sábado, 6 de enero de 2018

Melchor, Gaspar y Baltasar lo han vuelto a hacer

Ni los más sabios del lugar pueden encontrar una explicación razonable a lo que sucede cada 6 de enero, porque cómo es posible que Melchor, Gaspar y Baltasar hayan sido capaces de dejar tantos regalos en tantas casas en una sola noche. Nadie lo sabe, tampoco los ilusionados niños que escribieron sus cartas a los Reyes Magos y que a esta hora ya estarán disfrutando de los juguetes que tanto anhelaban.
Los Reyes Magos también se han dejado caer por mi casa y no se han olvidado de traerme unos cuantos regalos que había pedido, así como otros que no esperaba:
  • 'El escondite', de Ian Rankin.
  • 'El silencio de la ciudad blanca', de Eva García Sáenz de Urturi.
  • 'La gran novela de las matemáticas', de Mickaël Launay.
  • 'Las aventuras de Sherlock Holmes', de Arthur Conan Doyle.
  • Unas chanclas.
  • Una noche de hotel en Sevilla.
  • Dinero.
¿Qué tal os ha ido a vosotros? ¿Os han traído muchos regalos los Reyes Magos este año? ¿Papá Noel también os ha dejado algo? Espero que no os hayan dejado carbón y que me lo contéis a través de un comentario ;)

lunes, 1 de enero de 2018

Los posts más leídos de 'El mundo de Rafalillo' en 2017

Comenzamos el año con el repaso a lo que ha sido el blog durante los pasados doce meses en lo que respecta a los posts más leídos, visitados y que más me ha gustado escribir. En primer lugar, detallamos los diez posts que han recibido más comentarios en 2017, sin considerar los que estaban relacionados con juegos:
  1. Resumen de la Edición 8.2 del Carnaval de Matemáticas: 9 comentarios.
  2. ¿Cuál es el mejor número?: 4 comentarios.
  3. Premio #CarnaMat82: 4 comentarios.
  4. Carnaval de Matemáticas 8.2 del 21 al 28 de marzo: 4 comentarios.
  5. Las dichosas Matemáticas bilingües: 3 comentarios.
  6. La seducción de las matemáticas: 2 comentarios.
  7. El signo de los cuatro: 2 comentarios.
  8. Espía de Dios: 2 comentarios.
  9. No es mío, pero es interesante (CIV): 2 comentarios.
  10. Ganador del Premio #CarnaMat84: 2 comentarios.
Seguimos ahora con otro criterio importante, el del número de visitas recibidas. Ésta es la lista de las diez entradas más visitadas en 2017:
  1. ¿Qué diferencia existe entre un equinoccio y un solsticio?: 3.684 visitas.
  2. ¿Por qué las tarjetas de crédito tienen esa forma?: 922 visitas.
  3. El lenguaje de las matemáticas: 733 visitas.
  4. ¿Por qué el vidrio es transparente?: 708 visitas.
  5. ¿Números cerca del infinito?: 423 visitas.
  6. ¿Cuál es el mejor número?: 320 visitas.
  7. ¿Qué puedes comprar con 500 €?: 269 visitas.
  8. Literatura matemática: 268 visitas.
  9. La paradoja del cumpleaños siempre se cumple: 249 visitas.
  10. Series numéricas (VI): 247 visitas.
A continuación, mostramos los diez posts con mejor promedio de tiempo de visita en el año que acaba de terminar:
  1. Navidad en Málaga: 27 minutos y 10 segundos.
  2. Los posts más leídos de 'El mundo de Rafalillo' en 2016: 26 minutos y 45 segundos.
  3. Vía Crucis de la Agrupación de Cofradías 2012: 25 minutos y 53 segundos.
  4. 250 años orando con nosotros: 24 minutos y 31 segundos.
  5. Viaje a Córdoba: día 1: 23 minutos y 59 segundos.
  6. Viaje a Milán: día 3: 20 minutos y 11 segundos.
  7. Ocho apellidos vascos: 18 minutos y 30 segundos.
  8. Viaje a Escocia: día 1: 16 minutos y 37 segundos.
  9. ¿Errores graves en las matemáticas?: 16 minutos y 3 segundos.
  10. Mena celebra el 75 aniversario de su Cristo: 15 minutos y 30 segundos.
Finalmente, os detallo las diez entradas publicadas en 2017 que más me ha gustado escribir. Siguiendo la tónica de los últimos años, tengo poco donde poder elegir porque solamente 41 posts, y muchos de ellos de la sección 'No es mío, pero es interesante' o de algunos juegos, por lo que no ha sido muy complicado elegir las mejores entradas:
  1. La magia del 6 de enero sigue intacta: los Reyes Magos siempre se portan muy bien conmigo, pero esta vez se superaron regalándome ocho libros, como el año anterior.
  2. Carnaval de Matemáticas 8.2 del 21 al 28 de marzo: por segunda vez he tenido el honor de organizar el Carnaval de Matemáticas, que cuenta ya con casi ocho años de vida.
  3. No es mío, pero es interesante (C): aunque ya no tiene tanto seguimiento como en sus comienzos, que una sección como ésta llegue a las cien entregas es como para hacerle un hueco en esta lista.
  4. Una Semana Santa inolvidable entre dos tierras: que no llueva en toda la Semana Santa, que hayan salido todos los tronos y que además haya podido estar tanto en Málaga como en Jerez de la Frontera... Se me antoja difícil superar la Semana Santa de 2017.
  5. Ganador del Premio #CarnaMat84: por fin tuve la suerte de poder ganar una de las ediciones del Carnaval de Matemáticas, y todo gracias a esta entrada. Mucho me había costado, pero la espera mereció la pena.
  6. Viaje a Córdoba: día 1: una escapada de fin de semana a una ciudad tan bonita y tan cercana que solamente había visitado con el colegio hace ya muchos años.
  7. El signo de los cuatro: el mejor libro que leí el año pasado lleva la inconfundible firma de Arthur Conan Doyle y su genial personaje, el detective Sherlock Holmes.
  8. Viaje a Francia: día 1: en verano retomé mi habitual viaje con mis amigos del colegio, esta vez para visitar Toulouse, Carcassonne y Bordeaux, y luego en agosto haría una ruta por España con mi madre. A ver cuándo termino de relatar el viaje a Francia para poder empezar con el otro.
  9. Un blog de diez: diez años no se cumplen todos los días, y mi blog los cumplió hace poco. Todo un logro que para nada imaginaba cuando publiqué la primera entrada.
  10. Las dichosas Matemáticas bilingües: una crítica dura pero constructiva al bilingüismo en la materia de Matemáticas que, para mi sorpresa, generó varios debates en Twitter en los que quedó más que patente que no soy ni mucho menos el único que piensa así.
Esto es lo que ha dado de sí el año 2017 de 'El mundo de Rafalillo'. Os toca ahora a vosotros opinar sobre cuáles han sido las mejores entrada del blog durante el 2017.
¡Feliz año 2018!

