jueves, 15 de agosto de 2019

Una breve historia de casi todo

El pasado domingo terminé de leer el cuarto libro de este verano, concretamente 'Una breve historia de casi todo', del escritor estadounidense Bill Bryson.
El autor plasma en esta obra tres años de ardua labor documental para tratar de explicar de una manera muy resumida cómo comenzó todo y cómo hemos llegado hasta aquí, es decir, lo que hemos sido, lo que somos y, por qué no, lo que podremos ser. A lo largo de treinta capítulos, el libro abarca todo el conocimiento humano en lo que a ciencia se refiere a través de sus diferentes disciplinas (física, química, astronomía, geología, biología, antropología, zoología, genética...), conceptos y teorías (los átomos, las células, la teoría del Big Bang, la teoría de la relatividad, la tectónica de placas, el evolucionismo, el ADN, la extinción de los dinosaurios, el origen del ser humano...) y científicos (Newton, Darwin, Mendel, Curie, Hubble, Wegener, Watson, Rutherford, Einstein, Mendeléyev, Linneo...) para que cualquier persona pueda entender, o al menos hacerse una idea, cómo la vida y nuestra propia existencia surgieron de un determinado cúmulo de circunstancias que se dieron en un determinado momento, así como que cualquier pequeña variación en los miles de años que tiene nuestro universo podría haber deparado una historia bien distinta a la que conocemos.
Es la segunda vez que afronto la lectura de este libro, ya que hace unos diez años empecé a leerlo y, no recuerdo exactamente por qué, lo abandoné. Quizás fuese porque algunos capítulos y fragmentos se me hicieron pesados y aburridos, cosa que me ha ocurrido ahora, lo cual tiene sentido porque hay ciertas disciplinas de la ciencia que no me interesan tanto como otras, pero, tras haberlo leído al completo, puedo afirmar que se trata de una obra muy recomendable y accesible, teniendo en cuenta el rechazo que suele generar la ciencia al ciudadano medio. Lo que sí que recuerdo a la perfección de aquella primera lectura es que la introducción del libro me encantó, y ahora no ha sido menos: es más, la he leído tanto al principio como al final, y os animo a que vosotros también lo hagáis (no es difícil encontrarla en Internet), es sencillamente espectacular. El libro cuenta con varias virtudes, y una de ellas es que es evidente que el autor se ha documentado a la perfección, no solamente con libros y revistas (la bibliografía abarca casi veinte páginas), sino también con numerosos profesores y especialistas de museos y universidades que le han ayudado a componer un ameno ensayo divulgativo y carente de fórmulas sobre la vida en sus más diversas facetas y de cómo la ciencia ha tratado de entenderla y explicarla a lo largo de la historia a través de esas grandes ideas y teorías que surgieron en las mentes de brillantes científicos. Si una cosa queda realmente clara tras esta lectura es que la vida, tal y como la conocemos, es un auténtico milagro, y que nuestra existencia, la de cada uno de nosotros, es tan improbable que se haya dado que deberíamos dar gracias por cada segundo que respiramos y por formar parte de una especie que tiene la capacidad de saber cómo surgió la vida en nuestro planeta. Otra cosa que me ha encantado es que el autor recurre a unas más que acertadas comparaciones para que podamos entender realmente la magnitud de los números que utiliza a lo largo del libro, como por ejemplo la edad del Universo, las distancias planetarias, la duración de las eras geológicas de la Tierra, el tamaño de los átomos y las moléculas, o la cantidad de antecesores que tiene cada ser humano. Se trata por lo tanto de una obra imprescindible para quien quiera leer divulgación científica, sepa apreciar lo maravillosa que es la vida y valore la importancia de la ciencia.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Viaje a España 2017: día 6

