sábado, 5 de diciembre de 2015

Viaje a Múnich: día 4

Domingo, 19 de julio de 2015

7:45
Una mañana más, yo fui el primero en ponerse en pie cuando sonaron las alarmas de mi antiguo móvil. A pesar de que la cama era bastante cómoda, no bastaba para estar completamente descansado de los tres intensos días de viaje que ya llevábamos acumulados, pero el esfuerzo merecía la pena, al menos para mí, porque a saber si alguna vez volveré a Múnich o a Salzburgo. Tras mi pertinente paso por el baño, me asomé a la ventana para confirmar que aparentemente el tiempo nos iba a respetar otra vez, y eso que en teoría el día de hoy amenazaba lluvia, según las previsiones que consultamos en Málaga antes de partir. Una mañana más, Jose me hizo saber que había roncado varias veces, aunque este comentario ya casi que no aportaba nada, como el que dice que hoy sale el sol, lo cual ya se sabe.
Mientras mis amigos terminaban de arreglarse para ir a desayunar, preparé todo lo que nos iba a hacer falta durante el día de hoy, a saber: la cámara de fotos, los folios con la lista de sitios que visitar, los planos del transporte público y el mapa de la ciudad. Tardamos más de lo habitual en bajar a la cafetería, un tanto relajados como consecuencia de que el día de hoy sería ligeramente más tranquilo que los anteriores y de que para llegar a nuestro primer destino tendríamos que usar el metro, por lo que no teníamos demasiadas prisas. Esta vez mi desayuno estuvo compuesto por una mini baguette hecha con la misma masa de los famosos pretzel, un pitufo de pan redondo, dos trozos de bizcocho, un vaso de zumo de naranja y una taza de leche del tiempo con cacao soluble, mientras que mis amigos cogieron más o menos lo de siempre, es decir, pan, embutidos, cereales, zumo y café.
La mesa en la que nos habíamos sentado los dos primeros días estaba ocupada, así que nos fuimos a la que estaba justo detrás. La mini baguette la unté con mantequilla, y he de decir que estaba muy buena, con una miga muy jugosa y con ese puntito de sabor extra tan característico que le dan los granos de sal gorda que tiene espolvoreada por encima. Después de tomarme el zumo, procedí a untar Nutella en el pitufo y a comérmelo junto con los dos trozos de bizcocho de chocolate, y entre tanto me bebí el vaso de leche para ayudar a bajar mejor esta parte final del desayuno. Cuando ya había terminado a eso de las nueve, me entraron ganas de ir al baño, tal y como me pasó la mañana anterior, así que subí a la habitación una vez que Jose me dio la tarjeta para poder entrar en ella, aunque esta vez al final resultó ser una falsa alarma.
De nuevo juntos los tres, decidimos descansar un rato y tomarnos con calma los minutos previos al comienzo de un nuevo día de visita por Múnich que nos llevaría a sitios bastante distantes entre sí. Entre una cosa y otra salimos del hotel a las diez menos veinte en dirección a la Sendlinger-Tor-Platz, donde bajamos por una de las bocas de metro para comprar en una de las máquinas de la estación un Group-Day-Ticket, un billete que, como su propio nombre indica, podíamos usar los tres para montarnos las veces que quisiéramos en cualquiera de los transportes públicos sin salirnos del conocido como Inner District, que básicamente viene a ser casi toda la ciudad a excepción de los barrios más periféricos, y que nos costó 11'70 €, es decir, ni 4 € por cabeza, lo cual estaba bastante bien. Allí mismo cogimos la línea U2 del metro en sentido norte para bajarnos dos paradas después en la de Königsplatz.

10:00
Nada más salir al exterior, nos sorprendió un ligero chispeo que nos hizo temer lo peor, puesto que además el cielo estaba encapotado, pero por suerte solamente fue un pequeño susto que apenas duró dos minutos. Lo que tampoco nos esperábamos era que en la plaza hubiera numerosos operarios desmontando lo que parecían carpas, escenarios y torres de luz, y cargándolos en los tráileres que estaban allí aparcados; al momento caímos en la cuenta de que quizás aquí se habría celebrado un concierto, lo cual explicaría que la noche anterior nos encontrásemos con un nutrido grupo de jóvenes cantando mientras salían de uno de los vagones del metro. En cualquier caso, todo ello entorpecía un poco la visión de los tres majestuosos edificios de arquitectura neoclásica que rodean la amplia Königsplatz: la Glyptothek (Gliptoteca), con columnas de orden jónico; los Propileos, de orden dórico; y la Staatliche Antikensammlungen (Colección Estatal de Antigüedades), de orden corintio.
Nos dirigimos en primer lugar a la Glyptothek para visitar el museo que alberga en su interior, aunque antes le pedí a Jose que me hiciese un par de fotos con este edificio, que destaca por la columnata y el tímpano del frontón, así como por las estatuas ubicadas en los nichos de su fachada. Ya dentro, me acerqué al mostrador para comprar las entradas, a 1 € cada uno por ser domingo en vez de los 6 € que cuesta el resto de días de la semana, y que por cierto también serían válidas para la Staatliche Antikensammlungen, así que aprovecharíamos para ir allí también aunque no estaba en nuestros planes. Al entregarme las entradas, la taquillera me recordó que no estaba permitido usar el flash, a lo que le dije que no había ningún problema, ya que solamente lo utilizo de noche y en contadas ocasiones; tras coger un tríptico en inglés, al no haberlo en español, comenzamos la visita a la Gliptoteca por la sala que teníamos a nuestra izquierda.
Jose y Miguel fueron por libres y a un ritmo mayor, puesto que a ellos los museos no les llama mucho la atención, por lo que yo me quedé retrasado casi desde el principio. En general, en todas las estancias de la Gliptoteca se exhiben estatuas correspondientes a las épocas arcaica, clásica, helenística y romana, todas ellas de un gran valor artístico, aunque obviamente algunas más que otras. En la primera sala vimos una de las principales esculturas del museo, el Kuros de Tenea, aunque en la siguiente nos topamos con una todavía más importante, el Fauno Barberini, una estatua en la que se representa a un fauno en una postura más que provocadora; en esta misma sala también estaba la Medusa Rondanini, una pequeña cabeza de este famoso monstruo mitológico.