lunes, 11 de diciembre de 2017

Las dichosas Matemáticas bilingües

Por todos es sabido que aprender inglés es básico hoy día. Desde hace muchos años te exigen un nivel mínimo en multitud de puestos de trabajo, y, aunque más reciente, también es cada vez más normal encontrarse en algunos estudios universitarios el requisito de tener al menos un B1 para poder conseguir el título. Es por estos y otros motivos por los que la Junta de Andalucía, al igual que ocurre en el resto de España, lleva ya varios cursos implantando de forma gradual la enseñanza bilingüe en sus colegios e institutos, principalmente en inglés, y que ya afecta a más de la mitad de ellos.
Para aquéllos que no sabéis de qué va exactamente esto del bilingüismo, grosso modo se puede decir que consiste en impartir en una lengua extranjera al menos el 50 % de las clases de algunas materias de áreas no lingüísticas (Geografía e Historia, Matemáticas, Educación Física, Música...) de cada curso, que suelen ser tres o cuatro. Visto así da la impresión de que con esta medida se favorece en el alumnado el aprendizaje del inglés (en algunos centros lo hacen con el francés o el alemán), es más, lo que se pretende es que un alumno que termine la ESO tenga un nivel equivalente a un B1, y un B2 en el caso de que cursen el Bachillerato. Nada más lejos de la realidad.
Opiniones acerca del bilingüismo hay a patadas, tanto a favor como en contra. Yo soy de los del segundo grupo, y para ser sincero cada vez conozco a más compañeros que piensan como yo y menos que se posicionan en pro del bilingüismo tal y como está establecido actualmente. El haber sido profesor de Matemáticas bilingüe el curso pasado (en 1º y 2º ESO) y lo que llevamos de éste (en 2º ESO y 3º de Matemáticas Aplicadas) no ha hecho más que reafirmarme en la postura que ya tenía previa a esta experiencia, y que no es otra que afirmar que el bilingüismo es una gran mentira metida con calzador que no consigue ni por asomo el objetivo que se persigue, el de que los alumnos aprendan inglés, y no solo eso, sino que además repercute negativamente en las materias que forman parte del Proyecto Bilingüe de cada centro educativo.
No voy a decir simplemente que estoy en contra, para nada, puesto que a continuación voy a exponer algunas de las muchas razones que justifican por qué pienso así para finalmente dar mi versión de cómo tendría que ser ese bilingüismo que sí que favorecería el aprendizaje del inglés (o del idioma de turno) en el alumnado, por lo menos con más éxito que con lo que hay ahora. Obviamente, lo haré desde la perspectiva del profesor de Matemáticas que soy y que, como he dicho antes, llevo ya más de un curso teniendo que dar parte de la materia en inglés, pero estoy seguro de que no se aleja demasiado de lo que piensan muchos profesores de otras materias que también se ven afectadas por el bilingüismo.
El primer motivo por el que el bilingüismo no funciona es que hay muchos institutos bilingües que en 1º ESO reciben a alumnos y alumnas de los colegios adscritos que ya de por sí no son bilingües. Gran fallo. Resulta que el alumnado únicamente sabe el inglés que ha aprendido en la materia de Inglés, como los de mi generación, es decir, mucha gramática y vocabulario, pero muy poco de hablar, escuchar, leer o escribir en inglés, así que relacionado con la materia de Matemáticas habrán aprendido los números y para ya de contar, y nunca mejor dicho. Pues resulta que ni eso, y es que la ESO está plagada de estudiantes que todavía confunden 'forty' con 'fourteen', 'hundred' con 'thousand', y luego están los que directamente no saben ni contar del uno al diez en inglés. Y hurgo más en la herida: el otro día en 2º ESO puse un problema en inglés en un examen y una alumna me preguntó qué significaba 'building', pero es que el curso pasado, también en 2º ESO, tenía alumnos que no sabían el significado de 'when' o 'the'. ¿Cómo le voy a explicar a estos alumnos a sumar fracciones, resolver ecuaciones o calcular el área de un rectángulo en inglés si ni siquiera saben traducir palabras tan elementales como 'building', 'when' y 'the'?
Ante esta falta de base en inglés del alumnado, el curso pasado me vi obligado a no explicar nada en inglés, más que nada porque si lo hacía y además ponía preguntas en inglés en los exámenes, entonces me iba a encontrar con una cantidad de alumnos suspensos en Matemáticas para echarse a llorar. Y para muestra, un dato muy esclarecedor: en un grupo de 2º ESO solamente me aprobaron la materia 10 alumnos de 23 en junio y habiendo utilizado el inglés solamente en el primer trimestre, cuando me di cuenta de que así no iba a ninguna parte. Si hubiese explicado Matemáticas en inglés al menos el 50 % de las clases (¡sí!, se supone que tenemos que impartir al menos la mitad de las sesiones en inglés), me parece a mí que con una mano me hubiese bastado para contar a los aprobados.
Yo lo tengo muy claro, y es que no estoy dispuesto a hipotecar mi materia por culpa del dichoso bilingüismo para que luego mis alumnos pasen de curso de aquella manera y se tengan que enfrentar a unas Matemáticas más complejas sin dominar medianamente lo básico de la materia por haber perdido el tiempo en aprender a decir una fracción o recitar paso a paso una ecuación en inglés, que luego en esa reválida de 4º ESO o en la Selectividad todas las preguntas van a estar en un perfecto castellano. Pues eso, que tanto el curso pasado como éste estoy explicando la materia íntegramente en español, y así y todo muchos ni se enteran (será que explico mal, dirán algunos). Lo único que sale de mi boca en inglés es el vocabulario básico de la unidad didáctica en cuestión (no más de ocho o diez palabras o expresiones) y las relaciones de problemas con el enunciado en el idioma de Shakespeare para que, a la hora de resolver uno de ellos en clase, un alumno lo lea e inmediatamente otro lo traduzca, si es que al final no lo acabo traduciendo yo.
Decía antes que la normativa exige que en las materias de áreas no lingüísticas que estén integradas en el Proyecto Bilingüe del centro educativo, como es el caso de Matemáticas en muchos institutos (así ha sido en los dos que he trabajado hasta ahora, en 1º y 2º ESO donde estaba el curso pasado, en 2º y 3º ESO en el que doy clase actualmente), hay que utilizar el inglés en al menos en 50 % de las sesiones, por lo que no hay que ser muy listo para darse cuenta de que me estoy saltando la ley por la puerta grande, aunque ya empezáis a saber por qué. Ahora bien, resulta que esa misma ley afirma que en estas materias no lingüísticas no podemos penalizar en los exámenes al alumno por su mal uso del inglés. ¿Qué quiere decir esto? Os pongo un ejemplo para que lo entendáis. Imaginad que el/la profesor/a de Geografía e Historia bilingüe de 2º ESO pregunta en inglés en su examen por el descubrimiento de América, y el alumno responde obviamente en inglés, pero utilizando tiempos verbales incorrectos (Colón will discover América), obviando la conjugación del verbo en tercera persona del singular (América were discovered in 1492), cometiendo faltas de ortografía (discober), etc. Si el contenido expuesto es correcto (el alumno sabe que Cristóbal Colón descubrió América en 1492, que usó tres carabelas, que Rodrigo de Triana fue el primer que avistó tierra...), la pregunta está completamente bien, aunque ni Google Translate sea capaz de dar una traducción aproximada de lo que el alumno ha respondido.
¿Cuál es la consecuencia de esto? Que el alumno, al saber que no se le va a penalizar por expresarse incorrectamente en inglés, pasa de ti cuando explicas en inglés para que luego le repitas la explicación en español, y ya si eso en el examen contesta en spanglish, total, si va a dar lo mismo. En los exámenes de Matemáticas, la verdad es que hay poco que redactar en inglés, más allá de poner una pequeña frase con la solución al final de cada problema, pero claro, es que hay muchos que dejan el problema en blanco porque directamente no entienden el enunciado, y eso que los pongo muy similares a los trabajados en clase. Entre que no podemos restar puntuación y que muchos alumnos no saben el suficiente inglés como para ser capaces de traducir el enunciado de un problema, mi compañera de Matemáticas bilingüe y yo hemos acordado lo siguiente: preguntar en cada examen un problema en inglés que valga a lo sumo dos puntos, y ofrecer como alternativa otro en español con la misma puntuación pero más difícil, para luego considerar en la nota del examen aquél en el que haya obtenido una mejor calificación. En resumen: se beneficia al que tiene cierta soltura con el inglés con un problema más sencillo, y se perjudica al que no tiene ni idea de inglés y encima le cuestan las Matemáticas con un problema más complejo. Todo muy educativo y lógico, oye.
