miércoles, 30 de agosto de 2017

Viaje a Francia: día 1

Lunes, 17 de julio de 2017

6:45
Después de más de dos semanas de vacaciones, de nuevo tocaba levantarse temprano, aunque esta vez no por trabajo, sino porque en unas horas pondría rumbo a Francia para visitar Toulouse, Carcassonne y Bordeaux con mis amigos Jose y Miguel. Si bien en febrero hicimos una pequeña escapada de fin de semana a Córdoba para resarcirnos del viaje que no pudimos hacer el año anterior debido a que yo estaba enfrascado con las Oposiciones y todo lo que eso conlleva, este viaje era el que realmente estaba esperando con más ganas, por su duración (seis días) y porque sería la primera vez que iría a nuestro país vecino. A pesar de ello, tardé dos o tres minutos en levantarme de la cama para asearme y luego ir a la cocina a prepararme el desayuno que me tomo todas las mañanas: un mollete tostado con aceite y un vaso de leche con Nesquik.
Ya de vuelta en mi habitación, me vestí para luego terminar de hacer la maleta, que ya había dejado prácticamente preparada la tarde anterior, y avisar a Jose por nuestro grupo de Telegram de que ya estaba listo para que viniese con su hermano Fran a recogerme, así como recordarle a Miguel que no se olvidase de meter en su maleta los billetes de avión, de tren y la planificación de los sitios que íbamos a visitar. Tras hacer algo de tiempo en el salón, me despedí de mi madre y me dirigí con mi maleta al comienzo de calle Alcazabilla, donde poco después de las ocho me recogieron para ahora hacer lo propio con Miguel, que nos esperaba en su piso de Teatinos, al que se mudó hace unos meses, aunque nos costó un poco encontrarle. Al llegar al aeropuerto, comprobamos que habían hecho algunas modificaciones en la zona de subida y bajada de pasajeros, que ya no existe como tal, sino que ahora obligan a los coches que llegan a entrar en el aparcamiento y pagar si permanecen allí más de quince minutos, una medida que no tiene otra intención que sacar dinero, por lo que nos bajamos lo más rápido posible para que el hermano de Jose no tuviese que pagar nada.
Nos fuimos directos al control de seguridad, ya cada uno con nuestros respectivos billetes, aunque mis amigos se descargaron una aplicación para el móvil que evita el tener que llevarlo físicamente en papel para probar qué tal funciona, y la verdad es que no tuvieron ningún problema. En lo que respecta al arco de seguridad, a ninguno nos pitó, pero a Jose, tal y como se esperaba, le llamaron la atención por llevar en su maleta un bote de desodorante de más de 150 ml, por lo que tuvo que dejarlo allí. Atravesamos la tienda de dutyfree que se halla justo a continuación (no hay otro remedio que pasar por allí, evidente estrategia para animar a los pasajeros a comprar algo, bueno, a que les roben) y al salir nos topamos con un panel en el que se informaba que la puerta de embarque de nuestro vuelo era la D62, adonde nos dirigimos para hacer cola y así ser de los primeros en subir al avión. Estando allí de pie esperando, vimos que un par de azafatas de easyJet empezaron a pedir el billete y la documentación, así como a poner una pegatina verde en las maletas, para luego agilizar el embarque, lo cual está muy bien pensado, ya que así se asegura ser lo más puntual posible.

9:35
Una vez ya en la pasarela de acceso al avión, abrí mi maleta para sacar la mochila de la cámara y hacer fotos durante el vuelo, ya que supuestamente a la hora de embarcar en esta compañía aérea solamente puedes pasar con un bulto. Nuestros asientos ya estaban asignados por defecto cuando imprimimos los billetes, concretamente el 9D para Miguel, el 9E para Jose y el 9F (el de ventana) para mí, y no como hace algunos años que podíamos sentarnos en cualquiera que estuviera libre, y con suerte en los más amplios situados junto a las salidas de emergencia. Para variar, cabía muy justo en mi asiento, con mis rodillas rozando el de delante, pero al menos tenía cierto margen para doblar las piernas y no estar siempre en la misma postura, cosa que no ocurriría en el vuelo de vuelta, como ya comentaré llegado el momento; entre tanto, con todos los pasajeros ya en sus asientos, las azafatas procedieron a explicar las habituales medidas de seguridad.
