martes, 25 de septiembre de 2018

La gran novela de las matemáticas

El último libro que he leído este verano ha sido 'La gran novela de las matemáticas', del divulgador matemático francés Mickaël Launay.
El autor hace un recorrido por la historia de las matemáticas a través de esas grandes mentes que, a lo largo de cientos y miles de años, han ido descubriendo diversos conceptos y teoremas que ahora se enseñan en colegios e institutos y que se utilizan de una forma más o menos directa en ámbitos más o menos cotidianos, tales como la geometría que se esconde en un balón de fútbol o la fórmula que explica la fuerza con la que se atraen dos cuerpos, como por ejemplo los planetas. Esta gran historia comenzó hace miles de años, cuando el ser humano aprendió a contar haciendo muescas en un hueso, y actualmente sigue inacabada, pues todavía existen grandes problemas sin resolver. Entre medias, nos encontramos con que las primeras civilizaciones decoraban sus vasijas con motivos geométricos sin saber que estaban clasificando los siete tipos de cenefas posibles, que los símbolos matemáticos (+, -, /, =, etc.) fueron surgiendo a cuenta gotas hace apenas 500 años, o que se puede construir una esfera tan grande como el Sol aparte de una tan pequeña como un guisante, por muy paradójico que nos resulte.
Cuando me topé con este libro en una de mis visitas a las librerías de mi ciudad para encontrar nuevos títulos que añadir a mi larga lista de futuras lecturas, supe casi desde el primer momento que adquirirlo era una apuesta segura, tanto que lo incluí en mi siguiente carta a los Reyes Magos (la de las últimas navidades)... Y me lo trajeron... Y lo he devorado este mismo verano. He de reconocer que en los dos o tres primeros capítulos no me convenció del todo, pero después ha sido un placer ir avanzando en sus páginas y siguientes capítulos para refrescar muchas cosas que ya sabía (es lo que tiene haber leído tanta divulgación matemática) y aprender otras tantas. Me ha gustado mucho cómo plantea el autor cada capítulo, con unos primeros párrafos en los que nos introduce el concepto a tratar partiendo bien de una visita al Louvre para mostrarnos las matemáticas que oculta, bien de los viajes que realizó Fibonacci para aprender los números indoarábigos y descubrir su famosa sucesión, bien de 15 formas más para, entre otras cosas, saber de dónde salen los infinitos decimales del número π, admirar los 17 teselados de la Alhambra o conocer las primeras máquinas de las que posteriormente surgieron las calculadoras y ordenadores que utilizamos a diario. Todo el relato está salpicado de anécdotas, curiosidades, ilustraciones y las fórmulas justas y necesarias para disfrutar de una lectura amena que nos enseña que las matemáticas son el fruto de años y años de evolución y estancamiento, de ideas brillantes e intentos fallidos, de colaboraciones y disputas entre matemáticos, de teoremas demostrados y conjeturas por demostrar. Por ponerle una pega a este libro, la verdad es que no me hubiese importado que fuese más largo (no llega a las 250 páginas), pero está escrito y enfocado al público poco ducho en esta materia para captar su atracción e intentar hacerle ver que las matemáticas y su historia son apasionantes, así que es entendible su extensión. En cualquier caso, se ha ganado un hueco entre mis títulos preferidos de la divulgación matemática, por lo que habrá que estar atentos a futuras obras de Mickaël Launay, seguro que tampoco defraudarán.

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta septuagésima novena edición, también denominada 9.3 Vuelta al Cole, está organizado por Juan Francisco Hernández Rodríguez a través de su blog Esto no entra en el examen.

domingo, 16 de septiembre de 2018

El Señor de la Pollinica procesiona en su 75 aniversario

En la mañana y tarde de hoy domingo ha tenido lugar la procesión extraordinaria de Nuestro Padre Jesús a su Entrada en Jerusalén con motivo del 75 aniversario de la bendición de dicha talla.
La procesión estaba prevista que se celebrase ayer sábado por la tarde noche, pero el día anterior se anunció su aplazamiento a la mañana del domingo tras consultar las previsiones meteorológicas, las cuales pronosticaban lluvias de cierta intensidad en las horas en las que la imagen estaría en la calle, como así finalmente ocurrió. El cortejo se puso en marcha a las once y media partiendo de la casa hermandad del Sepulcro, que cedió sus instalaciones a la cofradía de la Pollinica para esta salida extraordinaria; al frente estuvo la cruz parroquial, seguida de numerosos hermanos portando cirios, el guión corporativo, el estandarte del Señor, la presidencia y un cuerpo de doce acólitos, cuatro de la propia cofradía y las restantes de las otras hermandades que procesionan el Domingo de Ramos. Nuestro Padre Jesús a su Entrada en Jerusalén salió unos minutos más tarde a los sones de la 'Marcha Real', interpretada por la Agrupación Musical de la Pasión de Linares, que ha acompañado a la imagen de forma magistral en todo su recorrido.
La imagen del Señor de la Pollinica, recientemente restaurada, ha procesionado sin su grupo escultórico (solamente con el pollino) sobre un monte de claveles rojos en el trono de la Virgen del Traspaso y Soledad de Viñeros y con los faroles del trono de Jesús Nazareno de la Salutación; además, ha estrenado un manteo de color verde y una cinturilla para celebrar esta efeméride. Como si de un Domingo de Ramos se tratase, los cofrades han acudido en masa al centro histórico para acompañar a la procesión, que, tras partir de la casa hermandad del Sepulcro, discurrió por las calles Alcazabilla, Císter, Santa María, Molina Lario, plaza del Obispo, Molina Lario, Sancha de Lara, Martínez, Puerta del Mar, plaza de Félix Sáenz, Nueva, Especería, plaza de la Constitución, Granada, plaza del Carbón, plaza del Siglo, Granada, Echegaray, San Agustín, Císter y Alcazabilla, encerrándose sobre las cinco y media de la tarde en la citada casa hermandad.
No quería terminar sin puntualizar que me parece una decisión equivocada el haber cambiado de día la procesión por culpa del riesgo de lluvia. Haber esperado al momento de salir y, si acaso, retrasar la salida una hora como se suele hacer en Semana Santa, hubiese sido lo correcto. Si llegado el momento las previsiones siguen sin ser halagüeñas, pues se suspende la procesión (extraordinaria en este caso) y listo. El que las cofradías puedan elegir cuándo y por dónde procesionar a su antojo y de esta manera no hace más que darle la razón a los no cofrades que, si bien a veces son exagerados e irrespetuosos con sus manifestaciones, otras muchas opinan con fundamento, como en este caso.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Viaje a España 2017: día 2

Domingo, 6 de agosto de 2017

8:00
Nos levantamos en cuanto sonó el despertador, dispuestos a no perder el tiempo y a aprovechar al máximo la mañana, ya que después de comer tendríamos que coger el coche para ir a Palencia. Luego de asearnos y vestirnos, bajamos a la cafetería del hotel a desayunar; en mi caso, me serví un par de tostadas (bastante gruesas, por cierto) con mantequilla, una napolitana de chocolate, un croissant y un vaso de leche con Nesquik, lo cual me sorprendió, puesto que en la mayoría de los sitios solamente hay Cola Cao. Volvimos a la habitación para recoger las maletas y dejarlas en la recepción para recogerlas cuando volviésemos de comer, y a continuación, a eso de las nueve y media, salimos a la calle para empezar a callejear y visitar Segovia.
En primer lugar, nos acercamos a la iglesia de San Lorenzo, situada a pocos metros del hotel; parecida a algunas que habíamos visto la tarde anterior (pequeña y de estilo románico), estaba cerrada en ese momento, así que continuamos con nuestra caminata hasta llegar al Acueducto de Segovia. Fuimos en busca de otras dos iglesias próximas, la de los Santos Justo y Pastor y la del Salvador, pero tanto una como otra también estaban cerradas, lo cual nos extrañó mucho porque en Málaga es raro que una iglesia no esté abierta a partir de las nueve de la mañana, tras lo cual pasamos por delante del IES Mariano Quintanilla, el más antiguo de España, para luego recorrer bordear el acueducto hasta la arquería principal de la plaza del Azoguejo.
Bajando y subiendo cuestas y escalinatas llegamos al Paseo del Salón de Isabel II, un frondoso parque que recorrimos desde su comienzo (el Postigo de la Luna) hasta su final (el Postigo del Sol), dos de las puertas de la muralla de Segovia. Más adelante, nos adentramos de nuevo en la ciudad por la Puerta de San Andrés, más monumental que las anteriores y con una pequeña talla de la Virgen del Socorro por la parte interior, para poder llegar a la Catedral de Santa María, la cual vimos esta vez por el lateral más próximo a su torre, además de la fachada principal. Seguidamente, avanzamos por la calle Daoiz, al final de la cual nos topamos con los Jardines del Alcázar, desde cuyos miradores se puede disfrutar de grandes panorámicas y que si por algo destaca es por el Monumento a los Héroes del 2 de Mayo situado en el centro de los jardines.
Las entradas del Alcázar de Segovia las compramos en un edificio próximo a este conocido monumento (5'5 € la mía y 3'5 € la de mi madre por ser desempleada), tras lo cual comenzamos la visita de las diversas salas que la componen: la Sala del Palacio Viejo, con numerosas armaduras; la Sala del Trono, reconocible gracias a que en ella se encuentran los tronos de los Reyes Católicos con su escudo y su famosa divisa ("Tanto monta"), así como sendos retratos de éstos; la Sala de la Galera, con un impresionante artesonado y una pintura sobre uno de los muros en la que se representa la coronación de Isabel la Católica; la Sala de los Reyes, llamada así porque en ella hay pequeñas estatuas de todos los reyes de Asturias, León y Castilla; etc.
Tras pasar unos minutos en un patio exterior del Alcázar, desde el cual se pueden admirar tanto sus llamativas torres y un jardín con una forma geométrica muy curiosa, volvimos al interior, concretamente a la Sala de Armas, engalanada con banderas y salpicada de armaduras, escudos, armas y cañones. Después, atravesamos el Patio de Armas para continuar con el Museo del Real Colegio de Artillería, en el que se exponen cuadros, uniformes militares de gala y numerosos libros antiguos de diversas disciplinas (artillería, matemáticas, astronomía, física, química...). A las doce del mediodía estábamos saliendo ya del Alcázar por la reconocible Torre de Juan II, dando por terminada de esta forma la visita.

