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sábado, 30 de mayo de 2020

Tragarse un sapo

Me considero una persona que nunca se cansa de aprender. Hay quien cree que todo se aprende en el colegio, en el instituto y en la universidad, y que después ya solamente toca trabajar y aplicar lo aprendido, pero esto es absolutamente falso. Es cierto que se aprende mucho en esos primeros años de nuestra vida que nos pasamos rodeados de libros y apuntes, aunque también lo es que nunca se deja de aprender, pues ya lo dice el refrán, y es que a la cama no te irás sin saber una cosa más. Raro es el día que yo no aprendo algo nuevo, a veces más, a veces menos y casi nunca nada, y resulta que hace unos días aprendí una expresión que había escuchado en muy pocas ocasiones, pero que por desgracia he tenido que escuchar o leer casi cada día en las últimas semanas.
Como todos sabréis, la pandemia del coronavirus ha paralizado el mundo y ha cambiado nuestra forma de vivir, y en el ámbito educativo ha provocado la suspensión de las clases presenciales, de tal manera que profesores y alumnos nos hemos visto obligados a continuar con el curso académico desde nuestras casas. Lo que inicialmente iba a ser una interrupción de dos semanas se va a convertir en más de tres meses de clases a distancia, y claro, tarde o temprano había que hacer exámenes. Dejar que un alumno de entre 12 y 16 años haga un examen de Matemáticas en casa, sin la vigilancia del profesor, con la compañía de padres y hermanos, y con el móvil a mano es como pedirle a Homer Simpson que te haga un huevo frito. Eso no puede salir bien, y no salió. Fue corregir el primero que hice en cada uno de mis grupos (dos de 1º ESO y dos de 4º ESO) y comprobar que muchos alumnos habían hecho trampas, y de muy diversas formas. No voy a especificar cuáles, pero os las podéis imaginar.
Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Una de ellas era anular esos exámenes, lo cual implicaba perjudicar a aquellos alumnos que sí habían actuado con honradez y habían hecho su examen legalmente, sin recurrir a artimañas, como si yo hubiese estado delante; otra de las cosas que pensé hacer era suspender a aquellos alumnos de los que sospechaba que me habían engañado, pero corría el peligro de equivocarme con mis suposiciones. En resumen, tenía que elegir entre meter en la cárcel a presuntos inocentes o conceder la libertad a presuntos culpables. ¿Qué es más justo? Yo no lo sé, tan grave me parece una cosa como la otra, pero al final me decanté por lo segundo, es decir, me tuve que tragar muchos sapos.
Esta expresión fue la que aprendí hace unas semanas, "tragarse un sapo", no tener más remedio que aceptar un hecho que me fastidia bastante y que me genera mucha rabia, en este caso por la injusticia que supone que varios alumnos se hayan beneficiado de haber hecho un examen en sus casas, y que además esto haya sido posible 'gracias' al confinamiento al que todos nos hemos visto abocados por esta pandemia que está acabando con miles de vidas. Sinceramente, me cuesta encontrar calificativos para describir a estos alumnos que cobardemente han cometido este fraude en las circunstancias que nos está tocando vivir, pues en condiciones normales no habrían sido capaces, y tampoco se han atrevido a dar la cara cuando les rogué que por favor me reconocieran en privado que, en efecto, habían hecho su examen ilegalmente. Deleznable, rastrero o ruin podrían ser adjetivos aplicables a estos alumnos, pero incluso se me antojan insuficientes.
No voy a compartir evidencias gráficas de los exámenes de mis alumnos, pero sí que os voy a detallar algunos datos concluyentes, tanto a nivel global como a nivel particular, que prueban que esos exámenes no se hicieron de manera legal, o al menos eso creo, por eso me gustaría conocer vuestra opinión acerca de si mis sospechas están bien fundadas o no. Obviamente, voy a respetar la privacidad de mis alumnos (usaré nombres inventados, y en algunos casos el género del nombre no coincidirá con el real), de los cuales, a la hora de hacer recuentos y estadísticas grupales, solamente he tenido en cuenta a los que hicieron el examen a distancia, de Álgebra en el caso de 1º ESO (52 alumnos) y un trimestral de tres temas (curiosamente, también del bloque de Álgebra) en 4º ESO (44 alumnos), es decir, exámenes a priori complejos en los respectivos cursos. Quede por delante que debe prevalecer la presunción de inocencia de los alumnos, pues podría darse el caso de que alguno de los casos que voy a describir no se corresponda realmente con un alumno tramposo, y que mi intención no es la de señalar a nadie en concreto, sino demostrar que es innegable que he sido engañado por muchos de mis alumnos.
A nivel global me he encontrado con lo siguiente:
  • La nota media de los 14 alumnos de 1º ESO (el 26'92 %) que sospecho que hicieron trampas en el examen a distancia ha sido de 7'54, mientras que la nota media de estos mismos alumnos en el último examen realizado en el aula (del tema de Proporcionalidad y porcentajes) fue de 4'1.
  • Para 11 alumnos de 1º ESO (el 21'15 %), este examen a distancia ha sido en el que mejor nota han sacado de entre todos los exámenes realizados durante el curso, cuando en promedio tendrían que haber sido solamente 7-8 alumnos, incluso menos por la dificultad de la unidad didáctica y por haberse trabajado la mitad de dicha unidad desde casa.
  • 8 alumnos de 1º ESO (el 15'38 %) han obtenido en este examen a distancia al menos 2'5 puntos más que la media de los exámenes realizados con anterioridad, lo cual es sorprendente teniendo en cuenta la dificultad del álgebra para los alumnos de este nivel y que estos 8 alumnos habían suspendido al menos uno de los dos primeros trimestres.
  • 10 alumnos de 1º ESO (el 19'23 %) han obtenido en este examen a distancia al menos 2'5 puntos más que en el último examen realizado en el aula, lo cual también choca comparando la complejidad de los contenidos de dichos temas.
  • La nota media de los 21 alumnos de 4º ESO (el 47'73 %) que sospecho que hicieron trampas en el examen a distancia ha sido de 7'82, mientras que la nota media de estos mismos alumnos en el último examen realizado en el aula (del tema de Ecuaciones y sistemas de ecuaciones) fue de 4'71.
  • La nota media de todos los alumnos de 4º ESO en el examen a distancia ha sido de 7'17, mientras que la nota media de todos los exámenes realizados anteriormente por todos estos alumnos fue de 5'49.
  • Para 20 alumnos de 4º ESO (el 45'45 %), este examen a distancia ha sido en el que mejor nota han sacado de entre todos los exámenes realizados durante el curso, cuando en promedio tendrían que haber sido solamente 7-8 alumnos, incluso menos por haber sido un trimestral en vez de un examen de un solo tema.
  • 38 alumnos de 4º ESO (86'36 %) han obtenido en este examen a distancia una nota por encima de la media de todos los exámenes que habían realizado en el aula, cuando estadísticamente ese porcentaje debería rondar el 50 %, incluso menos teniendo en cuenta que se trataba de un trimestral.
  • 12 alumnos de 4º ESO (el 27'27 %) han obtenido en este examen a distancia al menos 2'5 puntos más que la media de los exámenes realizados con anterioridad, lo cual es sorprendente en el caso de un trimestral, y hay quien hasta ha mejorado en más de 6 puntos.
  • 12 alumnos de 4º ESO (el 27'27 %, no todos precisamente los mismos del caso anterior) han obtenido en este examen a distancia al menos 2'5 puntos más que en el último examen realizado en el aula, lo que no cuadra sabiendo que en el trimestral caían tres temas y el anterior era de solamente una unidad didáctica, y hay quien ha mejorado en más de 7 puntos.
Veamos ahora algunos casos particulares de alumnos sospechosos:
  • Ceferino es un alumno de 1º ESO que en el examen de Álgebra que hizo a distancia se ha quedado cerca del 8, y eso que no había entregado ninguna de las tareas de dicha unidad didáctica. Durante el curso ha destacado por su mal comportamiento, solamente hizo las tareas una vez a lo largo del segundo trimestre y suspendió los seis exámenes realizados de forma presencial, pero, a pesar de todo ello, ha sido capaz de sacar en el examen a distancia 2'7 puntos más que la suma de las notas obtenidas en los tres exámenes anteriores.
  • Nicolasa es una alumna de 1º ESO que ha ido empeorando conforme avanzaba el curso tanto a nivel de actitud como a nivel académico, de hecho su mejor examen fue el primero del curso, en el que no llegó al 4, y en los tres últimos sacó menos de 0'5; por otra parte, durante el confinamiento no ha entregado ni una sola de las tareas que le he pedido, supuestamente por problemas con la conexión a Internet. A pesar de todo esto, el día del examen de Álgebra sí que pudo acceder a la plataforma y sacar más de un 7, concretamente 36 veces la nota del examen anterior, y casi 2 puntos más que la suma de las notas de los cinco exámenes anteriores.
  • Norberta, de 1º ESO, es la típica alumna irregular en su trabajo diario, tal y como reflejan sus exámenes, todos ellos con notas comprendidas entre el 3 y el 6 y habiendo suspendido la mitad de los exámenes con menos de un 4. Ahora bien, en el examen a distancia ha sido capaz de obtener más de un 9, siendo la cuarta mejor nota de su grupo e incluso doblando su nota media de los seis exámenes realizados de forma presencial.