Las siguientes estancias mostraban más estatuas de la época griega, algunas de ellas incompletas por faltarle la cabeza, una mano o una pierna. Algunas de las que más me llamaron la atención fueron la de un hombre acunando un niño, las de personajes femeninos y las de guerreros portando sus lanzas y escudos, pero no solamente había esculturas, sino también trozos de lo que supuestamente eran muros de mármol, maquetas de templos griegos, cascos, etc. La Gliptoteca estaba poco concurrida, puesto que apenas estaríamos nosotros y algunos pocos visitantes madrugadores, además de los vigilantes que estaban pendientes de las obras expuestas y de que nadie hiciese fotos con flash; precisamente una turista, al verme con mi cámara al cuello, me pidió que le fotografiara junto a una de las estatuas del museo.
Las últimas salas estaban enteramente dedicadas a la época romana, lo cual era evidente por la gran cantidad de bustos de emperadores que había en una de ellas, como por ejemplo la de Nerón y la de César Augusto portando en su cabeza la corona cívica; también habría que destacar una escultura con la típica pose imperial y de poder de algún gran dirigente, así como varias maquetas que mostraban la evolución de un foro romano con el paso de los años. Para terminar, en la sala final vi otra de las estatuas más representativas del museo, la del Niño con ganso, tras lo cual me puse a buscar a mis amigos, a los que les había perdido de vista desde hace rato. Miguel estaba sentado en una de las sillas de la cafetería que está en el patio interior del edificio, mientras que Jose vino a mi encuentro y ya de paso escribió unas palabras en el libro de visitas situado en una mesa de la sala en la que nos encontrábamos.
De nuevo los tres juntos, abandonamos la Gliptoteca para cruzar la Königsplatz y acceder a la Staatliche Antikensammlungen, en cuya escalinata había un pedestal con una quimera (un monstruo mitológico compuesto por un león, una cabra y una serpiente) dorada. Al entrar no tuvimos más que mostrar la entrada que habíamos adquirido antes, y a continuación pasamos a las salas del museo, que contiene colecciones de antigüedades clásicas, tales como joyas, terracotas, vasijas, piezas de vidrio y cerámica, y alguna que otra escultura. En la primera de ellas había varias vitrinas con jarrones y ánforas con dibujos pintados en la parte exterior de los mismos, de esos que aparecían en las fotos de los libros de texto de Historia cuando hablaban de los utensilios y del arte de la civilización griega. Más adelante, en mitad de otra de las estancias, vimos un gran carro de madera, y justamente al lado un expositor con monedas de oro y plata de diferentes tamaños.
Atravesamos una sala en la que las paredes simulaban ser los frescos que habría por aquel entonces en los templos para pasar al siguiente grupo de estancias, también con objetos cerámicos y vasijas con todo tipo de decoraciones, así como varias estatuas de mármol y bronce, principalmente bustos. Resulta que ya había recorrido el museo entero, y de hecho mis amigos ya estaban fuera, pero me di cuenta de que en uno de los laterales de esta última sala había unas escaleras que llevaban a una planta superior más pequeña en la que no había absolutamente nadie, a excepción del vigilante de seguridad; tras echarle un rápido vistazo a las monedas, figuritas y ánforas allí expuestas, bajé de nuevo a la planta baja para reunirme con Jose y Miguel, que me estaban esperando sentados en la escalinata de la Staatliche Antikensammlungen. Habíamos dedicado media hora en visitar la Glyptothek y apenas quince minutos en éste, y es que ambos museos no es que sean grandes que digamos, pero por 1 € los dos era realmente un regalo.
Bajamos la escalinata en dirección al Propileos y, tras dejarlo a nuestra derecha, continuamos por la Luisenstrasse y la Karlstrasse hasta llegar a la Abtei St. Bonifaz, una abadía benedictina situada detrás del museo en el que acabábamos de estar. Al entrar en ella resulta que se estaba celebrando una misa, lo cual provocó que mis amigos se quedasen esperando en el vestíbulo, mientras que yo accedí al templo en sí; concretamente estaban cantando y, justo a continuación, tanto el sacerdote como los acólitos y algunos parroquianos salieron como si de una procesión se tratara a otra sala a la que ya no me atreví a pasar. El interior del templo era muy modernista, debido a que fue seriamente dañado durante la Segunda Guerra Mundial, aunque su fachada de ladrillo rojo y las arcadas que en ella destacan no dan esa impresión, que por lo que se ve no se vieron afectadas.

11:15
Al salir de la iglesia, nos topamos con uno de los momentos más curiosos del viaje, y es que vimos cómo un alemán se subía a una bicicleta de rueda alta con una facilidad pasmosa a pesar de lo complicado que parece y cómo circulaba con ella hasta pararse en un semáforo en rojo, en el que no tuvo más remedio que apoyarse para no caerse. Tocaba ahora ir hasta el Allianz Arena, ubicado en las afueras de Múnich, es decir, que teníamos por delante un largo trayecto. Para ello, nos dirigimos a la boca de metro más cercana para coger la línea U2 y volver a la parada de nuestro hotel, la Sendlinger Tor; una vez allí, nos apeamos para hacer transbordo con la línea U6, en la que tomamos asiento, puesto que tardaríamos aproximadamente unos veinticinco minutos en llegar al estadio, lo cual nos vino muy bien para descansar. Después de doce paradas, nos bajamos en la de Fröttmaning, y a continuación subimos a una pasarela para cruzar al otro lado de las vías, donde a lo lejos ya se avistaba la inconfundible silueta del Allianz Arena.
Nos encontrábamos ahora en una gran explanada surcada por varios senderos entrelazados con ligeras pendientes que posibilitaban contemplar el estadio sin que nada lo entorpeciese; no nos entretuvimos apenas en hacer fotos porque teníamos que buscar las taquillas y no sabíamos si iba a haber mucha gente o no. Una vez que pasamos por unos tornos que dan acceso al recinto propiamente dicho, pudimos ver muy de cerca los 2.874 paneles romboidales que conforman la peculiar piel que recubre al estadio, motivo por el que es comúnmente conocido como 'el neumático', y que se iluminan de un color u otro según el equipo que ejerza de local: blanco en el caso de la selección germana, rojo cuando juega el Bayern de Múnich, y azul para el Múnich 1860. Los dos equipos de la ciudad disputan aquí sus partidos desde que se terminó de construir en el año 2005 para que fuese una de las sedes del Mundial de Alemania 2006, ya que antes lo hacían en el Olympiastadion.