12:05
Soportando un calor un tanto sofocante, retomamos el paseo por Segovia bordeando el lateral norte de la muralla, pasando concretamente por la Puerta de Santiago, la Puerta de San Cebrián y la iglesia de San Juan de los Caballeros, que, en efecto, estaba cerrada. Luego, nos adentramos de nuevo en la ciudad, y por el camino pasamos por delante de varios edificios notables, tales como el de la Diputación Provincial, la Casa de los Marqueses de Lozoya o la Casa de las Cadenas. Por cierto, que una cosa que me gustó mucho de la ciudad fue el esgrafiado con el que están embellecidos los muros de muchos de sus edificios, casi todos con dibujos geométricos muy elaborados y vistosos.
Al final de este paseo llegamos al Postigo del Consuelo, en la parte alta del Acueducto de Segovia, desde donde hice algunas fotos antes de ir a la iglesia de la Compañía de Jesús, que (¡milagro!) sí estaba abierta al público, por lo que aprovechamos para entrar en ella y admirar el maravilloso retablo de su altar mayor. De allí nos fuimos a El Sitio a tomarnos un refresco con su correspondiente tapa gratis (una caña y una tapa de paella mi madre, y yo una Coca-Cola Zero con una tapa de choricitos con patatas), y seguidamente al restaurante Jose María, donde teníamos una mesa reservada gracias a la recepcionista de nuestro hotel, y menos mal, porque era poco más de la una y media y ya estaba casi lleno.
Obviamente, no podíamos irnos de Segovia sin probar su famoso cochinillo asado, pero también pedimos una ración de croquetas de jamón ibérico y una ensalada mixta con bonito, además de agua para beber. ¡Qué fallo el nuestro al pedir dos platos previos al cochinillo! Las croquetas estaban espectaculares, de las mejores que he probado, pero la ensalada era enorme, como para compartir entre cuatro personas, y además nos pusieron un entrante cortesía de la casa consistente en una pequeña ensalada con queso. Con todo esto ya estábamos más que comidos, y faltaba el cochinillo, que por cierto iban saliendo cada dos por tres de la cocina para presentarlo y trincharlo en varios trozos a los comensales.
Al final, pedimos solamente un trozo para a su vez dividirlo en dos, uno para cada uno. Me costó la vida comerme el mío, pues ya estaba lleno, pero había que hacer un esfuerzo para no dejar ni una muestra de este manjar. Estaba delicioso, con la piel dorada y crujiente y la carne jugosa. Tras reposar un buen rato el almuerzo y pagar la cuenta (55'79 € en total), salimos en busca del hotel, pero en cuanto llegamos a la Plaza Mayor tuve que sentarme en un banco a la sombra porque tenía que esperar a que me bajase un poco más la comida. Pasados unos minutos, retomamos el camino, parando entre medias en el Convento del Corpus Christi, aprovechando que estaba abierto, y, cómo no, en el Acueducto de Segovia, pues no pude resistirme a hacerle más fotos de las que ya le había hecho.
Recogimos las maletas en el hotel y a las cuatro y veinte de la tarde nos pusimos en marcha rumbo a Palencia. Solos por la autovía, hicimos un pequeño descanso por Aldeamayor de San Martín para estirar las piernas, y allí aprovechamos para avisar a Julio y Pilar (el primo de mi padre y su mujer, que viven en Palencia) de que en breve llegaríamos a Baños de Cerrato, un pequeño pueblo palentino en el que se encuentra la iglesia en pie más antigua de España, y que allí nos veríamos con ellos. En efecto, los dos nos estaban esperando cuando llegamos a las seis y cuarto, y con ellos pasaríamos lo que quedaba de este día y el siguiente, pues parte del motivo de este largo viaje era rendirles visita.
Frente a mí tenía la iglesia de San Juan de Baños, la que salía en algunas fotos de mis libros de Historia en los temas de los visigodos, y yo obviamente le hice mis propias fotos. Tuvimos que pagar 2 € por persona por la entrada, pero incluía una visita guiada que empezaba a las seis y media, de la cual se encargó una joven que nos contó la historia del templo (mandado construir por el rey Recesvinto en el siglo VII), las reformas que ha experimentado, su estilo arquitectónico, los objetos que conserva (la corona de Recesvinto, una baldosa con la huella de la mano de dicho rey...), etc. Al salir de la iglesia, nos acercamos a la cercana Fuente de San Juan, cuyas aguas, según cuenta la leyenda, devolvieron la salud al rey visigodo.

19:00
Ya en nuestros respectivos coches, seguimos al de Julio y Pilar para llegar al Hotel Alda Centro Palencia, donde mi madre se bajó para ir registrándose mientras yo buscaba aparcamiento por los alrededores; una vez que me dejaron en el hotel, quedamos en vernos más tarde después de que descansásemos un rato. A todo esto, mi madre todavía estaba liada con el registro de la habitación, la 210, y resultó que la recepcionista, al igual que la que nos atendió en Segovia, también guardaba cierta relación con Málaga, pues casualmente era de Antequera. Tras hacer el pago de las dos noches que nos íbamos a quedar (57'62 € en total, un precio espectacular), subimos a la habitación, con bañera en vez de ducha.
Sobre las ocho y veinte nos pusimos en marcha para recorrer la calle Mayor Principal de principio a fin, puesto que el hotel estaba situado en un extremo y habíamos quedado con Julio y Pilar al final de dicha calle. Lo que más me llamó la atención de ella fueron dos cosas: la primera, que una de sus aceras cuenta con soportales en casi toda su longitud, lo cual es típico de esta zona para poder refugiarse de la habitual lluvia; y la segunda, que está salpicada por varias estatuas de bronce, entre ellas la del escultor Victorio Macho tallando el Cristo del Otero, la de la Aguadora, la de la Niña de la comba, la de la Castañera, la estatua a Jerónimo Arroyo, la estatua a la Mujer Palentina, etc. También cabría resaltar el edificio del Colegio de Villandrando, que capta la atención de los viandantes con su colorido friso cerámico, y el cruce de los Cuatro Cantones, donde esta vía es atravesada por las calles Don Sancho y la Cestilla.
Más adelante, a eso de las nueve de la noche, nos reencontramos con Julio y Pilar. Después de dar un paseo por el Parque del Salón de Isabel II, entramos en la pizzería la Competencia para tomarnos un refresco, con su correspondiente tapa de pizza gratis, y seguidamente fuimos a Stella a cenar. Allí nos pedimos una ración de ensaladilla rusa, una de queso y un par de chapatas (una de jamón y otra de ternera, creo recordar), además de las bebidas. Todo muy correcto, tanto la comida como el servicio, y con el detalle de que al terminar nos trajeron unos pequeños bombones helados. Al salir de allí, Julio nos llevó a la vecina calle Colón para enseñarnos el edificio en el que habían vivido su padre y sus hermanos (entre ellos, mi abuela paterna) cuando eran niños, tras lo cual nos despedimos con la idea de vernos de nuevo al día siguiente al mediodía.
De camino al hotel, pasamos por el Palacio de la Diputación Provincial de Palencia, de estilo modernista y cuya iluminación nocturna resalta la elegancia de su fachada; luego, nos acercamos a la Plaza Mayor, con el Ayuntamiento presidiéndola, para continuar por la calle Mayor Principal desde el Colegio de Villandrando, mucho más vistoso de noche. Me hubiese gustado ir también a ver la Catedral iluminada, pero mi madre estaba ya cansada y no le apetecía andar más, así que lo dejamos para el siguiente día y nos fuimos directos al hotel. Al final, entre una cosa y otra, nos acostamos a las doce y media de la madrugada.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