  • Renato, que también cursa 1º ESO, es ese alumno que muestra interés pero al que le cuesta horrores entender cualquier concepto matemático, y todavía más aplicarlo correctamente. Ha suspendido todos los exámenes del curso, a excepción de uno que consiguió aprobar con un 5 raspado. No sabe ni sumar dos fracciones con distinto denominador ni calcular un porcentaje, pero eso no importa, ya que es capaz de operar con monomios, resolver ejercicios y problemas de ecuaciones de primer grado y conseguir casi un 8 en el examen de Álgebra hecho en su casa, más nota que las de los dos mejores alumnos de su grupo, cuyas medias de exámenes realizados presencialmente son de 9'48 y 9'7.
  • Brunilda es una alumna de 4º ESO que ha suspendido los cinco exámenes realizados en el instituto, casi todos ellos con notas por debajo del 3. Ahora bien, es capaz de aprobar con cierta holgura un trimestral de tres temas realizado a distancia, en concreto con una nota superior a la suma de las notas de los tres últimos exámenes y que es 2'5 veces superior a su media del curso.
  • Gumersindo, de 4º ESO, es un alumno que ha ido cuesta abajo conforme ha ido avanzando el curso, pues en clase ha estado bastante pasivo, sin trabajar y sin hacer las tareas con regularidad, etc. Ha suspendido todos los exámenes con notas inferiores a 2, excepto uno que estuvo cerca de aprobar, y durante el confinamiento ha estado medio desaparecido. Pues bien, en el trimestral hecho a distancia ha sacado más de un 7, casi tanto como la suma de las notas de todos los exámenes del curso.
  • En 4º ESO tenemos también a Serafina, una alumna muy irregular, pues Matemáticas no es una materia que se le dé precisamente bien, tal y como prueban sus exámenes, en los que alterna suspensos con aprobados y cuya media no llega al 5. Esto no ha sido impedimento para sacar más de un 8 en el trimestral, mejorando en 5 puntos el último examen realizado en el instituto y con más nota incluso que dos alumnos que han aprobado todos los exámenes del curso con medias de 7 y 8.
  • Por último, exponemos el caso de Wilfredo, que se ha quedado a las puertas del 10 en el examen trimestral hecho a distancia, siendo solamente superado por los dos mejores alumnos de 4º ESO, y eso a pesar de que solamente había aprobado muy justito un examen a lo largo del curso y que la media de las notas de los exámenes que había hecho de forma presencial era de poco más de un 3.
Esto es solo una pequeña muestra de lo que me he encontrado en esos dos exámenes, pues luego me ha seguido ocurriendo lo mismo con las tareas que me han ido entregando los alumnos: tareas copiadas entre varios compañeros, ejercicios y problemas escritos con la letra de otra persona, alumnos que no sabían hacer prácticamente nada o que no habían dado un palo al agua durante el curso y que ahora milagrosamente saben hacer todas las tareas casi a la perfección, etc. Las matemáticas, entre otras muchas utilidades, sirven para analizar datos y sacar conclusiones; pues bien, yo no sé cuáles habréis sacado de todo lo anterior, pero la mía es que creo que no me equivoco si afirmo que muchos de mis alumnos me han engañado en esos exámenes y me siguen engañando cada día.
No quiero señalar única y exclusivamente a los alumnos (repito, no a todos, solo a los tramposos), sino también a las familias (solo a algunas) y a la Administración educativa (aquí meto a todos). Muchos padres han permitido que sus hijos hiciesen trampa en los exámenes en cuestión a pesar de que se supone que son los primeros responsables de la educación de sus hijos; es más, estoy seguro de que algunos le han hecho el examen a sus hijos y también sospecho que otros han pagado a profesores particulares para que se lo hagan, que ya les vale a estos que aspiran a ser futuros docentes, qué daño nos están haciendo, y encima lucrándose. Si los padres de estos alumnos actúan de esta forma, no están haciendo otra cosa que desacreditar a los profesores. ¿Cómo voy a exigirle yo a un alumno que estudie y que aprenda si en su casa le consienten esto?
Y qué decir de la Administración educativa, tanto a nivel nacional con el Ministerio de Educación como a nivel autonómico con la Consejería de Educación. Discuten entre ellos, no se ponen de acuerdo ni para decir la hora, actúan tarde y al final deciden que hay que facilitar la promoción y la titulación en este tercer trimestre, un "aprobado general" encubierto aunque no lo quieran decir. Básicamente, esto implica que si un alumno tiene aprobados los dos primeros trimestres, ya tiene aprobado el curso, y no se le puede bajar la nota aunque no haya cogido un bolígrafo o no haya abierto un libro desde el 16 de marzo hasta el 23 de junio. Y lo mejor de todo es que si un alumno ha suspendido los dos primeros trimestres y ahora en el tercer trimestre trabaja, entrega tareas y recupera dichos trimestres, también aprueba el curso.
Estoy de acuerdo con que una situación excepcional como la que por desgracia estamos viviendo requiere de medidas y decisiones excepcionales, pero no anormales. No es normal que un alumno pueda obtener un 5 en junio habiendo aprobado uno o dos exámenes realizados a distancia de una manera sospechosa y entregando unas pocas tareas que en realidad no sabe hacer, y de esta forma conseguir la misma nota que un alumno que se ha esforzado durante todo el curso. Bajo mi punto de vista, hubiese sido más justo que la nota de junio tuviese en cuenta exclusivamente lo evaluado hasta el 13 de marzo, y que las recuperaciones de las materias que haya suspendido cada alumno se hiciesen en junio de forma presencial aplicando las medidas sanitarias necesarias para que la evaluación fuese objetiva, o, en caso de no ser posible, esperar a la convocatoria de septiembre, que para eso está. Si se va a hacer una Selectividad en la que se va a juntar a decenas y decenas de estudiantes en un mismo aulario durante seis o siete horas, ¿no se puede convocar durante varios días y de forma escalonada al reducido grupo de alumnos de cada nivel que tiene que hacer una recuperación de cada materia?
¿Qué es lo que se está consiguiendo con todo esto? En primer lugar, ahora mismo estoy viviendo una gran mentira educativa, pues cada día a las 7:00 ya estoy sentado frente a mi ordenador para trabajar una media de 11-12 horas diarias preparando recursos, corrigiendo tareas, resolviendo dudas, buscando vídeos de canales de YouTube, atendiendo a las familias de mi tutoría, dando clases por videoconferencia, reuniéndome cada dos por tres con mi departamento y mucho más para que luego un alumno me engañe y consiga un aprobado falso. ¿Merece la pena tanto esfuerzo? Y el curso que viene tendremos las consecuencias de toda esta mentira, pues, si ya en condiciones normales nos encontramos con que en un grupo hay alumnos con diversos niveles curriculares, ahora resulta que en cada grupo habrá varios alumnos más que realmente no tienen el nivel académico suficiente para seguir las materias con normalidad porque han promocionado por imperativo legal del coronavirus, y claro, habrá que atenderles, hacerles una adaptación, rellenar todo el papeleo que conlleva, etc., y todo ello en grupos masificados.
Todo esto que estoy contando no es algo que me esté ocurriendo solamente a mí, sino que también le está pasando a mis compañeros de instituto y a otros muchos profesores de Matemáticas y de otras materias de otros centros educativos, pues raro es el día que en las redes sociales no me topo con una prueba o una queja de esta gran mentira que estamos viviendo en el ámbito educativo. Es de tal magnitud este engaño que me estoy tragando que por momentos he sentido que soy mal profesor, puesto que si mis alumnos han recurrido a la opción de hacer trampas en mi materia para engañarme y obtener un beneficio académico de ello es porque no he sabido inculcarles otros 'conceptos' que van más allá de las matemáticas, como son la honradez, la rectitud o la justicia. Yo creo que en mi día a día con ellos en las aulas, y ahora a distancia, siempre he intentado transmitirles estas y otras cualidades porque es parte de mi labor como docente y porque la sociedad necesita de personas que las tengan; sin embargo, visto lo visto parece que he fracasado en ese intento, y esto me entristece muchísimo.
Hay otra cosa que siempre les recalco cada dos por tres a mis alumnos, y es que están muy equivocados cuando piensan que el objetivo de estudiar es aprobar, pues la verdadera finalidad es aprender. Muchos alumnos están tan obsesionados con aprobar un examen o una materia que han preferido recurrir al engaño en vez de aceptar que no habían estudiado lo suficiente, cuando dicha obsesión tendría que ser la de las ansias por aprender, esto tendría que ser lo realmente importante para todos ellos. Se puede aprobar sin haber aprendido, pero ese aprobado será de poca utilidad. Se puede aprender habiendo suspendido, pero ese suspenso no será un fracaso, sino algo provechoso.
Yo he aprendido una nueva expresión, la de "tragarse un sapo", y no me conformo únicamente con haberla añadido a mi sabiduría, sino que ahora también sé cómo usarla, además de haber "engordado" tras este desagradable e indigesto atracón de sapos. Lo que además quiero es que mis alumnos aprendan no solamente matemáticas, sino sobre todo honradez, y que después la pongan en práctica y la usen a diario para que sean personas íntegras y que puedan ir por la calle con la cabeza bien alta.