Estaba previsto que saliésemos a las 9:55, pero no fue hasta las 10:10 cuando el avión se puso en marcha para cinco minutos después, tras enfilar la pista y dar el preceptivo acelerón, despegar rumbo a Toulouse; a pesar de este mínimo retraso, el comandante comunicó al pasaje a través de la megafonía del avión que llegaríamos a nuestro destino a las 11:45, que era precisamente la hora que estaba programada. El cielo estaba bastante nuboso, que no nublado, lo cual hacía difícil ver lo que había abajo, así que dediqué estos primeros minutos del vuelo a ojear la revista de la compañía, en la cual aparecían recomendaciones de algunas ciudades que comunica easyJet relativas a dónde comer, qué ver y cómo llegar al centro de dichas ciudades desde el aeropuerto; por cierto, que en el caso de Málaga hablaban de qué hacer por la noche considerándolo desde las 16:00, un disparate teniendo en cuenta que en verano llegamos a tener luz solar hasta poco antes de las diez de la noche y que en invierno lo más temprano que se pone el sol es a las seis y media.
Como suele ser habitual en los vuelos que cogemos por la mañana, mis amigos se pidieron un café cuando pasó el carrito del desayuno, concretamente un cappuccino que les costó 3 euros a cada uno. Cuando se lo terminaron, Miguel sacó su móvil y se pusieron con un juego que consiste en encontrar varias palabras a partir de unas letras dadas mientras yo me entretenía mirando por la ventana, pero yo también quería participar, así que les eché una mano cuando se atascaban. A las once ya estábamos sobrevolando el Delta del Ebro, y antes de las y veinte atravesamos los Pirineos, que lógicamente no estaban nevados, por lo que eso quería decir que ya nos quedaba poco para llegar; de hecho, así lo avisaron por la megafonía del avión. Unos minutos antes de las once menos cuarto, aterrizamos en el aeropuerto de Toulouse-Blagnac, donde precisamente tiene su sede Airbus, cuyas naves pudimos ver junto a las pistas.
Bajamos del avión por unas escaleras para luego subirnos a un autobús que nos llevó hasta la terminal, donde, para nuestra sorpresa, tuvimos que esperar una larga cola para el control de fronteras, lo cual no terminaba de entender porque en Málaga no lo tuvimos que pasar, y además no habíamos abandonado el espacio Schengen. Mientras esperábamos, le dije a Miguel que le enviase un mensaje a Renaud, la persona que nos iba a recibir en el apartamento que habíamos reservado, para informarle de que ya estábamos en el aeropuerto y que sobre la una menos cuarto estaríamos por allí. Superado el trámite de este control, salimos al exterior en busca de la parada de la línea AERO, el autobús que conecta el aeropuerto con el centro de la ciudad, el cual tuvimos que esperar algo más de diez minutos a llegase, y pasando cierto calor, aunque al menos pudimos ponernos a la sombra que daba la parada.
Ya en el autobús, tuvimos que pagar 8 € cada uno, un timo teniendo en cuenta que el trayecto apenas dura quince minutos y que, en comparación, para el día siguiente ya habíamos comprado billetes de tren de ida a vuelta a Carcassonne a 9 € y casi una hora de duración por cada trayecto; bien es cierto que había otra posibilidad mucho más barata (1'60 €), pero implicaba una combinación de tranvía y metro que daba un rodeo bastante largo por la ciudad que no nos terminaba de compensar. De camino a nuestra parada, la de Compans-Caffarelli, pasamos por el Stade Ernest-Wallon, el estadio del Stade Toulousain, uno de los equipos de rugby más importantes de Francia y de Europa, y por el Canal de Brienne, por el cual pasearíamos esa misma tarde. Minutos antes de la una nos bajamos del autobús, y tan solo dos después ya nos encontrábamos frente a la puerta del Appartement Université-Capitole, en el 16 Rue des Quêteurs.