Jueves, 10 de agosto de 2017

8:00
Como a lo largo de todo el viaje, nos levantamos pronto para aprovechar la jornada al máximo, y este día con más razón, puesto que por la tarde visitaríamos el monasterio de Santo Toribio de Liébana por ser Año Jubilar Lebaniego, la principal causa por la que mi madre había planteado este viaje. Lo primero que hicimos fue ducharnos, y luego vestirnos para poder terminar de hacer la maleta, aunque la noche anterior ya la dejamos prácticamente listas, para seguidamente bajar a la cafetería del hotel a desayunar. Yo repetí la combinación del día anterior (un par de tostadas con mantequilla, un sobao pasiego, una napolitana de chocolate y un vaso de leche con Colacao), a la que le añadí un croissant de chocolate. Una vez desayunados, mi madre dijo de ir a comprar más cajas de polkas para algunos familiares, por lo que, en vez de irnos ya, nos dimos un pequeño paseo hasta el obrador de la confitería Santos para comprarlas.
De vuelta en el hotel, subimos a la habitación para recoger todo el equipaje, tras lo cual dejamos las llaves de la habitación en la recepción para, ahora sí, ir al coche pasadas ya las diez y media de la mañana. Nos incorporamos a la autovía A-8 para luego continuar por la nacional N-621 a la altura de Unquera, comenzando de esta forma una ruta de pequeñas localidades cántabras, y algunas asturianas, rodeadas de verdes paisajes y frondosos bosques: San Pedro de las Baheras, Buelles, Panes, etc. Llevábamos ya casi una hora en el coche cuando llegamos a un largo tramo de carretera en el que los dos carriles se hacían más estrechos, las curvas se sucedían una tras otra, y a ambos lados se levantaban enormes paredes y montañas de piedra siguiendo el curso del río Deva. Estábamos en el desfiladero de La Hermida, y, a pesar de lo peligroso que resultaba circular por allí, es sin duda alguna la carretera por la que más he disfrutado conduciendo.
Las condiciones de la carretera me obligaban a ir a no más de 20 o 30 km/h, de hecho en algunos momentos tuvimos que parar para que en las curvas pudieran pasar dos coches al mismo tiempo, o incluso en algunas rectas cuando venía un camión en sentido contrario. Esos momentos los aprovechaba para mirar por la ventanilla y coger el móvil para hacer algunas fotos de unos paisajes que me dejaron embelesado. Jamás me imaginé que iba a pasar por un camino tan bonito, que apenas sintiese miedo por conducir por una carretera tan estrecha en la que el coche casi rozaba con las rocas, o que no me importase parar cada dos por tres por culpa del tráfico. Pasado este bello tramo de más de 20 km, la carretera volvió a hacer más ancha, y apenas diez minutos después ya estábamos en Potes. La idea era asistir a la misa del peregrino que se celebraría en el monasterio a las 12:00, pero ya no nos iba a dar tiempo, así que decidimos no parar e ir directamente a Fuente Dé, adonde llegamos a la una menos cuarto.
Aparcamos el coche en un enorme descampado, a los pies de los Picos de Europa, un macizo montañoso inmenso que me dejó boquiabierto, al igual que lo estuve apenas una hora antes, pues el paisaje era bien parecido, aunque ahora no tenía que estar pendiente del tráfico y sí de no parar de hacer fotos con mi cámara para llevarme un recuerdo gráfico de ese espectáculo de la naturaleza que tenía ante mí. Si por algo es conocido Fuente Dé es por su teleférico, el cual cruzaba por encima de nuestras cabezas salvando un desnivel de unos 750 metros desde la estación base hasta la situada en una de las cimas que nos rodeaban, pero no nos subimos básicamente por dos razones: una, porque me daba un poco de miedo; y dos, porque tendríamos que esperar al menos un par de horas y no disponíamos de ese tiempo. Así pues, después de pasar allí más de media hora, volvimos al coche para ir definitivamente a Potes.

14:00
Aparcamos en una explanada detrás de la Iglesia de San Vicente y nos acercamos a la Hostería La Antigua, el alojamiento que habíamos reservado, aunque unos días después nos llamaron para decirnos que habían cometido un error en la reserva y que nos tendríamos que alojar en otra hostería cercana, y como compensación tendríamos que pagar solamente 50 € en vez de los 60 € de temporada alta y que además nos darían un obsequio. Cuando llegamos, nos atendió una mujer, y tras identificarnos, nos llevó a nuestro nuevo alojamiento, situado a muy pocos metros de allí. La habitación, la 203, era similar a la que habíamos reservado inicialmente, así que no pusimos pegas, y menos todavía cuando nos dijo que finalmente no tendríamos que pagar nada, que nos regalaban el alojamiento, así que eso que nos ahorrábamos.
Antes de volver a la calle, me quité la camiseta de manga larga que llevaba puesta para cambiármela por un polo de manga corta, y es que no hacía tanto frío como estaba previsto, sino más bien calor. Como ya iba siendo hora de almorzar, nos fuimos directamente a la primera opción que tenía anotada en mi lista de recomendaciones, Casa Favila, que resultaba que no tenía ninguna mesa libre, pero justo al lado de la entrada había una pareja a la que le quedaba poco para terminar, por lo que decidimos esperar, aunque mi madre fue la que se quedó allí mientras yo fui a dar una vuelta por las calles del pueblo. Casualidades de la vida, en una tienda me encontré con una antigua alumna de La Asunción, el colegio en el que trabajé durante tres cursos antes de conseguir una plaza en las Oposiciones; y luego, de vuelta en el restaurante, resulta que la mujer de esa pareja que estaba terminando de comer había trabajado en Sant Feliu de Guíxols en el hotel del tío de mi madre. Desde luego, el mundo es muy pequeño.
Ya sentados a la mesa poco después de las tres de la tarde, mi madre se pidió el menú especial, con fabada asturiana de primero y cachopo de ternera de segundo, mientras que yo me decanté por el menú normal, con una tabla de embutidos de primero y un cachopo de lomo de segundo, y ambos menús con el pan, el agua y el postre incluidos. Espectacular. Según mi madre, hacía mucho tiempo que no se comía una fabada tan buena, la tabla venía muy completa (cuatro lonchas de chorizo, salchichón, cecina y jamón), y los dos cachopos estaban muy sabrosos, se notaba que eran caseros. De postre pedimos sendas porciones de tarta, de queso la de mi madre y de chocolate la mía. En total, 29 € por el almuerzo (17 € el menú de mi madre, 12 € el mío), una relación calidad precio casi insuperable.
Nada más terminar de comer, fuimos en busca del coche para subir al monasterio, pero por el camino fuimos viendo el pueblo, cuyas calles empedradas estaban a rebosar de turistas. Atravesamos el Puente Nuevo, situado sobre el río Quiviesa, que desemboca unos metros más adelante en el río Deva, y desde el cual vimos la Torre del Infantado, actual sede del Ayuntamiento. A continuación, llegamos a una pequeña plaza en la que encuentra el monumento a Jesús de Monasterio, un violinista nacido en Potes, así como la antigua iglesia de San Vicente, que ahora es la Oficina de Turismo del pueblo, y la nueva iglesia de San Vicente, en cuyo interior habría que destacar el altar mayor y los pequeños retablos de sus capillas que dan cobijo a algunas tallas de santos, cristos y vírgenes.