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta octogésima novena edición, también denominada 11.3 "Space and Maths", está organizado por Francisco Martínez Seoane a través de su blog Astronautas y Robots vs Coronavirus.

domingo, 22 de abril de 2018

Crónica de un descenso anunciado

Ya es oficial desde la noche del pasado jueves: el Málaga desciende a Segunda División. Lo que ya estaba asumido desde hacía ya varias semanas, por no decir meses, se certificó matemáticamente con un gol del Levante en el último minuto, ya sin tiempo de reacción para poder empatar y alargar la agonía una jornada más, aunque mejor así, porque yo prefiero perder la categoría jugando fuera que en tu propio estadio, donde más duele.
Hace apenas cinco años, el Málaga C. F. era noticia por haber sido eliminado en los cuartos de final de la Champions League tras un nefasto arbitraje en Dortmund, y por entonces nadie pensaba que bajaríamos a Segunda en tan poco tiempo. De casi tocar la gloria con los dedos a volver a un infierno del que es muy difícil salir, por lo menos en lo que respecta retornar a Primera División, porque ya no me resultaría descabellado bajar a Segunda B como a punto estuvo de ocurrirnos la penúltima vez que jugamos en la categoría de plata, y eso ya sería la puntilla para un club de una ciudad de casi 600.000 habitantes, la sexta más poblada de España. Basta con echar un vistazo a la lista de equipos que juegan esta temporada en Segunda División, plagada de históricos como el Rayo Vallecano, el Osasuna, el Sporting, el Valladolid o el Zaragoza, para comprobar lo complicado que es regresar a Primera, y en algunos casos hasta mantenerse en Segunda, y si no que se lo digan al Mallorca, ahora en Segunda B y hasta hace no poco compitiendo en Europa, o al Racing de Santander, otro Segunda B que ha jugado 44 temporadas en Primera. Al mismo tiempo, resulta que en Primera encontramos cada vez más equipos de los considerados 'pequeños', con poca o casi nula experiencia en la categoría (Alavés, Leganés, Girona, Getafe, Eibar), y puede que la temporada que viene debute el Huesca. No cabe duda de que el fútbol español ha dado un giro de 180 grados en los últimos 15-20 años.
Nadie se imaginaba esto hace diez años, un período en el que hemos competido de forma consecutiva en Primera División, la racha más larga de la historia del club, la que nos ha regalado numerosos partidos para el recuerdo: una salvación agónica en la última jornada, victorias al Real Madrid y al Barcelona, el partido en el que conseguimos el cuarto puesto en la Liga y la consiguiente clasificación para participar por vez primera en la Champions League, exhibiciones ante campeones de Europa como el Milan y el Oporto, goles antológicos como alguna que otra falta directa de Cazorla o la chilena de Baptista, etc. En esta década hemos llegado a codearnos con los grandes, puntuando e incluso ganando en míticos estadios como el Santiago Bernabeu, San Siro, el Vicente Calderón o el Camp Nou; a contar en nuestra plantilla con jugadores que nunca habríamos imaginado (Van Nistelrooy, Toulalan, Joaquín, Demichelis, Santa Cruz, Saviola...) y a otros a los que hicimos grandes (Willy Caballero, Isco, Rondón, Monreal, Weligton, Camacho...); y hemos disfrutado de un señor de los banquillos, Manuel Pellegrini, que nos llevó a las cotas más altas que jamás hemos alcanzado.
Es de justicia reconocer que gran parte de culpa de casi todo este disfrute que quien sabe si volveremos a vivir es del jeque Abdullah bin Nasser Al Thani, que cogió las riendas del club en el verano de 2010 tras hacerse con la mayoría de las acciones. En su primera temporada, su inversión sirvió solamente para que el Málaga consiguiese la permanencia con cierta holgura, pero el fuerte desembolso del siguiente verano permitió al Málaga clasificarse para la Champions League por primera vez en su historia, y ojalá que no sea la última. A los pocos meses, llegó la injusta sanción de la UEFA, que prohibía al club participar en competiciones europeas en las siguientes cuatro temporadas, como así ocurrió esa misma temporada, en la que acabamos en sexta posición semanas después de ser masacrados por el nefasto arbitraje de Dortmund. Ya en el verano previo el jeque había dado a entender que no iba a invertir tanto en el club como hasta ahora, pero, tras este anuncio por parte del máximo organismo del fútbol europeo, esa decisión se hizo del todo realidad, iniciándose un declive deportivo e institucional que ha desembocado en este descenso.
Porque igual que hemos reconocido y agradecido al jeque que haya sido uno de los grandes artífices de que el Málaga haya competido en la Champions, también el jeque es el primer responsable de que hayamos bajado a Segunda División. Tenemos a un presidente que ni siquiera hace acto de presencia y que solamente se manifiesta a través de su cuenta de Twitter, que siempre nos viene con promesas demagógicas del tipo "Vamos a hacer un Málaga grande" o "Lo mejor está por llegar", y que se atreve a jugar a ser director deportivo recomendando e incluso fichando a jugadores desconocidos y de un nivel muy discutible por unas cantidades desorbitadas para lo que puede permitirse el club desde que él mismo decidió dejar de invertir. La afición ya está harta de este vacío institucional y de la forma en la que el jeque está dirigiendo al Málaga, y es por ello que lleva ya varios meses pidiendo su dimisión, que se vaya y que venda sus acciones a algún malaguista de verdad, de corazón blanquiazul, que sienta los colores, que disfrute con su equipo en las buenas y que le duela el escudo en las malas.
Los otros culpables de que la temporada que viene vayamos a jugar en Segunda son sin duda alguna los jugadores, que al fin y al cabo son los que juegan los partidos. Bien es cierto que el nivel de la plantilla es el que es, el que el propio jeque ha querido tener con jugadores fichados a dedo (Rolón, Cecchini...), sin ritmo competitivo (Lacen, Success, Bueno...) absolutamente desconocidos (Cenk Gönen, Ideye, Lestienne...) o que no han dado el nivel que mostraron en sus anteriores equipos (Adrián, Borja Bastón...). Si a todos ellos les unes a jugadores de la temporada pasada que no se parecen a lo que en su día fueron (Juanpi, Keko, Jony, Luis Hernández, Rosales...) y que el pasado verano tuvimos que vender a los que sostuvieron al equipo hace un año (Kameni, Camacho, Sandro, Fornals...), pues hay lo que hay. Con respecto a esto último también cabe preguntarse cómo es posible que el fútbol español siga presumiendo de tener la mejor liga del mundo cuando el Real Madrid y el Barcelona siguen llevándose buena parte de los derechos televisivos dejando unos míseros restos a los demás clubes, cuando ellos se gastan más millones en el fichaje de un único jugador que todo el presupuesto de prácticamente el resto de equipos de Primera División, o cuando un equipo de nivel medio-bajo de ligas como la inglesa o la alemana puede llevarse a los jugadores que despuntan en equipos similares de la liga española como el Málaga por una cantidad que no podemos igualar. Será la mejor liga por tener a Messi y a Cristiano Ronaldo, pero no por más razones.
En otro escalón de culpabilidad habría que situar al entrenador, o, mejor dicho, entrenadores, puesto que esta temporada se la van a repartir a partes iguales Míchel y José González. El primero de ellos fue el centro de todas las quejas de la afición tras perder los primeros partidos, y eso que meses antes nos había salvado de bajar con varias victorias consecutivas (una de ellas al Barcelona en La Rosaleda) y con un juego medianamente atractivo, pero la memoria en ocasiones es como la de los peces y olvida muy fácilmente. No estoy diciendo que no tuviese parte de culpa por acabar la primera vuelta con 11 puntos y dejando el equipo en el farolillo rojo, que la tendrá, y que conste que no le pité ni una sola vez a pesar de ser un entrenador que no es de mi gusto, algo que pensaba cuando se le fichó hace algo más de un año y sigo opinando ahora, pero claro, es más fácil echar a un entrenador que a toda una plantilla. Lo que sí hay que reconocerle es que tuvo la decencia de quejarse públicamente, de una forma más o menos directa, de la mala gestión del jeque. Su sucesor, José González, pues en nada ha mejorado la situación, e incluso puede que termine con peores números. Hay quien creía que podría sacarnos del hoyo porque ya consiguió algo similar con el Granada hace unos años, pero su escasa experiencia en la máxima categoría no invitaba a pensar en un milagro. Ni que decir tiene que dejará el banquillo una vez termine la temporada.
Por último, también habría que hablar de los árbitros, puesto que, si bien no han sido los principales responsables de que el Málaga haya descendido, sí que nos han perjudicado desde el primer partido de una forma notable con goles encajados en fuera de juego, algún que otro gol anulado, expulsiones muy rigurosas en contra y otras que se han ahorrado a favor, y decisiones que han marcado el devenir de muchos encuentros. Todo ello se ha traducido en una pérdida de 8-10 puntos que, de haberlos tenido en nuestro casillero en su debido tiempo, quizás habría permitido al equipo competir con algo más de ilusión y confianza con vistas a revertir la situación y pelear de una forma digna por la permanencia, y es que no es lo mismo saltar al terreno de juego con la salvación a doce puntos que a cuatro o cinco.
Los guarismos que deja la temporada del Málaga son para echarse a temblar. A falta de cuatro jornadas por disputarse, el equipo sigue colista, posición que ha ocupado buena parte de la temporada, con solamente 20 puntos (una de las puntuaciones más bajas de la historia), unos pírricos 22 goles a favor (se ha quedado sin marcar en 21 partidos), 5 míseras victorias y 24 derrotas (bastantes más de la mitad). Gran parte de éstas han sido por la mínima, en casa, ante equipos de la zona baja y con goles encajados en los últimos diez minutos, y para más desgracia algunos los marcaron ex-jugadores del equipo. Fueron decisivas las derrotas consecutivas ante el Betis en casa y ante el Alavés en Vitoria, cuando habíamos enlazado varios partidos ganando o empatando y parecía verse algo de luz al final del túnel, así como las que se cosecharon en Las Palmas, Bilbao, Leganés y Coruña, por cómo se fraguaron.
Ahora toca terminar la temporada de la manera más digna posible, a ser posible regalando a la afición alguna que otra victoria (como la de esta tarde ante la Real Sociedad) que levante levemente unos ánimos que están por los suelos, aunque valiente afición es la que aplaude y vitorea el gol de un rival por el simple hecho de ser malagueño y haber jugado en el Málaga cuando te estás jugando la permanencia, por muy difícil que estuviera ya por entonces, y es que es justo reconocer que tenemos lo que nos merecemos, miles de aficionados que son más del Real Madrid y del Barcelona que del equipo de su ciudad, todo lo contrario que en Sevilla, por mucho que haya gente que le duela la comparación. Me gustaría saber cuántos de ésos renovarán su abono para animar al Málaga en Segunda División, yo al menos seguro que sí tras ser socio 26 años, que seré de los pocos que han sido fieles de forma ininterrumpida desde que competíamos en Tercera División. En fin, ya veremos si el jeque sigue al frente del club o si alguien se atreve a comprarle las acciones con un proyecto ilusionante que nos devuelva a Primera División lo más pronto posible, que es donde merecemos estar. Todo sea por un escudo y unos colores que solo unos pocos fieles de verdad llevamos en el corazón.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Las dichosas Matemáticas bilingües

