martes, 25 de septiembre de 2018

La gran novela de las matemáticas

El último libro que he leído este verano ha sido 'La gran novela de las matemáticas', del divulgador matemático francés Mickaël Launay.
El autor hace un recorrido por la historia de las matemáticas a través de esas grandes mentes que, a lo largo de cientos y miles de años, han ido descubriendo diversos conceptos y teoremas que ahora se enseñan en colegios e institutos y que se utilizan de una forma más o menos directa en ámbitos más o menos cotidianos, tales como la geometría que se esconde en un balón de fútbol o la fórmula que explica la fuerza con la que se atraen dos cuerpos, como por ejemplo los planetas. Esta gran historia comenzó hace miles de años, cuando el ser humano aprendió a contar haciendo muescas en un hueso, y actualmente sigue inacabada, pues todavía existen grandes problemas sin resolver. Entre medias, nos encontramos con que las primeras civilizaciones decoraban sus vasijas con motivos geométricos sin saber que estaban clasificando los siete tipos de cenefas posibles, que los símbolos matemáticos (+, -, /, =, etc.) fueron surgiendo a cuenta gotas hace apenas 500 años, o que se puede construir una esfera tan grande como el Sol aparte de una tan pequeña como un guisante, por muy paradójico que nos resulte.
Cuando me topé con este libro en una de mis visitas a las librerías de mi ciudad para encontrar nuevos títulos que añadir a mi larga lista de futuras lecturas, supe casi desde el primer momento que adquirirlo era una apuesta segura, tanto que lo incluí en mi siguiente carta a los Reyes Magos (la de las últimas navidades)... Y me lo trajeron... Y lo he devorado este mismo verano. He de reconocer que en los dos o tres primeros capítulos no me convenció del todo, pero después ha sido un placer ir avanzando en sus páginas y siguientes capítulos para refrescar muchas cosas que ya sabía (es lo que tiene haber leído tanta divulgación matemática) y aprender otras tantas. Me ha gustado mucho cómo plantea el autor cada capítulo, con unos primeros párrafos en los que nos introduce el concepto a tratar partiendo bien de una visita al Louvre para mostrarnos las matemáticas que oculta, bien de los viajes que realizó Fibonacci para aprender los números indoarábigos y descubrir su famosa sucesión, bien de 15 formas más para, entre otras cosas, saber de dónde salen los infinitos decimales del número π, admirar los 17 teselados de la Alhambra o conocer las primeras máquinas de las que posteriormente surgieron las calculadoras y ordenadores que utilizamos a diario. Todo el relato está salpicado de anécdotas, curiosidades, ilustraciones y las fórmulas justas y necesarias para disfrutar de una lectura amena que nos enseña que las matemáticas son el fruto de años y años de evolución y estancamiento, de ideas brillantes e intentos fallidos, de colaboraciones y disputas entre matemáticos, de teoremas demostrados y conjeturas por demostrar. Por ponerle una pega a este libro, la verdad es que no me hubiese importado que fuese más largo (no llega a las 250 páginas), pero está escrito y enfocado al público poco ducho en esta materia para captar su atracción e intentar hacerle ver que las matemáticas y su historia son apasionantes, así que es entendible su extensión. En cualquier caso, se ha ganado un hueco entre mis títulos preferidos de la divulgación matemática, por lo que habrá que estar atentos a futuras obras de Mickaël Launay, seguro que tampoco defraudarán.

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta septuagésima novena edición, también denominada 9.3 Vuelta al Cole, está organizado por Juan Francisco Hernández Rodríguez a través de su blog Esto no entra en el examen.