16:25
Nos montamos en el coche, que estaba aparcado allí mismo, y subimos al monasterio de Santo Toribio de Liébana, que, como era de esperar, estaba bastante concurrido. Accedimos al templo por la Puerta del Perdón, que solamente se abre durante el Año Santo Jubilar, y ya dentro lo recorrimos tranquilamente a la espera de que a las cinco se expusiera el Lignum Crucis. La iglesia, bastante bien conservada, combina elementos del románico y del gótico, y no destaca por tener muchos elementos decorativos, más allá de un órgano, un altar muy sobrio y la tumba de Santo Toribio, aunque sí que llama la atención sobre el resto del conjunto la gran capilla en la que se venera el Lignum Crucis, el trozo más grande que se conserva de la cruz en la que se supone que murió Jesucristo.
A las cinco en punto, uno de los frailes franciscanos que cuidan el monasterio se acercó a dicha capilla para coger el Lignum Crucis y llevarlo al altar para proceder a la explicación, bendición y veneración del Lignum Crucis, tras lo cual los allí presentes formamos una cola para besar la reliquia. Después, salimos para visitar el claustro del monasterio, muy ajardinado, y ya luego mi madre fue a la tienda del monasterio para comprar algún recuerdo. A continuación, volvimos al coche para acercarnos a la ermita de San Miguel, situada al final de una carretera a apenas un kilómetro de distancia del monasterio de Santo Toribio de Liébana. Probablemente sea el templo más pequeño que he visitado, y a través de la reducida reja de la puerta, pues estaba cerrada, solamente pude distinguir una cruz y una pequeña talla de San Miguel en su interior.
Sin embargo, el principal motivo por el que quise subir hasta allí no era el templo en sí, que como he dicho no era gran cosa, sino poder disfrutar de la panorámica que se podía divisar desde la colina que corona la ermita: los Picos de Europa, el valle de Liébana y los pueblos desperdigados por entre las laderas. Allí pasamos unos diez minutos entre la inmensidad y la tranquilidad que nos rodeaba antes de volver a Potes, adonde volvimos poco antes de las seis y media. Nos acercamos a la Torre del Infantado, situado entre el Puente Nuevo y el Puente de la Cárcel, por el cual bajamos para continuar nuestro paseo siguiendo el curso del río Deva, de aguas cristalinas y salpicado de piedras y rocas, una composición que capturé en varias fotografías con mi cámara.
Al llegar al siguiente puente, volvimos a la calle principal del pueblo, cuyas numerosas tiendas fuimos recorriendo de una en una para ver qué recuerdos y qué productos típicos comprar. Yo me puse a buscar la típica camiseta que suelo comprarme cuando viajo; al final, después de mucho comparar y probarme varios modelos en varias tiendas, me decanté por una azul de 12 € en la que aparece la estela de Barros, uno de los símbolos de Cantabria, junto con otros dos glifos con forma de espiral que también había visto por la zona. Por su parte, mi madre compró varios quesos y paquetes de sobaos en un par de tiendas, una de ellas la de la hostería en la que habíamos reservado el alojamiento, y así al menos les agradecíamos el gesto de habernos pagado la habitación por el error que cometieron en la reserva.