Por todos es sabido que aprender inglés es básico hoy día. Desde hace muchos años te exigen un nivel mínimo en multitud de puestos de trabajo, y, aunque más reciente, también es cada vez más normal encontrarse en algunos estudios universitarios el requisito de tener al menos un B1 para poder conseguir el título. Es por estos y otros motivos por los que la Junta de Andalucía, al igual que ocurre en el resto de España, lleva ya varios cursos implantando de forma gradual la enseñanza bilingüe en sus colegios e institutos, principalmente en inglés, y que ya afecta a más de la mitad de ellos.
Para aquéllos que no sabéis de qué va exactamente esto del bilingüismo, grosso modo se puede decir que consiste en impartir en una lengua extranjera al menos el 50 % de las clases de algunas materias de áreas no lingüísticas (Geografía e Historia, Matemáticas, Educación Física, Música...) de cada curso, que suelen ser tres o cuatro. Visto así da la impresión de que con esta medida se favorece en el alumnado el aprendizaje del inglés (en algunos centros lo hacen con el francés o el alemán), es más, lo que se pretende es que un alumno que termine la ESO tenga un nivel equivalente a un B1, y un B2 en el caso de que cursen el Bachillerato. Nada más lejos de la realidad.
Opiniones acerca del bilingüismo hay a patadas, tanto a favor como en contra. Yo soy de los del segundo grupo, y para ser sincero cada vez conozco a más compañeros que piensan como yo y menos que se posicionan en pro del bilingüismo tal y como está establecido actualmente. El haber sido profesor de Matemáticas bilingüe el curso pasado (en 1º y 2º ESO) y lo que llevamos de éste (en 2º ESO y 3º de Matemáticas Aplicadas) no ha hecho más que reafirmarme en la postura que ya tenía previa a esta experiencia, y que no es otra que afirmar que el bilingüismo es una gran mentira metida con calzador que no consigue ni por asomo el objetivo que se persigue, el de que los alumnos aprendan inglés, y no solo eso, sino que además repercute negativamente en las materias que forman parte del Proyecto Bilingüe de cada centro educativo.
No voy a decir simplemente que estoy en contra, para nada, puesto que a continuación voy a exponer algunas de las muchas razones que justifican por qué pienso así para finalmente dar mi versión de cómo tendría que ser ese bilingüismo que sí que favorecería el aprendizaje del inglés (o del idioma de turno) en el alumnado, por lo menos con más éxito que con lo que hay ahora. Obviamente, lo haré desde la perspectiva del profesor de Matemáticas que soy y que, como he dicho antes, llevo ya más de un curso teniendo que dar parte de la materia en inglés, pero estoy seguro de que no se aleja demasiado de lo que piensan muchos profesores de otras materias que también se ven afectadas por el bilingüismo.
El primer motivo por el que el bilingüismo no funciona es que hay muchos institutos bilingües que en 1º ESO reciben a alumnos y alumnas de los colegios adscritos que ya de por sí no son bilingües. Gran fallo. Resulta que el alumnado únicamente sabe el inglés que ha aprendido en la materia de Inglés, como los de mi generación, es decir, mucha gramática y vocabulario, pero muy poco de hablar, escuchar, leer o escribir en inglés, así que relacionado con la materia de Matemáticas habrán aprendido los números y para ya de contar, y nunca mejor dicho. Pues resulta que ni eso, y es que la ESO está plagada de estudiantes que todavía confunden 'forty' con 'fourteen', 'hundred' con 'thousand', y luego están los que directamente no saben ni contar del uno al diez en inglés. Y hurgo más en la herida: el otro día en 2º ESO puse un problema en inglés en un examen y una alumna me preguntó qué significaba 'building', pero es que el curso pasado, también en 2º ESO, tenía alumnos que no sabían el significado de 'when' o 'the'. ¿Cómo le voy a explicar a estos alumnos a sumar fracciones, resolver ecuaciones o calcular el área de un rectángulo en inglés si ni siquiera saben traducir palabras tan elementales como 'building', 'when' y 'the'?
Ante esta falta de base en inglés del alumnado, el curso pasado me vi obligado a no explicar nada en inglés, más que nada porque si lo hacía y además ponía preguntas en inglés en los exámenes, entonces me iba a encontrar con una cantidad de alumnos suspensos en Matemáticas para echarse a llorar. Y para muestra, un dato muy esclarecedor: en un grupo de 2º ESO solamente me aprobaron la materia 10 alumnos de 23 en junio y habiendo utilizado el inglés solamente en el primer trimestre, cuando me di cuenta de que así no iba a ninguna parte. Si hubiese explicado Matemáticas en inglés al menos el 50 % de las clases (¡sí!, se supone que tenemos que impartir al menos la mitad de las sesiones en inglés), me parece a mí que con una mano me hubiese bastado para contar a los aprobados.
Yo lo tengo muy claro, y es que no estoy dispuesto a hipotecar mi materia por culpa del dichoso bilingüismo para que luego mis alumnos pasen de curso de aquella manera y se tengan que enfrentar a unas Matemáticas más complejas sin dominar medianamente lo básico de la materia por haber perdido el tiempo en aprender a decir una fracción o recitar paso a paso una ecuación en inglés, que luego en esa reválida de 4º ESO o en la Selectividad todas las preguntas van a estar en un perfecto castellano. Pues eso, que tanto el curso pasado como éste estoy explicando la materia íntegramente en español, y así y todo muchos ni se enteran (será que explico mal, dirán algunos). Lo único que sale de mi boca en inglés es el vocabulario básico de la unidad didáctica en cuestión (no más de ocho o diez palabras o expresiones) y las relaciones de problemas con el enunciado en el idioma de Shakespeare para que, a la hora de resolver uno de ellos en clase, un alumno lo lea e inmediatamente otro lo traduzca, si es que al final no lo acabo traduciendo yo.
Decía antes que la normativa exige que en las materias de áreas no lingüísticas que estén integradas en el Proyecto Bilingüe del centro educativo, como es el caso de Matemáticas en muchos institutos (así ha sido en los dos que he trabajado hasta ahora, en 1º y 2º ESO donde estaba el curso pasado, en 2º y 3º ESO en el que doy clase actualmente), hay que utilizar el inglés en al menos en 50 % de las sesiones, por lo que no hay que ser muy listo para darse cuenta de que me estoy saltando la ley por la puerta grande, aunque ya empezáis a saber por qué. Ahora bien, resulta que esa misma ley afirma que en estas materias no lingüísticas no podemos penalizar en los exámenes al alumno por su mal uso del inglés. ¿Qué quiere decir esto? Os pongo un ejemplo para que lo entendáis. Imaginad que el/la profesor/a de Geografía e Historia bilingüe de 2º ESO pregunta en inglés en su examen por el descubrimiento de América, y el alumno responde obviamente en inglés, pero utilizando tiempos verbales incorrectos (Colón will discover América), obviando la conjugación del verbo en tercera persona del singular (América were discovered in 1492), cometiendo faltas de ortografía (discober), etc. Si el contenido expuesto es correcto (el alumno sabe que Cristóbal Colón descubrió América en 1492, que usó tres carabelas, que Rodrigo de Triana fue el primer que avistó tierra...), la pregunta está completamente bien, aunque ni Google Translate sea capaz de dar una traducción aproximada de lo que el alumno ha respondido.
¿Cuál es la consecuencia de esto? Que el alumno, al saber que no se le va a penalizar por expresarse incorrectamente en inglés, pasa de ti cuando explicas en inglés para que luego le repitas la explicación en español, y ya si eso en el examen contesta en spanglish, total, si va a dar lo mismo. En los exámenes de Matemáticas, la verdad es que hay poco que redactar en inglés, más allá de poner una pequeña frase con la solución al final de cada problema, pero claro, es que hay muchos que dejan el problema en blanco porque directamente no entienden el enunciado, y eso que los pongo muy similares a los trabajados en clase. Entre que no podemos restar puntuación y que muchos alumnos no saben el suficiente inglés como para ser capaces de traducir el enunciado de un problema, mi compañera de Matemáticas bilingüe y yo hemos acordado lo siguiente: preguntar en cada examen un problema en inglés que valga a lo sumo dos puntos, y ofrecer como alternativa otro en español con la misma puntuación pero más difícil, para luego considerar en la nota del examen aquél en el que haya obtenido una mejor calificación. En resumen: se beneficia al que tiene cierta soltura con el inglés con un problema más sencillo, y se perjudica al que no tiene ni idea de inglés y encima le cuestan las Matemáticas con un problema más complejo. Todo muy educativo y lógico, oye.
Vamos ahora con el/la auxiliar de conversación (AC de aquí en adelante), esa persona nativa del Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos, etc., vaya, de algún país anglosajón, que asignan a cada centro bilingüe para que acompañe al profesorado de materias bilingües en sus clases doce horas a la semana a repartir entre todos ellos según cómo cuadren los horarios y demás. En mi caso, en el instituto donde trabajé el curso pasado, éramos doce profesores en el programa bilingüe, por lo que el AC, un joven de Nueva York, nos acompañaba una hora a la semana en un mismo grupo, de 1º ESO en mi caso, pero en los otros grupos donde yo impartía Matemáticas en inglés (otro de 1º y dos de 2º ESO) no entraba conmigo. Este curso, en el instituto contamos con una chica de Londres, pero siendo la mitad de alumnos (otra lógica aplastante de la Junta de Andalucía), que alterna dos horarios cada semana para poder entrar en todos los grupos y materias bilingües, por lo que en mi caso me acompaña en una sesión cada dos semanas en los cuatro grupos en los que imparto Matemáticas en inglés (tres de 2º y uno de 3º ESO).
Hasta aquí, todo normal, pues la idea es que el alumnado escuche inglés de una persona nativa, pero el problema viene con lo que voy a contar ahora. Estos AC tienen sus estudios (el del curso pasado no me acuerdo qué hizo, pero la de este curso ha estudiado Filosofía), y sí, tienen que ayudar a dar clase al profesorado de Geografía e Historia, Educación Física, Matemáticas, Biología y Geología, etc. Esto quiere decir que rara es la vez que antes de que me acompañe a clase no tenga que dedicarle un tiempo considerable en explicarle lo que le estoy explicando a los alumnos para que luego sepa de qué hablar y no cometa errores, y esto último ya os digo que es imposible de evitar, porque evidentemente una persona especialista en Filosofía sabe de Matemáticas lo poco que recuerda de sus años mozos. ¿Os imagináis que yo fuese AC en español en un instituto de Liverpool y tuviese que ayudar al profesor de Historia con la guerra de los Cien Años que enfrentó a Inglaterra y Francia? Un auténtico disparate, ¿a qué sí?
¿Consecuencias directas de tener que contar con la ayuda de un/a AC? Pues unas cuantas. En esa sesión que me acompaña no explico ningún concepto nuevo, es decir, no avanzo temario, lo que en mi caso se traduce en 'perder' una de cada seis clases en 2º ESO y una de cada ocho en 3º ESO, porque, como he dicho más arriba, no explico nada en inglés, que si no los alumnos no se enteran (y en español tampoco, para qué engañarnos), y claro, no voy a tener a esta persona media hora cruzada de brazos. Esto también implica que tengo que planificar las sesiones y lo que voy a trabajar en ellas en función del día que viene el/la AC para dedicar esa sesión únicamente a hacer algunas actividades fáciles que el/la AC sea capaz de entender y explicar con mi ayuda, y de esta forma sacarle algo de provecho a la sesión, aunque al final lo único que hacemos es que yo resuelvo en la pizarra el ejercicio o problema en cuestión en español y luego el/la AC lee en inglés con la ayuda de los alumnos más espabilados lo que está escrito en la pizarra (muy útil, ¿verdad?). Al final, resulta que los alumnos se toman a fiesta la clase en la que viene el/la AC, porque, como no se enteran de casi nada de lo que dice en inglés, dejan de atender y trabajar, se dispersan, comienzan a hablar entre ellos y pierdes el control de la clase.
También tengo que tener cuidado de no poner un examen el día que viene el/la AC para que no esté una hora sin nada que hacer en la sala de profesores, y tampoco en la sesión previa a un examen porque en ese día los alumnos están muy nerviosos con las dudas de última hora y el inglés ahí entorpece más que otra cosa. Por último, es el propio alumnado el que te dice a la cara que las clases que damos con el/la AC son una pérdida de tiempo porque le ven ninguna utilidad (eso sí, suelen congeniar muy bien con el/la AC de turno) y que preferirían dedicar esas sesiones a dar clase como las demás, y por supuesto sin utilizar el inglés. Así pues, el/la AC no hace más que condicionar tu programación del curso (y cuidado que no le culpo a él o a ella), alargar de forma innecesaria cada unidad didáctica dos o tres sesiones de media cuando ya de por sí es imposible poder impartir en un curso todos los contenidos que dicta la ley educativa, que los alumnos pasen de esas clases, etc. Una nueva prueba más de que este bilingüismo no funciona.
Vamos con otra: las unidades didácticas integradas (UDI de aquí en adelante). Para los que no sepáis de qué va, consiste en realizar cada trimestre un trabajo o proyecto (un cartel expositivo, una presentación de diapositivas, un vídeo...) de forma conjunta en todas las materias bilingües de un curso en el que se trabajen los contenidos que se explican en las unidades didácticas de dichas materias. ¿Qué pasa? Que hay que buscar una temática en la que confluyan conceptos que se estudien más o menos al mismo tiempo en las materias implicadas, lo cual es bastante complicado.
En el caso del instituto en el que trabajo, Matemáticas es una de las grandes perjudicadas porque se ve obligada a alterar el orden natural de sus unidades didácticas en los dos cursos en los que es bilingüe (2º y 3º ESO) para que se pueda aplicar en la UDI, y para muestra un par de ejemplos. En 2º ESO hemos tenido que explicar un tema del bloque de Geometría (Semejanza y Teorema de Thales) para que el alumnado lo utilice a la hora de trabajar con escalas en los mapas del castillo de Gibralfaro y la Alcazaba de Málaga, cuando dicho tema se suele explicar en el tercer trimestre; por su parte, en 3º ESO tendremos que explicar el bloque de Estadística en mitad del segundo trimestre para que los alumnos realicen encuestas y operen con parámetros estadísticos en la UDI, cuando en realidad este tema siempre se da al final de curso. ¿Os imagináis que el/la profesor/a de Historia de España tuviera que verse obligado a explicar la Guerra Civil antes que la Guerra de Independencia? Pues eso es lo que está ocurriendo en mi materia, otro de los nefastos efectos secundarios de nuestro amigo el bilingüismo.
Pero aquí no queda la cosa. Podría exponer más motivos y ejemplos para criticar y desnudar el bilingüismo que poco a poco se está apoderando de todos los institutos, pero me acabo de dar cuenta de que me estoy alargando demasiado y todavía no he terminado de corregir las UDI de 2º y 3º ESO, y la semana que viene son las reuniones de evaluación. Solamente voy a añadir un par de reflexiones más.
La primera es que, bajo mi punto de vista, el bilingüismo, para que funcione mucho mejor de lo que rinde ahora mismo, debería consistir en desdoblar las clases de Inglés en grupos de 8-10 alumnos como mucho, cada uno de dichos grupos con un profesor, y sí, con un AC nativo que vaya rotando por todas esas clases para que los alumnos practiquen y aprendan el idioma con alguien que hable inglés con un acento de verdad, y todo esto desde Primaria, e Infantil si me apuras. Sinceramente, que un/a AC te acompañe en clase una vez cada quince días y hacer una UDI cada trimestre cuando el alumnado presenta tantas carencias en inglés, que la materia de Matemáticas tenga que ser explicada en inglés cuando ya me cuesta horrores que me entiendan en español (sí, será que explico como el culo) cuando las matemáticas ya son de por sí un lenguaje (¡quiten ya Matemáticas del bilingüismo, por favor!), que mis compañeros de Geografía e Historia de 2º ESO estén explicando la invasión musulmana (Al-Ándalus) y los Reinos de Castilla y de Aragón en inglés (¡sí!, ¡¡¡Historia de España en inglés!!!)... De verdad, creo que no estamos metiendo la pata, estamos metiendo las dos.
Y la segunda reflexión. En Primaria ya están introduciendo el trilingüismo con el francés, y es que debe ser verdad eso de donde caben dos, caben tres. Si finalmente esto sigue adelante y llega a la ESO, ¿tendremos entonces que dar también clases de Matemáticas en francés? ¿O será una clase en español, la siguiente en inglés, la siguiente en francés, y otra vez volvemos a empezar con el español? Miedo me da de cómo puede terminar todo esto. Yo, por si acaso, voy a empezar a contar los días que quedan para que llegue el trilingüismo: uno, two, trois, cuatro, five, six (¡bien!, este número me sirve para el inglés y el francés), siete, eight, neuf, diez...