Vamos ahora con el/la auxiliar de conversación (AC de aquí en adelante), esa persona nativa del Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos, etc., vaya, de algún país anglosajón, que asignan a cada centro bilingüe para que acompañe al profesorado de materias bilingües en sus clases doce horas a la semana a repartir entre todos ellos según cómo cuadren los horarios y demás. En mi caso, en el instituto donde trabajé el curso pasado, éramos doce profesores en el programa bilingüe, por lo que el AC, un joven de Nueva York, nos acompañaba una hora a la semana en un mismo grupo, de 1º ESO en mi caso, pero en los otros grupos donde yo impartía Matemáticas en inglés (otro de 1º y dos de 2º ESO) no entraba conmigo. Este curso, en el instituto contamos con una chica de Londres, pero siendo la mitad de alumnos (otra lógica aplastante de la Junta de Andalucía), que alterna dos horarios cada semana para poder entrar en todos los grupos y materias bilingües, por lo que en mi caso me acompaña en una sesión cada dos semanas en los cuatro grupos en los que imparto Matemáticas en inglés (tres de 2º y uno de 3º ESO).
Hasta aquí, todo normal, pues la idea es que el alumnado escuche inglés de una persona nativa, pero el problema viene con lo que voy a contar ahora. Estos AC tienen sus estudios (el del curso pasado no me acuerdo qué hizo, pero la de este curso ha estudiado Filosofía), y sí, tienen que ayudar a dar clase al profesorado de Geografía e Historia, Educación Física, Matemáticas, Biología y Geología, etc. Esto quiere decir que rara es la vez que antes de que me acompañe a clase no tenga que dedicarle un tiempo considerable en explicarle lo que le estoy explicando a los alumnos para que luego sepa de qué hablar y no cometa errores, y esto último ya os digo que es imposible de evitar, porque evidentemente una persona especialista en Filosofía sabe de Matemáticas lo poco que recuerda de sus años mozos. ¿Os imagináis que yo fuese AC en español en un instituto de Liverpool y tuviese que ayudar al profesor de Historia con la guerra de los Cien Años que enfrentó a Inglaterra y Francia? Un auténtico disparate, ¿a qué sí?
¿Consecuencias directas de tener que contar con la ayuda de un/a AC? Pues unas cuantas. En esa sesión que me acompaña no explico ningún concepto nuevo, es decir, no avanzo temario, lo que en mi caso se traduce en 'perder' una de cada seis clases en 2º ESO y una de cada ocho en 3º ESO, porque, como he dicho más arriba, no explico nada en inglés, que si no los alumnos no se enteran (y en español tampoco, para qué engañarnos), y claro, no voy a tener a esta persona media hora cruzada de brazos. Esto también implica que tengo que planificar las sesiones y lo que voy a trabajar en ellas en función del día que viene el/la AC para dedicar esa sesión únicamente a hacer algunas actividades fáciles que el/la AC sea capaz de entender y explicar con mi ayuda, y de esta forma sacarle algo de provecho a la sesión, aunque al final lo único que hacemos es que yo resuelvo en la pizarra el ejercicio o problema en cuestión en español y luego el/la AC lee en inglés con la ayuda de los alumnos más espabilados lo que está escrito en la pizarra (muy útil, ¿verdad?). Al final, resulta que los alumnos se toman a fiesta la clase en la que viene el/la AC, porque, como no se enteran de casi nada de lo que dice en inglés, dejan de atender y trabajar, se dispersan, comienzan a hablar entre ellos y pierdes el control de la clase.
También tengo que tener cuidado de no poner un examen el día que viene el/la AC para que no esté una hora sin nada que hacer en la sala de profesores, y tampoco en la sesión previa a un examen porque en ese día los alumnos están muy nerviosos con las dudas de última hora y el inglés ahí entorpece más que otra cosa. Por último, es el propio alumnado el que te dice a la cara que las clases que damos con el/la AC son una pérdida de tiempo porque le ven ninguna utilidad (eso sí, suelen congeniar muy bien con el/la AC de turno) y que preferirían dedicar esas sesiones a dar clase como las demás, y por supuesto sin utilizar el inglés. Así pues, el/la AC no hace más que condicionar tu programación del curso (y cuidado que no le culpo a él o a ella), alargar de forma innecesaria cada unidad didáctica dos o tres sesiones de media cuando ya de por sí es imposible poder impartir en un curso todos los contenidos que dicta la ley educativa, que los alumnos pasen de esas clases, etc. Una nueva prueba más de que este bilingüismo no funciona.
Vamos con otra: las unidades didácticas integradas (UDI de aquí en adelante). Para los que no sepáis de qué va, consiste en realizar cada trimestre un trabajo o proyecto (un cartel expositivo, una presentación de diapositivas, un vídeo...) de forma conjunta en todas las materias bilingües de un curso en el que se trabajen los contenidos que se explican en las unidades didácticas de dichas materias. ¿Qué pasa? Que hay que buscar una temática en la que confluyan conceptos que se estudien más o menos al mismo tiempo en las materias implicadas, lo cual es bastante complicado.
En el caso del instituto en el que trabajo, Matemáticas es una de las grandes perjudicadas porque se ve obligada a alterar el orden natural de sus unidades didácticas en los dos cursos en los que es bilingüe (2º y 3º ESO) para que se pueda aplicar en la UDI, y para muestra un par de ejemplos. En 2º ESO hemos tenido que explicar un tema del bloque de Geometría (Semejanza y Teorema de Thales) para que el alumnado lo utilice a la hora de trabajar con escalas en los mapas del castillo de Gibralfaro y la Alcazaba de Málaga, cuando dicho tema se suele explicar en el tercer trimestre; por su parte, en 3º ESO tendremos que explicar el bloque de Estadística en mitad del segundo trimestre para que los alumnos realicen encuestas y operen con parámetros estadísticos en la UDI, cuando en realidad este tema siempre se da al final de curso. ¿Os imagináis que el/la profesor/a de Historia de España tuviera que verse obligado a explicar la Guerra Civil antes que la Guerra de Independencia? Pues eso es lo que está ocurriendo en mi materia, otro de los nefastos efectos secundarios de nuestro amigo el bilingüismo.
Pero aquí no queda la cosa. Podría exponer más motivos y ejemplos para criticar y desnudar el bilingüismo que poco a poco se está apoderando de todos los institutos, pero me acabo de dar cuenta de que me estoy alargando demasiado y todavía no he terminado de corregir las UDI de 2º y 3º ESO, y la semana que viene son las reuniones de evaluación. Solamente voy a añadir un par de reflexiones más.
La primera es que, bajo mi punto de vista, el bilingüismo, para que funcione mucho mejor de lo que rinde ahora mismo, debería consistir en desdoblar las clases de Inglés en grupos de 8-10 alumnos como mucho, cada uno de dichos grupos con un profesor, y sí, con un AC nativo que vaya rotando por todas esas clases para que los alumnos practiquen y aprendan el idioma con alguien que hable inglés con un acento de verdad, y todo esto desde Primaria, e Infantil si me apuras. Sinceramente, que un/a AC te acompañe en clase una vez cada quince días y hacer una UDI cada trimestre cuando el alumnado presenta tantas carencias en inglés, que la materia de Matemáticas tenga que ser explicada en inglés cuando ya me cuesta horrores que me entiendan en español (sí, será que explico como el culo) cuando las matemáticas ya son de por sí un lenguaje (¡quiten ya Matemáticas del bilingüismo, por favor!), que mis compañeros de Geografía e Historia de 2º ESO estén explicando la invasión musulmana (Al-Ándalus) y los Reinos de Castilla y de Aragón en inglés (¡sí!, ¡¡¡Historia de España en inglés!!!)... De verdad, creo que no estamos metiendo la pata, estamos metiendo las dos.
Y la segunda reflexión. En Primaria ya están introduciendo el trilingüismo con el francés, y es que debe ser verdad eso de donde caben dos, caben tres. Si finalmente esto sigue adelante y llega a la ESO, ¿tendremos entonces que dar también clases de Matemáticas en francés? ¿O será una clase en español, la siguiente en inglés, la siguiente en francés, y otra vez volvemos a empezar con el español? Miedo me da de cómo puede terminar todo esto. Yo, por si acaso, voy a empezar a contar los días que quedan para que llegue el trilingüismo: uno, two, trois, cuatro, five, six (¡bien!, este número me sirve para el inglés y el francés), siete, eight, neuf, diez...

