que reconocer que si hubiese llegado a saber de ese sitio, seguramente también habría ido allí. Apenas habían empezado a comer, decidimos cambiarnos de sitio porque el sol nos estaba dando de pleno, por lo que nos mudamos a un hueco que se acababa de quedar libre unas mesas más atrás, concretamente junto a un hombre de unos 50 o 60 años que estaba bebiendo cerveza en una gran jarra.
Sobre las tres, después de que Jose y Miguel terminasen de comer y de que reposásemos unos minutos, nos fuimos de allí para comprar los souvenirs, pero de camino nos llamó la atención algo que ya habíamos advertido los días anteriores, y es que los alemanes tienen por costumbre reunirse de pie junto a las pequeñas fuentes que hay en el centro de la ciudad, especialmente en el Viktualienmarkt, para beber y charlar a su alrededor. Tras coger por las calles Tal, Sparkassenstrasse y Ledererstrasse, llegamos a Orlandostrasse, la calle de los souvenirs por excelencia. Entramos primero en la tienda más cercana a la Hofbräuhaus para echar un vistazo a las opciones que había, Jose para buscar recuerdos para su familia y yo la camiseta a la que ya le había echado el ojo días atrás; allí no la encontré, así que me fui a la siguiente, donde tampoco hubo suerte. Finalmente di con ella en la tercera tienda en la que entré, y por suerte la había de mi talla (XL) y del color que quería (roja); además, solamente me costó 9'95 €, poco más de la mitad de la que compré en Salzburgo.
Volví a la primera tienda, donde Jose todavía no terminaba de decidirse entre unos souvenirs y otros; tras consultar a Miguel y a mí, al final se llevó unos imanes, postales y tazas. Con las compras ya resueltas, deshicimos nuestros pasos para dirigirnos a la Marienplatz, que, como de costumbre, estaba bulliciosa, pero la Neues Rathaus tenía otra apariencia, y es que de su fachada colgaban varias banderas alargadas, entre las que pude identificar la europea, la alemana, la de Baviera y la de Múnich. A continuación, nos acercamos a la Apple Store situada en Rosenstrasse porque teníamos que comprobar en la web de Norwegian, la compañía aérea del avión que cogeríamos más tarde, si era necesario imprimir las tarjetas de embarque, y claro, para eso necesitábamos conectarnos a la Wi-Fi de la tienda, que por cierto estaba llena de gente precisamente por ese motivo, no por que fuesen a comprar alguno de sus productos. En la web no aparecía ninguna opción de facturación online, lo cual nos dejó preocupados en parte, ya que a Miguel le sonaba que con esta compañía no te piden los billetes del avión. En pocas horas sabríamos si estábamos en lo cierto o no.
Tras aprovechar la conexión para hablar con mi hermana y mis primos por WhatsApp, y sin nada relevante que hacer hasta que nos fuésemos al aeropuerto, propuse de ir al parque situado junto al Palacio de Justicia para matar el tiempo. Así pues, le hice una última foto al Neues Rathaus y avanzamos por Kaufingerstrasse a paso tranquilo, e igualmente hice con las torres de la Frauenkirche cuando llegamos al cruce en el que da comienzo la Neuhauser Strasse, lo cual significó para mí el dar por concluido el viaje a Múnich. Ya en la Karlsplatz, para variar, tuvimos que esperar un buen rato para poder cruzarla por completo, tras lo cual nos desviamos a la derecha para rodear por Elisenstrasse el imponente edificio del Justizpalast.