No es mío, pero es interesante (CXVI)

Ya tenemos aquí una entrega más de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han gustado en las últimas semanas. Para no perder la costumbre, Microsiervos copa casi todas las recomendaciones con doce posts. En cuanto a la variedad, esta vez hay muchas matemáticas, pero también ciencia, astronomía, curiosidades, vídeos, etc.
Repasemos la lista de recomendaciones de esta entrega:
¿Qué os han parecido las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

jueves, 30 de agosto de 2018

El último Catón

El cuarto libro que he leído este verano ha sido 'El último Catón', de la escritora española Matilde Asensi.
La hermana Ottavia Salina, una prestigiosa paleógrafa que trabaja en el Archivo Secreto de la Ciudad del Vaticano, es requerida para descifrar las escarificaciones encontradas en el cadáver de un etíope, concretamente siete letras griegas y siete cruces. Para ello contará con la ayuda de Kaspar Glauser-Röist, capitán de la Guardia Suiza, y posteriormente se unirá a ellos Farag Boswell, arqueólogo y profesor del Museo Grecorromano de Alejandría; al mismo tiempo, numerosas iglesias cristianas de todo el mundo están sufriendo el robo de las reliquias de la Vera Cruz, la cruz en la que supuestamente murió Jesucristo. Pronto descubrirán que en el Purgatorio de 'La Divina Comedia' de Dante Alighieri se encuentra la clave para resolver este misterio que les llevará a siete importantes ciudades (Roma, Rávena, Jerusalén, Atenas, Constantinopla, Alejandría y Antioquía), en las cuales tendrán que superar otras tantas pruebas basadas en los siete pecados capitales (soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria).
Me hice con este libro hace unos años con la esperanza de que, tras su lectura, se convirtiera en una de mis novelas favoritas, como en su día lo consiguieron La sombra del viento o Los pilares de la Tierra, por poner un par de ejemplos. Nada más lejos de la realidad, pues me ha supuesto una notable decepción en todos los sentidos, y eso a pesar de que su argumento prometía bastante, muy en la línea de esa moda literaria que surgió a principios de siglo que mezcla historia, religión y aventuras, y cuyo mayor exponente es 'El código Da Vinci'. Sé que para muchos será un sacrilegio lo que voy a decir, pero en mi opinión Dan Brown (sobre todo con 'Ángeles y demonios') le da mil vueltas a 'El último Catón' de Matilde Asensi. Cuando empiezas a leerlo, te esperas que tarde o temprano te mantenga enganchado, pero poco a poco se va haciendo lento y cansino, y no ves que llegue ese momento en el que no puedes parar de leer. Es indiscutible que la autora, tal y como explica en el prólogo, parte de una documentación y un rigor histórico profundos, tanto que a lo largo del libro abusa de nombres y datos que entorpecen un poco. Precisamente ese rigor y esa supuesta realidad es lo que más desentona en el desarrollo de la historia, puesto que en su conjunto me parece bastante inverosímil, fantasiosa, poco creíble, lo cual se refleja principalmente en las pruebas que tienen que superar los tres personajes (surrealistas y enrevesadas) y en el final, muy soso, simplón y, en la línea del libro, decepcionante. Por otra parte, tampoco me ha gustado que la autora se adentre en los problemas personales y pasados de sus tres protagonistas y no termine de desarrollarlos y explicarlos del todo; bajo mi punto de vista, quedan expuestos de una manera superficial y con poca o nula trascendencia en la trama, por lo que se lo podría haber ahorrado. En definitiva, lo único que se me ocurre concluir es que es un libro prescindible, y lo digo con pena porque las expectativas eran muy altas a tenor de las excelentes críticas que tiene, pero en mi caso decir lo contrario sería mentir.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Viaje a España 2017: día 1

Sábado, 5 de agosto de 2017

7:00
A esta hora me levanté para disponerme a emprender un largo viaje que me llevaría a recorrer en coche y con mi madre parte de la geografía española hasta el otro lado de la península. Segovia, Palencia, Cantabria, Burgos y Toledo serían los destinos que visitaría en los próximos nueve días, todos desconocidos para mí, pues hasta entonces me había dedicado a conocer más el extranjero que mi propio país, quizás por eso que se suele decir de que no sabemos apreciar lo que tenemos, y la verdad es que no tenemos nada que envidiar al resto del mundo, algo que ya sabía antes de hacer este viaje, pero con más motivo tras acabarlo. Tras mi habitual desayuno de un mollete con aceite y un vaso de leche fría con Nesquik, terminé de hacer mi maleta con lo poco que quedaba por meter, tras lo cual mi madre y yo bajamos al garaje no sin antes despedirnos de nuestra perra Lola, que se quedaría al cuidado de mi hermana.
Nos pusimos en marcha a las ocho y media de la mañana, más o menos a la hora que había previsto, con la idea de comer en alguna venta antes de llegar a Madrid y llegar a Segovia sobre las cinco o las seis de la tarde. Por el camino hicimos varias paradas para estirar las piernas, aproximadamente cada hora y media, puesto que a mí me cansa bastante conducir; concretamente, paramos en Cijuela (en el mismo sitio que cuando fui a examinarme de las Oposiciones a Jaén el año anterior), en Mengíbar y, ya pasado Despeñaperros, y en Almuradiel (donde aproveché para repostar 15 € de diésel). A partir de aquí me sorprendió mucho el cambio de paisaje, pues cambiamos casi de golpe y porrazo las montañas y olivares de Jaén por la llanura de Castilla-La Mancha, salpicada eso sí por molinos de viento.
Sobre las dos de la tarde ya estábamos cerca de Madrid, por lo que nos desviamos un par de veces para buscar un sitio para comer, pero no tuvimos suerte, pues o bien la venta estaba cerrada o bien no nos parecía adecuada, así que seguimos buscando. El problema fue que nos perdimos, y eso que había impreso la ruta que debíamos seguir, pero entre que a mi madre se le pasó avisarme del desvío que teníamos que tomar, que no veíamos la manera de dar la vuelta y que ningún panel indicaba Segovia (algo incomprensible siendo una capital tan cercana a Madrid), estuvimos cerca de una hora sin rumbo por las diversas autovías y rondas que rodean la capital. Finalmente nos ubicamos y supimos cómo enfilar de nuevo el camino hacia Segovia tras preguntar en una gasolinera, donde nos indicaron cómo llegar a la A-6, que era la autovía que debíamos tomar.
A las cuatro menos cuarto hicimos un último intento por almorzar en carretera, unos kilómetros antes del Valle de los Caídos, pero el área de servicio en el que paramos era excesivamente cara, pues por un bocadillo de jamón muy simple te cobraban 8-9 €. Ante esta situación, y teniendo en cuenta que estábamos a apenas una hora de nuestro destino, decidimos continuar e ir directos a Segovia, para lo cual nos incorporamos a la autopista (8'25 € por unos pocos kilómetros, un robo) con el fin de evitar la carretera de montaña. Nada más entrar en Segovia, reposté otros 30 € de diésel, y ya a las 16:40 aparcamos finalmente el coche a pocos metros de The Factory Residence Hall, el hotel en el que nos alojaríamos esa noche por 68 €, desayuno incluido.