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta septuagésima sexta edición, también denominada 8.6, está organizado por Alejandro Fernández Jiménez a través de su blog Matemático Soriano.

martes, 6 de diciembre de 2016

Los profesores trabajamos poco

La afirmación que da título a esta entrada, que "los profesores trabajamos poco", es probablemente la más repetida por la gran mayoría de la sociedad cuando tiene que decir algo acerca del colectivo de trabajadores al cual pertenezco. Bueno, la de que "los profesores tenemos muchas vacaciones" podría competir de tú a tú con la del título, así que digamos que hay un empate técnico entre ambas. Tanto una como la otra las llevo escuchando desde mucho antes de que hace algo más de cuatro años empezase a ejercer la docencia en un colegio concertado. Yo soy profesor porque me gusta, porque es mi vocación desde que tengo uso de razón, pero claro, cuando un servidor escuchaba este tipo de comentarios se preguntaba cuánto había de verdad y de mentira en ellos.
Después de tres cursos completos en un colegio concertado y lo que llevo de éste en un instituto público, previo año de estudio para poder aprobar con plaza las Oposiciones, no puedo estar más en desacuerdo con ambas afirmaciones. Quizás habría que matizar una cosa antes de entrar en el meollo de este post, y es que es totalmente cierto eso de que los profesores disfrutamos de más vacaciones que los demás trabajadores (no sé a ciencia cierta si realmente más que ninguna otra profesión), puesto que tenemos las de Navidad, Semana Blanca, Semana Santa, los meses de julio y agosto (lo de julio me contaron hace poco que era a cambio de cobrar menos, pero no vamos a entrar en ese detalle), y a veces algún que otro puente. Dejadme que yo añada otro matiz más, porque, basándome en mi todavía corta experiencia, buena parte de esas vacaciones tan largas y exclusivas las he pasado trabajando en casa, por lo que a lo mejor no son tan espléndidas como se cuenta en la calle.
Cansado ya de escuchar tantos comentarios gratuitos acerca de nuestra labor docente, que según parece se ciñe única y exclusivamente a pasar unas 20 horas a la semana explicando delante de una pizarra y alguna que otra por la tarde corrigiendo exámenes, decidí hace unos días que ahora me tocaba hablar a mí. Pensé que una buena manera de demostrar lo 'poco' que trabajamos los profesores era registrando las horas que yo le dedicaba durante una semana cualquiera a mi profesión y qué tareas hacía en cada una de esas horas. Y eso fue lo que hice la semana pasada. Desde el lunes 28 de noviembre hasta el domingo 4 de diciembre he ido anotando todos los intervalos horarios en los que he estado ejerciendo mi trabajo, bien fuese en el instituto, en mi casa o en el Centro de Profesorado al que tuve que ir una tarde para asistir a un curso presencial por ser funcionario en prácticas. He aquí el desglose de cada día:
  • Lunes (9 horas y 30 minutos): 8:00-11:30, 11:40-11:55, 12:00-13:15, 16:00-16:45, 17:00-19:35, 20:00-21:10.
  • Martes (12 horas y 15 minutos): 8:00-11:30, 11:45-15:00, 16:30-20:30, 22:30-0:00.
  • Miércoles (11 horas y 55 minutos): 8:00-11:30, 11:45-14:15, 16:10-19:40, 20:20-21:15, 23:00-0:30.
  • Jueves (12 horas y 55 minutos): 8:00-15:00, 17:00-21:45, 23:10-0:20.
  • Viernes (9 horas y 5 minutos): 8:00-11:30, 11:45-14:40, 17:20-19:30, 20:30-21:00.
  • Sábado (10 horas y 30 minutos): 7:45-11:30, 11:45-14:45, 18:45-21:00, 23:00-0:30.
  • Domingo (5 horas y 40 minutos): 11:45-14:25, 17:45-20:45.
  • TOTAL: 71 horas y 50 minutos.
Me vais a perdonar que no haya especificado qué he hecho concretamente en cada intervalo horario, pero lo he hecho así para no dar pistas de ciertos asuntos que afectan directamente al alumnado y a su privacidad. De todas formas, antes de analizar algunos detalles del desglose horario anterior, os enumero algunas de las tareas que realicé durante esa semana para que os hagáis una idea de la gran variedad de cosas que tiene que hacer un profesor más allá de dar clase y corregir exámenes (cosas de la vida, esa semana no tuve que corregir ningún examen, ya me tocará a partir de mañana):
  • Clases de Matemáticas en dos grupos de 1º ESO (bilingües), en dos grupos de 2º ESO (bilingües) y en un grupo de 3º ESO.
  • Visita del inspector en una de esas clases.
  • Clase de Tutoría.
  • Horas de guardia.
  • Hora de tutoría personalizada.
  • Reunión de departamento.
  • Reunión del Equipo de Bilingüismo.
  • Reunión con el Director para tratar diversos asuntos de mi tutoría.
  • Reuniones varias con la Jefa de Estudios para tratar diversos asuntos de mi tutoría.
  • Reunión con el Secretario para tratar diversos asuntos de mi tutoría.
  • Registrar partes y expulsiones, e informar a los padres vía Séneca o por teléfono.
  • Elaborar informes de tutoría de alumnos de mi tutoría.
  • Entrevistas con madres de mi tutoría.
  • Comentar con otros profesores información de alumnos de mi tutoría.
  • Informar a los alumnos de mi tutoría del Plan de Acompañamiento y apuntar a una alumna más a última hora.
  • Informar del seguimiento de alumnos repetidores a una tutora.
  • Rellenar varios informes de tutoría de alumnos de otros grupos.
  • Revisar correo electrónico: mensajes del instituto, del curso virtual para funcionarios en prácticas, etc.
  • Preparar clases de la semana.
  • Diseñar exámenes para cada grupo.
  • Corregir ficha de refuerzo para un alumno con Adaptación Curricular No Significativa.
  • Corregir trabajos voluntarios.
  • Registrar notas de clase (tareas de casa, actitud, trabajos...) en mis cuadernos de notas.
  • Registrar ausencias y retrasos en Séneca.
  • Curso de formación en el instituto.
  • Curso de formación para funcionarios en prácticas.
  • Curso virtual para funcionarios en prácticas.
  • Proyecto de Trabajo para funcionarios en prácticas.
  • Hablar con un par de alumnos de 4º ESO para una actividad que tienen que explicar en mi hora de Tutoría.
  • Charlar con una alumna que piensa que va a suspender Matemáticas.
  • Atender a una alumna que ha sufrido un desmayo.
  • Hacer fotocopias.
  • Recortar y plastificar fichas de dominó de números enteros.
  • Registrar una avería de un ordenador en la Intranet del instituto para que lo arreglen.
¡Vaya! ¡Qué de cosas que hace un profesor! Y supongo que también os habrá sorprendido el tiempo que destina a todo ello. Aún así, todavía habrá quien busque un resquicio y diga que he escogido una semana muy cargada de trabajo y por eso salen tantas horas. Pues bien, resulta que tanto esta semana como la que viene se presentan tanto o más cargadas, ya que nos esperan largas horas corrigiendo exámenes y largas tardes de sesiones de evaluación que se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo acaban, lo mismo a las ocho de la tarde que a las nueve y media de la noche.
Quien busque excusas para seguir restando importancia a nuestra labor, que las busque, que seguirá faltándole mucha razón, y si no, aquí van más datos. Resulta que mi horario semanal de clases empieza todos los días a las 8:30, excepto los lunes que empiezo a las 9:30, y termina a las 13:00 los lunes, a las 14:00 los miércoles y los viernes, y a las 15:00 los martes y los jueves, con un recreo de 11:30 a 12:00. ¿No os choca que haya estado en el instituto cada día a partir de las 8:00? ¿O que el viernes haya salido 40 minutos más tarde? ¿O que el jueves no haya podido ni tan siquiera descansar cinco minutos en el recreo para desayunar y no parar durante siete horas seguidas?
A estas alturas, todavía habrá a quien le siga pareciendo poco que un profesor dedique semanalmente a su trabajo 72 horas (me vais a perdonar también que redondee esas 71 horas y 50 minutos), es decir, el equivalente a tres días completos de siete que tiene una semana. A estas personas les respondo que el sábado y el domingo recibí la visita de mi madre y me permití el lujo de cenar el sábado y desayunar el domingo con ella en la calle, y que además el domingo me desperté resfriado y con dolor de garganta, lo que me obligó a buscar una farmacia de guardia bajo la intensa lluvia que caía ese día y a descansar más de lo que tenía previsto. Esto quiere decir que, en condiciones normales, el sábado podría haber dedicado un par de horas más a trabajar, y el domingo unas cinco o seis más, lo que me hubiese llevado a prácticamente 80 horas de trabajo en una semana, es decir, el doble de las 40 horas semanales estipuladas para cualquier trabajador. Así pues, ese privilegio de tener 'tantas' vacaciones quizás no sea tanto privilegio, sino más bien más que merecido, y, repito, dedicando bastantes de esos días de vacaciones también a trabajar.
No me quiero alargar más, que tengo muchas cosas pendientes por hacer. Creo que los datos hablan por sí solos, les guste a la gente o no. Seguramente muchos se preguntarán que, si tanto me quejo, por qué no me busco otro trabajo. Yo les respondo que me gusta mi trabajo, que soy profesor porque siempre he querido serlo, aunque reconozco que actualmente nos asignan una carga mayor de la que nos corresponde y podemos llevar adelante, y que no habrá nada ni nadie que me quite las ganas de ser profesor el día de mañana, con sus buenos y sus malos momentos. Y termino diciéndole a estas personas que tanto menosprecian y desprestigian nuestra labor: "¿Tienes DNI? ¿Sí? ¿Tienes una carrera? ¿Sí? Pues estudia, consigue una plaza de profesor y disfruta de las 'pocas' horas que trabajamos y de las 'muchas' vacaciones que tenemos".