16:00
Nos encontrábamos ahora frente al Alter Botanischer Garten, el Antiguo Jardín Botánico de la ciudad, ahora reconvertido en un parque más de los muchos que hay en Múnich. Mis amigos se fueron enseguida a buscar un banco libre a la sombra en el que sentarse, mientras que yo, como no podía ser de otra forma, me acerqué a hacerle unas cuantas fotos a la Neptunbrunnen, la Fuente de Neptuno, llamada así porque en el centro se halla una estatua de Neptuno junto a un hipocampo y varios tritones. Miguel y Jose se habían sentado en un banco en el que daba un poco el sol, así que les dije de venirse a otro que estaba completamente a la sombra. Allí, bien protegidos del calor, nos pusimos a charlar acerca del viaje, de lo que nos había gustado más, de lo que nos había gustado menos, etc. Al rato, sobre las cuatro y media, una avispa se acercó adonde estábamos nosotros, y claro, después de la mala experiencia que pasé el día anterior en los aledaños del Allianz Arena, di un brinco, y mis amigos también, para que no nos picase.
Aprovechando que tenía ganas de ir al baño, nos dirigimos a la Hauptbahnhof Central Station. Cruzamos la calle Elisenstrasse para más adelante desviarnos por Luitpoldstrasse y continuar por Prielmayerstrasse hasta llegar a la Bahnhofplatz, aunque, en vez de acceder a la estación por la entrada principal, lo hicimos por la del lateral correspondiente a la calle Arnulfstrasse. Nos costó bastante encontrar los baños, para lo cual tuvimos que bajar a la planta inferior, donde comprobamos que eran de pago, 1 € concretamente, por lo que, como todavía podía aguantar, volvimos al exterior para seguir haciendo tiempo en Coffe Fellows, una cafetería situada en la esquina de la Bahnhofplatz por la que habíamos pasado apenas unos minutos antes. Yo no estaba muy seguro de qué tomarme, así que mientras tanto Jose y Miguel se acercaron a la barra para pedir respectivamente un frappiato de frambuesa y uno de fresa, que costaba cada uno 3'90 €; cuando ellos ya se hubieron sentado en la mesa, terminé de decidirme y me pedí un frappiato de chocolate tamaño XXL por 4'30 €.
Iluso de mí que creía que lo que había pedido era una especie de batido de chocolate, resulta que cuando aspiré el primer sorbo por la pajita noté sabor a café, que no me gusta en absoluto, lo cual provocó las risas de mis amigos; con tal de no pensar que había tirado el dinero, me propuse tomármelo entero, pero fui totalmente incapaz y dejé más de la mitad. Para quitarme el sabor a café, le pedí a Jose y Miguel que me dejasen probar un poco de lo que ellos se habían pedido, siendo la bebida de este último la mejor con diferencia, y es que a Jose tampoco le hizo mucha gracia la suya. Antes de irnos, me acerqué al baño de la cafetería para aliviarme, aunque nada más abrir la puerta se me quitaron las ganas de entrar por lo asqueroso que estaba, así que nada, me tocaba aguantar un poco más.
Nos fuimos de allí sobre las cinco y media directamente a la estación, en concreto a la consigna, comentando por el camino si ese hombre sospechoso que vimos por la mañana cuando las dejamos habría conseguido forzar la nuestra y, por consiguiente, haberse llevado nuestras maletas. Aparentemente no había señales de nada extraño, y sí, las maletas estaban allí tal y como las habíamos dejado, por lo que las cogimos y, una vez que guardamos los souvenirs que habíamos comprado unas horas antes, nos dirigimos al andén de los dos cercanías que llegan al aeropuerto, para lo cual tuvimos que bajar por varias escaleras mecánicas. Nos daba igual uno que otro porque más o menos tardan lo mismo en realizar el trayecto, unos 35-40 minutos, así que nos montamos en el primero que llegó, el S1, es decir, el que no cogimos el primer día.
No tuvimos ningún problema para sentarnos, lo cual fue de agradecer teniendo en cuenta que teníamos por delante 14 paradas, siendo las primeras de ellas subterráneas y el resto al aire libre. Poco antes de la parada de Neufahrn, se avisó por megafonía tanto en alemán como en inglés que en dicha parada el tren se dividiría en dos, por lo que los pasajeros con destino al aeropuerto tenían que pasar a la parte trasera. Sinceramente, el aviso en inglés no lo logré entender del todo, pero como en nuestro vagón había más personas con maletas como nosotros, supusimos que estábamos bien ubicados, como así confirmamos una vez que, tras permanecer el tren parado unos minutos para dividirse y reanudar la marcha, vimos que íbamos en la dirección correcta. Finalmente, llegamos al Flughafen München a las seis y veinte más o menos.