16:45
En la recepción nos atendió una chica muy simpática de la que, tras decirle que veníamos de Málaga, supimos que se había alojado unos días en nuestra calle el año anterior cuando fue a la Feria, y en unos días haría lo propio pero alojándose en el Rincón de la Victoria, donde nosotros solemos veranear, así que fijaos qué dos coincidencias. Nos asignó la habitación 222, la cual estaba equipada con un baño con ducha y no con bañera, lo cual agradecí porque para mí es mucho más cómodo, y, una vez que dejamos las maletas, salimos a la calle para empezar con la visita a la ciudad a eso de las cinco y veinte. Bajamos por la avenida Vía Roma hasta toparnos con la Loba Capitolina, una réplica de la de Roma, situada a pocos metros del Acueducto de Segovia, el cual ya habíamos visto a cierta distancia desde el coche cuando nos dirigíamos al hotel, pero es mucho más imponente estar de pie a su lado, y más sabiendo que se mantiene en pie desde hace casi dos mil años sin argamasa entre sus piedras.
Avanzamos por la avenida Acueducto para hacer un pequeño receso en Tradicionarius, una panadería-cafetería donde me pedí un croissant de chocolate y un batido de chocolate para merendar, ya que tenía hambre después de no haber almorzado, mientras que mi madre se tomó una Coca-Cola Zero, en total 5'25 €. En esa misma calle nos acercamos a dos iglesias, la de San Millán y la de San Clemente, ambas cerradas en ese momento, por lo que seguimos por la calle Cervantes para ir hasta la Casa de los Picos y luego detenernos unos minutos en la plaza de Medina del Campo, donde destacan el Monumento a Juan Bravo, el Torreón de Lozoya y la iglesia de San Martín, que tampoco estaba abierta.
Sí pudimos entrar en la iglesia de San Miguel, en cuyo atrio Isabel la Católica fue proclamada reina de Castilla. De allí nos fuimos a la Plaza Mayor, siendo la Casa Consistorial y el Teatro Juan Bravo los edificios más importantes que hay en ella, aunque ya desde allí se puede ver parte de la Catedral de Santa María, concretamente su imponente ábside. Para visitarla, como suele ocurrir en las catedrales de España, hay que pagar, pero aprovechamos que en breve se iba a celebrar una boda en ella para entrar gratuitamente. A pesar de que no permanecimos mucho tiempo para no interferir en la celebración, pudimos admirar el arte que conserva en su interior en sus más variadas manifestaciones: capillas, retablos, esculturas, órganos, pinturas, bóvedas estrelladas, la sillería del coro, vidrieras, cúpulas, etc.
Para no ser una de las catedrales de más renombre de España, la verdad es que me gustó bastante, y el exterior tampoco me defraudó. Si antes habíamos visto la parte trasera, al salir nos acercamos a la fachada principal, bastante simple pero con marcados rasgos góticos y una gran torre campanario. Más adelante, nos topamos con la plaza de la Merced, donde se encuentra el hito que marca el kilómetro cero de Segovia y también la iglesia de San Andrés, más bien pequeña y con relucientes paredes blancas en su interior. A continuación, paseamos un rato por unas calles que parecían más de un pueblo que de una ciudad, concretamente por donde se encuentran la iglesia de San Esteban, el Palacio Episcopal, la Casa-Museo de Antonio Machado, la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, la iglesia de la Trinidad y la Torre de Hércules.

20:15
Tocaba reponer fuerzas, y para ello nos fuimos a El Sitio a tomarnos en la barra dos rondas de refrescos (un par de cañas mi madre, un par de Coca-Colas Zero por mi parte) con sus correspondientes tapas gratis; en mi caso, me decanté por una de croquetas y otra de patatas con alioli, mientras que mi madre optó las dos veces por un salpicón de marisco. Muy bueno, muy buen servicio y a un precio casi inmejorable: 7 € en total. Tenía este 'sitio' apuntado en mi lista y la recepcionista del hotel también nos lo había recomendado, y eso suele ser buena señal, como así fue; de hecho, repetiríamos al día siguiente. La cena propiamente dicha la hicimos en El Redebal, donde, además de una botella de agua, compartimos un par de tostas, una de jamón ibérico y otra de presa ibérica, ambas de un tamaño considerable, que junto con las tapas de antes nos dejó más que satisfechos. También bastante bueno, aunque un pelín caro bajo mi punto de vista (26'90 €).
Ya cenados, y teniendo en cuenta que iba a ser la única noche que pasaríamos en Segovia, era obligado ver iluminados los principales monumentos de la ciudad. Descartamos ir hasta el Alcázar porque nos pillaba un poco lejos, así que volvimos a la Catedral, que lucía mucho más majestuosa si cabe ahora que a la luz del día, y desde allí emprendimos el camino de vuelta hacia el hotel. Empezamos por la Plaza Mayor para luego continuar por las calles Isabel la Católica y Juan Bravo, pasando entre medias por la plaza de Medina del Campo. Al final, desembocamos en la plaza del Azoguejo, donde se erige el Acueducto de Segovia, a cuyo mirador, al lado del Postigo del Consuelo, subimos para tener una perspectiva diferente de esta maravilla de la arquitectura romana. Desde allí arriba hice varias fotos, a un lado y otro del acueducto, y luego también nos hicimos fotos nosotros, tras lo cual volvimos definitivamente a nuestro alojamiento.
En la puerta del hotel nos encontramos a la recepcionista, Virginia para más señas, que estaba fumándose un cigarro, y nos quedamos un rato hablando con ella después de que se interesase por saber qué habíamos visitado. En esto, le dijimos que al día siguiente iríamos a comer al restaurante Jose María, a lo que nos preguntó si habíamos reservado mesa, y le respondimos que no. Nos dijo que era arriesgado ir sin reservar un domingo, pero que eso lo arreglaba ella rápidamente con una llamada, pues casualmente es familiar del dueño, y eso hizo, llamó desde su móvil al restaurante y nos reservó una mesa para la una y media. Le agradecimos el favor que nos hizo y seguidamente subimos a nuestra habitación a dormir, que falta nos hacía después de un largo viaje en coche y haber estado toda la tarde-noche andando de un lado para otro.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La forma del agua

El tercer libro que me he leído este verano lleva por título 'La forma del agua', obra del escritor italiano Andrea Camilleri.
Dos basureros descubren el cuerpo de un hombre sin vida en el asiento del copiloto de un coche con los pantalones y los calzoncillos bajados. El cadáver resulta ser el de un conocido político e ingeniero, y todo apunta que ha muerto de un ataque al corazón tras haber mantenido relaciones sexuales con una prostituta. A pesar de ello, el comisario Salvo Montalbano no se queda del todo conforme y decide alargar la investigación, ya que no le cuadra que una personalidad de tal importancia haya muerto en las afueras de Vigàta, donde la prostitución y las drogas están a la orden del día, y más cuando descubre que uno de los basureros guarda un colgante de gran valor que vio cerca del coche poco antes de encontrar el cadáver junto a su compañero.
De nuevo me he enfrentado al primer título de otra saga de novelas policíacas, en esta ocasión con el comisario Montalbano como protagonista, y he de decir que al principio me quedé un poco a medias. El libro es corto, apenas supera las 200 páginas con un tamaño de letra y un interlineado mayor del habitual, por lo que se puede devorar en unas tres horas, y eso hice más o menos, leerlo en tres ratos con cierta prisa, y quizás por eso al terminar me quedé un tanto desconcertado, puesto que ni me gustó ni me disgustó. Ante esta insatisfacción, decidí hacer una segunda lectura del tirón en una mañana, incluso escribiendo anotaciones de lo que iba leyendo en un folio (algo que no había hecho hasta ahora), tras lo cual mi opinión del libro se acercó más a una valoración positiva que a una negativa. Fácil de leer, buena trama y buena ambientación, y sobre todo un personaje principal, el comisario Salvo Montalbano, que si por algo destaca es por su buen corazón y por su afán de indagar y saber toda la verdad, aunque he de puntualizar que no me ha terminado de satisfacer la manera en la que al final se resuelve y se explica el caso, creo que se le podía haber sacado más jugo y, de esta forma, haber rematado mejor la novela. La serie de libros protagonizada por este comisario supera ya la treintena, es decir, está más que consolidada, lo que, unido a las críticas positivas que he leído de otros lectores de Andrea Camilleri, me lleva a incluir a Montalbano a mi lista de investigadores (detectives, policías, comisarios, investigadores privados...) de ficción a tener en cuenta para futuras lecturas, aunque de momento le daré algo más de prioridad a otras sagas.

miércoles, 8 de agosto de 2018

No es mío, pero es interesante (CXV)

Aquí llega una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en las últimas semanas. Como de costumbre, hay blogs que han conseguido colar más de una aportación, como son los casos de Microsiervos y Fogonazos, con trece y dos posts, respectivamente. Y en cuanto a la variedad de contenidos, pues la habitual: matemáticas, ciencia, astronomía, vídeos, curiosidades, etc.
Echémosle un vistazo a las recomendaciones de esta entrega:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