Nota: este post forma parte del Carnaval de Matemáticas, que en esta septuagésima sexta edición, también denominada 8.6, está organizado por Alejandro Fernández Jiménez a través de su blog Matemático Soriano.

jueves, 30 de noviembre de 2017

No es mío, pero es interesante (CVIII)

Aquí tenemos una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en las últimas semanas. Como de costumbre, algunos de dichos blogs consiguen colar más de una aportación, como son los casos de Microsiervos y Fogonazos, con siete y dos posts, respectivamente. Y lo que tampoco cambia es la habitual variedad de contenidos: matemáticas, ciencia, vídeos, ilusiones ópticas, humor, etc.
Repasemos la lista de recomendaciones de esta entrega:
¿Te han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagas saber a través de un comentario ;)

martes, 14 de noviembre de 2017

Viaje a Francia: día 4

Jueves, 20 de julio de 2017

9:15
Para variar, fui el primero en levantarme, pero esta vez, a diferencia de los otros días, no lo hice nada más escuchar la alarma del móvil, sino quince minutos más tarde, a las nueve y media, puesto que estaba un poco cansado y además teníamos tiempo de sobra hasta el mediodía para llegar a la estación de tren. Una vez que salí del baño, le di un toque a mis amigos para que se fuesen levantando, aunque a su ritmo; mientras tanto, aprovechando que sobró pan de la cena del día anterior, me preparé un buen trozo de baguette tostado con aceite, así como un vaso de leche y una de las natillas de vainilla que todavía nos quedaban. Por su parte, Jose y Miguel se hicieron un café al igual que el primer día que amanecimos en Toulouse.
Ahora tocaba dejar el apartamento tal cual nos lo encontramos. Tras fregar los vasos y los platos que habíamos utilizado, Miguel y yo volvimos a convertir mi cama en un sofá, quitamos todas las sábanas, recogimos todo lo que era nuestro para no dejarnos nada e hicimos las maletas. Estuvimos varios minutos pensando qué hacer con la comida que nos sobró la noche anterior: algunas natillas, un poco de queso, media bolsa de patatas fritas, un trozo de salchichón y pan. Al final nos llevamos solamente el salchichón y las patatas, mientras que lo demás lo acabamos dejando en el apartamento. A eso de las once ya estábamos listos para partir, así que, tal y como nos pidió el casero que nos recibió, dejamos uno de los dos juegos de llaves en la mesa del salón y, tras cerrar con llave el apartamento, echamos el otro en su buzón.
Salimos a la calle y nos fuimos en dirección a la estación por el mismo camino que tomamos el día que fuimos a Carcassonne. Después de pasar por delante de la Basilique Saint-Sernin, llegamos al Boulevard de Strasbourg, donde Jose y Miguel vieron una panadería en la que había unos croissants con muy buena pinta, y además con una promoción de 5 a 2'5 €; Jose llegó incluso a entrar, pero resulta que solamente quedaba uno, así que se quedaron con las ganas. Más adelante, en la rue de Bayard, entramos en otra panadería donde esta vez sí se pudieron tomar un croissant cada uno; no conformes con esto, se les antojó entrar en otra panadería de la misma calle, en la que se pidieron otro croissant con un café. Una vez que se terminaron su tercer desayuno (uno en el apartamento y dos en la calle), reanudamos la marcha para llegar por fin a la Gare de Toulouse-Matabiau mientras nos caían algunas gotillas del cielo, ya que estaba nublado.
Ya dentro de la estación, lo primero que hicimos fue consultar el panel de información para saber la vía por la que pasaría nuestro tren, pero todavía no estaba anunciado, así que nos tocaba esperar. Yo aproveché para entrar en una tienda de souvenirs a ver si encontraba alguna camiseta de Toulouse que me gustase, pero las que había eran casi todas del equipo de rugby de la ciudad, por lo que no compré nada. Poco antes de las doce se anunció que nuestro tren lo tendríamos que coger en la vía 4; como teníamos tiempo de sobra, nos acercamos a una máquina expendedora de billetes para sacar los nuestros a pesar de que ya traíamos los impresos de la reserva que hicimos días antes del viaje, pero bueno, siempre queda más formal tener un billete como los de toda la vida.
Esta vez no teníamos que correr agobiados como nos ocurrió dos días antes. El andén, como era de esperar, se fue llenando de gente conforme pasaban los minutos, ya que Bordeaux es una de las ciudades más importantes y pobladas de Francia, y eso implica inevitablemente un constante flujo de viajeros. Poco antes de las doce y veinte del mediodía llegó nuestro tren, bastante antiguo por fuera y también por dentro como comprobamos cuando subimos a nuestro vagón, el número 1, y es que no se parecía en nada al que cogimos dos días antes para ir a Carcassonne. A la hora de hacer la reserva, escogimos tres asientos en un compartimento con la idea de ir más espaciados, aunque al final no era para tanto, porque en el habitáculo íbamos a ser seis personas (nosotros tres y tres chicas que ya estaban allí cuando entramos) y la verdad es que no sobraba mucho espacio. Por cierto, que el billete nos costó 15 € por cabeza, un precio más razonable que el de Carcassonne teniendo en cuenta la distancia que había que recorrer y la duración del viaje.

12:25
El tren se puso en marcha unos minutos antes de las doce y media. Por delante teníamos unas dos horas de viaje que en mi caso no se me hicieron tan largas como esperaba, ya que entre que cada dos por tres estábamos hablando de diversos asuntos (del viaje, de fútbol...), que la chica sentada a mi lado estaba viendo una película en su portátil o tablet (ya no me acuerdo qué era exactamente) y que también me entretenía mirando por la ventana de nuestro compartimento, a pesar de que estaba un poco sucio y a cierta distancia de mi asiento, el tiempo se me pasó relativamente rápido. Hicimos dos paradas antes de llegar a Bordeaux, concretamente en las estaciones de Agen y Marmande, entre las cuales se acercó la revisora para pedirnos los billetes y comprobar que todo estaba correcto. Sobre las dos de la tarde nos empezó a entrar un poco de hambre, así que recurrimos a lo que quedaba de la bolsa de patatas fritas que nos sobró de la noche anterior para saciarnos algo a la espera de almorzar cuando llegásemos a Bordeaux.