20:30
Tras dejar lo que habíamos comprado en la habitación y descansar un poco, volvimos de nuevo al pueblo para seguir descubriendo sus encantos. Uno de ellos es el Puente de San Cayetano, otro de los puentes de piedra que surcan la villa de Potes, en este caso en los últimos metros de río Quiviesa, a uno de cuyos márgenes bajé por una de las escalinatas situadas junto al puente para hacer algunas fotos a los patos y gansos que nadaban en sus aguas. A continuación, nos incorporamos a la carretera que atraviesa el pueblo, concretamente a la altura de un pequeño parque en el está la estatua del Homenaje al médico rural; luego, continuamos por una de las muchas calles empedradas del pueblo, ésta paralela al río y surcada por varios arcos de piedra, y después por el Puente Nuevo para volver a la zona de las tiendas de recuerdos y comprarle a nuestra perra Lola un llavero con un cencerro para colgárselo en su collar.
Después, estuvimos dando un paseo por el pueblo buscando un sitio para cenar, aunque en realidad no teníamos mucha hambre, pues el almuerzo fue más que contundente. Al final nos decantamos por uno de los que llevaba recomendados en mi lista, El Refugio, donde nos tomamos una Coca-Cola cada uno y una ración de rabas de calamar; en total, 9'60 €. Fue allí precisamente, mientras esperábamos que nos sirvieran la cena, cuando me enteré de que el destino definitivo que me habían adjudicado para el siguiente curso era Cártama, en el IES Jarifa, lo cual me agradó porque me quedaba más cerca de casa y evitaba tener que alquilarme un piso como tuve que hacer ese curso en Coín; de hecho, ya han sido dos cursos los que he pasado en este instituto y puede que siga uno más.
Ya cenados y siendo noche cerrada, seguimos paseando por Potes para ver iluminado algunos de sus monumentos, como por ejemplo la Torre del Infantado. Nos acercamos también al Puente Nuevo y al Puente de San Cayetano, donde bajé al río para recorrerlo hasta el Puente de la Cárcel por uno de sus márgenes. Ya de vuelta con mi madre, regresamos a la habitación de nuestro alojamiento a eso de las once de la noche. Al igual que la noche anterior, como a la mañana siguiente nos tocaba irnos de nuevo y ponernos en carretera, dejamos las maletas preparadas para no perder mucho tiempo y salir lo más temprano posible. Pusimos las alarmas de nuestros móviles a las siete y media, y pasadas las doce de la madrugada ya estábamos acostados.

martes, 30 de julio de 2019

El silencio de la ciudad blanca

El tercer libro que me he leído este verano ha sido 'El silencio de la ciudad blanca', de la novelista española Eva García Sáenz de Urturi.
Los cadáveres de un chico y una chica de veinte años aparecen en la Catedral Vieja de Vitoria. Las víctimas están desnudas, con las manos apoyadas en la mejilla de la otra y tienen apellidos compuestos alaveses, un ritual que casa con el de los crímenes ocurridos hace dos décadas, cuando fueron asesinadas parejas de cero, cinco, diez y quince años. El inspector Unai López de Ayala será quien lleve el caso junto con la inspectora Estíbaliz Ruiz de Gauna, su inseparable compañera, y la subcomisaria Alba Díaz de Salvatierra, recién llegada a la comisaría y con la que mantendrá una relación personal y profesional. Tasio Ortiz de Zárate fue condenado por esos asesinatos, y casualmente está a punto de salir de la cárcel, por lo que Unai sospecha que está implicado de alguna manera en estos nuevos crímenes dobles que se siguen sucediendo. Lo que el inspector López de Ayala desconoce es que todo comenzó mucho antes de lo que él pensaba.
Yo no soy muy propenso a dejarme llevar por el último boom literario del que todo el mundo habla, más que nada porque alguna que otra vez te llevas un chasco, pero he de reconocer que, cuando me enteré de que 'El silencio de la ciudad blanca' se estaba convirtiendo en el best-seller del momento y leí su argumento, me vi obligado a incluir inmediatamente este título en mi lista de futuribles. Tardé un año en hacerme con él y otro más en leerlo. Sencillamente espectacular. Me ha resultado adictivo desde el primer capítulo, cuando tiene lugar el primer doble crimen que reanuda los que hubo en el pasado. A partir de ahí resulta complicado dejar de leerlo, y es que, si bien yo he repartido la lectura a lo largo de una semana para disfrutarlo por más tiempo, de habérmelo propuesto hubiese devorado el libro en un par de días. Por momentos trepidante, nos encontramos con una serie de crímenes rituales cometidos por un asesino que demuestra ser más inteligente que el investigador principal, el inspector López de Ayala, quien por más caminos que sigue para tratar de cazar al culpable siempre se encuentra con un muro que le impide averiguar quién es realmente. Es por ello que tanto Unai como el lector sospechan de numerosos personajes a lo largo de la trama, lo que da lugar a otros tantos giros en la investigación, hasta que llega un momento que ya se sabe claramente quién es, pero al final resulta que esa persona no es quien parece ser, sino quien menos te imaginas, de ahí la inteligencia del asesino. Una de las cosas que más me ha gustado del libro es lo bien que alterna el relato de los crímenes actuales con el de los hechos acaecidos en dos momentos del pasado, que son precisamente los que explican por qué el asesino actúa como tal; sin embargo, a mi parecer hay algunos detalles de los crímenes que no se terminan de aclarar en el desenlace, y es que, por poner un ejemplo, cuesta entender cómo es posible que dos cadáveres aparezcan casi de la nada en mitad de una plaza llena de gente y que nadie se dé cuenta de ello. También cabría destacar la buena ambientación que la escritora hace de los lugares en los que se desarrolla la novela, principalmente en Vitoria y sus alrededores; de hecho, me han entrado muchas ganas de viajar allí y perderme por las calles de la capital vasca y sus pueblos. Nos hallamos pues ante una novela policíaca y de intriga muy completa, tiene prácticamente de todo: crímenes, rituales, leyendas, misterio, cultura, pasión, historias personales, etc. Es de esos pocos libros que, al terminar de leerlos, me han hecho pensar tanto que es una pena que ya lo haya acabado como que es uno de los que a mí me gustaría escribir algún día. Ni que decir tiene que leeré el siguiente título de la trilogía de La Ciudad Blanca.