jueves, 2 de agosto de 2018

El sueño eterno

El segundo libro que he leído durante mis vacaciones de verano ha sido 'El sueño eterno', del escritor estadounidense Raymond Chandler.
El anciano general Sternwood solicita los servicios del detective Philip Marlowe para que resuelva un caso de chantaje que está sufriendo su alocada hija Carmen por parte de un tal Arthur Gwyan Geiger. Acto seguido, Vivian, la otra hija del general, entabla una conversación en privado con el detective porque piensa que la tarea que se le ha encomendado es la de buscar a su ex marido, Rusty Regan, que hace un mes que se fugó. Al poco de comenzar con la investigación, Marlowe escucha unos disparos en el interior de la casa de Geiger, quien ha sido asesinado en presencia de una Carmen que está drogada y desnuda. Esa misma noche, el cadáver desaparece misteriosamente después de que Marlowe lleve a Carmen a su casa; además, Bernie Ohls, su jefe, le informa de que un coche ha sido encontrado en la playa con un hombre asesinado en su interior, que resulta ser Owen Taylor, chófer de la familia Sternwood y que quiso casarse con Carmen. A partir de aquí, el detective Marlowe se las tendrá que ingeniar para encontrar la relación que existe entre Geiger, Taylor, Regan, las hijas del general y otros nombres que van surgiendo conforme pasan las horas.
Me hice con este libro buscando ampliar mis horizontes en el género de la novela policíaca, y resulta que uno de los autores más referidos era el de Raymond Chandler, estando además 'El sueño eterno', su primera novela protagonizada por el detective Philip Marlowe, considerada como una de las mejores de todos los tiempos, por lo que el éxito estaba más que asegurado, pero en mi caso me ha supuesto una enorme decepción. No pongo en duda que esta obra sea un clásico y un referente del género, que para eso los expertos saben y han leído mucho más que yo, pero su lectura me ha resultado en su mayor parte soporífera, incluso me ha llegado a entrar sueño, aunque no eterno como el del título porque sí que ha habido fragmentos que me han mantenido con algo de interés mientras la leía. A mi entender, el autor abusa de las descripciones, tanto de los personajes como de las ubicaciones, pues lo hace con tanto detalle que acaba cansando. Tampoco me ha gustado la trama, compleja de entender, con demasiados sucesos que se acaban entrelazando, al igual que los personajes, y es que llega un momento en que uno no sabe qué pinta cada uno en la historia; de hecho, el último tercio del libro lo he leído del tirón y tampoco me ha quedado muy claro cómo se resuelve el caso. En cuanto a Marlow, no me ha terminado de atraer: es demasiado socarrón, cínico y con una personalidad alejada de otros detectives con los que sí me siento más cómodo, como Sherlock Holmes, Hercules Poirot o Kurt Wallander. Por otra parte, la edición que he leído incluye dos relatos cortos (unas 50-60 páginas cada uno), muy parecido el primero a la primera parte del libro y muy parecido el segundo a la segunda parte en varios aspectos: trama similar, algunos personajes tienen el mismo nombre, hasta algunas frases se repiten tal cual. Esto me lleva a pensar que Chandler unió estos dos relatos para hacer una novela de más entidad, aunque en realidad se lo podría haber ahorrado porque los otros dos relatos se dejan leer si cabe algo más. Tengo otro libro del autor que mi madre rescató junto con otros en una bolsa que alguien dejó al lado de un contenedor (sí, hay gente que tira libros como si fueran basura, muy triste), y me da la impresión de que se va a quedar muchos años esperando a ser leído en una de mis estanterías, pues tengo muchos otros que me interesan más antes que darle una segunda oportunidad a Raymond Chandler.

sábado, 28 de julio de 2018

Viaje a Francia: día 6


Sábado, 22 de julio de 2017

9:00
Este último día del viaje nos levantamos un poco más tarde de lo habitual, aunque para variar el primero en ponerse en funcionamiento fui yo. Una vez que acudí al baño, desperté a mis amigos y a continuación me dispuse a hacer mi maleta para tenerla lista cuando viniese Oli, el casero. Ya en la cocina, me preparé el desayuno, muy similar al del día anterior, puesto que me tomé un trozo de la baguette que sobró con mantequilla, unas magdalenas y un vaso de leche fría con Nesquik. A las diez de la mañana ya estábamos con todo listo esperando al casero, con el que habíamos quedado media hora más tarde, pero no tuvimos que esperarle tanto porque llegó unos minutos antes de lo previsto.
Oli nos devolvió los 200 € de la fianza que tuvimos que pagarle el primer día sin tan siquiera revisar que todo estaba en orden, pues se fiaba de nosotros viendo que el apartamento estaba limpio y cuidado, al tiempo que nosotros le dimos los dos juegos de llaves y le recordamos que la botella de vino que nos regaló a la bienvenida ni la habíamos abierto y tampoco nos la podíamos llevar. Pasadas las diez y media, tras comentarle un poco lo que habíamos visto en la ciudad y darle las gracias por su amabilidad, nos despedimos, quedándose él en el apartamento para prepararlo con vistas a los nuevos huéspedes que recibiría ese mismo día.
Ya en la calle y con las maletas, nos acercamos a Il Meneghino, una cafetería italiana a la que mis amigos le habían echado el ojo para desayunar y que se encontraba en la Cours Victor Hugo, a apenas un par de minutos andando desde el apartamento. Ambos se pidieron un cappuccino y compartieron un cornetto cioccolato y un fagottino de pistacho, mientras que yo, como ya había desayunado antes, me pedí solamente un cornetto de cioccolato, que no es que estuviese especialmente esponjoso como se espera de un croissant, sino más bien un poco seco. En total pagamos 11'80 €, un euro y medio lo mío, y el resto a medias entre Jose y Miguel, quienes tampoco acabaron muy contentos con el café que se tomaron, aunque sí que les gustó el dulce de pistacho.
De allí, a eso de las once, nos fuimos andando al Miroir d'Eau, ya que no concebía irme de Bordeaux sin despedirme de este lugar tan mágico. Le pedimos a un turista que pasaba por allí que nos hiciese un par de fotos a los tres juntos, ya que no nos habíamos hecho ninguna en todo el viaje, tras lo cual le devolvimos el favor haciéndole a él unas cuantas con su cámara. Nuestra idea ahora era ir a la estación de tren para dejar nuestras maletas en la consigna y así poder movernos con mayor libertad el resto del día, ya que nuestro vuelo estaba previsto para las 22:10, por lo que nos acercamos a la Allée d'Orléans para coger el tranvía que nos llevase hasta allí. Compramos un bono de diez viajes que costaba 12'70 € y nos subimos en la línea C, la cual iba repleta de gente, tanto turistas como autóctonos.
El tranvía, que discurrió en paralelo al río, nos dejó en la Gare de Bordeaux Saint-Jean. Al entrar en la estación, fuimos en busca de la consigna, pero para nuestra sorpresa ya no quedaba ninguna libre, de ningún tamaño, así que no tuvimos más remedio que cargar con las maletas todo el día. Ante este repentino cambio de planes, decidimos volver al centro andando pasando por el camino por algunos de los sitios que teníamos pensado visitar, y ya luego veríamos dónde almorzaríamos. En primer lugar, cogimos por la rue de Tauzia para acercarnos a la église Sainte-Croix, la antigua iglesia abacial de un monasterio benedictino que destaca por su fachada de estilo románico de los siglos XI y XII, aunque se observan detalles del gótico que vendría más tarde en su interior, donde cabe resaltar un imponente órgano de un llamativo color verde, así como varias capillas, esculturas y cuadros de notable factura.
A continuación, cogimos por la rue du Port y luego giramos a la izquierda por la Quai Sainte-Croix hasta llegar a la Porte de la Monnaie, una de las antiguas puertas de entrada de la ciudad, muy parecida a la Porte Dijeaux que habíamos visitado apenas 24 horas antes, pero algo más pequeña y sencilla que ésta. Después, recorrimos la rue Carpenteyre hasta desembocar en la Basilique Saint-Michel y la Flèche Saint-Michel, su torre construida aparte, las cuales estaban rodeadas por el mercadillo que se suele celebrar los sábados en las plazas que las rodean. Nuestra intención era visitar el templo, pero acababa de cerrar hace apenas unos minutos, así que, como abriría más tarde, decidimos ir al centro a buscar un sitio para comer y ya luego volveríamos.