miércoles, 25 de mayo de 2016

Tantas razones para un único sueño

Queda ya menos de un mes para que unos 2.400 opositores compitan por hacerse con una de las 200 plazas de profesor de Matemáticas que la Junta de Andalucía ha convocado para este año, y entre ellos estoy yo.
Tras varios meses de interminable estudio, se acerca el momento en el que la suerte pasa a convertirse en un factor más que determinante, y es que aquí no se trata solamente de hincar codos. Si aprobar y conseguir una de esas plazas dependiera únicamente de esto último, yo estaría ahora más que tranquilo, pero por desgracia no es así. Bien es cierto que yo soy una persona bastante calmada y que en estas situaciones trato de alejar los nervios para que me afecten lo menos posible; sin embargo, el ser consciente de que ese objetivo que estoy buscando no depende solamente de mí hace que sienta una cierta inseguridad, una incertidumbre, que inevitablemente me hace pensar en multitud de situaciones de las que sólo una combinación de ellas sucederá realmente. ¿Saldrá la bola de uno de los temas que mejor me he preparado? ¿Caerá algún problema parecido a los que he hecho estos meses? Y si llego al examen oral, ¿me dará tiempo a defender mi programación didáctica en media hora? ¿Le gustará al tribunal la unidad didáctica que me toque exponer? Y si apruebo este segundo examen, ¿serán suficientes los méritos que he acumulado hasta ahora para conseguir una plaza?
Supongo que todos los aspirantes que el próximo 19 de junio nos enfrentaremos a cuatro horas y media de examen en el que prácticamente no tendremos tiempo ni de respirar pensarán que se merecen una de esas 200 plazas que se ponen en juego: unos porque se han hinchado de estudiar, otros porque ya llevan varios años de interino, otros porque ya les toca, etc. Los que me conocen saben que yo no soy de esas personas que van por la vida presumiendo de sus virtudes o que se creen que son mejores que los demás; es más, suelo asumir mis defectos (no siempre, para qué os voy a engañar) y sé reconocer la valía y el talento de cada persona, sobre todo si no alardea de ellos. No obstante, esta vez no sé por qué pero el cuerpo me pide expresar todos los motivos que, bajo mi punto de vista, me acreditarían para ser uno de los agraciados con una plaza de profesor. Obviamente, dichos motivos no van a inclinar la balanza a ningún lado, ni para bien ni para mal, pero de lo que no cabe duda es de que el ser humano siempre se queda más tranquilo cuando se desahoga, y supongo que esto es lo que me está ocurriendo ahora, porque el día D se acerca y con él los miles de pensamientos que rondan por mi cabeza.
Así pues, unas más rotundas y otras quizás no tanto, éstas son las razones porque las que humildemente pienso que me merezco una de esas 200 plazas de profesor de Matemáticas:
  • Porque desde que tenía seis o siete años he soñado con ser profesor.
  • Porque siempre me han gustado las matemáticas.
  • Porque la asignatura de Matemáticas era la que mejor se me daba cuando estudiaba.
  • Porque tengo más de 60 libros de matemáticas (novelas, de divulgación, de acertijos...) y he leído ya la mitad de ellos.
  • Porque mucho antes de terminar mi carrera de Ingeniería Informática ya tenía claro que quería ser profesor en un colegio o instituto.
  • Porque fui becario del departamento de Matemática Aplicada durante casi un año y medio.
  • Porque siendo becario colaboré en dos Cursos Cero de Matemáticas para la Ingeniería, y en un tercero de forma voluntaria.
  • Porque soy seguidor de varios blogs de educación y matemáticas.
  • Porque he participado en casi todas las ediciones del Carnaval de Matemáticas y lo he organizado una vez desde que empezó hace ya más de seis años.
  • Porque llevo más de cinco años dando clases particulares de Matemáticas a decenas de alumnos, y muchos de ellos me han llegado a confesar que ojalá hubiera sido yo su profesor en su colegio o instituto.
  • Porque hice el Máster de Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato por la especialidad de Matemáticas.
  • Porque los tres cursos que he trabajado en un colegio como profesor de Matemáticas y otras materias han sido los mejores de mi vida.
  • Porque en esos tres cursos solamente falté tres días al trabajo por un viaje que ya tenía planificado antes de que me contrataran.
  • Porque iba a trabajar estando enfermo e incluso casi sin voz con tal de no perder ninguna clase.
  • Porque siempre estaba en el colegio durante todo el horario lectivo, incluso cuando podía llegar más tarde o salir antes.
  • Porque mis alumnos siempre podían contar conmigo para lo que hiciese falta (para animarles tras haber suspendido, para resolverles dudas en los recreos, para darles consejos, para mediar con otros profesores, para ser su 'psicólogo'...).
  • Porque buena parte de los alumnos que tuve echan de menos mis clases.
  • Porque, para muchos de los alumnos a los que di Matemáticas en dicho colegio, yo he sido su mejor profesor de Matemáticas.
  • Porque no hay día que no me acuerde de todos los alumnos que he tenido.
  • Porque he hecho once cursos de formación para profesores.
  • Porque tanto los dos profesores que me están preparando como los compañeros de la academia me ven capacitado para conseguir una de esas plazas.
  • Porque he pedido material extra a los profesores para ir mejor preparado al examen.
  • Porque me he puesto exámenes por mi cuenta para estar entrenado de cara al examen.
  • Porque estos últimos nueve meses de estudio tienen que haber merecido la pena, además de haberme servido para aprender mucho más de lo que me imaginaba cuando empecé.
  • Porque si no he estudiado más ha sido porque mi cuerpo y mi mente no daban para más.
  • Porque no soy de los que quieren ser profesor por las vacaciones, sino porque tengo vocación de profesor.
  • Porque sé apreciar la belleza y la magia de las matemáticas.
  • Porque tengo muchas ideas en mente que quiero llegar a aplicar en un aula.
  • Porque no me imagino el resto de mi vida sin ser profesor de Matemáticas.
Seguramente habrá más motivos que ahora mismo no acierto a recordar, pero creo que con éstos ya podéis haceros una idea de las ganas y la ilusión que tengo de conseguir una de esas plazas, sobre todo después de haber dedicado toda mi vida a estudiar y trabajar para ello. Ojalá que, en unas pocas semanas, el destino, la suerte, Dios o lo que quiera que sea que rige nuestras vidas haga realidad mi sueño, el de volver a sentirme profesor.

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta sexagésima cuarta edición, también denominada 7.4, está organizado por Marta Macho Stadler a través de su blog ZTFNews.

martes, 22 de diciembre de 2015

La democracia invisible

Todavía se habla, y mucho, de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre, lo cual es lógico teniendo en cuenta que apenas han pasado dos días y que probablemente hayan sido las más esperadas e igualadas desde la transición, sobre todo por la irrupción de dos nuevos partidos (Ciudadanos y Podemos) dispuestos a derrocar al bipartidismo (PP y PSOE) que ha gobernado España desde hace más de 30 años. Si una cosa está clara es que, en mayor o menor medida, todos han ganado, como siempre ocurre, ya sea por ser el que más escaños tiene, por haber conseguido que el otro partido ya no tenga mayoría absoluta, por estrenarse con fuerza en el Congreso de los Diputados, por... Por muchas razones, la victoria está en boca de todos, pero, como también siempre ocurre, quien ha vuelto a perder ha sido la democracia.
No hay más que analizar los datos, tal y como hice hace cuatro años en dos posts (éste, sobre el reparto de escaños entre las circunscripciones electorales, y éste, sobre la atribución de escaños según los votos obtenidos), para confirmar que esta vez la democracia tampoco ha sido invitada a la que se supone que es su fiesta. ¿Te imaginas que el día de tu cumpleaños se organiza una fiesta para celebrarlo y a ti no te dejan pasar? ¿O que el día de tu boda llegas a la iglesia y te dicen "Mira, vete que tú aquí no pintas nada"? Pues esto es lo que le ocurre a la pobre democracia, tan frágil, tan triste, tan invisible, cada vez que acudimos a las urnas para elegir al partido que debe llevar las riendas de nuestro país los próximos cuatro años.
No voy a hacer un análisis tan exhaustivo como el que me curré en las dos entradas que os he mencionado antes, pero sí que os mostraré lo suficiente como para que veáis cómo ha quedado configurado el Congreso y cómo podría o debería estar si nuestra amiga hubiera sido invitada a su fiesta. Empecemos recordando un par de aspectos de nuestra 'querida' Ley Electoral que resultan más que determinantes en la configuración final del Congreso de los Diputados: la primera, que en las elecciones generales hay tantas circunscripciones como provincias (50) y ciudades autónomas (2) en vez de una circunscripción única y nacional; y la segunda, que se obvian los votos de aquellos partidos que no han conseguido al menos un 3 % de los votos válidos emitidos en cada una de dichas 52 circunscripciones. Por otra parte, también resulta conveniente mencionar que utilizamos el sistema D'Hondt para la asignación de escaños a los partidos políticos que cumplen esta última condición, un sistema que, como ya vimos hace unos años, no es demasiado equitativa.
Y antes de pasar a analizar la primera de las dos tablas comparativas que os voy a mostrar, qué menos que comentar algunos datos importantes de estas elecciones generales. Se ha contabilizado un total de 25.350.447 votos, de los cuales 226.997 han sido nulos (esto implica que no se tienen en cuenta a la hora de asignar el porcentaje de voto de cada partido) y 187.771 han sido votos en blanco. En elecciones anteriores, estas dos cantidades han sido mayores, pero aún así habría que destacar que los votos nulos serían la novena fuerza más votada, mientras que los votos en blanco serían la undécima, de tal forma que ambos montantes tendrían que estar representados con tres escaños cada uno en el Congreso. Por otra parte, voy a considerar a Podemos como un único partido y no como varios movimientos y mareas repartidos por la geografía española, para un mejor análisis de los votos emitidos.
Aquí tenemos la primera tabla comparativa. La primera columna muestra los votos recibidos por cada partido (he obviado los que han conseguido menos de 30.000 votos); la segunda, el porcentaje de votos con respecto a los votos totales menos los nulos; la tercera, los escaños que le han sido asignados a los partidos aplicando la Ley Electoral vigente; y la cuarta y última, los diputados que le corresponderían a cada partido si aplicásemos directamente los porcentajes de la segunda columna a 350, que son los escaños a repartir entre todos, es decir si tuviésemos una única circunscripción y no aplicásemos el corte del 3 %. Los números hablan por sí solos, pero no está de más que resaltemos algunos de los más llamativos.
Para empezar, lo que está claro es que los partidos nacionales mayoritarios y los nacionalistas son los que siempre se llevan el gato al agua, especialmente los primeros, mientras que los partidos que tienen sus votos muy repartidos parten en clara desventaja. Aquí tenemos los evidentes casos del PP, que consigue unos 20 escaños más de los debidos; el PSOE, que debería tener 13 menos; Ciudadanos, que contaría con nueve asientos más; UP-IU, que pasaría a tener un grupo parlamentario propio más que sobrado; o partidos muy minoritarios (PACMA, UPYD, BNG...) que tendrían algún que otro representante en la Carrera de San Jerónimo. Si esto ya quema los ojos, atentos a las comparativas entre parejas de partidos políticos que os detallo a continuación.
Comencemos con Ciudadanos, uno de los novatos, que tiene casi la mitad de los votos recibidos por el PP de Mariano Rajoy; sin embargo, los populares van a tener el triple de representación parlamentaria que la formación de Albert Rivera. Continuamos con el gran debutante, Podemos, que, a pesar de casi igualar en votos al PSOE de Pedro Sánchez, tiene veintiún escaños menos, por lo que Pablo Iglesias, al que se le ve muy contento, debería estarlo aún más. Pasamos ahora a un habitual perdedor de esta Ley Electoral, UP-IU, que sale mal parado sobre todo en comparación con los nacionalistas, a los que supera más que sobradamente en sufragios, pero luego se tiene que contentar únicamente con 2 escaños en vez de los 13 que realmente le pertenecen; mientras tanto, Esquerra consigue 9 con dos tercios de los votos, y Coalición Canaria, con menos de la décima parte de apoyos, se lleva un diputado. Terminamos con otro resultado muy llamativo, el del PACMA, con una cantidad de votos similar a BILDU, se queda a cero al tiempo que la formación independentista tendrá dos representantes.
Como ya hemos comentado, la asignación de escaños se lleva a cabo aplicando el sistema D'Hondt, al que muchos consideran culpable de las notables desigualdades que acabábamos de analizar, lo cual no es del todo cierto, ya que el principal responsable de estos desajustes viene siendo la división en circunscripciones provinciales, lo cual provoca que el voto de un soriano tenga mucho más valor que el de un madrileño o un alicantino. En cualquier caso, tampoco es que el sistema D'Hondt sea del todo justo, sobre todo si lo comparamos con otras fórmulas electorales que se aplican en países como Alemania, Dinamarca, Australia, etc.
En esta tabla comparamos el reparto de escaños que se obtendría aplicando los cuatro sistemas mostrados (D'Hondt, Sainte-Laguë, Hare y Droop) suponiendo que tuviésemos una circunscripción nacional y que no descartásemos a los partidos políticos con menos de un 3 % de votantes sobre el total de válidos. Si queréis recordar cómo funciona cada método electoral, os remito a la entrada que publiqué hace cuatro años para no alargar más ésta. En resumidas cuentas, el cociente Hare viene a ser lo más parecido a una asignación de escaños proporcional a los votos recibidos, y si no, comparad su columna con la última de la primera tabla que os he mostrado. Casualmente, el cociente Droop genera los mismos guarismos, aunque a veces sí que presentan diferencias de un escaño arriba o abajo en algunos partidos. Lo que sí está claro es que el sistema D'Hondt, libre de toda culpa por lo que antes hemos explicado, en realidad beneficia a los partidos mayoritarios a costa de los muy minoritarios, a los que deja sin representación en el Congreso de los Diputados. Y cabe decir que esta vez las diferencias entre este método y los cocientes Hare y Droop son bastante pequeñas, lo cual se debe a que tenemos dos nuevos partidos fuertes (Podemos y Ciudadanos) que han aportado más estabilidad en este aspecto. Con respecto al método Sainte-Laguë, que en realidad es una pequeña variante del método D'Hondt, el reparto obtenido es mejor que el de éste, aunque no del todo equitativo. Muchos critican que con los cocientes Hare y Droop se puebla el hemiciclo de partidos con una representación testimonial (uno o dos escaños), pero si es lo que los españoles han votado, ¿por qué no tienen el mismo derecho a tener voz que el resto de formaciones?
Las matemáticas no engañan. Cuanto más circunscripciones tienes, es decir, cuanto más redondeas, más error cometes, y si no que se lo digan a los partidos afectados. Si a esto le sumamos la obligación de tener un mínimo porcentaje de votos para aspirar a conseguir representación, el injusto reparto de escaños entre las circunscripciones y la fórmula electoral aplicada, nos queda una tarta mal dividida que no refleja lo que los españoles han dicho con sus votos. A ver si de una vez por todas impera el sentido común y la proporcionalidad, porque si no me veo cada cuatro años publicando una entrada como ésta, y la verdad, uno ya se cansa de tanto repetirse en estos temas.
Como siempre, la Ley Electoral da mucho que hablar, pero más van a tener que hablar ahora los grandes partidos entre ellos. Es momento de formar gobierno y toca pactar, dialogar y ceder, lo cual parece poco probable teniendo en cuenta todas las combinaciones medianamente viables y las posturas de cada uno, así que todo apunta a que dentro de unos meses tendremos que acudir de nuevo a las urnas, y quién sabe si a unas terceras elecciones... En cualquier caso, lo que está fuera de toda duda es que la democracia volverá a ser ignorada en su día más importante.