domingo, 16 de septiembre de 2018

El Señor de la Pollinica procesiona en su 75 aniversario

En la mañana y tarde de hoy domingo ha tenido lugar la procesión extraordinaria de Nuestro Padre Jesús a su Entrada en Jerusalén con motivo del 75 aniversario de la bendición de dicha talla.
La procesión estaba prevista que se celebrase ayer sábado por la tarde noche, pero el día anterior se anunció su aplazamiento a la mañana del domingo tras consultar las previsiones meteorológicas, las cuales pronosticaban lluvias de cierta intensidad en las horas en las que la imagen estaría en la calle, como así finalmente ocurrió. El cortejo se puso en marcha a las once y media partiendo de la casa hermandad del Sepulcro, que cedió sus instalaciones a la cofradía de la Pollinica para esta salida extraordinaria; al frente estuvo la cruz parroquial, seguida de numerosos hermanos portando cirios, el guión corporativo, el estandarte del Señor, la presidencia y un cuerpo de doce acólitos, cuatro de la propia cofradía y las restantes de las otras hermandades que procesionan el Domingo de Ramos. Nuestro Padre Jesús a su Entrada en Jerusalén salió unos minutos más tarde a los sones de la 'Marcha Real', interpretada por la Agrupación Musical de la Pasión de Linares, que ha acompañado a la imagen de forma magistral en todo su recorrido.
La imagen del Señor de la Pollinica, recientemente restaurada, ha procesionado sin su grupo escultórico (solamente con el pollino) sobre un monte de claveles rojos en el trono de la Virgen del Traspaso y Soledad de Viñeros y con los faroles del trono de Jesús Nazareno de la Salutación; además, ha estrenado un manteo de color verde y una cinturilla para celebrar esta efeméride. Como si de un Domingo de Ramos se tratase, los cofrades han acudido en masa al centro histórico para acompañar a la procesión, que, tras partir de la casa hermandad del Sepulcro, discurrió por las calles Alcazabilla, Císter, Santa María, Molina Lario, plaza del Obispo, Molina Lario, Sancha de Lara, Martínez, Puerta del Mar, plaza de Félix Sáenz, Nueva, Especería, plaza de la Constitución, Granada, plaza del Carbón, plaza del Siglo, Granada, Echegaray, San Agustín, Císter y Alcazabilla, encerrándose sobre las cinco y media de la tarde en la citada casa hermandad.
No quería terminar sin puntualizar que me parece una decisión equivocada el haber cambiado de día la procesión por culpa del riesgo de lluvia. Haber esperado al momento de salir y, si acaso, retrasar la salida una hora como se suele hacer en Semana Santa, hubiese sido lo correcto. Si llegado el momento las previsiones siguen sin ser halagüeñas, pues se suspende la procesión (extraordinaria en este caso) y listo. El que las cofradías puedan elegir cuándo y por dónde procesionar a su antojo y de esta manera no hace más que darle la razón a los no cofrades que, si bien a veces son exagerados e irrespetuosos con sus manifestaciones, otras muchas opinan con fundamento, como en este caso.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Viaje a España 2017: día 2