Tocaba ahora ir en busca de las taquillas para visitar el Allianz Arena, el cual rodeamos hasta que vimos en la pared una señal que indicaba que teníamos que subir por unas escaleras. En efecto, llegamos a un vestíbulo decorado con diversos motivos del Bayern de Múnich y en el que también había un largo mostrador seguido de una cola más larga todavía. Para nada nos esperábamos tanta gente, pero, pensándolo bien, entre que era domingo y que la ciudad recibe muchos turistas en verano aprovechando el buen tiempo, la verdad es que estaba bastante justificado; así pues, nos unimos a la cola a esperar nuestro turno, precisamente a la altura de una placa que deja constancia de que este estadio fue sede de la final de la Champions League del año 2012, en la que curiosamente perdió el Bayern frente al Chelsea, y para más inri en la tanda de penalties.
Miguel se acercó al mostrador para consultar en los paneles informativos los precios mientras Jose y yo guardábamos el sitio, pero no se terminó de aclarar, por lo que fui yo para confirmar que eran los que aparecían en la página web, según lo que se fuese a visitar y las tarifas reducidas según edad y condición: 10 € para hacer solamente el tour del estadio, 12 € para el museo, y 19 € para la visita combinada. Después de unos veinte minutos de espera, nos atendió una chica a la que le dije que queríamos tres entradas para la visita del estadio de las 13:00 en inglés, a lo que nos respondió que para ese idioma el siguiente turno disponible era el de las 16:45, o si no hacer el tour en alemán de las 14:30. Mis amigos y yo nos miramos sorprendidos sin saber qué hacer, puesto que como mínimo tendríamos que esperar dos horas más, así que le pregunté si era posible visitarlo por nuestra cuenta, y nos dijo que no, que tenía que ser guiada obligatoriamente; tras hablarlo, decidimos que lo mejor era hacerlo en alemán aunque no nos enterásemos de nada.
Ya con las entradas, salimos de nuevo al exterior para hacer tiempo antes de almorzar, ya que todavía era la una menos cuarto, y aprovechar para hacernos unas cuantas fotos; antes de ello, entramos por uno de los accesos del estadio, desde el cual era posible ver parte de las gradas y del terreno de juego a través de unas rejas, y ya de paso fuimos a los baños para refrescarnos un poco. Allí no teníamos ningún sitio al que poder ir, puesto que el Allianz Arena se encuentra en mitad de un descampado desde donde solamente se ven fábricas y carreteras. Pues bien, estaba yo fotografiando el rótulo con el nombre del estadio cuando de repente noté algo en mi brazo izquierdo, y al retirar mi cara del visor de la cámara comprobé que se me había posado una avispa en mitad del antebrazo; inmediatamente, empecé a agitar el brazo para que se marchara, pero antes de eso sentí que me picó.
Mis amigos veían cómo me movía y me quejaba sin cesar sin saber qué había pasado, pero, en cuanto les dije que me había picado una avispa, Jose se puso nervioso y se quiso quitar de en medio para que no le pasara lo mismo, ya que también es bastante aprensivo con esto de los bichos. No os podéis imaginar cuánto me dolía; al principio estaba muy focalizado en el punto de la picadura, que se veía perfectamente, y por suerte sin aguijón, pero poco a poco el dolor se fue extendiendo al resto del brazo, lo cual me hizo pensar que a lo mejor yo era alérgico a las avispas. Allí, alejados de la civilización, no teníamos adónde ir, así que hicimos lo único que se nos ocurrió, acercarnos a los baños del estadio para echarme agua fría. A los cinco minutos ya se me había formado la comezón, que era de grande como una moneda de un euro más o menos, mientras que poco a poco el antebrazo se fue enrojeciendo más y más a su alrededor.
Estuve un par de minutos echándome agua fría a presión para aliviar el picor y la quemazón, aunque no del todo. Lo notaba todo el rato, era una molestia constante, y si movía el brazo, pues más me dolía, por lo que también tenía que estar pendiente de mantenerlo lo más inmóvil posible. Por suerte a lo largo del día no fue a más, aunque sí que es verdad que durante las dos o tres primeras horas estuve bastante fastidiado. De los baños nos fuimos directamente al restaurante del Allianz Arena, compuesto por una gran sala llena de mesas y dos mostradores, uno para la bebida y otro para la comida. Le echamos un vistazo a las opciones que había para comer, y no es que hubiese mucha variedad; como era de esperar, todo era a base de carne preparada de varias formas, pero sobre todo diferentes tipos de salchichas y filetes empanados.
Jose y Miguel no quedaron muy convencidos y decidieron tomarse solamente una cerveza Paulaner, así que les encargué que me pidieran una Coca-Cola mientras yo me terminaba de decidir por una cosa u otra. Finalmente me decanté por un bocadillo con una bratwurst que me costó 3'8 €, es decir, lo que viene siendo un perrito caliente pero con una salchicha típica alemana, tras lo cual me reuní de nuevo con mis amigos, que ya habían cogido sitio en una mesa. Le pagué a Miguel los 3'65 € de mi bebida, y a continuación me comí el bocadillo antes de que se enfriara, que no es que fuera gran cosa, pero a pesar de lo simple que era estaba bueno. Lo que no conseguía quitarme de la cabeza era la maldita picadura de la avispa, pues no dejaba de mirarla para ver cómo evolucionaba; de hecho, hasta le cogí prestada a Jose su jarra de cerveza para aplicar frío en esa zona.