13:00
Allí no había nadie, y tampoco obtuvimos respuesta cuando llamamos al timbre, así que Miguel sacó el móvil para avisar a Renaud de que ya habíamos llegado, pero justo en ese momento le vimos venir por un extremo de la calle acompañado de otro hombre. Mientras nos saludábamos, empezó a hablarnos en un español más que decente, lo cual era de agradecer, y a continuación abrió el portón principal para seguidamente abrirnos la puerta del apartamento, situado a apenas un metro más adelante en el pasillo de la planta baja. La apariencia exterior del edificio era bastante deprimente, pero el apartamento no tenía nada que ver, bastante bien cuidado, limpio y bien equipado. Los 230 € que nos costaría ya estaban pagados de unos días antes, así que Renaud solamente tuvo que enseñarnos el apartamento (salón con cocina, un dormitorio y el baño) y dejarnos una carpeta en la que se explican diversos detalles referentes a la televisión, el humidificador, el montaje del sofá-cama, la conexión a la wifi, etc.
Tal y como le habíamos avisado por correo con anterioridad, nosotros tendríamos que dejar el apartamento sobre las once y media de la mañana del jueves, a lo que nos dijo que simplemente tendríamos que dejar uno de los dos juegos de llaves en el apartamento y el otro en el buzón correspondiente. Por último, nos dio un mapa de Toulouse bastante grande para que nos pudiéramos guiar por la ciudad, así que aprovechamos también para que nos diese consejos acerca de dónde comer barato, aunque nosotros ya llevábamos una lista con restaurantes recomendados por TripAdvisor. Cuando Renaud se marchó con su acompañante, nosotros apenas permanecimos más de cinco minutos en el piso porque ya iba siendo hora de almorzar, ya que en Francia, al igual que en casi toda Europa, lo normal es comer sobre las doce o la una, y no queríamos encontrarnos con todo cerrado.
Miguel había buscado dos opciones para comer en el centro (O'Saj y Caminito), por lo que nos fuimos hacía allí por Rue des Salenques y su continuación, Rue des Lois, un par de calles en las que me llamó la atención que había bastantes librerías, al igual que en el resto de la ciudad y en las otras dos que visitaríamos, como descubriría a lo largo del viaje, lo cual me alegró un montón. Desembocamos en la Place du Capitole, la más importante de Toulouse, pero no nos detuvimos porque ya tendríamos tiempo de verla más tarde, así que seguimos por Rue Léon Gambetta. Mi amigo estaba especialmente interesado en la primera opción, un libanés, pero resulta que los lunes cerraba, así que entramos en el otro, un argentino situado en la bocacalle de enfrente. Nos encontramos con un local bastante pequeño en el que solamente había un hombre que se encargaba de todo (tomar nota, cocinar, cobrar...), pero lo hacía con bastante solvencia, atención y amabilidad, y además, como era argentino, pudimos hablar con él en español.
La carta se componía única y exclusivamente de empanadas, todas a 4'20 €, por lo que no había mucho donde elegir. Yo me decanté por una criolla y otra de chorizo, mientras que mis amigos compartirían cuatro (criolla, chorizo, jamón y queso, y tres quesos); en lo que respecta a la bebida, le pedimos una botella de agua del grifo, que en Francia es gratis, una opción a la que recurrimos en casi todos los sitios a los que fuimos a comer o cenar. Las empanadas tenían un tamaño normal, aunque sinceramente me las esperaba algo más grandes, mientras que de sabor estaban bastante buenas; eso sí, lo que nos estropeó un poco la comida fue que en la calle estaban de obras, concretamente con un taladro perforador de suelo y un potente aspirador que recogía los trozos de asfalto que se rompían. Para el postre me pedí un crêpe de dulce de leche, y Jose y Miguel se repartieron otro crêpe y un pionono de dulce de leche; además, el camarero nos animó a pedirnos una jarra de mate suave, a lo cual accedieron Jose y Miguel, ya que a mí no me gustan las infusiones. Tras reposar un poco, nos acercamos a la barra a pagar (39'70 € en total) para a continuación dar comienzo a nuestro recorrido por la ciudad, eso sí, tras sortear las obras que os comenté antes.