Domingo, 6 de agosto de 2017

8:00
Nos levantamos en cuanto sonó el despertador, dispuestos a no perder el tiempo y a aprovechar al máximo la mañana, ya que después de comer tendríamos que coger el coche para ir a Palencia. Luego de asearnos y vestirnos, bajamos a la cafetería del hotel a desayunar; en mi caso, me serví un par de tostadas (bastante gruesas, por cierto) con mantequilla, una napolitana de chocolate, un croissant y un vaso de leche con Nesquik, lo cual me sorprendió, puesto que en la mayoría de los sitios solamente hay Cola Cao. Volvimos a la habitación para recoger las maletas y dejarlas en la recepción para recogerlas cuando volviésemos de comer, y a continuación, a eso de las nueve y media, salimos a la calle para empezar a callejear y visitar Segovia.
En primer lugar, nos acercamos a la iglesia de San Lorenzo, situada a pocos metros del hotel; parecida a algunas que habíamos visto la tarde anterior (pequeña y de estilo románico), estaba cerrada en ese momento, así que continuamos con nuestra caminata hasta llegar al Acueducto de Segovia. Fuimos en busca de otras dos iglesias próximas, la de los Santos Justo y Pastor y la del Salvador, pero tanto una como otra también estaban cerradas, lo cual nos extrañó mucho porque en Málaga es raro que una iglesia no esté abierta a partir de las nueve de la mañana, tras lo cual pasamos por delante del IES Mariano Quintanilla, el más antiguo de España, para luego recorrer bordear el acueducto hasta la arquería principal de la plaza del Azoguejo.
Bajando y subiendo cuestas y escalinatas llegamos al Paseo del Salón de Isabel II, un frondoso parque que recorrimos desde su comienzo (el Postigo de la Luna) hasta su final (el Postigo del Sol), dos de las puertas de la muralla de Segovia. Más adelante, nos adentramos de nuevo en la ciudad por la Puerta de San Andrés, más monumental que las anteriores y con una pequeña talla de la Virgen del Socorro por la parte interior, para poder llegar a la Catedral de Santa María, la cual vimos esta vez por el lateral más próximo a su torre, además de la fachada principal. Seguidamente, avanzamos por la calle Daoiz, al final de la cual nos topamos con los Jardines del Alcázar, desde cuyos miradores se puede disfrutar de grandes panorámicas y que si por algo destaca es por el Monumento a los Héroes del 2 de Mayo situado en el centro de los jardines.
Las entradas del Alcázar de Segovia las compramos en un edificio próximo a este conocido monumento (5'5 € la mía y 3'5 € la de mi madre por ser desempleada), tras lo cual comenzamos la visita de las diversas salas que la componen: la Sala del Palacio Viejo, con numerosas armaduras; la Sala del Trono, reconocible gracias a que en ella se encuentran los tronos de los Reyes Católicos con su escudo y su famosa divisa ("Tanto monta"), así como sendos retratos de éstos; la Sala de la Galera, con un impresionante artesonado y una pintura sobre uno de los muros en la que se representa la coronación de Isabel la Católica; la Sala de los Reyes, llamada así porque en ella hay pequeñas estatuas de todos los reyes de Asturias, León y Castilla; etc.
Tras pasar unos minutos en un patio exterior del Alcázar, desde el cual se pueden admirar tanto sus llamativas torres y un jardín con una forma geométrica muy curiosa, volvimos al interior, concretamente a la Sala de Armas, engalanada con banderas y salpicada de armaduras, escudos, armas y cañones. Después, atravesamos el Patio de Armas para continuar con el Museo del Real Colegio de Artillería, en el que se exponen cuadros, uniformes militares de gala y numerosos libros antiguos de diversas disciplinas (artillería, matemáticas, astronomía, física, química...). A las doce del mediodía estábamos saliendo ya del Alcázar por la reconocible Torre de Juan II, dando por terminada de esta forma la visita.

12:05
Soportando un calor un tanto sofocante, retomamos el paseo por Segovia bordeando el lateral norte de la muralla, pasando concretamente por la Puerta de Santiago, la Puerta de San Cebrián y la iglesia de San Juan de los Caballeros, que, en efecto, estaba cerrada. Luego, nos adentramos de nuevo en la ciudad, y por el camino pasamos por delante de varios edificios notables, tales como el de la Diputación Provincial, la Casa de los Marqueses de Lozoya o la Casa de las Cadenas. Por cierto, que una cosa que me gustó mucho de la ciudad fue el esgrafiado con el que están embellecidos los muros de muchos de sus edificios, casi todos con dibujos geométricos muy elaborados y vistosos.
Al final de este paseo llegamos al Postigo del Consuelo, en la parte alta del Acueducto de Segovia, desde donde hice algunas fotos antes de ir a la iglesia de la Compañía de Jesús, que (¡milagro!) sí estaba abierta al público, por lo que aprovechamos para entrar en ella y admirar el maravilloso retablo de su altar mayor. De allí nos fuimos a El Sitio a tomarnos un refresco con su correspondiente tapa gratis (una caña y una tapa de paella mi madre, y yo una Coca-Cola Zero con una tapa de choricitos con patatas), y seguidamente al restaurante Jose María, donde teníamos una mesa reservada gracias a la recepcionista de nuestro hotel, y menos mal, porque era poco más de la una y media y ya estaba casi lleno.
Obviamente, no podíamos irnos de Segovia sin probar su famoso cochinillo asado, pero también pedimos una ración de croquetas de jamón ibérico y una ensalada mixta con bonito, además de agua para beber. ¡Qué fallo el nuestro al pedir dos platos previos al cochinillo! Las croquetas estaban espectaculares, de las mejores que he probado, pero la ensalada era enorme, como para compartir entre cuatro personas, y además nos pusieron un entrante cortesía de la casa consistente en una pequeña ensalada con queso. Con todo esto ya estábamos más que comidos, y faltaba el cochinillo, que por cierto iban saliendo cada dos por tres de la cocina para presentarlo y trincharlo en varios trozos a los comensales.
Al final, pedimos solamente un trozo para a su vez dividirlo en dos, uno para cada uno. Me costó la vida comerme el mío, pues ya estaba lleno, pero había que hacer un esfuerzo para no dejar ni una muestra de este manjar. Estaba delicioso, con la piel dorada y crujiente y la carne jugosa. Tras reposar un buen rato el almuerzo y pagar la cuenta (55'79 € en total), salimos en busca del hotel, pero en cuanto llegamos a la Plaza Mayor tuve que sentarme en un banco a la sombra porque tenía que esperar a que me bajase un poco más la comida. Pasados unos minutos, retomamos el camino, parando entre medias en el Convento del Corpus Christi, aprovechando que estaba abierto, y, cómo no, en el Acueducto de Segovia, pues no pude resistirme a hacerle más fotos de las que ya le había hecho.
Recogimos las maletas en el hotel y a las cuatro y veinte de la tarde nos pusimos en marcha rumbo a Palencia. Solos por la autovía, hicimos un pequeño descanso por Aldeamayor de San Martín para estirar las piernas, y allí aprovechamos para avisar a Julio y Pilar (el primo de mi padre y su mujer, que viven en Palencia) de que en breve llegaríamos a Baños de Cerrato, un pequeño pueblo palentino en el que se encuentra la iglesia en pie más antigua de España, y que allí nos veríamos con ellos. En efecto, los dos nos estaban esperando cuando llegamos a las seis y cuarto, y con ellos pasaríamos lo que quedaba de este día y el siguiente, pues parte del motivo de este largo viaje era rendirles visita.
Frente a mí tenía la iglesia de San Juan de Baños, la que salía en algunas fotos de mis libros de Historia en los temas de los visigodos, y yo obviamente le hice mis propias fotos. Tuvimos que pagar 2 € por persona por la entrada, pero incluía una visita guiada que empezaba a las seis y media, de la cual se encargó una joven que nos contó la historia del templo (mandado construir por el rey Recesvinto en el siglo VII), las reformas que ha experimentado, su estilo arquitectónico, los objetos que conserva (la corona de Recesvinto, una baldosa con la huella de la mano de dicho rey...), etc. Al salir de la iglesia, nos acercamos a la cercana Fuente de San Juan, cuyas aguas, según cuenta la leyenda, devolvieron la salud al rey visigodo.