Seguimos las indicaciones del aeropuerto para llegar a la terminal, donde, tras comprobar en los paneles de información de vuelos que el nuestro ya tenía puerta de embarque asignada, la D03, nos acercamos al mostrador de información situado justo debajo para preguntar por el stand de Norwegian, ya que todavía estábamos con la incertidumbre de si con los papeles de la reserva de los billetes ya era suficiente o no para embarcar. Así pues, nos fuimos en busca de dicho stand, para lo cual tuvimos que atravesar buena parte del aeropuerto y subir una planta, aunque en realidad lo que encontramos fueron las mesas de facturación de nuestro vuelo, que tenía bastante cola por cierto. Pasaron unos diez minutos hasta que llegó nuestro turno, en el que fuimos atendidos por una azafata que chapurreaba algo de español, aunque a veces tuvo que recurrir al inglés.
Nuestro temor con respecto a los billetes se esfumó cuando vimos que nos entregaba las tarjetas de embarque que se nos asignaban automáticamente (asiento 22D de pasillo para Jose, 22E para mí y 22F de ventana para Miguel). Sin embargo, la sorpresa fue que estábamos obligados a facturar las maletas, eso sí, gratis, por lo que las tuvimos que entregar para que las etiquetaran con nuestros nombres y se las llevase la cinta transportadora, a nuestro avión se supone, porque no será la primera ni la última vez que las maletas no llegan a su destino; por si acaso, me quedé con la mochila de la cámara de fotos, la cual llevaba colgada al hombro, mientras que Jose hizo lo propio con su bolsa souvenirs. Tras ello, volvimos a la planta inferior para ir a los baños que habíamos visto allí minutos antes, y es que que no podía aguantar mucho más; ya de paso, aproveché para llenar de agua la botella de Coca-Cola del almuerzo.
Siendo ya las siete de la tarde aproximadamente, volvimos a subir para ir al control de seguridad. Tras dejar en la bandeja todo aquello que fuera susceptible de hacer pitar el arco de seguridad (smartphone, cartera, reloj, cinturón, cámara de fotos...), me dispuse a pasar por él, pero a pesar de todo pitó, así que se me acercó un guardia de seguridad para cachearme minuciosamente tras pedirme que extendiese los brazos y las piernas; obviamente, no encontró nada peligroso, ni que fuese yo un delincuente o un terrorista, aunque, como era de esperar, se percató de que en uno de los bolsillos laterales de mi pantalón, por lo que lo cogió y lo tiró a un bidón situado a pocos metros. No sé si es casualidad o no, pero creo recordar que en mis últimos viajes solamente he tenido problemas para pasar por el arco de seguridad en aeropuertos extranjeros, mientras que en el de Málaga suelo pasarlo a la primera. Algún motivo habrá...

19:15
De nuevo con mis amigos, ya que ellos no tuvieron que ser cacheados, únicamente nos quedaba esperar a que llegase el momento de embarcar y poner rumbo a Málaga. Para hacer algo de tiempo, puesto que nuestro vuelo estaba programado para las ocho y veinticinco, entramos en una de esas tiendas que supuestamente están libres de impuestos, lo cual no me termino de creer al observar los precios de los productos que venden, ya que en algunos casos son incluso más caros que si los compras en la ciudad; cuando Miguel y yo nos hartamos de dar vueltas, dejamos a Jose en la tienda y nos fuimos a buscar un asiento libre en la zona de espera situada junto a nuestra puerta de embarque. Enfrente de nosotros estaba sentada una chica junto a su pareja que me preguntó si esa misma mañana habíamos estado en Dachau, puesto que les sonaba mi cara de haberme visto en el autobús que va desde la estación de tren hasta el campo de concentración, a lo que les dije que sí, y que sus caras también me resultaban familiares; también me dijeron que les impresionó mucho aquello, aunque solamente estuvieron una hora.