Salimos a Rue Saint-Rome, una calle peatonal muy concurrida y repleta de tiendas que, al igual que casi todas las de la zona céntrica, destaca por el tono rosáceo de los ladrillos de sus edificios, y es que por algo Toulouse es conocida como la "ville rose". Luego, nos desviamos a la derecha por la Rue Temponières hasta llegar a uno de los márgenes del río Garona, muy ancho y caudaloso a su paso por esta ciudad, nada ver con nuestro Guadalmedina, y una vez allí entramos en la Basilique Notre-Dame la Daurade. Por fuera hay que decir que no parece un templo, pues su fachada principal se parece más al frontal del Partenón, con seis grandes columnas que sostienen un frontón, que a otra cosa; ya dentro, nos encontramos con que no estaba especialmente iluminada, y los tonos oscuros de las naves tampoco ayudaban a contemplar su grandiosidad. Y hablando de oscuro, lo más destacable de esta basílica es que en una de sus capillas está la Virgen Negra, una pequeña talla muy venerada por los tolosanos, la cual suele estar ataviada con colores muy llamativos.
De nuevo en la calle, avanzamos un poco por el Quai de la Daurade para luego desviarnos por la Rue du Tabac, unos metros antes del Pont Neuf, el más antiguo de la ciudad y que se caracteriza por los grandes orificios que hay en cada pilar para que pase por ahí el agua cuando hay crecidas del Garona. Nuestra siguiente parada fue la del Hôtel d'Assézat, una especie de mansión cuyo patio se puede visitar gratuitamente al estar comunicado directamente con la calle por un arco de entrada y que destaca por su aspecto señorial, su ornamentación y su torre, así como por la tonalidad de ladrillo que ya he comentado antes. El edificio acoge el museo de la Fondation Bemberg, pero no estaba en nuestros planes visitarlo, así que continuamos con nuestra caminata por la capital de la región de Occitania.

15:45
Con el paso de los minutos, el calor apretaba cada vez más, por lo que en la medida de lo posible anduvimos por calles con sombra. Cogimos por la Rue des Paradoux, al final de la cual Miguel se topó con una moto aparcada que era idéntica a la suya, y es que precisamente unos días antes estuvimos hablando de ella porque recientemente le habían robado los reposapiés. A unos metros teníamos la iglesia de Notre-Dame la Dalbade, con una fachada principal muy característica con un gran rosetón y, sobre todo, un pórtico muy colorido y llamativo; por su parte, el interior destaca por su amplitud y su estilo gótico, como delatan sus altos arcos ojivales, su bóveda de crucería y sus numerosas vidrieras. Seguimos nuestro paseo protegidos del sol por la arboleda que bordea el río, pero solo momentáneamente, puesto que para llegar al Stade de Toulouse, situado en una isla en mitad del Garona, no había otra opción que caminar durante unos veinte minutos por un trayecto prácticamente a cielo descubierto, y bien que se notó.
Como era de esperar, el estadio del Toulouse FC estaba cerrado, aunque al menos pudimos ver el terreno de juego a través de una rendija. En realidad no es que tuviésemos mucho interés en visitarlo, ya que, si bien lo reformaron para la Eurocopa de Francia del pasado año, no es muy grande (caben unos 37.000 espectadores) y tampoco es de un club potente como otros que hemos visitado en viajes anteriores, pero la parada futbolística no podía faltar; por cierto, que junto al estadio vimos a varios jóvenes jugando al baloncesto en unas pistas situadas entre los pilares del puente que atraviesa la citada isla, una idea muy curiosa para aprovechar esos espacios. Ahora tocaba deshacer casi todo el camino que habíamos seguido antes hasta llegar al Pont Saint-Michel, el cual recorrimos en su totalidad, de tal manera que ahora nos encontrábamos en la otra ribera del río.