19:00
Ya en nuestros respectivos coches, seguimos al de Julio y Pilar para llegar al Hotel Alda Centro Palencia, donde mi madre se bajó para ir registrándose mientras yo buscaba aparcamiento por los alrededores; una vez que me dejaron en el hotel, quedamos en vernos más tarde después de que descansásemos un rato. A todo esto, mi madre todavía estaba liada con el registro de la habitación, la 210, y resultó que la recepcionista, al igual que la que nos atendió en Segovia, también guardaba cierta relación con Málaga, pues casualmente era de Antequera. Tras hacer el pago de las dos noches que nos íbamos a quedar (57'62 € en total, un precio espectacular), subimos a la habitación, con bañera en vez de ducha.
Sobre las ocho y veinte nos pusimos en marcha para recorrer la calle Mayor Principal de principio a fin, puesto que el hotel estaba situado en un extremo y habíamos quedado con Julio y Pilar al final de dicha calle. Lo que más me llamó la atención de ella fueron dos cosas: la primera, que una de sus aceras cuenta con soportales en casi toda su longitud, lo cual es típico de esta zona para poder refugiarse de la habitual lluvia; y la segunda, que está salpicada por varias estatuas de bronce, entre ellas la del escultor Victorio Macho tallando el Cristo del Otero, la de la Aguadora, la de la Niña de la comba, la de la Castañera, la estatua a Jerónimo Arroyo, la estatua a la Mujer Palentina, etc. También cabría resaltar el edificio del Colegio de Villandrando, que capta la atención de los viandantes con su colorido friso cerámico, y el cruce de los Cuatro Cantones, donde esta vía es atravesada por las calles Don Sancho y la Cestilla.
Más adelante, a eso de las nueve de la noche, nos reencontramos con Julio y Pilar. Después de dar un paseo por el Parque del Salón de Isabel II, entramos en la pizzería la Competencia para tomarnos un refresco, con su correspondiente tapa de pizza gratis, y seguidamente fuimos a Stella a cenar. Allí nos pedimos una ración de ensaladilla rusa, una de queso y un par de chapatas (una de jamón y otra de ternera, creo recordar), además de las bebidas. Todo muy correcto, tanto la comida como el servicio, y con el detalle de que al terminar nos trajeron unos pequeños bombones helados. Al salir de allí, Julio nos llevó a la vecina calle Colón para enseñarnos el edificio en el que habían vivido su padre y sus hermanos (entre ellos, mi abuela paterna) cuando eran niños, tras lo cual nos despedimos con la idea de vernos de nuevo al día siguiente al mediodía.
De camino al hotel, pasamos por el Palacio de la Diputación Provincial de Palencia, de estilo modernista y cuya iluminación nocturna resalta la elegancia de su fachada; luego, nos acercamos a la Plaza Mayor, con el Ayuntamiento presidiéndola, para continuar por la calle Mayor Principal desde el Colegio de Villandrando, mucho más vistoso de noche. Me hubiese gustado ir también a ver la Catedral iluminada, pero mi madre estaba ya cansada y no le apetecía andar más, así que lo dejamos para el siguiente día y nos fuimos directos al hotel. Al final, entre una cosa y otra, nos acostamos a las doce y media de la madrugada.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