A las dos y media ya nos estábamos bajando del tren en la Gare de Bordeaux-Saint-Jean. Antes de salir al exterior, fuimos en busca de la consigna de equipajes de la estación para confirmar dónde se encontraba, pues el sábado teníamos pensado dejar allí las maletas para poder movernos con libertad durante el día hasta que llegase la hora de ir al aeropuerto y volver a Málaga. Ya en la calle, nos encontramos con que allí también estaba un poco nublado, pero al menos no tenía pinta de que fuese a llover. Nuestra idea era comer por allí cerca para luego ir al apartamento que habíamos reservado, y con cuyo casero habíamos quedado a eso de las cuatro. En la Gare de Bordeaux-Saint-Jean no vimos nada interesante, por lo que empezamos a caminar en dirección al centro de la ciudad hasta dar con algún restaurante que nos llamase la atención. Al igual que en la de Málaga, en los alrededores de la estación de tren abundaban los locales de comida rápida, especialmente de kebabs en la larga avenida de Cours de la Marne, donde no me hubiese importado almorzar, pero mis amigos preferían hacerlo en otro sitio.
Llegamos a un punto en el que ya estábamos más cerca del apartamento que de la estación, por lo que Miguel sacó su móvil para buscar en TripAdvisor las recomendaciones de esa zona. Teníamos que decidir dónde comer lo antes posible porque ya eran las tres de la tarde y a esa hora ya suelen estar cerradas las cocinas de los restaurantes en Francia, así que en cuanto encontramos en dicho buscador un sitio que estaba abierto y cercano al apartamento nos fuimos hacia allí, concretamente a La Parenthèse, una crepería que precisamente nos había recomendado el casero días atrás cuando nos pusimos en contacto con él por correo electrónico. Tomamos asiento en una de las mesas de la calle, la rue Sainte-Catherine, que estaba muy concurrida porque esos días tenía lugar en ella una especie de mercadillo en el que las tiendas de la misma montan unos puestos para vender productos a un precio más reducido, supongo que las sobras del almacén y lo que no es de temporada.
La carta se componía básicamente de galettes (crepes salados) y crepes dulces, así como varios menús individuales entre los cuales nos decantamos por el que costaba 11'30 € y que se componía de una galette Complète o Espagnole, una taza de sidra y un crep dulce. Mis amigos se decantaron por la Complète (huevo, jamón cocido y queso), mientras que yo elegí la Espagnole (huevo, chorizo y queso). Lo primero que trajeron fue la sidra, que sería la primera vez que la probase, y sinceramente no me hizo mucha gracia, el sabor no me terminó de convencer. Luego nos sirvieron las galettes, uno de los platos típicos de Francia, que no es que sean gran cosa, pero para salir de un apuro no está mal. Cuando nos las terminamos, ya eran casi las cuatro, lo cual significaba que íbamos a llegar tarde al apartamento, por lo que Jose le mandó un mensaje para decirle que estábamos almorzando por allí cerca y que estaríamos allí lo antes posible.
De postre nos pedimos el crep de nutella, que para mi gusto estaba bueno, y un poco más grande que el que comimos el primer día en el argentino de Toulouse, aunque también es cierto que los he comido mejores en España. Ese día fui yo el encargado de pagar los gastos comunes, así que me acerqué al mostrador para pagar con mi tarjeta, tras lo cual, pasadas las cuatro y cuarto, cogimos nuestras maletas para ir por fin al apartamento, situado a apenas cinco minutos andando de donde nos encontrábamos. En el portal del edificio nos estaba esperando nuestro casero, Oli, quien tras saludarnos nos dijo que solamente sabía hablar francés e inglés, por lo que fui yo el que conversó más con él, aunque en realidad mis amigos, a pesar de que no hablan inglés al mismo nivel que yo, también se enteraron de lo que él decía gracias a que pronunciaba bastante bien.
Ante la ausencia de ascensor (el edificio era bastante antiguo), tuvimos que cargar con nuestras maletas por una estrecha escalera hasta llegar al primer piso; una vez allí, el casero nos abrió la puerta del apartamento, que a su vez daba a otra escalera, al comienzo de la cual se encuentra un pequeño baño con lavabo y váter, y más arriba el apartamento propiamente dicho, L'Appart D'Oli et Tiane. ¡Qué pasada de apartamento! No tenía nada que ver con el resto del edificio, ya que estaba muy bien acondicionado y decorado, con todo lujo de detalles, con un salón amplio y con la cocina integrada (con bastante comida, por cierto), y, eso sí, con una habitación un tanto peculiar, puesto que tanto la ducha como el lavabo están en la propia habitación sin ninguna pared de por medio. Cuando terminó de enseñarnos el apartamento, Oli cogió un mapa de Bordeaux para explicarnos dónde están los sitios que merece la pena visitar, dónde comer, la red de tranvías que surca la ciudad, etc., así como recomendaciones y diversas dudas que nos resolvió gustosamente.
A continuación, nos explicó el tema del pago del apartamento. En total eran 280 €, de los cuales 80 € ya se pagaron por adelantado via PayPal, por lo que quedaban 200 € y otros 200 € más en concepto de fianza que nos devolvería el sábado cuando comprobase que el apartamento estuviese en condiciones y que no hubiese ningún desperfecto. Tras darle el dinero, nos entregó dos juegos de llaves y una botella de vino como regalo de bienvenida, pero le dijimos que no la íbamos a tocar porque no somos de vino, y además tampoco nos la podríamos llevar porque en el aeropuerto nos la requisarían. Una vez que acordamos que viniese el sábado sobre las diez y media para abandonar el apartamento, el casero se marchó, mientras que nosotros nos quedamos allí un rato más inspeccionando todo lo que tenía el apartamento así como planificando lo que íbamos a hacer en lo que restaba de día, aunque ya lo teníamos medio perfilado de antemano.