Según lo que tenía planificado, ahora debíamos continuar paseando por el parque Prairie des Filtres, una gran zona verde a la orilla del Garona que une este último puente con el Pont Neuf, pero a mis amigos no les hizo mucha gracia las personas y el ambiente que había por allí, por lo que en su lugar tiramos por una calle paralela. Al final de la misma hicimos un pequeño alto en el camino para entrar en un Carrefour City, donde mis amigos se compraron un botellín de Coca-Cola, además de una botella de agua que compartiríamos los tres, y luego seguimos andando hasta llegar al Quai de l'Exil Républicain Espagnol, una explanada de forma semicircular situada junto al río en la que había una gran noria, así como un terreno de césped con tumbonas y bancos donde la gente aprovechaba para leer o descansar. Nosotros no fuimos menos e hicimos esto último porque, además de que ya habíamos andado bastante, allí se estaba muy a gusto a la sombra y con un aire fresco muy agradable.
A las seis reanudamos la marcha con el Pont Saint-Pierre, al principio del cual pudimos contemplar la Dôme de La Grave, la imponente cúpula de la capilla anexa al hospital del que toma su nombre. Ya en la otra orilla, nos acercamos a una iglesia que estaba a muy pocos metros de nosotros, pero estaba cerrada, así que continuamos con lo que teníamos planificado, concretamente con el canal de Brienne, que es el que comunica el Garona con el canal du Midi, el más importante de Toulouse. Empezamos a recorrerlo desde la esclusa para luego continuar por la Allée de Brienne hasta el primer puente que lo atraviesa, desde donde pude tomar una bella estampa de este canal con su frondosa arboleda.
A continuación, tiramos por el Boulevard Maréchal Leclerc para ir ahora al Jardin Compans-Caffarelli, un parque situado justo enfrente de la parada de bus en la que nos bajamos al mediodía cuando veníamos del aeropuerto y que destaca por su gran extensión, por la tranquilidad que transmite y porque buena parte del mismo está ocupado por el Jardin Japonais, su principal atractivo. Tras pasear por los senderos que surcan este parque, llegamos al jardín japonés propiamente dicho, inconfundible con su casa de té, su lago rodeado de piedras y rocas, su puente, sus plantas y árboles, y diversos elementos decorativos orientales. Después de pasear unos minutos más por el parque, salimos para ir al Carrefour situado en el sótano del centro comercial que está al lado, ya que Jose necesitaba comprar un desodorante para sustituir al que tuvo que dejar en el control de seguridad del aeropuerto, y tras ello cerramos la ruta de la tarde acercándonos a la siguiente bocacalle, la Rue du Canon d'Arcole, en cuyo número 4 nació el famoso cantante Carlos Gardel, tal y como reza la placa de mármol situada en este portal.

19:30
De allí nos fuimos directamente al apartamento a descansar un rato, puesto que casi no habíamos parado en todo el día, y además pasando un calor considerable en ciertos momentos. Aprovechamos que no habíamos tirado la botella de agua que compramos horas antes para llenarla y meterla en el frigorífico, y así tenerla fría para la noche; por otra parte, también montamos el sofá-cama en el que yo dormiría, mientras que mis amigos compartirían la cama de matrimonio de la habitación para así evitar mis ronquidos, lo cual era el principal motivo por el que habíamos optado por un apartamento en vez de por un hotel. Ahora tocaba decidir dónde cenar, para lo cual consultamos la lista que teníamos apuntada, además de buscar otras recomendaciones en TripAdvisor. Las opciones se reducían básicamente a un sitio especializado en hamburguesas y a un libanés, pero el primero lo descartamos porque al día siguiente seguramente iríamos a un sitio similar en Carcassonne que estaba muy recomendado, así que nos decantamos por el segundo a pesar de mis reticencias por lo exótico de esa comida, aunque mis amigos me aseguraron que habría cosas que me gustarían.