No es mío, pero es interesante (CXVI)

Ya tenemos aquí una entrega más de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han gustado en las últimas semanas. Para no perder la costumbre, Microsiervos copa casi todas las recomendaciones con doce posts. En cuanto a la variedad, esta vez hay muchas matemáticas, pero también ciencia, astronomía, curiosidades, vídeos, etc.
Repasemos la lista de recomendaciones de esta entrega:
¿Qué os han parecido las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

jueves, 30 de agosto de 2018

El último Catón

El cuarto libro que he leído este verano ha sido 'El último Catón', de la escritora española Matilde Asensi.
La hermana Ottavia Salina, una prestigiosa paleógrafa que trabaja en el Archivo Secreto de la Ciudad del Vaticano, es requerida para descifrar las escarificaciones encontradas en el cadáver de un etíope, concretamente siete letras griegas y siete cruces. Para ello contará con la ayuda de Kaspar Glauser-Röist, capitán de la Guardia Suiza, y posteriormente se unirá a ellos Farag Boswell, arqueólogo y profesor del Museo Grecorromano de Alejandría; al mismo tiempo, numerosas iglesias cristianas de todo el mundo están sufriendo el robo de las reliquias de la Vera Cruz, la cruz en la que supuestamente murió Jesucristo. Pronto descubrirán que en el Purgatorio de 'La Divina Comedia' de Dante Alighieri se encuentra la clave para resolver este misterio que les llevará a siete importantes ciudades (Roma, Rávena, Jerusalén, Atenas, Constantinopla, Alejandría y Antioquía), en las cuales tendrán que superar otras tantas pruebas basadas en los siete pecados capitales (soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria).
Me hice con este libro hace unos años con la esperanza de que, tras su lectura, se convirtiera en una de mis novelas favoritas, como en su día lo consiguieron La sombra del viento o Los pilares de la Tierra, por poner un par de ejemplos. Nada más lejos de la realidad, pues me ha supuesto una notable decepción en todos los sentidos, y eso a pesar de que su argumento prometía bastante, muy en la línea de esa moda literaria que surgió a principios de siglo que mezcla historia, religión y aventuras, y cuyo mayor exponente es 'El código Da Vinci'. Sé que para muchos será un sacrilegio lo que voy a decir, pero en mi opinión Dan Brown (sobre todo con 'Ángeles y demonios') le da mil vueltas a 'El último Catón' de Matilde Asensi. Cuando empiezas a leerlo, te esperas que tarde o temprano te mantenga enganchado, pero poco a poco se va haciendo lento y cansino, y no ves que llegue ese momento en el que no puedes parar de leer. Es indiscutible que la autora, tal y como explica en el prólogo, parte de una documentación y un rigor histórico profundos, tanto que a lo largo del libro abusa de nombres y datos que entorpecen un poco. Precisamente ese rigor y esa supuesta realidad es lo que más desentona en el desarrollo de la historia, puesto que en su conjunto me parece bastante inverosímil, fantasiosa, poco creíble, lo cual se refleja principalmente en las pruebas que tienen que superar los tres personajes (surrealistas y enrevesadas) y en el final, muy soso, simplón y, en la línea del libro, decepcionante. Por otra parte, tampoco me ha gustado que la autora se adentre en los problemas personales y pasados de sus tres protagonistas y no termine de desarrollarlos y explicarlos del todo; bajo mi punto de vista, quedan expuestos de una manera superficial y con poca o nula trascendencia en la trama, por lo que se lo podría haber ahorrado. En definitiva, lo único que se me ocurre concluir es que es un libro prescindible, y lo digo con pena porque las expectativas eran muy altas a tenor de las excelentes críticas que tiene, pero en mi caso decir lo contrario sería mentir.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Viaje a España 2017: día 1