17:30
El primer sitio de Bordeaux que visitamos fue la église Saint-Paul, situada justo enfrente del portal de nuestro apartamento. Su fachada de estilo barroco me recordó muchísimo a varias iglesias de Roma por su forma y elegancia, como por ejemplo la iglesia del Gesù; por su parte, el interior del templo se mostraba mucho mejor cuidado que varios de los que visitamos en Toulouse, destacando principalmente el retablo mayor con la imagen del apoteosis de Saint François Xavier. A continuación, cogimos por la rue Ravez y, tras bordear parte del Palais des Sports de Bordeaux y desviarnos por la rue Pierre de Coubertin, desembocamos en la calle en la que se encuentra la Grosse Cloche, uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad, aunque antes de admirarlo con detenimiento entramos en la aneja église Saint-Éloi, un poco más pequeña que la que acabábamos de visitar y de estilo gótico, como delatan su bóveda, sus arcos y sus vidrieras.
De nuevo en la calle, ahora sí nos paramos a ver la Grosse Cloche, una impresionante y elegante puerta de la antigua muralla de Bordeaux que en su origen fue el campanario público del ayuntamiento. Cuenta con dos torres circulares entre las cuales se observa una gran campana que es la que le da nombre a este monumento y con sendos relojes en cada una de sus dos fachadas, las cuales están atravesadas por un arco que permite atravesarlo de un lado a otro; en resumidas cuentas, por su apariencia exterior la Grosse Cloche se podría asemejar a un trozo de un castillo insertado en mitad de la ciudad. Continuamos nuestro paseo por el Cours Victor Hugo, una de las avenidas principales de Bordeaux y que desemboca en la Porte de Bourgogne, un arco de triunfo que llama la atención por su sobriedad, al contrario que las de otras ciudades, por su tono amarillento y por las columnas de orden dórico situadas en la portada que da al río Garona.
Precisamente lo que hicimos a continuación fue atravesar el río por el Pont de Pierre, el Puente de Piedra, el más importante de la ciudad por muchos motivos, entre ellos por su longitud (casi 500 metros) y porque fue mandado construir por Napoleón Bonaparte, y es que de hecho cuenta con tantos arcos como letras tiene su nombre, diecisiete en total. Casi diez minutos tardamos en llegar a la otra orilla del Garona, concretamente a la Place de Stalingrad, en la que llama poderosamente la atención la estatua de Le Lion de Veilhan, un enorme león de color celeste de 6 metros de altura y 8 metros de largo con el que los turistas se hacían fotos continuamente, y nosotros no fuimos menos. Seguidamente, avanzamos por la alargada avenue Thiers para acercarnos a la église Sainte-Marie-de-la-Bastide, una de las más peculiares que he visto, y es que su campanario está coronado por una cúpula con forma de huevo, un tanto similar a las torres de Angkor Wat de Camboya. Del interior poco pudimos ver, puesto que nada más entrar nos dijeron que ya iban a cerrar; de hecho, solamente me dio tiempo a hacer una foto.
En esta parte de la ciudad, la Bastide, ya no teníamos más que ver, ya que la zona turística se concentra en el margen izquierdo del río, así que deshicimos nuestros pasos para volver al casco histórico. En el camino, nos topamos en la Place de Stalingrad con una fuente Wallace, como otras tantas que habíamos visto en Toulouse y que seguiríamos viendo en Bordeaux, y a continuación nos desviamos unos minutos por el Quai des Queyries, desde pudimos contemplar una bonita panorámica de la ciudad, de entre cuyos edificios, casi todos de la misma altura, sobresalen algunas de sus torres, como por ejemplo la Tour Pey Perland o la Flèche Saint-Michel. Después de hacer unas cuantas fotos, emprendimos definitivamente el camino de vuelta a la otra orilla del río, de nuevo por el Pont de Pierre, para al final del mismo girar a la derecha y avanzar por el paseo que bordea al Garona.
Al llegar a la altura de la Porte Cailhau, cruzamos para ver de cerca este monumento, para lo cual puse en riesgo incluso mi vida, y es que resulta que me detuve en la parte de la calzada que separa los raíles de los tranvías de los carriles para vehículos para hacer unas fotos, pero por lo visto por ahí podían pasar los coches para dar media vuelta, y alguno que otro pasó bastante cerca de mí. Este monumento es otro de los más importantes de Bordeaux y externamente guarda un gran parecido con la Grosse Cloche, aunque son fácilmente distinguibles. De 35 metros de altura, también formaba parte de la antigua muralla defensiva de la ciudad y es posible atravesarla por el arco que tiene en su parte inferior, aunque lo que más destacaría de esta puerta es que parece sacada del castillo de Disney, conclusión a la que llegamos tanto mis amigos como yo.
A continuación, cogimos por la rue des Argentiers hasta llegar a la église Saint-Pierre, que según tenía anotado cerraba a partir de las seis de la tarde, pero, como nos pillaba de camino para nuestro siguiente destino, nos acercamos a probar por si acaso; en efecto, ya estaba cerrada, pues eran casi las siete y media. Cabe mencionar que en la plaza en la que se encuentra esta iglesia, que toma el mismo nombre, nos topamos con una estatua de un hombre desnudo a tamaño natural de color marrón, parecido al del óxido, que también habíamos visto frente a la estación de trenes y que igualmente veríamos en otros puntos de la ciudad más adelante. Seguimos con nuestra ruta bordeando la citada iglesia por la rue de la Cour des Aides y luego girando a la izquierda por la Quai de la Douane, al final de la cual desembocamos en la Place de la Bourse, una majestuosa plaza rectangular abierta por el lateral que da al río y rodeada de unos elegantes edificios de corte señorial adornados con mascarones en los dinteles de sus ventanas, algo muy típico de Bordeaux.
Mis amigos se sentaron un banco a la sombra mientras yo me dedicaba a hacerle fotos a los citados edificios y mascarones, a la Fontaine des Trois Grâces, a una peculiar farola que había por allí, etc. Tras ello, nos acercamos al gran atractivo de la ciudad, y por ende de esta plaza: el Miroir d'Eau. Se trata de un espejo de agua, el más grande del mundo con 3.450 metros cuadrados de superficie, sobre una placa de granito en la que cada veinte minutos se repite la siguiente secuencia: primero se pulveriza agua creando un efecto niebla, luego empieza a brotar agua hasta acumular una fina capa de dos centímetros, y finalmente va desapareciendo dicha capa hasta secarse del todo. Y vuelta a empezar. De esta forma, los edificios de la Place de la Bourse se reflejan en este espejo acuático, lo que ofrece bellísimas estampas que invitan a tomar un montón de fotografías, como yo hice, pero es que además la gente lo utiliza como si fuera una piscina en la que refrescarse, chapotear, salpicarse, pasear descalzos, tumbarse, etc. Una auténtica pasada de atracción apta para todos los públicos, para niños y no tan niños, para turistas y los propios habitantes bordeleses, a la que volveríamos más veces tanto hoy como los siguientes días.
Después de pasar allí cerca de media hora, nos dirigimos a la cercana Place du Parlement, una pequeña plaza con una arquitectura similar a la de la Place de la Bourse, con una peculiar fuente en el centro, la Fountaine du Parlement, y repleta de terrazas, tal y como nos había advertido nuestro casero, puesto que esta plaza conforma un triángulo imaginario junto con la de Saint-Pierre y la de Camille Jullian, que visitamos justo a continuación, en la que se concentran numerosos bares y restaurantes frecuentados por gente de nuestra edad. De hecho, ya eran más de las ocho e iba siendo hora de buscar un sitio para cenar, así que empezamos a echarle un vistazo a todos los locales hasta dar con uno que nos agradase. Para ello, echamos mano también de la lista de sitios donde comer que había elaborado a la hora de planificar el viaje, así como de las recomendaciones de TripAdvisor que consultamos en el momento.