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta quincuagésima novena edición, también denominada 6.9: El conjunto de Cantor, está organizado por Marta Macho Stadler a través de su blog ZTFNews.

viernes, 13 de marzo de 2015

Andalucía es la cobaya

Los andaluces estamos citados a las urnas el próximo domingo 22 de marzo para elegir a la persona que presidirá la Junta de Andalucía los próximos cuatro años, o menos, quién sabe, porque la actual legislatura no va a llegar siquiera a agotarse debido al adelanto electoral que anunció a comienzos de año la actual presidenta, Susana Díaz, quien por cierto no fue la elegida en las últimas elecciones, sino que cogió el testigo de José Antonio Griñán tras renunciar éste al cargo apenas un año y medio después de dichos comicios, más o menos el mismo tiempo que va a estar Susana al frente de la comunidad autónoma. Está convulsa Andalucía: dos presidentes en la legislatura, conflictos en el pacto de gobierno entre PSOE e IU, elecciones anticipadas, casos de corrupción, candidatos que no llenan...
Son muchas las pegas que podemos poner a estos tres últimos años de política andaluza, pero la más importante de todas resulta ser que vamos a ser la cobaya, el banco de pruebas, el entrenamiento, el "a ver qué pasa" con vistas a unas elecciones generales que, salvo sorpresa mayúscula, se celebrarán allá por el mes de noviembre. No cabe duda de que Andalucía no podía esperar a agotar la legislatura, pero muchos nos preguntamos por qué no se han hecho coincidir con las municipales del 24 de mayo. ¿Qué sentido tiene? Obviamente es una decisión partidista que nadie discute que tendrá sus intereses, pero resulta que es una decisión que está jugando con personas, con ciudadanos, con andaluces, y con ellos no se puede jugar más porque ya hemos perdido mucho y vamos a perder más, empezando por el dinero, puesto que organizar una sola jornada de votaciones en vez de dos en tan corto intervalo de tiempo como va a ocurrir hubiera supuesto un notable ahorro de dinero, que no es precisamente lo que nos sobra, sino lo que nos falta.
Si alguien quiere ganar dinero en las casas de apuestas, lo tiene muy fácil: el PSOE va a ganar las elecciones, eso sí, con mayoría simple, y aquí creo que todos volvemos a estar de acuerdo. Ha estado muy inteligente Susana Díaz con esto de adelantar las elecciones para antes incluso que las municipales, y es que el objetivo no es otro que minimizar la irrupción de Podemos en el Parlamento de Andalucía, que bastantes escaños va a conseguir ya en el Congreso como para que también ahora se apropie del gran bastión socialista. Aquí está la clave, y es que da la impresión de que al PSOE apenas le queda el territorio andaluz para mantener su fuerza como uno de los dos brazos de un bipartidismo español que, aunque vigente, muestra unos alarmantes signos de debilidad. Los socialistas no se pueden permitir perder Andalucía, y la única manera de impedirlo es tal y como lo están haciendo. Repito que dudo mucho que vaya a ocurrir, pero, si realmente el PSOE no saliese vencedor en estas elecciones, que se vaya despidiendo de las municipales, de la generales y hasta de las de las comunidades de vecinos.
Salvo sorpresón mayúsculo, los socialistas van a ser la fuerza más votada, y eso a pesar de que el descontento de los andaluces con la gestión que han llevado a cabo desde siempre ha ido a más con el paso de los años, el cual se ha agudizado con los casos de corrupción en los que se han visto envueltos los dos anteriores presidentes, Manuel Chaves y José Antonio Griñán. A pesar de todo esto, y como somos como somos, vamos a volver a votarles, igual que ocurrirá en noviembre con el PP, que también se ha lucido estos años y sí, también ganará las generales con mayoría simple. Ahora bien, ¿con quién va a hacer coalición el PSOE? El PP está absolutamente descartado e IU no parece que vaya a conseguir los escaños suficientes para sumar mayoría, así que Podemos, que sí que parece que 'podrá' conseguir esos asientos del Parlamento andaluz, resulta ser la única opción posible. Miedito me da.
El PP vuelve a ser el eterno aspirante, el quiero y no puedo, el que no se puede quitar la etiqueta de segundón en una comunidad autónoma que se le resiste por más que lo intente. Estuvo cerca de romper la estadística en las elecciones de 2012, cuando fueron el partido más votado, pero el pacto PSOE-IU les echó de la presidencia tal y como estaba cantado. Se presenta como candidato un tal Juanma Moreno, que más que político parece el típico señorito andaluz. Sinceramente, me da la impresión de que como cabeza visible de los populares y como rival de Susana Díaz tiene poco que hacer, y cuidado, no estoy diciendo que la actual presidenta sea mejor que él, pues de hecho veo a los dos muy verdes y sin el perfil que precisa el futuro líder de una comunidad autónoma tan importante como Andalucía.
Por más que le pese, el Partido Popular no puede evitar verse salpicado por los casos de corrupción tal y como le ocurre al PSOE; bien es cierto que a nivel andaluz no está tan manchado, aunque a saber cuánta mierda tienen escondida entre Despeñaperros y el estrecho de Gibraltar y que todavía no ha salido a la luz. Si los socialistas saben que van a ganar, lo bueno que tienen los populares es que saben que no tienen nada que perder. Como perder, van a conseguir menos escaños que la última vez, pero eso ya lo saben por mucha confianza y seguridad que muestren de cara al exterior, y es que además les va a resultar imposible doblegar al PSOE porque no van a encontrar un partido que vaya con ellos de la mano; con mucha suerte, Ciudadanos podría echarles un cable, pero lo dicho, se me antoja muy muy improbable. En cualquier caso, lo que es seguro es que el PP es la única vía de escape posible si los andaluces realmente quieren acabar con el interminable y muy discutible gobierno socialista de Andalucía, aunque me temo que van a tener que esperar otros cuatro años más, o menos, que nunca se sabe.
Luego tenemos a los partidos minoritarios, que parece que esta vez sí que se van a repatir un buen botín de escaños, principalmente entre Podemos, IU y Ciudadanos, es decir, un fiel reflejo de lo que a priori ocurrirá el próximo otoño, si exceptuamos a los partidos nacionalistas, claro está. La formación del omnipresente Pablo Iglesias parece que va a salir bastante bien parado, y eso que su objetivo no son estas urnas, sino las de las generales, donde todo apunta a que se convertirán o en una tercera fuerza con mucho peso o incluso en la segunda. Aquí en Andalucía van a llegar con el tiempo justo pero necesario para, quizás, ser la llave que necesita el PSOE si quiere seguir gobernando, y es que da la impresión de que IU va a ser la perdedora oculta de estas elecciones, como si fuese la culpable de los últimos tres años de gobierno en Andalucía. Si se cumplen los pronósticos, va a pasar de ser parte del gobierno de la última legislatura a convertirse en la cuarta formación más votada, y puede que la quinta, porque Ciudadanos viene pisando fuerte, aunque sin hacer mucho ruido porque, al igual que Podemos, su objetivo también son las generales para tener una importante presencia en el Congreso de los Diputados.
Éste es el panorama que tiene por delante Andalucía. Los resultados que deparen estas elecciones son toda una incógnita, pues parece tan probable que el PSOE recupere el primer lugar en lo que a votos se refiere como el PP repita victoria en las urnas para quedarse otra vez sin gobernar. Ahora bien, ¿qué pactos habrá? ¿Cederá el PSOE para coaligarse con la joven Podemos o volverán a ir de la mano de IU si finalmente éstos suman los escaños necesarios? ¿Podrá por fin el Partido Popular dirigir el destino de los andaluces si Ciudadanos, el partido que parece más afín en el panorama político actual, entra con fuerza en el Parlamento andaluz? ¿Se quedará si gobernar el partido más votado? ¿Utilizará realmente Susana Díaz estas elecciones como trampolín para disputarle la candidatura socialista a Pedro Sánchez en las próximas generales? ¿Sería descabellado que la irrupción de Podemos obligase a PSOE y PP a llegar a un entendimiento y gobernar juntos los próximos cuatro años?
Hay muchas preguntas, pero para las respuestas tendremos que esperar al 22 de marzo. Eso sí, las respuestas no van a ser las correctas, porque realmente tendría que darse el 24 de mayo en vez de ser el experimento que va a acabar siendo y porque los resultados electorales no van a reflejar el verdadero sentir del pueblo andaluz. Pregunta final: ¿seremos capaces de aguantar una legislatura completa? Me temo que no...