miércoles, 24 de julio de 2019

No es mío, pero es interesante (CXXVII)

Ya tenemos aquí una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en las últimas semanas. Para variar, tenemos algunos blogs que han colado más de una aportación, como son los casos de Microsiervos y Ya está el listo que todo lo sabe, con once y cinco posts, respectivamente. Y lo mismo pasa con la variedad de contenidos: matemáticas, ciencia, astronomía, vídeos, curiosidades, etc.
Repasemos la lista de enlaces de esta entrega:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

jueves, 18 de julio de 2019

Los gritos del pasado

Hace un par de días terminé de leer el segundo libro que he devorado este verano, y ha sido 'Los gritos del pasado', de la escritora sueca Camilla Läckberg.
Las vacaciones de Erica Falck y Patrik Hedström, que están a punto de ser padres, se ven interrumpidas por la aparición del cadáver de una joven turista alemana cerca de Fjällbacka. El cuerpo está desnudo y lleno de heridas y lesiones, pero lo más desconcertante es que debajo encuentran los esqueletos de dos chicas que desaparecieron hace más de veinte años. Patrik y su equipo se ponen al frente de la investigación y descubren que el principal sospechoso de aquellas desapariciones es Johannes Hult, que se suicidó poco después tras haber sido denunciado por Gabriel, su propio hermano. La turbulenta y tensa relación de los integrantes de la familia Hult, así como los secretos que ocultan algunos de ellos, dificultan la resolución del crimen, el cual se complica todavía más cuando unos padres acuden a comisaría para denunciar que su hija lleva varias horas sin dar señales de vida.
Hace tres años, cuando leí 'La princesa de hielo', el primer título de la serie de Los crímenes de Fjällbacka de la escritora sueca Camilla Läckberg, me animé a continuarla, y la verdad es que dicha decisión no pudo ser más acertada. Si ya me gustó aquella lectura, la de 'Los gritos del pasado' ha sido incluso mejor, puesto que me ha enganchado desde la primera página hasta la última gracias a la excelente narración de la trama, fluida y para nada enrevesada, y con unos diálogos muy creíbles y naturales; por otra parte, el que también se expliquen los problemas y vicisitudes del día a día de los personajes, además de la propia resolución del caso, permite que te involucres incluso más en la historia y que entiendas la forma de comportarse de cada uno de ellos. Esta vez, el papel de Erica pasa a ser secundario y pierde protagonismo en favor de Patrik, su pareja, quien se aleja de ese perfil de detective que trabaja prácticamente en solitario, como ocurre con los clásicos Sherlock Holmes o Hércules Poirot, ya que se rodea de varios compañeros muy diferentes entre sí que también cumplen con una misión más o menos decisiva en la investigación. Sí que tengo que decir que el final me ha dejado con algunas incógnitas sin resolver del todo, pues no he terminado de entender el por qué de dos o tres detalles que se mencionan en la historia, pero a esto le doy una importancia mínima. Mantengo mi idea de seguir leyendo a Camilla Läckberg y sus crímenes de Fjällbacka, y es que a buen seguro que disfrutaré con esas futuras lecturas al igual que lo he hecho con las dos primeras.