14:00
Mientras esperábamos a que llegase la hora de nuestro tour, no podíamos hacer mucho más que ver algunos resúmenes, goles y reportajes que estaban poniendo por los televisores de la sala, principalmente del Bayern de Múnich y de los torneos veraniegos que ya se estaban disputando. En otras pantallas se iba informando de cuándo y desde qué punto de encuentro daban comienzo las siguientes visitas al estadio, por lo que en cuanto se anunció la nuestra nos dirigimos al que nos habían asignado. Con el paso de los minutos se fue reuniendo más y más gente hasta que a las dos y media, con puntualidad alemana, se presentaron dos guías, un chico y una chica. El chico tomó la palabra y comenzó a hablar en alemán a una velocidad endiablada, de tal forma que si ya de por sí no entendíamos el idioma, ahora mucho menos; se supone que nos dio la bienvenida y, por los gestos, dedujimos que también explicó que sacásemos las entradas para que las pasasen por un lector y que a continuación bajásemos al exterior del estadio. Una vez allí, tomó la palabra de nuevo y, juntando y separando los brazos, nos dijo que nos dividiésemos en dos grupos, ya que uno se iría con él y el otro con la chica, que sería nuestra guía.
En primer lugar nos llevó a uno de los fondos, en cuyas gradas nos sentamos para escuchar lo que nos iba a explicar, aunque claro, nosotros no nos enteramos de nada, ya que cada frase que decía parecía una única palabra larguísima. Para no mentir, creo que comentó algo sobre el aforo del estadio, y luego nos preguntó de qué equipos éramos, pero como no estábamos seguros no intervenimos; sí que lo hacían los demás para hacer preguntas, y no sólo eso, sino que, como la mayoría hablaba alemán, alguna que otra vez se reían por algún comentario gracioso que hubieran dicho, y nosotros, para disimular, seguíamos el rollo. Como suele ocurrir, los estadios parecen más pequeños cuando estás en ellos que cuando los ves por la tele, y éste no fue una excepción, aunque lo que más nos llamó la atención fue el soso color de los asientos, todos grises, teniendo más sentido que fuesen rojos, azules y blancos, los colores de los equipos que juegan aquí.
Volvimos al interior de las gradas para rodearlas hasta llegar a la tribuna principal y situarnos justo detrás de los banquillos; por cierto, que los asientos de este graderío están acolchados y forrados en piel, y con un espacio considerable entre las filas, igualito que en La Rosaleda... La guía comentó algunas cosas más acerca del estadio, y luego nos dejó un par de minutos para hacernos fotos. De allí nos fuimos al interior del Allianz Arena, concretamente por unos pasillos decorados con fotos de los jugadores del Bayern (Lahm, Robben, Thiago, Lewandowski, etc.) que desembocaban en la sala de prensa, cuyos comodísimos asientos están dispuestos como si de otra grada de tratara y que además cuenta con un bar con mesas y sillas donde los periodistas y cámaras pueden tomarse algo antes de que comparezcan los entrenadores al término de cada partido. A continuación, salimos a otro pasillo para ir al vestuario del Bayern de Múnich, aunque antes tuvimos que esperar a que terminase de verlo un grupo de niños con el que nos cruzamos varias veces a lo largo del tour.
Una vez dentro, lo primero que nos encontramos a mano derecha fue una habitación con varias camillas para que los fisioterapeutas y médicos traten a los futbolistas cuando se lesionan, y luego el vestuario propiamente dicho, compuesto por taquillas identificadas en la parte superior por las fotos de los jugadores, una pantalla con proyector para que el entrenador les explique las tácticas del partido y una bañera de hidromasaje. La visita continuó, tras pasar por delante del vestuario del equipo visitante, con el túnel de acceso al terreno de juego, donde la guía nos puso el himno de la Champions League para que lo recorriésemos como si fuésemos los propios futbolistas antes de empezar un encuentro. El césped no se podía pisar, por lo que nos tuvimos que conformar con verlo a través de una red desde los últimos escalones del túnel. El tour lo terminamos en la zona mixta, una gran sala en la que los jugadores son entrevistados por la prensa después de cada partido y por la que entran al estadio procedentes del autobús del equipo.
Ya fuera del Allianz Arena, la guía dio por acaba la visita agradeciendo nuestra atención y deseando que la hayamos disfrutado, a lo que todos le respondimos con un aplauso; tras ello, nos abrió una valla para salir de la zona destinada al tour y pasar a la que se puede recorrer libremente. Eran las tres y media, pero antes de volver al centro de la ciudad entramos de nuevo al estadio, concretamente al otro restaurante del que dispone por si Jose y Miguel veían algo apetecible para comer, que no fue el caso, y también a la tienda oficial del Bayern de Múnich. Estuvimos allí un rato viendo los productos que estaban a la venta, como por ejemplo las camisetas del equipo, por un módico precio de 98 € con la serigrafía incluida; también había camisetas de algodón de tallas grandes con algunos estampados rebajadas a 10 € que mis amigos me animaron a comprar, pero no entraba en mis planes. Quien sí que estuvo a punto de comprar una jarra de cerveza con el escudo del Bayern que costaba 7 € fue Jose, aunque al final decidió no hacerlo.
Al salir de la tienda, nos dirigimos a los baños, donde aproveché para refrescarme y llenar de agua fría la botella de Coca-Cola del almuerzo, para a continuación abandonar el campo, no sin antes fotografiarnos con el Allianz Arena a nuestras espaldas al tiempo que rezábamos, al menos yo, por que no nos volviese a atacar otra avispa. Conforme nos alejábamos, le hice unas cuantas fotos más a este espectacular estadio, sabiendo ya que habíamos descartado la posibilidad de volver por la noche para verlo iluminado, más que nada porque no teníamos la certeza de que realmente fuera a estarlo en un día que no hay partido, y también porque entre ir y venir desde el centro se tarda por lo menos una hora, lo cual con el cansancio que tendríamos acumulado no era del todo aconsejable. En fin, habrá que dejarlo para una futura visita a Múnich, quien sabe si para presenciar un Bayern-Málaga en la Champions League...

16:00
Cruzando ya por la pasarela que da acceso a la estación de metro, nos dimos cuenta de que el tren ya estaba allí, por lo que nos dimos una carrera para cogerlo antes de que se marchara y no tener que esperar al siguiente, aunque finalmente no fue necesaria porque no arrancó hasta dos minutos después. Estaba completamente vacío, así que no tuvimos problemas para sentarnos juntos, pero nos tuvimos que cambiar de lado cuando se puso en marcha y comprobamos que donde estábamos nos daba el sol de pleno, ya que la primera parte del trayecto es en superficie hasta la parada de Alte Heide, donde ya vuelve a ser subterráneo. Nos bajamos en la estación de Giselastrasse y salimos al exterior a la Leopoldstrasse, una larga y amplia avenida en la que hicimos un pequeño alto en el camino para que Miguel se comprase un helado en el McDonald's que hay en ella.