12:50
Avanzamos por la rue de la Fusterie, la rue de la Rousselle y la rue des Bahutiers hasta llegar a la zona de restauración por la que nos habíamos movido estos días; por cierto, que por el camino nos chispeó un rato, y es que el día había amanecido nublado, aunque por suerte con el paso de las horas se fue abriendo el cielo. Ahora tocaba buscar un restaurante para almorzar, para lo cual combinamos un poco de callejeo y de consultas en TripAdvisor para decantarnos finalmente por Le Rajwal, un indio en la rue des Faussets, muy cerca de la église Saint-Pierre, que presentaba una profusa decoración oriental por los cuatro costados. Yo, que no soy de comida exótica, tuve que pedir consejo a mis amigos, que me recomendaron pedir el poulet tikka massala, mientras que ellos se decantaron también por el pollo, pero en su caso el punjabi y el vindaloo, los tres platos acompañados con arroz basmati, y jarra de agua para beber, bastante fría por cierto.
Los platos no tardaron mucho en llegar, aunque para ser más exactos habría que decir que el pollo venía en unos pequeños cuencos que, por consiguiente, no traían mucha cantidad de carne para lo que costaba (unos 12 € cada uno de ellos); al menos estaba bueno, y el arroz también a pesar de su simpleza. Finalmente, el almuerzo nos salió por unos 14 € por cabeza, nada mal para ser Francia, aunque lo dicho, un poco caro teniendo en cuenta la cantidad de comida y comparándolo con las otras comidas que habíamos hecho en la ciudad. Una vez que terminamos de comer, cogimos por la rue de la Devise hasta desembocar en la concurrida rue Sainte-Catherine, casi al final de la cual paramos en La Toque Cuivrée para que Jose y Miguel comprasen canelés para sus familiares; seguidamente, cruzamos a la Cours de l'Intendance, en cuya esquina con la Place de la Comédie está la Maison Georges Larnicol, donde mis amigos también aprovecharon para comprar algunas cajas de macarons.
Nuestro siguiente destino era la Place de la Victoire, que nos pillaba un poco lejos como para ir andando después de todo el cansancio acumulado del viaje, así que aprovechamos que en la misma acera en la que nos encontrábamos podíamos coger la línea B del tranvía para llegar hasta allí en apenas seis minutos, además pasando por el camino por sitios que ya habíamos visitado, como por ejemplo la Cathédrale Saint-André. Ya en la plaza, comprobamos que allí también había mercadillo, lleno de tenderetes y de público, lo cual nos dificultó ver con tranquilidad el obelisco helicoidal de 16 metros de altura, las dos tortugas de bronce situadas a sus pies, y la Porte d'Aquitaine, la última de las seis puertas de Bordeaux que nos quedaba por visitar.
Para regresar a la Basilique Saint-Michel, nos adentramos unos metros en la rue Sainte-Catherine para luego desviarnos por la rue des Augustins, la rue du Mirail y la rue Saint-François, lo cual nos llevó unos diez minutos. En primer lugar, nos detuvimos a ver la Flèche Saint-Michel, el campanario que está separado de la basílica y que es el segundo más alto de toda Francia con 114 metros de altura, lo que permite que se vea desde casi cualquier punto de la ciudad. Teníamos la posibilidad de subir para disfrutar de las vistas que se tienen desde esta torre, pero, entre que estábamos cargando con las maletas y el cansancio que supone subir y bajar tantas escaleras, descartamos por completo esa posibilidad. Lo que sí hicimos fue entrar en el templo, de un evidente estilo gótico, aunque lo que más me llamó la atención del exterior fue el tono negruzco de parte de la fachada, al igual que de la torre, como si llevase años sin ser limpiada. Ya dentro, nos encontramos con tres naves separadas por esbeltas columnas y arcos ojivales, e iluminadas por la luz que atravesaba las numerosas vidrieras de la basílica; a destacar también varias capillas de gran valor artístico y un impresionante órgano.
Aprovechamos para descansar un buen rato en uno de los bancos del templo, ya que no teníamos planificado ver nada más, y aún nos quedaban algunas horas para que saliese nuestro vuelo. Cuando salimos de la basílica, pensamos en ir a alguna crepería para, entre otras cosas, hacer algo de tiempo, pero ello implicaría regresar al centro y, por consiguiente, alejarnos de la estación de la estación de tren, ya que por la zona en la que estábamos no tenía pinta de haber ninguna, así que lo que hicimos fue pasear tranquilamente por la ribera del río. Precisamente allí nos topamos con que había pequeños recintos para practicar diversos deportes (hockey, fútbol, voley playa, baloncesto...) en la parte ajardinada, y además estaban bastante concurridos, principalmente por jóvenes que estaban disputando pequeños campeonatos, y bien equipados con baños y fuentes para beber agua. Como no teníamos nada mejor que hacer, estuvimos allí unos quince o veinte minutos viendo los partidillos de fútbol que estaban jugando.
Cuando ya nos hartamos, cruzamos para continuar por la rue Peyronnet y la rue de Tauzia, casi al final de la cual advertí que en una de las calles que quedaban a la izquierda había un Carrefour Market, por lo que aproveché para acercarme y echar un vistazo para comprar algún producto típico de Francia. Miguel se quedó en la entrada con las maletas y Jose y yo entramos a ver qué había; al final, me decanté por un queso francés que me costó 3'05 € (no lo pude comprar muy grande porque apenas tenía sitio en la maleta y tampoco era plan de que llegase a Málaga destrozado), mientras que Jose se compró un botellín de agua para compartirlo con Miguel.

17:40
De allí nos fuimos directamente a la Gare de Bordeaux Saint-Jean. Entramos en la estación para verlo por dentro, destacando muy especialmente el enorme mural con el mapa de las líneas férreas operadas por la antigua compañía de ferrocarriles del Mediodía, y seguir haciendo tiempo en las tiendas de souvenirs por si finalmente encontraba la camiseta que estaba buscando, pero no hubo suerte, así que al final me tuve que conformar con la que me compré en Carcassonne. Nuestra idea era coger el autobús de la línea 1, el que nos llevaría al aeropuerto, sobre las siete y media u ocho menos cuarto, pero pasábamos de estar esperando allí cerca de dos horas porque no teníamos nada que hacer, por lo que decidimos subirnos al siguiente autobús que pasase, concretamente a las seis y cuarto, porque total, lo mismo íbamos a hacer en el aeropuerto que en la estación de tren.
Fuimos de los primeros en subir, así que nos pudimos sentar juntos y cerca del aire acondicionado, que ya estaba haciendo calor a pesar de que al mediodía estaba nublado. El trayecto hasta el aeropuerto no era demasiado largo, apenas unos 12 o 13 kilómetros, pero, al ser un autobús de línea, tenía muchas paradas, por lo que tardó 50 minutos en llegar al Aéroport de Bordeaux-Mérignac, poco después de las siete de la tarde. Lo primero que hicimos fue consultar un panel de información de vuelos para comprobar si decía alguno del nuestro, que estaba previsto que saliese a las 22:10, pero tal y como esperábamos todavía no aparecía nada. A continuación, nos dimos una vuelta por el aeropuerto para hacer tiempo en las tiendas, echar un ojo a los restaurantes por si alguno nos llamaba la atención para tomar algo antes de embarcar, ir al baño, etc.
Luego, buscamos un banco para sentarnos a descansar, e intentamos que estuviese cerca de algún enchufe porque mis amigos necesitaban cargar sus móviles, pero esta opción no fue posible. Pasado un rato, y tras ajustar las cuentas del día con Bizum, nos dirigimos al control de seguridad, donde tuve la mala suerte de que el arco de seguridad pitó cuando pasé por él, por lo que me tuvieron que cachear con un aparato alargado que, obviamente, no detecto nada raro; es curioso, pero casi siempre me pita en los aeropuertos extranjeros, y casi nunca en el de Málaga. Una vez ya en la terminal de embarques, comprobamos que a nuestro vuelo le habían asignado la puerta 10, así que, tras sondear un poco las tiendas de esta parte, nos fuimos a nuestra sala de espera a eso, a esperar, aunque al menos esta vez mis amigos si pudieron cargar sus móviles a unos enchufes que había libres.
Pasaban los minutos y el panel de información del vuelo seguía sin actualizarse, lo cual no era buena señal. Habíamos descartado la opción de cenar en el aeropuerto, por lo que, en vez de eso, lo que hicimos fue comprar algo para picar en una máquina expendedora; primero fueron mis amigos mientras yo me quedaba vigilando las maletas para comprarse un gofre, y luego yo me acerqué para comprar un paquete de galletas que me costó 2 €, bastante caro teniendo en cuenta que su tamaño era pequeño, pero es lo que pasa en los aeropuertos. Por fin, a las nueve y cinco salió un aviso en la pantalla de nuestra puerta de embarque y se informaba de que el vuelo se retrasaba hasta las 23:05, es decir, para una hora más tarde de lo previsto; así pues, nos tocaba esperar más tiempo todavía. Harto de estar sentado sin hacer nada, me dediqué a pasear sorteando a los pasajeros que estaban repartidos por toda la zona de embarque, además de acercarme de vez en cuando por los ventanales que daban a las pistas para ver cómo despegaban y aterrizaban los aviones; de hecho, probé a hacer algunas fotos, pero, entre los reflejos del cristal y que ya era de noche, no conseguí ninguna decente.
Pasadas las diez y media, me percaté de que un avión de Vueling se estaba aproximando a la zona en la que nos encontrábamos, lo cual quería decir que en breve empezaría el embarque, y así fue. Poco antes de las once se anunció en la pantalla de nuestra puerta, por lo que rápidamente nos pusimos en la cola para ser de los primeros en embarcar a pesar de que ya teníamos asignados los asientos (26A en la ventana para mí, 26B para Jose y 26C para Miguel), pero no me gusta quedarme muy atrás porque así me aseguro de guardar mi maleta en el compartimento situado sobre mi asiento y no en la otra punta del avión como alguna vez me ha pasado. Nos llamó la atención que junto a la mesa de embarque había dos niños que no tendrían más de 5 o 6 años, agarrados de la mano y con sus mochilitas colgadas en la espalda, y que sin duda viajaban solos, ya que una azafata estaba continuamente pendiente de ellos, pidiéndoles la documentación necesaria y dándoles instrucciones; como os podéis imaginar, todos los que estábamos allí no hacíamos otra cosa que mirarles, y la cosa es que se les veía muy tranquilos, como si no fuese la primera vez que se encontraban en esta tesitura.
Poco a poco fuimos embarcando y acomodándonos en nuestros asientos. Bueno, lo de cómodo es un decir, ya que yo precisamente cómodo no estaba, y si no fijaos en la foto que acompaña a estas líneas: las piernas abiertas todo lo posible porque rectar no me cabían y encajadas entre la pared del avión, los asientos delanteros y la pierna de Jose; movilidad nula con los pies cruzados y sin posibilidad de cambiar de postura; y de remate, a los pocos minutos el pasajero de delante echó su asiento hacia atrás (estaba en su derecho), pero claro, eso reducía todavía más el espacio entre mi asiento y el suyo, de tal manera que la distancia entre mi nariz y el asiento de delante era de apenas unos 30 centímetros. Así se suponía que tendría que aguantar un par de horas hasta llegar a Málaga, por lo que el vuelo se me iba a hacer más largo si cabe.
Por cierto, que antes de que el avión se pusiese en marcha, se nos acercó un pasajero que por sus pintas y rasgos físicos nos recordó al cantaor Diego el Cigala, y que, al vernos sentados a los tres juntos, nos dijo "creo que tenemos un problema". Nos dio a entender que uno de nosotros no estaba en su sitio, pero el que estaba equivocado era él, pues su asiento era en esa misma fila pero al otro lado del pasillo, con una pareja de españoles. A todo esto, el avión despegó finalmente a las 23:25, una hora y veinte más tarde de lo previsto, por lo que aterrizaríamos en Málaga siendo ya domingo, pero yo no estaba dispuesto a aguantar todo el trayecto en este plan. Me planteé seriamente llamar a una de las azafatas y hacerle ver lo vergonzoso de las condiciones en las que estaba viajando, que a todo esto no es la primera vez que me pasaba con Vueling. Por suerte, a la media hora de despegar, mis amigos me advirtieron que la fila de atrás estaba totalmente vacía (yo no podía verlo, así de encajonado estaba), por lo que para evitar cualquier discusión me cambié de sitio sin pedir permiso siquiera. No os podéis hacer una idea de la liberación que sentí en ese momento.
Solucionado este problema, el entretenimiento del vuelo se centró completamente en el pasajero que antes comenté. Desde que se sentó con la pareja, no paró de darles palique y de contarles historias que no venían mucho a cuento, especialmente a la chica, aunque tanto ella como el chico no sabían cómo quitárselo de encima. A todo esto, daba la impresión de que estaba un poco borracho, lo cual quedó patente cuando pasado un rato se levantó para ir al baño y al volver no era capaz de encontrar su sitio. Luego, cuando ya se le acabaron los temas de conversación, dejó a esta pareja tranquila y se cambió a la fila de atrás, la misma en la que yo estaba ahora, que casualmente también tenía los tres asientos libres, y se tumbó en ella, y ni corto ni perezoso se puso a escuchar música con su móvil a un volumen considerable, así como a canturrear un poco. Las azafatas no sabían que hacer ante este panorama, aunque pasado un rato una de ellas se atrevió a pedirle que no hiciese tanto ruido. Por último, la parte final del vuelo se la pasó durmiendo. Como podéis ver, el espectáculo fue mayúsculo.
Pues bien, entre que por suerte me pude cambiar de sitio para estar más cómodo y que tuvimos un pasajero que nos proporcionó cierta distracción, el vuelo se nos pasó relativamente rápido. El avión aterrizó en el aeropuerto de Málaga a las 0:55; unos minutos después, se enganchó al finger por el que fuimos saliendo para acceder a la terminal. A continuación, fuimos en busca de uno de los hermanos de Jose, que nos estaba esperando en su coche para recogernos y dejarnos en nuestras respectivas casas, primero a Miguel y luego a mí en la mía, a la que llegué a las dos menos diez de la madrugada, terminando de esta forma este viaje a Francia.