viernes, 12 de julio de 2019

Viaje a España 2017: día 5

Miércoles, 9 de agosto de 2017

7:30
Nos levantamos bien temprano para afrontar una jornada muy intensa, puesto que teníamos planeado visitar Santillana del Mar, Comillas y San Vicente de la Barquera, para luego volver a Torrelavega y pasar allí el resto del día. Poco antes de las nueve, una vez duchados y arreglados, bajamos a la cafetería del hotel para desayunar, en mi caso un par de tostadas (más gruesas de lo habitual) con mantequilla, un sobao pasiego, una napolitana de chocolate y un tazón de leche con Colacao. Subimos de nuevo a la habitación para coger mi mochila de la cámara de fotos y los paraguas, ya que estaba lloviendo y el pronóstico para el resto del día no era del todo bueno.
A las nueve y media, nos montamos en el coche y pusimos rumbo a Santillana del Mar, la villa de las tres mentiras, en mitad de un buen aguacero; por suerte, al llegar allí, dejó de llover, lo cual fue un alivio, ya que no hubiera sido lo mismo visitarla paraguas en mano y estando pendiente de no resbalarse. Aparcamos en una explanada con zona azul, por lo que abonamos 1'5 € para poder dejar allí el coche hasta las 12:00, hora a la que calculábamos que habríamos terminado. Pasamos por entre el Museo Diocesano Regina Coeli y la ermita San Roque para a continuación cruzar al casco histórico del pueblo, considerado uno de los más bonitos de España, y la verdad es que el distintivo lo tiene más que merecido.
Me quedé prendado desde el primer momento en que puse los pies en sus calles adoquinadas, relucientes por la reciente lluvia, y me vi rodeado de sus construcciones de piedra, muchas de ellas palacios muy bien conservados, y es que estar paseando por allí fue como retroceder doscientos o trescientos años en el tiempo. Avanzamos por la calle principal, repleta de balcones adornados con macetas llenas de flores y de tiendas en las que se venden productos típicos cántabros (sobaos, quesos, anchoas...), donde se encuentran, entre otras, la Torre de los Velarde y las Casas de los Quevedo y Cossío, hasta llegar a la plaza presidida por la Colegiata de Santa Juliana, el monumento más importante de la villa; sin embargo, antes de visitarla, seguimos un poco más hasta la plaza de las Arenas para ver el Palacio de Velarde.
Tras hacernos unas fotos junto a la portada del templo, entramos en la colegiata, previo pago de 3 € por cabeza. Nada más entrar, nos topamos con la capilla de Polanco y con el claustro, pero primero nos dirigimos al templo propiamente dicho. Tal y como ya había advertido en el exterior, el estilo era claramente románico, con predominio del arco de medio punto y bóvedas de cañón, aunque también aprecié alguna bóveda de crucería más propia del gótico. Del interior, cabría destacar el órgano, el altar mayor y el sepulcro de Santa Juliana, así como algunas capillas. Seguidamente, volvimos al claustro, probablemente lo mejor de la colegiata, pues combina la sencillez de estos espacios con la complejidad y diversidad de sus arcos y capiteles, todos ellos diferentes y con motivos vegetales, animales y antropomorfos.
Ya fuera de la colegiata, recorrimos en sentido inverso la calle principal del pueblo, transitada principalmente por turistas que iban de un lado para otro, aunque a más o menos por la mitad nos desviamos por una bocacalle que desemboca en la Plaza Mayor. Nada más llegar, sentimos caer unos cuantos goterones que inmediatamente se convirtieron en un considerable aguacero que nos obligó a guarecernos en el soportal del edificio del Ayuntamiento, desde donde pude ver la Torre de Don Borja y la Torre del Merino. Allí permanecimos unos diez minutos hasta que escampó, tras lo cual seguimos por otra de las calles de Santillana del Mar teniendo cuidado de no resbalarnos con el agua caída y el suelo empedrado, pero, a pesar del cuidado que tuvimos, mi madre hizo un mal gesto con el pie y rompió uno de sus zapatos. Menos mal que en el coche tenía unos de repuesto, así que fue a por ellos para que no caminase descalza.

11:45
Nos pusimos de nuevo en carretera para ir a Comillas, adonde llegamos sobre las doce y cuarto después de dar algunas vueltas buscando sitio. Finalmente aparcamos junto al cementerio, construido sobre los restos de una antigua iglesia, y el cual visitamos para ver la escultura de El Ángel Exterminador que se alza sobre él. De allí nos fuimos hasta el parque Güell y Martos, una colina presidida por el imponente Monumento al Marqués de Comillas y en la que también destaca el llamativo Palacio de los Duques de Almodóvar del Río, de un evidente estilo inglés y que, salvando las distancias, guarda cierta similitud con el Palacio de la Magdalena de Santander, pero más pequeño.
A continuación, bajamos al casco histórico pasando por delante de la estatua del Sagrado Corazón de Jesús y desembocando en la plaza de la Constitución, lugar donde se encuentra el antiguo Ayuntamiento de Comillas, así como la iglesia de San Cristóbal, en la cual entramos. El interior del templo era bastante espacioso, con bóvedas de crucería a pesar de ser una construcción barroca, y con varias imágenes de procesión, entre ellas la del Cristo del Amparo, patrono del pueblo; por su parte, del exterior cabría destacar su alta torre campanario. Seguidamente nos acercamos a la plaza en la que se halla el Ayuntamiento, la fuente de los Tres Caños y la Casa Ocejo, que es donde el rey Alfonso XII veraneaba en Comillas.
De allí, nos fuimos a ver El Capricho de Gaudí, un edificio modernista del famoso arquitecto catalán, pero había mucha cola para entrar, así que descartamos esta visita; al menos pudimos contemplar este singular y colorido edificio desde el sendero de los Jardines del Palacio de Sobrellano, el siguiente lugar al que fuimos. Justo a continuación, después de traspasar un gran arco de piedra, nos topamos con la Capilla Panteón y el Palacio de Sobrellano, ambos de estilo neogótico y de aspecto imponente, y cuyas visitas también suprimimos, puesto que ya se iba acercando la hora de comer. Desde el mirador situado delante del palacio, pudimos divisar la antigua Universidad Pontificia de Comillas, así como el núcleo principal del pueblo, adonde volvimos tras hacernos algunas fotos.
Nos decantamos por la taberna Trescaños para el almuerzo, en el que ambos pedimos el menú del día, que costaba 12'90 €; en mi caso, pedí macarrones con chorizo de primer plato, albóndigas con patatas de segundo, y tarta de chocolate de postre. Correcto, pero no para tirar cohetes. Ya comidos, tiramos para la plaza Corro de San Pedro, por donde nos empezó a chispear levemente, y luego llegamos hasta la Puerta de los Pájaros, la entrada a una residencia privada que destaca por su peculiar forma, y que fue diseñada por Gaudí. A pocos metros de allí encontramos la ermita de Santa Lucía, de reducidas dimensiones y de un blanco reluciente, y junto a ella un mirador desde el que se podía divisar la costa de Comillas, con su playa y los acantilados. Bajamos al paseo marítimo, dejando a nuestra izquierda el parque Güell y Martos, para regresar al coche y poner rumbo a San Vicente de la Barquera cuando el reloj ya marcaba las tres y cuarto de la tarde.
Llegamos en apenas veinte minutos y con el cielo ya totalmente despejado, y así se mantuvo el resto del día, lo cual fue un alivio. Aparcamos el coche junto al estuario, que estaba con la marea alta y salpicada de pequeños botes pesqueros, una estampa bellísima que no dudé en inmortalizar en varias fotos. Después, nos acercamos al pequeño puerto deportivo, repleto de embarcaciones amarradas, para luego cruzar el puente que conecta con la otra parte del pueblo, en la cual se encuentra la capilla de la Virgen de la Barquera, que en ese momento estaba cerrada, pero pudimos ver el interior a través de la reja de la puerta. Al fondo de la única nave de la que se compone, de cuyo techo cuelga un velero en miniatura, vimos el altar en el que se venera la pequeña imagen de la Virgen de la Barquera, que desde la distancia parecía más bien una muñeca.