Mientras se lo tomaba, fuimos paseando por la sombra que daban los árboles al tiempo que nos íbamos acercando a la Siegestor, la Puerta de la Victoria, un enorme arco de triunfo de 21 metros de altura que recuerda muchísimo al Arco de Constantino de Roma y que está coronado por una estatua de Bavaria montada en un carro tirado por cuatro leones. Según el plan que había establecido, ahora tocaba continuar por la Ludwigstrasse para entrar en la Ludwigskirche, la iglesia de San Luis, y ver por fuera el edificio de la Bayerische Staatsbibliothek, la Biblioteca Estatal de Baviera, pero, dado que no eran visitas imprescindibles, decidí prescindir de ellas y cruzar por la rotonda de la Siegestor para tirar por Schackstrasse y dirigirnos directamente al Englischer Garten, adonde entramos por el acceso situado en la confluencia de las calles Ohmstrasse y Königinstrasse.
El Jardín Inglés se trata de un gigantesco parque urbano que tiene una extensión incluso superior a los famosos Central Park y Hyde Park, por lo que representa un auténtico pulmón verde para la ciudad de Múnich. Nada más entrar, daba comienzo uno de los muchos senderos que lo recorren, por el cual avanzamos rodeados continuamente por altos y frondosos árboles que daban una sombra muy agradecida. A los pocos metros cruzamos por encima de uno de los riachuelos que lo surcan, y en el que había algún que otro bañista dándose un chapuzón a pesar de que tenía pinta de estar bastante fría; más adelante, pasamos por delante de una pequeña pradera donde había varias familias y grupos de amigos de picnic o tomando el sol. Estaba visto y comprobado que, a la mínima ocasión que el cielo se abre y hace un poco de calor, los alemanes se echan a la calle para disfrutar sus parques y jardines y aprovechar del buen tiempo.
Tras atravesar otro riachuelo, llegamos a uno de los principales reclamos del Englischer Garten, la Chinesischer Turm, una pagoda de madera de 35 metros de altura alrededor de la cual se extiende uno de los biergärten más grandes de Múnich, que por cierto estaba bastante abarrotado para ser la hora que era, y es que casi todo el mundo se estaba tomando una jarra de cerveza. Echamos un vistazo a los puestos de comida que había por allí, y la verdad es que estuvimos cerca de caer en la tentación de probar algo, especialmente mis amigos que no habían almorzado nada; de haber hecho el tour del Allianz Arena más temprano, seguramente habríamos acabado comiendo aquí. Mapa en mano para no equivocarnos y seguir la ruta prevista por el parque, avanzamos por un sendero en paralelo al Eisbach, un canal que atraviesa el Englischer Garten de norte a sur que es aprovechado por los visitantes para bañarse.
A los pocos minutos, distinguí a mi derecha escondido detrás de los árboles un pequeño templo circular de estilo griego que resultó ser el Monopteros, al cual nos dirigimos para verlo más de cerca, de tal forma que llegamos a una inmensa y vasta explanada en cuya parte central, a orillas del Schwabinger Bach, podría haber miles de personas como si de una playa se tratara. Tan grande era, y tanto calor hacía, que en vez pasear a pleno sol por ella decidimos hacer un alto descansando en un banco a la sombra ante tal relajante panorámica. En la zona más próxima a nosotros había varios grupos de personas jugando al voleibol, y también una pareja lanzándose un frisbee, aunque en realidad el único que tenía destreza tirando el disco era él; mientras tanto, al fondo se asomaban las inconfundibles torres de la Frauenkirche con sus características y llamativas cúpulas de color verdoso.
Tras un cuarto de hora de descanso, nos pusimos de nuevo en marcha por el camino por el que nos habíamos desviado antes. Conforme avanzábamos escuchábamos más y más griterío, y es que resulta que un poco más adelante, a nuestra izquierda, el agua del Eisbach fluye bastante rápido, lo cual es aprovechado por los más valientes para bañarse y ser arrastrados por la corriente, de ahí los gritos. Nos quedamos un rato en el puente que lo cruza viendo a la gente pasar por debajo, y también a otros que intentaban pasar de una orilla a otra caminando por una cuerda floja, pero sin éxito, por lo que siempre acababan cayéndose al canal. La verdad es que daban muchas ganas de darse un buen chapuzón, aunque también es cierto que el agua tenía pinta de estar bastante fría, cosa que por lo que se ve no supone un impedimento para los bravos alemanes.
Al continuar con nuestro paseo, ya en busca de la salida del parque, nos topamos con algo que no nos esperábamos, ya que creíamos que estaba en la otra punta: la Eisbachwelle. Se trata de una ola artificial que se ha convertido en una auténtica atracción tanto para los turistas como para los propios muniqueses, puesto que es raro el momento del día en el que no hay varios surferos haciendo piruetas. Sorteamos a varios de los allí presentes para acercamos a una de las orillas y verlo de cerca, lo cual tuvo sus consecuencias, y es que algunos de los movimientos que hacían los surferos provocaban que salpicasen bastante, por lo que nos mojamos un poco los pies; de hecho, mis zapatos acabaron muy sucios entre las gotas de agua y el polvo que había acumulado tras tanto paseo por los senderos de tierra del Englischer Garten.
Para evitar acabar empapados, salimos del parque para ver a los surferos desde el concurrido puente situado en la calle Prinzregentenstrasse, alejados ahora sí de cualquier posible salpicadura. Pasados unos minutos, decidimos reanudar la marcha con la ruta que había planificado, que en este caso nos haría avanzar por esta larga avenida, concretamente por la acera en la que se encuentra el Bayerisches Nationalmuseum, es decir, el Museo Nacional Bávaro, y una estatua ecuestre del príncipe regente Luitpold de Baviera. Precisamente cuando pasábamos por allí, Jose recibió una llamada de su familia para, entre otras cosas, preguntarle a qué hora nos tendrían que recoger en el aeropuerto el día siguiente; como no se acordaba, me preguntó a mí, y le dije que si no había retrasos aterrizaríamos a las once y veinte de la noche.