Nota: no es la primera vez que el relato de los viajes que hago se alarga en el tiempo más de lo normal. Sin ir más lejos, este último post de mi viaje a Francia se está publicando más de un año después de haberse terminado, y no ha sido por gusto, sino porque uno tiene cada vez más responsabilidades, y en especial el trabajo de profesor se lleva muchas horas. Resulta que me queda pendiente por contar un segundo viaje que hice en agosto del verano pasado, pero la cosa no queda aquí, ya que hace unos días volví de otro y el mes que viene tengo otro más. Esta acumulación de viajes por compartir en el blog me ha llevado a tomar una decisión que ya me había planteado con anterioridad y que ahora no tengo más remedio que aplicar: a partir de ahora, no me extenderé tanto en el relato de mis viajes. No tengo tiempo para ello, y es una pena porque es en los detalles donde reside buena parte de las anécdotas más importantes de un viaje, pero el tiempo es finito y hay que recortar por aquí. Estoy seguro de que entenderéis esta decisión, y sobre todo espero que sigáis disfrutando de los relatos de mis viajes aunque ya no vayan a estar tan desglosados como hasta ahora.

lunes, 23 de julio de 2018

Los perros de Riga

Hoy he terminado de leer el primero de los libros que pretendo devorar este verano, y en concreto ha sido 'Los perros de Riga', del escritor sueco Henning Mankell.
Dos cadáveres aparecen en un bote salvavidas arrastrado por la corriente en la costa de la localidad sueca de Ystad. El caso es asignado entre otros al inspector Kurt Wallander, quien tendrá que investigar el motivo que se esconde tras la muerte de estas dos personas, cuyos cuerpos han vagado varios días por el Mar Báltico procedentes de Letonia. Es por ello que tendrá que colaborar durante unos días con el mayor letón Karlis Liepa, para más tarde continuar con la investigación en la propia Letonia cuando se descubre que Liepa ha sido asesinado el día de su regreso de Suecia. En Riga conocerá no solamente a Baiba Liepa (la viuda del mayor) y a los coroneles Putnis y Murniers, sino también que este país báltico se halla inmerso en una delicada situación política y social como consecuencia de la disolución de la URSS, y donde la conspiración y la corrupción policial está a la orden del día.
Han pasado cuatro años desde que leí 'Asesinos sin rostro', el primero de los libros que componen la saga del inspector Kurt Wallander, y en cuanto a la valoración que hago de la lectura de este segundo título puedo decir más o menos lo mismo que de su predecesor. En líneas generales me ha gustado: la trama es atrayente a pesar del trasfondo soviético que la envuelve, que al final no me ha resultado tan árido como me esperaba; el autor no se centra exclusivamente en la parte policial, sino que vuelve a darle cierta importancia a la vida personal del inspector, cuya relación es nula con su ex mujer y escasa con su padre y con su hija; por último, el desenlace está bien hilado y no deja cabos sueltos. En cuanto a las pegas, también me repito bastante con el primero de la saga: la continua referencia a nombres y lugares suecos y letones dificulta un poco la lectura y el seguimiento del caso, aunque he de reconocer que no me ha costado tanto como la otra vez; el final de algunos capítulos te deja con ganas de seguir leyendo, pero el libro en conjunto no engancha del todo como para querer devorarlo en dos tardes, ya que algunas páginas se me han hecho un poco cansinas. A este respecto, las comparaciones con Arthur Conan Doyle y con Agatha Christie, los dos grandes del género, son inevitables y es justo reconocer que todavía pongo a Henning Mankell en un escalón por debajo. En cualquier caso, sí que podría concluir que este segundo título de la saga me ha gustado un poquito más que el primero, por lo que seguiré apostando por las aventuras de Kurt Wallander de aquí en adelante, pues a buen seguro me brindará buenas y todavía mejores lecturas.

lunes, 9 de julio de 2018

No es mío, pero es interesante (CXIV)

Aquí llega una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en las últimas semanas. Como siempre, hay algunos blogs que aportan más de un post, y en este caso Microsiervos casi monopoliza las recomendaciones de hoy con 20 entradas. Lo que tampoco falla es la variedad de contenidos: matemáticas, ciencia, astronomía, curiosidades, vídeos, etc.
Echémosle un vistazo a la entrega de hoy:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

sábado, 30 de junio de 2018

Respuestas de alumnos 'matemáticos' (V)