Sábado, 5 de agosto de 2017

7:00
A esta hora me levanté para disponerme a emprender un largo viaje que me llevaría a recorrer en coche y con mi madre parte de la geografía española hasta el otro lado de la península. Segovia, Palencia, Cantabria, Burgos y Toledo serían los destinos que visitaría en los próximos nueve días, todos desconocidos para mí, pues hasta entonces me había dedicado a conocer más el extranjero que mi propio país, quizás por eso que se suele decir de que no sabemos apreciar lo que tenemos, y la verdad es que no tenemos nada que envidiar al resto del mundo, algo que ya sabía antes de hacer este viaje, pero con más motivo tras acabarlo. Tras mi habitual desayuno de un mollete con aceite y un vaso de leche fría con Nesquik, terminé de hacer mi maleta con lo poco que quedaba por meter, tras lo cual mi madre y yo bajamos al garaje no sin antes despedirnos de nuestra perra Lola, que se quedaría al cuidado de mi hermana.
Nos pusimos en marcha a las ocho y media de la mañana, más o menos a la hora que había previsto, con la idea de comer en alguna venta antes de llegar a Madrid y llegar a Segovia sobre las cinco o las seis de la tarde. Por el camino hicimos varias paradas para estirar las piernas, aproximadamente cada hora y media, puesto que a mí me cansa bastante conducir; concretamente, paramos en Cijuela (en el mismo sitio que cuando fui a examinarme de las Oposiciones a Jaén el año anterior), en Mengíbar y, ya pasado Despeñaperros, y en Almuradiel (donde aproveché para repostar 15 € de diésel). A partir de aquí me sorprendió mucho el cambio de paisaje, pues cambiamos casi de golpe y porrazo las montañas y olivares de Jaén por la llanura de Castilla-La Mancha, salpicada eso sí por molinos de viento.
Sobre las dos de la tarde ya estábamos cerca de Madrid, por lo que nos desviamos un par de veces para buscar un sitio para comer, pero no tuvimos suerte, pues o bien la venta estaba cerrada o bien no nos parecía adecuada, así que seguimos buscando. El problema fue que nos perdimos, y eso que había impreso la ruta que debíamos seguir, pero entre que a mi madre se le pasó avisarme del desvío que teníamos que tomar, que no veíamos la manera de dar la vuelta y que ningún panel indicaba Segovia (algo incomprensible siendo una capital tan cercana a Madrid), estuvimos cerca de una hora sin rumbo por las diversas autovías y rondas que rodean la capital. Finalmente nos ubicamos y supimos cómo enfilar de nuevo el camino hacia Segovia tras preguntar en una gasolinera, donde nos indicaron cómo llegar a la A-6, que era la autovía que debíamos tomar.
A las cuatro menos cuarto hicimos un último intento por almorzar en carretera, unos kilómetros antes del Valle de los Caídos, pero el área de servicio en el que paramos era excesivamente cara, pues por un bocadillo de jamón muy simple te cobraban 8-9 €. Ante esta situación, y teniendo en cuenta que estábamos a apenas una hora de nuestro destino, decidimos continuar e ir directos a Segovia, para lo cual nos incorporamos a la autopista (8'25 € por unos pocos kilómetros, un robo) con el fin de evitar la carretera de montaña. Nada más entrar en Segovia, reposté otros 30 € de diésel, y ya a las 16:40 aparcamos finalmente el coche a pocos metros de The Factory Residence Hall, el hotel en el que nos alojaríamos esa noche por 68 €, desayuno incluido.