Viendo que Miguel, que estaba sentado a mi lado, estaba aprovechando la espera para navegar por Internet conectándose a la red Wi-Fi del aeropuerto, saqué el mío para echarle un vistazo a las noticias y al WhatsApp, pero poco pude hacer porque la señal no llegaba del todo bien, así que lo puse directamente en modo avión. A los pocos minutos de unirse Jose a nosotros, comenzó a formarse la cola de embarque de nuestro vuelo, aunque esta vez no le metí prisa a mis amigos para ser de los primeros porque ya teníamos asignados nuestros asientos. Lo que sí tuve que hacer fue convencer a Miguel de que me cediese su asiento de ventana con la excusa de poder hacer fotos y estar más cómodo, ya que me había tocado entre ellos dos y eso les perjudicaba a ambos. Desde la cola de embarque se podía ver nuestro avión a través de los ventanales de la terminal, y justo en ese preciso instante los operarios estaban cargando las maletas en la bodega, por lo que me quedé mirando por si lograba distinguir las nuestras; en efecto, mi maleta y las de mis amigos estaban entre ellas, lo cual nos dejó muy tranquilos en este sentido.
Tras enseñarle a las azafatas de Norwegian nuestras tarjetas de embarque, pasamos al finger que conecta la terminal con el avión que nos llevaría de vuelta a casa. Cuando me senté, me di cuenta de que mis piernas apenas rozaban el asiento de delante, es decir, que no iba a viajar tan incómodo como de costumbre, pero no fue eso lo que más me sorprendió, sino las pequeñas pantallas que surgieron bajo los compartimentos de equipaje justo antes de que el avión se pusiera en marcha. En esta compañía aérea, las indicaciones de seguridad no las daban las azafatas con sus típicos gestos, sino que las mostraban con dibujos y subtítulos en inglés a través de dichos monitores, algo que no había visto en ninguno de los vuelos que había cogido hasta entonces. Entre tanto, el avión avanzó para buscar pista y dar el acelerón necesario para poder despegar y poner rumbo a Málaga.
A los cinco minutos, nos encontrábamos ya sobrevolando el norte de Múnich, donde se distinguía perfectamente el inconfundible Allianz Arena, que a esa hora todavía no estaba iluminado, y justo después atravesamos una espesa nube debido a que el avión todavía estaba subiendo para alcanzar la altura de crucero. Ahora en las pantallas del avión empezaron a poner varios vídeos de dibujos animados y de bromas absurdas que algo entretenían, sobre todos los últimos, aunque yo prefería estar pendiente de mirar por la ventanilla para intentar distinguir algo, como por ejemplo las montañas de los Alpes, justo en el momento en el que el sol se estaba poniendo en el horizonte. Cuando eran las nueve y cuarto, Miguel y Jose, al ver que las azafatas estaban pasando con el carrito de la comida, aprovecharon para pedirse cada uno una Coca-Cola, y Miguel además un bocadillo.
Otra de las cosas que podíamos hacer durante el vuelo era conectarnos a Internet a través de la Wi-Fi del avión, así que me conecté al WhatsApp para hablar con unos amigos y con mi hermana para confirmarle que ya iba de camino. A las diez menos veinte estábamos sobrevolando Marsella, y media hora más tarde, cuando ya era prácticamente noche cerrada, pude distinguir en el cielo dos estrellas que en realidad eran los planetas Venus y Júpiter. Aquí cada uno se distraía a su manera: yo con el cielo nocturno, mis amigos jugando con sus smartphones, los pasajeros que estaban sentados delante de nosotros viendo Los juegos del hambre en su portátil, otros leyendo, etc. De vuelta a mi visionado a través de la ventanilla del avión, resulta que se unió a la fiesta la Luna, la cual me costó ver un poco al principio porque estaba un poco alta, pero con el paso de los minutos, y gracias a un pequeño giro que dio la aeronave, pude verla mejor y fotografiarla, como no podía ser de otra forma.