20:30
Teníamos un problema, y es que todo estaba lleno de gente, tanto los sitios que nos gustaría probar como los que no. Por más que callejeábamos por la zona no encontrábamos nada a un precio asequible (hay que tener en cuenta que comer en Francia es un poco más caro que en España) y distinto a lo que ya habíamos probado hasta ahora en el viaje (comida argentina, libanesa, francesa...). Después de mucho tantear, nos decantamos por cenar en Nyam Baï, un restaurante camboyano al que inicialmente me opuse porque yo soy muy delicado con estas comidas tan exóticas, pero mis amigos me convencieron argumentando que arroz seguro que habría y que no me iba a decepcionar. Solamente había dos mesas pequeñas libres, por lo que nos sentamos en ellas, pero con la particularidad de estar unidas a las de otros clientes, lo cual parece que es bastante común en Francia, puesto que ya lo habíamos visto en otro restaurantes.
Sin saber muy bien qué pedir, me dejé aconsejar por Miguel y Jose, que ya tenían experiencia en sitios similares y saben bien qué me puede gustar y qué no. Los tres nos pedimos el mismo menú de 13 € y con la misma combinación de platos: 3 nems au poulet y un Baï Tcha poulet. Para beber, volvimos a recurrir a la jarra de agua que te sirven gratuitamente; además, lo bueno de este sitio es que el agua estaba bastante fría y te cambian la jarra sin necesidad de pedírselo en cuanto ven que la tienes vacía, lo cual era de agradecer. El primer plato tardó poco en llegar, tres rollitos vietnamitas rellenos de pollo y acompañados de hojas de lechuga y de menta. Mis amigos me dijeron que para comerlo tenía que meter cada nem en una de las hojas de lechuga con algunas de menta y a continuación enrollarlo. No es que fuese un manjar, pero para mi sorpresa estaba bastante bueno, mucho más de lo que me imaginaba. ¡Quién me lo iba a decir hace unos años cuando no me atrevía a probar una ensalada ni tampoco comida asiática!
Cuando lo terminamos, nos trajeron el segundo plato, que consistía en arroz con pollo, huevo y diversos condimentos. En mi caso, este plato era menos arriesgado, ya que el arroz me encanta, pero a pesar de ello tenía mis dudas por si el aliño que le hubiesen echado fuese picante o no me fuera a gustar. Me equivoqué. Al igual que con el primero, no se trataba de una delicia (el arroz con pollo de mi madre le supera), pero, a pesar de su simpleza, estaba sabroso y además contundente, pues el plato venía con bastante cantidad. Aproveché que además de tenedor teníamos palillos para intentar comer con ellos, y la verdad es que no me costó mucho cogerle el truco, pero sinceramente lo considero incómodo y poco práctico. Unos minutos antes de las diez, me acerqué a la barra para pagar la cena con mi tarjeta de crédito, y tras ello nos dirigimos a la orilla del río Garona para disfrutar de la iluminación nocturna de esa parte de la ciudad.
Cuando llegamos, justamente estaba teniendo lugar ese lapso de tiempo que se conoce como hora azul, esos minutos en los que no es ni de día ni de noche y en los que cielo adquiere una tonalidad perfecta para tomar unas fotografías espectaculares. Tuve que sacar mi teleobjetivo para poder fotografiar algunos monumentos lejanos como el campanario de la église Sainte-Marie-de-la-Bastide que habíamos visitado esa misma tarde, el Pont de Pierre, la Flèche Saint-Michel o las dos columnas rostrales de 21 metros de altura de la Place des Quinconces, aunque minutos después volví a poner el objetivo normal para hacer fotos del Miroir d'Eau, el verdadero motivo por el que habíamos venido a este sitio a esta hora. Ya no repetía la secuencia de agua que presenciamos por la tarde, pero todavía contaba con una fina capa que reflejaba con un auténtico espejo los edificios iluminados de la Place de la Bourse. Una auténtica belleza, y es que, nunca mejor dicho, una imagen vale más que mil palabras.
De allí nos fuimos hacia la Porte Cailhau, que también contaba con una iluminación que invitaba a retratarla varias veces, como así hice, y de nuevo jugándome el pellejo en mitad de la carretera, eso sí, prestando más cuidado que unas horas antes. Atravesamos la puerta por su arco para continuar por la Place du Palais, donde vimos una maqueta de bronce que reproducía a escala parte del centro histórico de Bordeaux, y luego ir en busca de la panadería que nos había recomendado nuestro casero, pues estaba por allí cerca. A pesar de que nos lo había señalado en el mapa que nos dio, nos costó orientarnos, pero un par de personas que nos vieron perdidos nos indicaron cómo llegar hasta allí. Tal y como nos había comentado Oli, la panadería era reconocible por el llamativo color rojo de su fachada, así que, sabiendo ya dónde se encontraba y que estaba a apenas dos o tres minutos andando del apartamento, decidimos que al día siguiente iríamos allí a comprar el pan para desayunar.
A continuación, bajamos por la rue du Pas-Saint-Georges, y luego seguimos por la Place Fernand Lafargue y la rue Saint-James para ver iluminado otro de los monumentos más importantes de la ciudad y que ya habíamos visitado también por la tarde, la Grosse Cloche, que la verdad, no sé si me gusta más con luz natural o con la iluminación nocturna. Con esto dimos por terminado el día, por lo que lo siguiente que hicimos fue volver al apartamento, adonde llegamos sobre las once de la noche. Para no perder la costumbre, Jose sacó su móvil para grabar un vídeo del apartamento, algo que solemos hacer casi siempre que viajamos, y esta vez con más motivo porque, como ya dije antes, estaba muy bien acondicionado.
Al igual que las anteriores noches, hicimos cuentas para que Jose y Miguel me pagasen por Bizum sus respectivas partes del almuerzo y de la cena, ya que yo había pagado con tarjeta en ambos casos lo de los tres. Tras ello, dimos comienzo a la ronda de duchas, primero yo y luego mis amigos, con el condicionante de que los dos que no se estuviesen duchando tendrían que quedarse en el salón, puesto que la ducha tenía el inconveniente de estar integrada en el dormitorio sin pared de por medio, aunque por el lado positivo habría que decir que era bastante espaciosa. Así pues, aprovechamos para ver un rato la tele, eso sí, en francés, concretamente un canal de deportes que encontramos y en el que estaban hablando del mercado de fichajes de fútbol, entre otros de la posible marcha de Neymar al PSG. Entre una cosa y otra, nos acabamos acostando a la una menos cuarto después de haber acordado de poner el despertador a las ocho y cuarto, y así poder estar en la calle a las diez ya desayunados y listos para afrontar un día completo en Bordeaux.