16:15
Deshicimos nuestros pasos para emprender el camino de regreso al núcleo principal del pueblo, de nuevo bordeando el estuario hasta llegar al puente que cruzamos antes, pero esta vez continuamos por una calle en cuesta en la que se encuentran los monumentos más importantes de San Vicente de la Barquera. En primer lugar, pasamos por delante del Castillo del Rey, una fortaleza del siglo XIII construida sobre una gran roca en un lugar estratégico, desde donde teníamos unas excepcionales vistas tanto del propio pueblo como del estuario y los verdes paisajes que lo rodean, y es que, mirases donde mirases, te quedabas embelesado.
Más adelante, vimos el Ayuntamiento y la Torre del Preboste, y ya al final de la calle, la iglesia de Santa María de los Ángeles, de gran tamaño y estilo gótico, pero en la que no pudimos entrar por estar cerrada, así que nos conformamos con disfrutar de los bellos paisajes que se podían divisar desde el mirador situado justo después de la muralla que la rodea. Tras pasar allí unos minutos, bajamos por las empinadas calles del pueblo para coger de nuevo el coche, aunque yo me quedé con ganas de más y de hacer fotos por la zona del puente de la Maza. Como mi madre ya estaba un poco cansada, aparcamos cerca de uno de los extremos del puente, de tal manera que ella se quedó en el coche esperando mientras yo inmortalizaba en mi cámara las últimas estampas que me regalaba San Vicente de la Barquera.
Ya de vuelta en Torrelavega, aparcamos el coche cerca del hotel, y directamente nos fuimos a dar una vuelta por esta localidad cántabra. Primero fuimos a la iglesia de la Virgen Grande, llamada así por la patrona de la ciudad, cuya imagen se venera en su interior, aunque si por algo destaca este templo es por su llamativa arquitectura de estilo modernista, alejada de los cánones a los que estamos acostumbrados, pues se construyó hace poco más de cincuenta años. Empezando por el exterior, destaca su alargada fachada dividida en dos partes: la baja, con forma de gran hornacina abovedada y presidida por una escultura de la Virgen y el Niño Jesús; y la alta, una gran espadaña que contiene al Sagrado Corazón de Jesús. Con respecto al interior, cabe resaltar su forma elíptica en vez de las habituales naves, su bóveda estrellada y el colorido de su altar mayor, con mosaicos y vidrieras con motivos religiosos.
Nos acercamos a continuación a la Casa Consistorial, con aspecto de palacio y coronada por una torre en su parte central, para seguidamente continuar por la calle José María Pereda. Lo siguiente con lo que nos topamos fue con la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, ésta sí más parecida a la imagen que todos tenemos de una iglesia, y eso a pesar de que también es de reciente construcción, de finales del XIX, mientras que su estilo es el neogótico, lo cual era fácil de advertir a primera vista gracias al rosetón de su fachada principal y a la presencia de contrafuertes y arbotantes. Nada más entrar, nos recibió una mujer que nos invitó a unirnos al grupo de la visita guiada gratuita que acababa de comenzar y que estaba dirigida por otra mujer, lo cual nos vino de perlas.
Durante cerca de media hora, recorrimos con todo detalle el templo al completo, con explicaciones muy didácticas y claras por parte de la guía. Compuesta por una nave central de mayor altura que las dos laterales y con los arcos ojivales y la bóveda de crucería característicos del gótico, esta iglesia cuenta con numerosos elementos reseñables, entre ellos el Altar de la Inmaculada, a cuyos pies se hallan las tumbas de personalidades históricas de Torrelavega; las vidrieras, en especial las del rosetón, en la que se muestran doce elementos identificativos de la Pasión de Cristo (las treinta monedas de plata, el gallo, la corona de espinas, los clavos...); el órgano situado bajo el rosetón; y varias capillas, entre las que destaca por encima de todas la del Cristo de la Agonía, un crucificado de excepcional factura atribuido a Alonso Cano.
Cuando ya nos íbamos, mi madre le pidió a las dos mujeres encargadas del templo si le podían aconsejar alguna confitería para comprar algún dulce típico de la ciudad, a lo que inmediatamente le recomendaron las polkas de Santos, unos pequeños hojaldres cubiertos de glasa, y cuyo obrador estaba precisamente a pocos metros de allí. Nos acercamos al obrador, escondido en un portal y bajando unas escaleras, y vimos en directo a través de una cristalera cómo hacían estos dulces; como era de esperar, mi madre no dudó en comprar un par de cajas, y a la mañana siguiente incluso volvería a por más.