18:00
Cuando Jose terminó con su conversación, continuamos por la Prinzregentenstrasse hasta llegar al Luitpoldbrücke, uno de los puentes que atraviesan el río Isar, éste en concreto caracterizado por cuatro grandes estatuas de piedra situados por parejas en sus dos extremos. Al otro lado del río nos topamos con un complejo monumental en el que destacaba principalmente el Friedensengel o Ángel de la Paz, una escultura dorada que representa a la diosa griega Nike y que corona una columna corintia de 38 metros de altura, que a su vez se ubica sobre varias escalinatas que rodean una fuente decorada con figuras de niños y delfines. Mis amigos se sentaron en un banco para descansar mientras yo tomaba unas cuantas fotos; estuve a punto de subir todos los tramos de escaleras para ver más de cerca el templete situado bajo la columna, pero lo descarté teniendo en cuenta los kilómetros que ya llevaba andados y que todavía nos quedaba caminar un poco más.
Ya con paso tranquilo y sin prisa alguna por llegar a ningún sitio, seguimos con nuestro paseo por un camino trazado en paralelo al Isar, de tal manera que a nuestra derecha avistábamos a varias personas tomando el sol en las orillas pedregosas del río, mientras que a nuestra izquierda se extendía una pradera llena de frondosos árboles donde también había gente de picnic, echando la tarde con la familia o haciendo deporte, ya fuese corriendo o montando en bici por los senderos que lo surcan. La parte del final del camino estaba cuesta arriba para ascender a la colina sobre la que se erige el Maximilianeum, un imponente y majestuoso edificio neorrenacentista que actualmente es la sede del Parlamento de Baviera, aunque también permite alojarse a los alumnos universitarios más excelentes de la región bávara. Para no perder la tónica del viaje, resulta que parte de la fachada estaba oculta tras unos andamios, lo cual ya ni me sorprendía.
Conforme cruzábamos por el Maximiliansbrücke, que además de atravesar el Isar pasa por encima del Praterinsel, una de las islas del río, echaba la vista atrás para fotografiar el edificio entero, pero me resultó imposible debido a lo largo que era y a que los árboles tapaban los laterales. Ya en la Maximilianstrasse, la calle más cara de la ciudad, fuimos recibidos por el Maxmonument, la estatua del rey Maximiliano II; más adelante, conforme nos acercábamos al centro de Múnich, nos topamos con el Museo Nacional de Etnología, el edificio del Gobierno de la Alta Baviera, y finalmente las tiendas de las marcas de lujo, como Cartier, Chanel, Ralph Lauren, Valentino, etc. Teníamos que cambiarnos de acera para continuar con la ruta prevista, pero no veíamos cerca ningún paso de peatones, por lo que no tuvimos más remedio que lanzarnos al asfalto cuando vimos que no pasaba ningún coche y que uno que conducía un Ferrari frenaba para facilitar que cruzásemos sin peligro, lo cual nos llamó mucho la atención.
Nos hallábamos ahora en Am Kosttor junto a la fuente en la que nos refrescamos dos días antes, y esta vez no iba a ser menos, aunque bien es cierto que no hacía tanto calor. De allí avanzamos hasta la Platzl para volvernos a encontrarnos con el Hofbräuhaus, la cervecería más famosa de la ciudad, la cual teníamos que visitar sí o sí, y nos quedaba menos de un día para ello. Nuestra idea era cenar allí, pero todavía no eran ni las siete de la tarde, y por mucho que nos tuviésemos que adaptar a los horarios alemanes no íbamos a hacerlo ya; lo que sí hicimos fue entrar para comprobar que ya estaba lleno de gente bebiendo cerveza a mansalva, y también contaban con su propia tienda de souvenirs, especialmente jarras de diversos tamaños y diseños, pero todos con el logotipo de la cervecería.
Continuamos con nuestro paseo por las calles Platzl, Orlandostrasse, Ledererstrasse y Sparkassenstrasse hasta que llegamos a la altura del Altes Rathaus. Nos detuvimos junto a una réplica de la estatua de Julieta que hay en Verona, que según se dice da suerte en lo que al amor se refiere si le acaricias el pecho, porque empezamos a sopesar la idea de volver al Hofbräuhaus. Éste fue el momento de tonteo que solemos tener, así lo denominamos nosotros, y es que de vez en cuando nos cuesta tomar decisiones, y en este caso se nos ofrecían dos alternativas: una, irnos ya al hotel y allí pensar en algún sitio para tomar codillo, que era lo que querían cenar ellos sí o sí; la otra, dar marcha atrás para tomarnos una cerveza (ellos, yo en todo caso Coca-Cola), ir al hotel y luego volver para cenar.
Ante la indecisión, Miguel sacó una moneda de dos euros y, tras asignar cara y cruz respectivamente a las opciones contempladas, la lanzó al aire. Salió cruz, así que nos fuimos de nuevo al Hofbräuhaus, pero a los pocos metros intervine y les dije que lo que íbamos a hacer era una tontería, siendo lo más lógico ir al hotel a descansar un rato y sobre las nueve volver a la cervecería para cenar directamente y no dar tanto rodeo. Tras lograr convencerles, nos dirigimos a la Marienplatz en busca de una de las bocas de metro de la plaza, ya que, a pesar de que nos encontrábamos apenas a unos diez minutos de nuestro hotel, no teníamos ganas de andar más. El andén de las líneas U3 y U6, las que nos venían bien a nosotros, estaba en lo más profundo de esta estación, por lo que tuvimos que bajar por varias y largas escaleras mecánicas para llegar hasta allí y coger el primer tren que pasara. Tan cerca estábamos que nos apeamos en la siguiente parada, la de Sendlinger Tor.