16:45
En la recepción nos atendió una chica muy simpática de la que, tras decirle que veníamos de Málaga, supimos que se había alojado unos días en nuestra calle el año anterior cuando fue a la Feria, y en unos días haría lo propio pero alojándose en el Rincón de la Victoria, donde nosotros solemos veranear, así que fijaos qué dos coincidencias. Nos asignó la habitación 222, la cual estaba equipada con un baño con ducha y no con bañera, lo cual agradecí porque para mí es mucho más cómodo, y, una vez que dejamos las maletas, salimos a la calle para empezar con la visita a la ciudad a eso de las cinco y veinte. Bajamos por la avenida Vía Roma hasta toparnos con la Loba Capitolina, una réplica de la de Roma, situada a pocos metros del Acueducto de Segovia, el cual ya habíamos visto a cierta distancia desde el coche cuando nos dirigíamos al hotel, pero es mucho más imponente estar de pie a su lado, y más sabiendo que se mantiene en pie desde hace casi dos mil años sin argamasa entre sus piedras.
Avanzamos por la avenida Acueducto para hacer un pequeño receso en Tradicionarius, una panadería-cafetería donde me pedí un croissant de chocolate y un batido de chocolate para merendar, ya que tenía hambre después de no haber almorzado, mientras que mi madre se tomó una Coca-Cola Zero, en total 5'25 €. En esa misma calle nos acercamos a dos iglesias, la de San Millán y la de San Clemente, ambas cerradas en ese momento, por lo que seguimos por la calle Cervantes para ir hasta la Casa de los Picos y luego detenernos unos minutos en la plaza de Medina del Campo, donde destacan el Monumento a Juan Bravo, el Torreón de Lozoya y la iglesia de San Martín, que tampoco estaba abierta.
Sí pudimos entrar en la iglesia de San Miguel, en cuyo atrio Isabel la Católica fue proclamada reina de Castilla. De allí nos fuimos a la Plaza Mayor, siendo la Casa Consistorial y el Teatro Juan Bravo los edificios más importantes que hay en ella, aunque ya desde allí se puede ver parte de la Catedral de Santa María, concretamente su imponente ábside. Para visitarla, como suele ocurrir en las catedrales de España, hay que pagar, pero aprovechamos que en breve se iba a celebrar una boda en ella para entrar gratuitamente. A pesar de que no permanecimos mucho tiempo para no interferir en la celebración, pudimos admirar el arte que conserva en su interior en sus más variadas manifestaciones: capillas, retablos, esculturas, órganos, pinturas, bóvedas estrelladas, la sillería del coro, vidrieras, cúpulas, etc.
Para no ser una de las catedrales de más renombre de España, la verdad es que me gustó bastante, y el exterior tampoco me defraudó. Si antes habíamos visto la parte trasera, al salir nos acercamos a la fachada principal, bastante simple pero con marcados rasgos góticos y una gran torre campanario. Más adelante, nos topamos con la plaza de la Merced, donde se encuentra el hito que marca el kilómetro cero de Segovia y también la iglesia de San Andrés, más bien pequeña y con relucientes paredes blancas en su interior. A continuación, paseamos un rato por unas calles que parecían más de un pueblo que de una ciudad, concretamente por donde se encuentran la iglesia de San Esteban, el Palacio Episcopal, la Casa-Museo de Antonio Machado, la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, la iglesia de la Trinidad y la Torre de Hércules.