Unos minutos antes de las once, el piloto se dirigió a los pasajeros para informar de que en breve llegaríamos a Málaga y de las condiciones meteorológicas que nos íbamos a encontrar, básicamente cielos despejados y una temperatura considerable para ser de noche. En efecto, notamos que el avión comenzaba a descender poco a poco, y, por consiguiente, cada vez veíamos más y más cerca las luces de las poblaciones que sobrevolábamos; finalmente, aterrizó a las once y doce minutos, ocho antes de lo previsto. En cuanto conectaron el finger al avión, nos levantamos rápido para estar de los primeros en la cinta transportadora de equipaje de nuestro vuelo, no fuese a haber algún listillo que nos robase las maletas, y ya de camino aproveché para reactivar la tarifa de datos de mi móvil por si había recibido algún mensaje de alguien; cuando llegamos, ya había algunos pasajeros esperando, pero la cinta todavía no estaba operativa.
Nos colocamos más o menos en la mitad de la cinta para controlar las maletas que iban saliendo y poder identificar las nuestras. De ellas, la primera que vimos fue la de Jose, y, un par de minutos después, la mía, tras haberla confundido previamente con otra del mismo modelo, pero más grande. Pasaron todas las maletas y la de Miguel no aparecía, porque la que teníamos delante de nosotros era parecida, pero no la de mi amigo; sin embargo, él, que había estado atento desde el principio, se había fijado en un hombre con un carro portaequipaje que había cogido una maleta del mismo color y tamaño que la suya poco antes, por lo que salimos corriendo a buscarle con esa única pista, pero con la mala suerte de que en ese justo momento llegaban de golpe los pasajeros de otro vuelo. Mis amigos corrieron más que yo y se alejaron tanto que enseguida les perdí de vista; yo, mientras tanto, avancé fijándome en todas las personas que veía con uno de esos carros portaequipajes.
Cuando ya lo daba casi por perdido por mi parte, vi a un hombre de unos sesenta años con un polo verde que podría ser el que tuviese la maleta, y lo pillé justamente en el momento que cruzaba la puerta que da acceso a la parte de la terminal donde esperan los familiares. Le dije que mi amigo no tenía su maleta y que creíamos que quizás fuese la que él llevaba en el carro, lo cual se confirmó cuando se fijó detenidamente en ella y vio que no era la suya, a lo que él y su mujer me dijeron que, de no haberles encontrado, no se habrían dado cuenta hasta abrirla en Marbella, que es adonde se iban inmediatamente, y eso sí que hubiera sido un lío. En fin, le dije que seguramente su verdadera maleta sería la que habíamos dejado en la cinta, así que volvió allí mientras yo avisaba a mis amigos por WhatsApp de que la acababa de recuperar. De nuevo los tres juntos, esperamos un momento a que regresase el hombre que se había confundido de maleta, quien se disculpó por su error, pero le dijimos que no pasaba nada, que es algo normal en estos casos.
Subsanado este problema de última hora para rematar el viaje, nos fuimos en busca de uno de los hermanos de Jose, que había venido a recogernos en su coche y nos estaba esperando fuera; por cierto, nada más salir de la terminal fuimos recibidos por un brutal golpe de calor que nos hizo echar de menos el que habíamos pasado en Múnich, que ya es decir, y es que la humedad de las noches de verano de Málaga es sencillamente insoportable. Al primero que dejaron en su casa fue a Miguel, y a continuación me llevaron a la mía, pero no sin un nuevo obstáculo, y es que en calle Álamos nos topamos con un camión de la basura que avanzaba muy lento, por lo que subimos Peña y Mariblanca para no estar detrás como tontos. Finalmente, llegué al portal de mi casa a las doce y veinte de la madrugada, y ahí fue cuando oficialmente pude decir que el viaje había llegado a su punto y final. ¿Siguiente destino?