martes, 31 de octubre de 2017

La seducción de las matemáticas

El libro con el que he cerrado mi ciclo de lecturas veraniegas de este año ha sido 'La seducción de las matemáticas', del escritor y periodista alemán Christoph Drösser.
El autor analiza a lo largo de 17 capítulos otras tantas situaciones e historias reales o fruto de su imaginación, casi siempre a modo de conversación entre dos o más personajes, en las que inevitablemente se necesitan las matemáticas para responder o solucionar el problema que se plantea. En algunos casos es evidente que las matemáticas tarde o temprano tienen que entrar en escena, como por ejemplo a la hora de entender la trampa que se esconde en el sueldo medio de los trabajadores de una empresa, de comprobar que los resultados de unas elecciones pueden variar según cómo se delimiten las circunscripciones, o de decidir qué estrategia seguir al jugar a la ruleta de un casino. Sin embargo, hay veces que parece mentira que las matemáticas jueguen un papel tan importante, véase por ejemplo que el número e nos puede ayudar a decidir con qué novio o novia casarnos, que la trigonometría se puede utilizar para contemplar las piernas de una mujer desde un ángulo idóneo, o que en un juicio se recurrió al archiconocido teorema de Pitágoras para decidir si el acusado era inocente o culpable.
Ya he perdido la cuenta de cuántos libros de índole matemática he devorado hasta ahora, por lo menos serán unos treinta, y los he leído de casi todo tipo: novela, divulgación, acertijos, etc. 'La seducción de las matemáticas' habría que encuadrarlo en los de divulgación, que a su vez los hay de varios estilos, pero éste en concreto se sale un poco de la tónica general, lo cual es de agradecer, por la manera en la que presenta los conceptos matemáticos elegidos, aunque en este caso quizás sea más preciso hablar de problemas más que de conceptos, como hizo en su día Fernando Blasco en su genial 'El periodista matemático'. Como siempre ocurre, las comparaciones son inevitables, y bajo mi punto de vista el libro de Christoph Drösser sale perdiendo, en gran parte porque le da muchas vueltas a las primeras partes de cada capítulo, en las que contextualiza el problema de la vida cotidiana de turno, en ocasiones con diálogos insulsos y que aportan más bien poco. En cuanto a las segundas partes, en las que analiza matemáticamente las situaciones anteriormente expuestas, las explicaciones no siempre se adecúan al nivel de un lector medio que, por regla general, no se desenvuelve con soltura en esta materia; de hecho, a mí me ha costado entender algunas de ellas, pero hay otras que son inmejorables. En cualquier caso, el libro no está mal en líneas generales, aunque solamente se lo recomendaría a los apasionados de las matemáticas que no tengan tanta experiencia lectora como yo en este género.

martes, 24 de octubre de 2017

No es mío, pero es interesante (CVII)

Aquí llega una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en los últimos días. Como viene siendo habitual, hay algunos blogs que acaparan buena parte de los posts seleccionados, como son los casos de Microsiervos y El Aleph, con once y tres aportaciones, respectivamente. Y lo que tampoco cambia es la variedad de los contenidos: matemáticas, astronomía, ciencia, curiosidades, vídeos, etc.
Repasemos la lista de enlaces de esta entrega:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)