A pocos metros de la entrada del hotel, justo enfrente del restaurante en el que cenamos la primera noche, me llamó mi madre, así que nos detuvimos no fuera a ser que se perdiera la cobertura en el ascensor. Como de costumbre, me preguntó qué tal nos había ido el día, a lo que le dije que tenía una mala noticia, que me había picado una avispa al mediodía, pero que no se preocupara porque, aunque todavía notaba cierta molestia en el brazo según qué postura o movimiento hiciese, por suerte solamente fue un susto; tras comentar alguna que otra cosa más, quedamos en que ya nos veríamos la noche siguiente en casa. Ya en el interior del hotel, procedimos con uno de los momentos de nuestros viajes que se han convertido ya en tradición: el vídeo de la habitación. Como en anteriores ocasiones, fue Jose el encargado de grabarlo con su smartphone y hacer los comentarios, tal y como podéis comprobar a continuación.
Al igual que los días anteriores, lo primero que hicimos fue tumbarnos en nuestras camas, lo cual suponía un alivio para nuestros maltrechos pies, que según las cuentas del podómetro del reloj de Jose acumulaban unos 80 kilómetros en los cuatro días de viaje que llevábamos ya. Me quité los zapatos, que estaban hechos unos zorros tras el paso por el Englischer Garten, y la camiseta para estar más cómodo y fresco, cosa que también hicieron mis amigos. Intenté conectarme a Internet a través de la señal Wi-Fi libre que se detectaba desde nuestra habitación para matar el tiempo y navegar por algunas webs, pero no cogía bien la señal. Pasadas las ocho de la tarde, Jose decidió aprovechar para darse una ducha, al cabo de lo cual nos volvimos a vestir para ir al Hofbräuhaus; por cierto, que Jose se puso unos pantalones largos muy ajustados que me generaban incomodidad con solo verle, y es que yo soy más bien de llevar la ropa tirando a holgada.

20:50
Al contrario que en los dos primeros días del viaje, esta vez sí que me llevé la cámara de fotos a pesar de que ya no visitaríamos nada nuevo, ya que la cervecería en la que íbamos a cenar merecía hacer algunas, y además luego iríamos a la Marienplatz, que no la habíamos visitado de noche. Salimos del hotel en dirección a la Sendlinger-Tor-Platz para coger el metro, y estábamos bajando ya por las escaleras mecánicas cuando vimos que había un tren que acababa de llegar al andén. Mis amigos se apresuraron a subirse mientras yo les decía que no estábamos seguros de si iba era el que teníamos que coger, y nos montamos de milagro, apenas un segundo antes de que se cerrasen las puertas. Cuando se puso en marcha, se confirmó que íbamos en dirección contraria a nuestro destino, así que nos bajamos en la primera parada, la de Goetheplatz, y nos aseguramos de que el siguiente tren fuese hasta la Marienplatz.
Al final, entre la equivocación y la espera, hubiésemos tardado lo mismo de haber ido andando, y es que cuando llegamos a la Hofbräuhaus serían ya las nueve y veinte más o menos. Antes de entrar, le echamos un vistazo a la carta que hay colgada en la entrada para que Miguel y Jose buscasen el codillo que se querían pedir; yo, por mi parte, ya tenía claro que cenaría unas Weisswurst, las típicas salchichas blancas de Baviera. Por más que revisaban la carta tanto en la versión alemana como en la inglesa, mis amigos no terminaban de adivinar qué plato era el codillo, por lo que se arriesgaron a que una vez dentro el camarero supiese entenderles. Al igual que un par de horas antes, el local estaba a reventar; en el primer salón no encontramos ningún sitio, pero en el siguiente, justo después del pequeño escenario de la pequeña orquesta que ameniza la velada, sí que vimos una larga mesa en la que tomamos asiento.
No había nadie gritando ni dando voces, pero solamente por el hecho de hablar y la cantidad de gente que había allí se generaba un ruido de fondo que hacía que fuese difícil que nos comunicásemos entre nosotros, que estábamos sentados de frente, y qué decir del calor. En la mesa teníamos un par de cartas bastante grandes, una de las cuales utilicé como abanico durante el tiempo que estuvimos allí para airearme un poco. Al momento vino un camarero para tomarnos nota de la bebida (dos cervezas Hofbräu para mis amigos y Coca-Cola para mí) y de lo que cenaríamos. Por suerte para Jose y Miguel, el camarero, que tendría unos cincuenta años, chapurreaba algo de español, y, cuando mis amigos le señalaron en la carta un plato creyendo que era el medio codillo, les corrigió y les indicó cuál era el plato que realmente se querían pedir; con respecto a mi plato, le dije que quería las Weisswurst.
Cuando volvió con las bebidas, el camarero me miró mientras me servía el vaso de Coca-Cola con cara como diciendo "Mira que venir aquí y pedirte esto en vez de una cerveza..."; por su parte, a mis amigos les puso a cada uno una jarra de litro que costaba coger con una sola mano. En esto, vi que la mesa situada detrás de Miguel estaba llena de japoneses y que pagaron con un billete de 500 €, quien no se molestó en comprobar si era verdadero, lo cual quería decir o bien que se fían de los clientes o bien que, en caso de ser un billete falso, no les supone ninguna pérdida económica en comparación con lo que facturan cada día, que debía ser una barbaridad teniendo en cuenta que de media pasan por allí unos 35.000 alemanes y turistas. Mientras esperábamos que llegase la cena, me levanté para fotografiar a la orquesta, compuesta por seis músicos, aprovechando que acababan de empezar a tocar.
Al minuto de volver con mis amigos, cuando todavía estaba guardando la cámara de fotos en la mochila, pasó a nuestro lado una chica con un canasto lleno de pretzels gigantes, ya que ellas se encargan de comprarlos en el horno de la cervecería y luego venderlo a los clientes un poco más caro y así ganarse un dinerillo. Le paré para comprarle uno, que costaba 3'70 €, bastante caro a pesar de su gran tamaño, aunque como punto a favor hay que reconocer que estaba recién hecho, calentito, muy bueno y jugoso, y con ese característico punto de sal que lo hace inconfundible. Poco antes de las diez volvió nuestro camarero, ya con los platos que nos habíamos pedido, ardiendo los tres, tanto los dos de los codillos como el cuenco de agua caliente en el que venían las dos salchichas cocidas que me había pedido.