lunes, 12 de enero de 2015

La necesidad de un smartphone

Vivimos en un mundo de constante cambio en el que la tecnología lidera una evolución imparable con numerosos hitos, de tal forma que cada uno de ellos supera al anterior cuando parece imposible que así pueda ser. La sociedad se ha convertido en la usuaria y beneficiaria de tan importantes avances que, salvo en casos puntuales, nos hacen la vida más fácil. ¿Quién pensaba hace un par de siglos que podríamos tener una máquina motorizada que nos llevase de un sitio a otro? ¿A quién se le pasó por la cabeza hace menos de cien años que en nuestras casas tendríamos un aparato para gestionar documentos y realizar miles de operaciones por segundo? ¿Quién se podía imaginar a comienzos de este siglo que bastaría con meter nuestra mano en el bolsillo para consultar cualquier tipo de información? ¿Qué diantres podremos hacer en el futuro que no podamos hacer ahora?
Cualquier adulto del mundo occidental tiene un coche, un ordenador y un móvil smartphone, y dentro de unos años a saber qué más tendrá. A la espera de que pase ese tiempo, resulta casi impensable que alguien carezca de una de estas tres máquinas mágicas, porque a mí que me dejen de rollos, pero a mí todavía me resulta inexplicable que pisando un pedal podamos desplazarnos a 100 km/h, que podamos almacenar miles y miles de archivos de todo tipo en una cajita llena de chips o que podamos hablar con cualquier persona se encuentre a la distancia que se encuentre. Yo, hasta hace unos días, era de los que tenía coche y ordenador, pero no un smartphone, sino un móvil, como bien se intuye en esa tachadura.
Muchas presiones y muchas 'burlas' he tenido que soportar en los últimos años procedentes de mi casa, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo... en una palabra, de la sociedad, a cuenta del dichoso smartphone. Que si "¡Rafa, modernízate ya!", que si "¡Cámbiate ya de móvil!", que si "¡Tío, que eres ingeniero informático!", que si "Trae tu móvil antiguo y llévate este smartphone por 25 €/mes". ¿Por qué? ¿Por qué tengo que ceder a lo que digan los demás cuando digan ellos? ¿Por qué tengo que estar a la última si no quiero estar a la última? ¿Por qué he de pagar un alto precio para ser como todo el mundo? ¿Por qué no puedo ser como yo quiero ser?
Mi móvil los últimos siete años (sí, 7 , os lo pongo también con números arábigos por si no os lo creéis) ha sido el aparatito de aquí arriba, un Nokia 2630, que en aquellos tiempos tenía como público objetivo a esos usuarios de 50 años en adelante que necesitaban un móvil sencillo y práctico; de hecho, en la caja aparecía la foto de una pareja con más o menos esa edad y rezaba el siguiente eslogan: "Un móvil moderno y fácil de utilizar. Con acceso rápido a llamadas y mensajes". ¿Para qué quería más? Porque para eso se inventó el teléfono móvil, ¿no? Para llamar a la persona con la que necesitas hablar o, en su defecto, dejarle un mensaje. Para esto no hacía falta tener un móvil de los que se abrían o se deslizaban, de los que tenían una espectacular cámara de fotos integrada (el mío también tenía cámara, pero solamente la usé cinco o seis veces) o de los que ya permitían navegar por Internet, a pesar de que las velocidades que se ofrecían eran ridículas.
A los pocos meses de adquirir el móvil (realmente fue un regalo de un familiar, incluso inicialmente me opuse a cambiar de móvil) fue cuando surgió el boom de los smartphones con la salida al mercado del iPhone, y posteriormente los modelos de las demás marcas, que vieron en este aparato el filón definitivo para apresar a los usuarios y convencerles de lo necesario que era tener uno y, ya de paso, hacerles ver que para ser valorado por la sociedad también tendrían que actualizarse casi cada año con uno nuevo para no quedarse anticuado. En resumen, que si no tenías un smartphone te iban a mirar raro, como me ha pasado a mí, y la verdad, me ha importado tres pepinos, por no decir otra expresión salida de tono que hace referencia a la transpiración de mi miembro viril.
Estos últimos años, con los smartphones ya más que asentados, he aguantado pacientemente casi cada día que una persona u otra me animase a hacerme uno de ellos. La mayoría se ha escudado casi siempre en las ventajas y las nuevas posibilidades que brindan: hacer fotos con una calidad muy decente, navegar por Internet, tener llamadas y mensajes ilimitados contratando una tarifa plana, chatear por el WhatsApp, tuitear, etc. ¿Realmente necesitamos todo esto y más? ¿Era imprescindible que yo guardase en un cajón mi Nokia 2630 para cambiarlo por un teléfono inteligente? ¿Es que para poder sobrevivir en esta sociedad tan consumista estaba obligado a dar el salto, a 'modernizarme'? ¡NO!
Hace unas semanas finalmente di ese salto al comprar un smartphone. No es porque realmente quisiera y lo necesitara imperiosamente, sino porque a mi móvil ya se le estaban despegando las teclas, que de momento sobreviven con la ayuda de un poco de cinta adhesiva, y porque los Reyes Magos de 2014 me dejaron un vale por un móvil que por una mera cuestión de educación tenía que gastar más tarde o más temprano. Ya no tenía excusas para pasarme al mundo de los smartphones, pero lo que tenía muy pero que muy claro es que no me iba a gastar una burrada sabiendo el uso que le iba a dar. Tras consultarlo con unos amigos y comparar las prestaciones y precios de varios modelos de diferentes marcas, finalmente me decanté por el Motorola Moto G de segunda generación, que me ha costado 179 €, a los que habría que sumarle 13 € por un cargador universal (en la caja solamente viene con el cable), 3 € por una funda y 2 € por un protector de pantalla. Redondeando, unos 200 €, que era lo máximo que estaba dispuesto a desembolsar.
Ahora ya dispongo de todas esas ventajas y posibilidades que todos me mencionaban, pero ¿cuánto las necesito? Las cámaras de fotos, tanto la trasera como la frontal, las utilizaré con relativa frecuencia, para casos excepcionales. Navegar por Internet, pues más o menos lo mismo, únicamente para consultar noticias puntuales y cuando esté en la calle, puesto que me resulta mucho más cómodo hacerlo desde un ordenador, sobre todo en lo que se refiere al correo electrónico. Twitter lo utilizo con moderación, incluso me atrevería a decir que cada vez menos de forma activa, es decir, tuiteando, por lo que dudo que vaya a estar enganchado. WhatsApp puede que sea la única herramienta nueva que vaya a usar a diario, pero con moderación y para situaciones útiles, nada de conversaciones vacías y chorradas varias como hace mucha gente; de momento, salgo a una media de 25 mensajes enviados por día, y me parece que dicha media no va a subir demasiado.
Lo de las llamadas y los mensajes ilimitados merece un par de párrafos aparte. Está claro que los mensajes tradicionales ya casi que no tienen sentido estando WhatsApp, por lo que me centro en las llamadas. ¿Me compensa disponer de llamadas ilimitadas? Si analizamos la cantidad de veces que he usado mi móvil antiguo para este fin, resulta que no. Unas semanas antes de comprar el smartphone me llamó un comercial de Vodafone para preguntarme por cuánto gastaba al mes con el móvil. Cuando le respondí que "Pues 1 € ó 1'5 €", se quedó un momento en silencio y me dijo literalmente "Tío, ¿tú cómo coño lo haces?". Muy fácil: al mes yo solía mandar 4 ó 5 mensajes de texto y, con suerte, hacía una o dos llamadas que rara vez llegaban al minuto de conversación cuando necesitaba hablar con alguien estando yo en la calle, porque si me encontraba en casa utilizaba el fijo, que para algo está.
Así pues, además de comprar un smartphone, también tuve que ponerme a mirar las tarifas de todos los operadores para ver cuál satisfacía mis necesidades al mejor precio, ya que no estaba dispuesto a que mi gasto de teléfono se disparara exponencialmente, sabiendo que obviamente tendría que pagar más para poder usar Internet. De nuevo, tras consultar a unos amigos y comparar todas las opciones, la mejor propuesta que encontré fue una de MÁSMÓVIL, un operador virtual del que desconocía totalmente su existencia y que tiene bastante buena pinta, sobre todo teniendo en cuenta para lo que lo voy a necesitar: realizar alguna que otra llamada y un consumo moderado de tarifa de datos. Cada mes voy a tener que pagar entre 5 y 6 €, lo cual resulta ser cuatro o cinco veces más de lo que gastaba antes, pero es mucho menos de lo que creía que iba a tener que desembolsar cuando empecé a mirar las tarifas de los operadores más conocidos: Movistar, Vodafone, Orange, etc. El tiempo dirá si he tomado una buena decisión.
Ahora bien, muchos me dirán "¿Ves como necesitabas un smartphone?" o "Te quejabas mucho del WhatsApp y bien que lo usas ahora". También estoy preparado para aguantar comentarios de este tipo, y de hecho ya los estoy escuchando, pero pregunto yo: ¿realmente necesitamos un smartphone? Pues sí, pero sí porque hemos hecho que sea necesario, porque la sociedad, en contra de la cual voy en muchos aspectos, ha creado la necesidad imperiosa de tener un smartphone sí o sí. Cuidado que no estoy diciendo que no sea útil, sino que en cierta medida no es ni tan útil ni tan indispensable, porque lo único realmente necesario de este aparato es la posibilidad de ponerse en contacto con los demás, es decir, lo que era en su origen: un teléfono móvil. Las restantes aplicaciones que podemos encontrar en un smartphone son meros complementos que en parte, solamente en parte, se han convertido en necesarias aprovechando que todas ellas se han podido agrupar en un pequeño artilugio que, todo hay que reconocerlo, entra por los ojos y resulta muy atractivo por todas esas posibilidades que nos brinda.
Voy a ir terminando que veo que esto se ha alargado más de la cuenta. Lo dicho, ya tengo mi smartphone. Ahora muchas bocas quedarán cerradas, aunque supongo que no por mucho tiempo, que dentro de un año o dos ya tendré detrás de mi oreja la monserga de "Rafa, ya va siendo hora de que jubiles tu smartphone y te compres un X (ya veremos qué nombre le pondrán al futuro invento)", y yo volveré a decir "Tururú". Salvo necesidad (¿cuántas veces ha salido ya esta palabra en esta entrada?) imperiosa, tengo muy claro que no voy a comprar un nuevo smartphone o un X hasta que el que ahora tengo se me rompa o deje de funcionar como es debido. Me temo que no me va a durar siete años como mi antiguo móvil (del cual por cierto no me voy a desprender, ya que lo voy a usar como despertador) debido a la conocida como obsolescencia programada que viene de serie en cada aparato electrónico, pero lo voy a apurar hasta el último día, sea cual sea, mientras cumpla con su cometido. Ni lo que dicten las modas ni el aparentar por aparentar me harán cambiar de opinión, que cada uno es como es y tampoco hay motivos para eso, para aparentar. Punto y final.