Quinto curso como profesor de Matemáticas y quinto año en el que recopilo las respuestas más curiosas que mis alumnos han dejado por escrito en los exámenes. Al igual que el curso pasado, he vuelto a dar clase en los mismos niveles (1º ESO, 2º ESO y 3º ESO de Matemáticas Aplicadas), aunque con diferente reparto de grupos (uno, tres y uno, respectivamente), y de nuevo he podido sacar una importante lista de respuestas a cada cual más increíble y ocurrente que, en parte, compensa el mal rato que supone que suspendan algunos de estos alumnos por no saber responder a una pregunta teórica o no encontrar la solución a un problema. Precisamente, esta vez voy a centrarme sobre todo en las soluciones a todas luces erróneas e imposibles a las que han llegado mis alumnos, eso sí, sin olvidarme de ese vocabulario que sale de la inagotable imaginación de estos adolescentes cuando les pregunto por ciertos conceptos geométricos, que ha sido mi principal fuente de recursos en los recopilatorios de años anteriores (2013, 2014, 2015 y 2017).
Comenzamos con las respuestas de mis alumnos de 1º ESO del examen teórico de geometría, en el que les hacía varias preguntas que se respondían con tres o cuatro tipos de determinados elementos geométricos, entre ellas las siguientes con la correspondiente respuesta 'extraña':
  • ¿Cómo se clasifican los ángulos con respecto a 180º?: CONVERSO.
  • ¿Cuáles son los cuatro tipos de paralelogramos?: CRUZADA.
  • ¿Cuáles son los tres puntos notables del triángulo que están contenidos en la recta de Euler?: OCTOCENTRO.
No están nada mal estas respuestas, pero me gustan más las que me dejaron cuatro alumnos en una frase en la que faltaba el nombre de un polígono y... bueno, he aquí los polígonos que ellos se inventaron (entre paréntesis):
  • Un ENEÁGONO (HORECSÍGONO, ECTÁGONO, HENEÁGONO, NONECÁGONO) es un polígono de nueve lados.
Sin duda alguna, con el vocabulario geométrico es con el que mejor me lo paso cuando corrijo exámenes, pero, como he avanzado al principio, este curso también me he querido fijar en esas soluciones de problemas que no se sostienen por ningún sitio. Concretamente, en el examen de problemas de geometría les preguntaba por la superficie que está pintada de rojo en las señales de tráfico de prohibición de circular a más de una determinada velocidad; obviamente, al ser un área, la unidad de medida del resultado tenía que venir expresada en centímetros cuadrados, pero hubo una alumna que lo midió en LITROS y otra que lo expresó en KM/H. Es lo que pasa cuando no se lee y no se comprende bien el enunciado.
Pasamos ahora al examen de álgebra, en uno de cuyos problemas tenían que averiguar las dimensiones de la sala de profesores del instituto; pues bien, hubo quien determinó que medía 20 centímetros de largo y 12 centímetros de ancho, es decir, que la sala de profesores es más pequeña que un folio DIN A4. En el examen anterior, de proporcionalidad y porcentajes, les puse varios problemas, entre los cuales destaco los siguientes y sus respectivas respuestas:
  • En uno de ellos, les pedía que calculasen cuántos kilogramos de pienso comería mi perra en 70 días sabiendo que tarda 28 días en comerse una bolsa de 5 kg. Dos alumnos llegaron a la conclusión de que comería 392 kg y 436 kg, una auténtica barbaridad, puesto que eso implicaría que mi perra se zampa unos 6 kg de pienso al día. Menos mal que no es así, que si no ya habría muerto por sobrealimentación.
  • En otro problema, les preguntaba por el porcentaje de acierto de Pau Gasol sabiendo que ha anotado 12 canastas de 20 intentos. Un alumno obtuvo como resultado 166'66 %, es decir, que encestó más veces de las que tiró. Todo un fenómeno nuestro crack baloncestístico.
  • Algo parecido ocurrió en otro de los problemas de este examen, en el que tenían que averiguar el descuento aplicado a una camiseta que costaba 15 € y por la que solamente había que pagar 12 €. Según uno de los alumnos, el descuento era del 125 %, o lo que es lo mismo, que al cliente le regalaban la camiseta y encima le daban dinero por comprarla. ¿Dónde está esa tienda de ropa?
Termino con mis alumnos de 1º ESO con un par de problemas más, concretamente uno del examen de números naturales y otro del examen de números enteros:
  • En el problema de números naturales, les hablaba de un peregrino que quería recorrer una ruta del Camino de Santiago en 9 días, sabiendo que esa misma ruta había sido recorrida por otro peregrino en 8 días, habiendo caminado 27 kilómetros cada día. Según tres de mis alumnos, el otro peregrino tendría que andar 243 km, 452 km y 1944 km al día para hacer esa misma ruta. Vamos, que una maratón es una broma para este peregrino.
  • En uno de los problemas de números enteros, tenían que averiguar la edad de Pitágoras cuando murió sabiendo su año de nacimiento y de muerte. Fueron varios (diez o doce por lo menos) los que se quedaron tan panchos al escribir que este famoso matemático murió con -94 años, o sea, un siglo antes de nacer.
Ahora bien, para problemas de edades, los clásicos son aquéllos en los que se utilizan ecuaciones de primer grado o sistemas de ecuaciones, y he aquí que mis alumnos de 2º ESO han querido aportar su granito de arena. En uno de ellos, el objetivo era obtener la edad de Messi y su hijo a partir de ciertas relaciones entre sus edades; pues un alumno determinó que Messi tiene 60 años y que su hijo tiene -600, esto es, que el hijo tiene una edad negativa que implica además que sea mayor que su padre. Por su parte, en otro problema en el que se pedía la edad de Goku, Gohan y Vegeta en la saga de Célula y los androides, resulta que alguien llegó a la conclusión de que Goku tenía 105 años, Gohan 85, y Vegeta 105. No sé yo, pero con esa edad ya cuesta mantenerse en forma para convertirse en superguerrero.
Seguimos con mis alumnos de 2º ESO, ahora con el examen de proporcionalidad y porcentajes. En uno de los problemas, preguntaba cuál era el precio final de una televisión de 480 € con un descuento del 15 %. Hubo quienes obtuvieron un precio mayor que el original a pesar de que obviamente tenía que salir más barato (3125 €, 3200 €), y otro al que, a pesar de ser un descuento pequeño, le salía muy barato (72 €). Por último, en el examen de semejanza y teorema de Thales, tenían que averiguar la altura de la torre Eiffel en el típico problema de sombras que se suele hacer en esta unidad didáctica. Atención a los resultados que obtuvieron algunos: 0'0276 metros (algo más grande que una moneda de 2 €), 3240 metros (casi tan alta como el Mulhacén) y 14'4 metros (más o menos la altura de un edificio de 4 o 5 pisos).
Pasamos ahora al grupo de 3º ESO de Matemáticas Aplicadas, cuyos alumnos también me han dejado alguna que otra perla digna de mención, como por ejemplo ocurrió en el examen del tema de sistemas de ecuaciones, donde cayó el típico problema de los animales y sus patas; en este caso, el problema decía que había 28 animales entre vacas y gallinas, y en total 80 patas. Obviamente, había que averiguar cuántas había de cada animal, pero es que un alumno llegó a poner como solución 160 vacas y 132 gallinas. ¿Más animales que los del enunciado? La única explicación es que los 28 animales hubiesen estado dándole que te pego durante la resolución del problema, haciendo vaquitas y gallinitas.
Como último ejemplo de este recopilatorio, volvemos a las preguntas teóricas de geometría, ya que en este grupo de 3º ESO también planteé algunas frases a las que les faltaba una palabra, y en una de ellas hubo un par de alumnos que escribieron sendas respuestas que no pegaban ni con cola:
  • Las caras de un dodecaedro tienen forma de PENTÁGONO (PIRÁMIDE, PRISMA) regular.
Está claro que el objetivo de este recopilatorio es el de pasar un buen rato con las respuestas curiosas que uno se encuentra cuando corrige los exámenes (ya os digo que, por lo que escucho de otros compañeros, en otras materias habría para escribir varias entradas), pero al mismo tiempo me genera mucha preocupación, concretamente esas soluciones a las que los alumnos llegan en los problemas. Es muy frustrante ver que no sean capaces de darse cuenta de que la solución a la que han llegado es imposible, como pasa en los ejemplos de la altura de la torre Eiffel o en los de edades o en el de los kilos de pienso que come mi perra, sobre todo cuando yo les recuerdo casi cada día en clase que es muy importante interpretar la solución que se obtiene en un problema. Lo que esto significa es que estos alumnos se van a creer cualquier cosa que les digan de aquí en adelante, que les van a engañar, que se van a aprovechar de ellos por no tener un mínimo de sentido común. Si cometen estas pifias en un simple examen de Matemáticas y se quedan tan anchos, ¿qué pasará dentro de unos años cuando tengan que resolver un problema de verdad?
En fin, para bien o para mal, no dudéis que al final de cada curso seguiré compartiendo con vosotros todas estas imaginativas y divertidas respuestas de mis alumnos 'matemáticos'.

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta septuagésima octava edición, también denominada 9.2, está organizado por Pedro Daniel Pajares a través de su blog A todo Gauss.