20:15
Tocaba reponer fuerzas, y para ello nos fuimos a El Sitio a tomarnos en la barra dos rondas de refrescos (un par de cañas mi madre, un par de Coca-Colas Zero por mi parte) con sus correspondientes tapas gratis; en mi caso, me decanté por una de croquetas y otra de patatas con alioli, mientras que mi madre optó las dos veces por un salpicón de marisco. Muy bueno, muy buen servicio y a un precio casi inmejorable: 7 € en total. Tenía este 'sitio' apuntado en mi lista y la recepcionista del hotel también nos lo había recomendado, y eso suele ser buena señal, como así fue; de hecho, repetiríamos al día siguiente. La cena propiamente dicha la hicimos en El Redebal, donde, además de una botella de agua, compartimos un par de tostas, una de jamón ibérico y otra de presa ibérica, ambas de un tamaño considerable, que junto con las tapas de antes nos dejó más que satisfechos. También bastante bueno, aunque un pelín caro bajo mi punto de vista (26'90 €).
Ya cenados, y teniendo en cuenta que iba a ser la única noche que pasaríamos en Segovia, era obligado ver iluminados los principales monumentos de la ciudad. Descartamos ir hasta el Alcázar porque nos pillaba un poco lejos, así que volvimos a la Catedral, que lucía mucho más majestuosa si cabe ahora que a la luz del día, y desde allí emprendimos el camino de vuelta hacia el hotel. Empezamos por la Plaza Mayor para luego continuar por las calles Isabel la Católica y Juan Bravo, pasando entre medias por la plaza de Medina del Campo. Al final, desembocamos en la plaza del Azoguejo, donde se erige el Acueducto de Segovia, a cuyo mirador, al lado del Postigo del Consuelo, subimos para tener una perspectiva diferente de esta maravilla de la arquitectura romana. Desde allí arriba hice varias fotos, a un lado y otro del acueducto, y luego también nos hicimos fotos nosotros, tras lo cual volvimos definitivamente a nuestro alojamiento.
En la puerta del hotel nos encontramos a la recepcionista, Virginia para más señas, que estaba fumándose un cigarro, y nos quedamos un rato hablando con ella después de que se interesase por saber qué habíamos visitado. En esto, le dijimos que al día siguiente iríamos a comer al restaurante Jose María, a lo que nos preguntó si habíamos reservado mesa, y le respondimos que no. Nos dijo que era arriesgado ir sin reservar un domingo, pero que eso lo arreglaba ella rápidamente con una llamada, pues casualmente es familiar del dueño, y eso hizo, llamó desde su móvil al restaurante y nos reservó una mesa para la una y media. Le agradecimos el favor que nos hizo y seguidamente subimos a nuestra habitación a dormir, que falta nos hacía después de un largo viaje en coche y haber estado toda la tarde-noche andando de un lado para otro.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La forma del agua

El tercer libro que me he leído este verano lleva por título 'La forma del agua', obra del escritor italiano Andrea Camilleri.
Dos basureros descubren el cuerpo de un hombre sin vida en el asiento del copiloto de un coche con los pantalones y los calzoncillos bajados. El cadáver resulta ser el de un conocido político e ingeniero, y todo apunta que ha muerto de un ataque al corazón tras haber mantenido relaciones sexuales con una prostituta. A pesar de ello, el comisario Salvo Montalbano no se queda del todo conforme y decide alargar la investigación, ya que no le cuadra que una personalidad de tal importancia haya muerto en las afueras de Vigàta, donde la prostitución y las drogas están a la orden del día, y más cuando descubre que uno de los basureros guarda un colgante de gran valor que vio cerca del coche poco antes de encontrar el cadáver junto a su compañero.
De nuevo me he enfrentado al primer título de otra saga de novelas policíacas, en esta ocasión con el comisario Montalbano como protagonista, y he de decir que al principio me quedé un poco a medias. El libro es corto, apenas supera las 200 páginas con un tamaño de letra y un interlineado mayor del habitual, por lo que se puede devorar en unas tres horas, y eso hice más o menos, leerlo en tres ratos con cierta prisa, y quizás por eso al terminar me quedé un tanto desconcertado, puesto que ni me gustó ni me disgustó. Ante esta insatisfacción, decidí hacer una segunda lectura del tirón en una mañana, incluso escribiendo anotaciones de lo que iba leyendo en un folio (algo que no había hecho hasta ahora), tras lo cual mi opinión del libro se acercó más a una valoración positiva que a una negativa. Fácil de leer, buena trama y buena ambientación, y sobre todo un personaje principal, el comisario Salvo Montalbano, que si por algo destaca es por su buen corazón y por su afán de indagar y saber toda la verdad, aunque he de puntualizar que no me ha terminado de satisfacer la manera en la que al final se resuelve y se explica el caso, creo que se le podía haber sacado más jugo y, de esta forma, haber rematado mejor la novela. La serie de libros protagonizada por este comisario supera ya la treintena, es decir, está más que consolidada, lo que, unido a las críticas positivas que he leído de otros lectores de Andrea Camilleri, me lleva a incluir a Montalbano a mi lista de investigadores (detectives, policías, comisarios, investigadores privados...) de ficción a tener en cuenta para futuras lecturas, aunque de momento le daré algo más de prioridad a otras sagas.