20:00
De vuelta al hotel, pasamos por delante de una pared pintada con varios hombres lanzando una bola, lo cual me llamó la atención. Resulta que era la Peña Bolística de Torrelavega, y, lleno de curiosidad, entré y me encontré con un pequeño recinto con gradas alrededor de una pista cubierta de arena en la que se estaba jugando a este peculiar deporte, el bolo palma, que por lo que deduje es bastante típico en Cantabria, y que consiste en derribar nueve bolos de madera lanzando una bola, también de madera. Ya en el hotel, subimos a la habitación para descansar después de haber pasado un largo y ajetreado día de un lado para otro, tanto andando como en coche.
Pasado un buen rato, salimos de nuevo a la calle para cenar, concretamente en Pizza Lavie, una pizzería situada muy cerca del hotel y que ese día tenía una oferta de pizzas a 6'50 €, motivo por el cual había bastante gente y tuvimos que hacer cola para hacer nuestro pedido, pero por suerte una de las pocas mesas del local se quedó libre al poco de llegar nosotros. Mi madre se pidió una pizza de cinco quesos, y yo una de pepperoni, bacon y salchichas, y la verdad es que ambos quedamos muy satisfechos, tanto por el sabor como por el tamaño de las pizzas; en total, con las bebidas incluidas, fueron 15 €, muy bien de precio. Después de dar una pequeña vuelta por la zona para bajar un poco la cena, volvimos definitivamente al hotel para, entre otras cosas, dejar las maletas medio hechas, puesto que al día siguiente nos pondríamos en carretera para ir a Potes. Tras poner los despertadores para que sonasen a las ocho de la mañana, nos acostamos siendo casi ya las doce de la noche.

viernes, 5 de julio de 2019

El misterioso caso de Styles

Esta misma mañana he terminado con la primera de mis lecturas veraniegas, concretamente 'El misterioso caso de Styles', de la escritora británica Agatha Christie.
La señora Emily Inglethorp muere repentinamente por la noche en la mansión Styles. Allí lleva varios días de acogida el señor Hastings, quien no duda en acudir al detective belga Hércules Poirot cuando se sospecha que no ha fallecido por causas naturales, sino por haber sido envenenada con estricnina. Todos los huéspedes de la mansión (los dos hijastros de Emily, la esposa de uno de ellos, su segundo marido, una amiga...) son potenciales sospechosos del asesinato, puesto que existe una cuantiosa fortuna que alguien tiene que heredar. La investigación del detective Poirot, acompañado de su inseparable amigo Hastings, saca a la luz numerosas pistas que acaban dando con el verdadero asesino y desentrañando cómo se cometió realmente el crimen.
He tardado siete años en volver a leer a Agatha Christie, y eso que me encantó mi primer encuentro con su genial personaje, el detective Hércules Poirot, en el famoso 'Asesinato en el Orient Express', pero por aquel entonces me propuse empezar con la saga desde el principio, y no fue hasta las pasadas navidades cuando me regalaron el primer libro en el que aparece Poirot. Las comparaciones con esa otra lectura son inevitables, y he de decir que este relato no me ha gustado ni me ha enganchado tanto como el otro, lo cual no quiere decir que no lo haya disfrutado. En realidad es normal que así sea, puesto que la lógica dicta que un escritor va puliendo su narración y los argumentos de sus obras con el paso de los años, y estamos hablando de dos libros publicados con catorce años de diferencia. En cualquier caso, se observan muchas similitudes que deduzco que se mantendrán en todos los relatos protagonizados por Hércules Poirot, entre ellas la sagacidad y la intuición del detective, la profunda admiración que el señor Hastings profesa por Poirot, la exposición y descripción de los personajes y del lugar de los hechos, los continuos giros de la trama o el no saber hasta casi el último momento cómo se resuelve el caso. Aquí es donde yo veo que cojea un poco esta obra, puesto que algunas de las deducciones que el detective hace a lo largo del suceso, si bien tienen sentido y encajan con lo que se ha descrito anteriormente, parecen como sacadas de la nada, aunque en parte la autora lo hace así para dificultar la investigación que el lector hace de forma paralela y que no consiga encontrar al asesino antes que el propio Poirot. En fin, una lectura corta y agradable para quien quiera iniciarse en un género, la novela policíaca, que va a seguir protagonizando buena parte de mis lecturas, y a buen seguro que los relatos de Hércules Poirot estarán entre ellas. Espero no tardar tanto con el siguiente.