El protocolo a seguir para comer las salchichas es un tanto especial: hay que sacarlas de dicho cuenco, ponerlas en otro plato y a continuación quitarles la piel solamente con ayuda del cuchillo y el tenedor, puesto que según los bávaros está mal visto comerse la piel; aunque no lo estuviera se la iba a quitar igualmente, ya que se veía que era más bien gruesa y no me gusta notar esa sensación de pellejo en la boca. Pues bien, me puse a ello y, a pesar de mi nula experiencia en estos menesteres, conseguí quitar la piel de las dos salchichas sin que se rompieran, aunque al principio sí que me costó un poco. Conforme me iba deshaciendo de la tripa, la forma que iban adquiriendo las salchichas recordaba, y mucho, al pene de un hombre, lo cual provocó que mis amigos reaccionaran diciendo algo así como "¡Qué asco! ¿Pero cómo te vas a comer eso?". Obviando esta curiosa anécdota, decir que estaban buenas, pero tampoco es nada del otro mundo, supongo que por las especias que lleva o porque cocidas no se nota tanto el sabor.
Mis amigos quedaron bastante satisfechos de sus respectivos codillos, a pesar del rollo que supone tener que estar despedazándolo continuamente para sacarle toda la carne posible y dejarlo en el hueso, que era bastante gordo. Serían las diez y veinte más o menos cuando terminamos de cenar, pero decidimos quedarnos allí un rato más, no solamente para reposar la comida, sino también para disfrutar de la propia cervecería en sí, una auténtica atracción turística más de Múnich. Mientras charlábamos de nuestras cosas, vimos a un hombre de unos 50 o 60 años que no paraba de pasearse por entre las mesas con una jarra de cerveza en la mano para enseñar a los clientes cómo se tiene que coger, según él introduciendo los cuatro dedos principales en el hueco del asa y poniendo el pulgar por la parte superior del asa. También nos percatamos de una chica rubia que intentaba ligar con un camarero joven mientras éste le cobraba la cuenta, incluso le dio un beso y todo.
Hablando de dinero, unos minutos antes de las once se pasó por nuestra mesa el camarero que nos había atendido para cobrarnos también a nosotros. La cuenta marcaba 60'20 €: tres cervezas Hofbräu (mis amigos se pidieron otra para compartir) a 8 € cada una, una Coca-Cola a 3'50 €, dos codillos a 13'90 € cada uno, y 4'90 € por mis Weisswurst. Como ya he comentado antes, la banda de música estuvo interpretando canciones tradicionales casi todo el rato, y siempre terminaban todas ellas con una especie de pequeño estribillo que los clientes tarareaban con las jarras en alto a modo de brindis, y, al término del mismo, se hacía el silencio durante unos segundos, tiempo en el que todo el mundo se llevaba las jarras a la boca para beber un buen trago de cerveza. Y ya que estamos con las jarras, dos pequeños apuntes al respecto: cuando recogen las mesas, los camareros se llevan las jarras de litro vacías de siete en siete en cada mano, con lo que tienen que pesar; y, por otra parte, comentar también que la cervecería dispone de una caja de seguridad con taquillas para los clientes que tienen el honor de guardar en ellas sus propias jarras.

23:15
Tras unas dos horas en la Hofbräuhaus, decidimos que ya era momento de irse, más que nada porque poco a poco se estaba quedando más vacía de público, y no sin antes coger un posavasos con el logotipo de la cervecería de recuerdo. Cuando salimos al exterior, nos percatamos de que había llovido bastante, a tenor de lo mojado que estaba el suelo de la calle; lo curioso era que en el cielo no se avistaba ninguna nube que amenazase agua, pero lo que sí se notaba era que hacía algo de fresquito, sobre todo en comparación con la temperatura de la que veníamos. Nos dirigimos tranquilamente en dirección a la Marienplatz por la ruta de siempre, es decir, Orlandostrasse, Ledererstrasse y Sparkassenstrasse. Tal y como me esperaba, el Neues Rathaus estaba iluminado, así como las dos torres de la Frauenkirche, que se asomaban por encima de los edificios de la céntrica plaza.
Como no podía ser de otra forma, aproveché la ocasión para sacar mi cámara y hacer unas cuantas fotos al Ayuntamiento, a las torres de la Catedral y también a la Columna de María, ya que en este viaje no tendría otra oportunidad para ver la Marienplatz de noche e iluminada; mientras tanto, Miguel y Jose se acercaron a la parte de la plaza donde se coge buena señal de Wi-Fi para conectarse a Internet, cosa que también hice yo minutos después, entre otras para contestar algunos mensajes de WhatsApp y mandar algunas fotos. A las doce menos cuarto, nos pusimos de nuevo en marcha, ya que de estar parados estábamos cogiendo algo de frío, y además tampoco nos venía bien llegar muy tarde al hotel porque al día siguiente nos tendríamos que volver a levantar temprano. Cogimos por la Rosenstrasse y luego continuamos por la Sendlinger Strasse, prácticamente vacía cuando lo normal es que suela estar muy concurrida; al llegar a la Sendlinger Tor, nos desviamos a la derecha por la Herzog-Wilhelm-Strasse y finalizar en la Kreuzstrasse, la calle de nuestro hotel.
Cuando entramos en la habitación eran ya las doce de la madrugada. Había mucha tarea por delante, principalmente hacer la maleta, que suele ser el momento más problemático de cada viaje, ya que siempre cuesta que quepa todo lo que has traído más los souvenirs que has comprado; encima yo tenía que dejar un hueco para la mochila de la cámara, que ocupa bastante, por si acaso en el vuelo de vuelta me pusieran pegas para entrar con ella como equipaje de mano aparte de la propia maleta. Por más que lo intenté, esto último fue imposible, así que tocaba rezar para que la compañía no pusiera ninguna pega al día siguiente. Entre tanto, puse a cargar el móvil para tenerlo a tope de batería por lo que pudiera pasar, así como también aproveché para cambiar la tarjeta de memoria de la cámara, puesto que ya tenía poco espacio libre.
Cuando mis amigos ya estaban en disposición de acostarse, procedí a lavarme los dientes, pero todavía me quedaba una tarea más por delante: limpiar mis zapatos. Estaban tan sucios del polvo y el agua del paseo por el Englischer Garten que no tuve más remedio que usar mi toalla humedecida con un poco de agua para dejarlos impolutos. Era la una de la madrugada cuando me metí en la cama. Por delante quedaba el último día que pasaríamos en Múnich. El viaje tocaba ya a su fin.