Para llegar hasta allí, seguimos el mismo camino que tomamos al mediodía, pero nada más llegar a la Place du Capitole giramos a la derecha por la Rue Romiguières hasta llegar a la confluencia con la Rue Pargaminières, donde se encuentra S Com Saj, que así se llama este libanés. Por lo que veíamos en las otras mesas, todas muy juntas por cierto, lo que más se pedía la gente era un menú compuesto por una galette (como un rollo de kebab) y una tabla con humus, ensalada y crema de queso, pero nos parecía excesivo para una cena, así que nos decantamos por compartir un plato de humus y una galette tabouk (pollo especiado) para cada uno, mientras que para beber pedimos una jarra de agua del grifo. La elección no pudo ser mejor: el cuenco de humus estaba bastante bien para los tres y acompañado de varios trozos de pan libanés, mientras que las galettes de pollo, además de ser muy contundentes, estaban muy buenas.
Por suerte para mí, la elección del sitio había sido todo un acierto, aunque lo que me empañó la cena fue que al poco de llegar allí me empezó a doler la cabeza, y con el paso de los minutos cada vez más. Tras pagar en la barra (25'20 € en total, 8'40 € por cabeza), nos acercamos a la Place du Capitole a sentarnos en los bolardos de piedra que delimitan el carril de los vehículos a ver si con el aire libre se me pasaba el dolor; algo mejoró, pero no lo suficiente como para no ser una molestia. Ya que estábamos allí, aproveché para hacer algunas fotos a la plaza y al Capitole, la enorme sede del ayuntamiento, el cual estaba parcialmente tapado por unos tenderetes blancos que no sé qué utilidad tenían porque estaban cerrados.
El que la plaza estuviese prácticamente expedita de paseantes nos permitió advertir un detalle muy importante, y es que en el suelo, justo en el centro de la misma, está representada la Cruz de Occitania, la cual es uno de los símbolos de la ciudad, ya que aparece en su escudo. Lo más curioso de esta cruz es que tiene doce puntas, y en ellas se muestran los símbolos del zodíaco así como los números del 1 al 12 como si fuese un reloj. A los pocos minutos empezó a iluminarse el Capitole, que es uno de sus grandes atractivos y un motivo más para hacer fotos, pero, entre que me seguía doliendo la cabeza y que todavía había cierta claridad que haría que las fotos no saliesen tan llamativas, preferí dejar esta parte de la visita para la noche del miércoles e irnos ya al apartamento, adonde llegamos sobre las diez.
Lo primero que hicimos fue ducharnos, puesto que dejarlo para la mañana siguiente sería muy arriesgado teniendo en cuenta que sobre las ocho de la mañana tendríamos que coger un tren a Carcassonne. El primero en ducharse fue Miguel, luego Jose y por último yo, con la complicación de que el plato de ducha no tenía cierre alguno, por lo que debíamos tener cuidado para no salpicar mucha agua fuera. Con respecto a la hora de levantarnos, acordamos poner el despertador a las seis y media, apurando el máximo para tener el tiempo justo de asearnos, vestirnos e ir andando hasta la estación de trenes, ya que el desayuno lo haríamos en Carcassonne. A las doce menos cuarto, ya en la cama (mejor dicho, el sofá-cama) y cansado después de haber andado unos 20 kilómetros según el reloj de Jose, me costó coger una postura cómoda, y además hacía algo de calor incluso sin estar tapado; por suerte, el dolor de cabeza iba remitiendo gracias a una pastilla que me dio Jose y tardé poco en quedarme dormido y olvidarme de dichos inconvenientes.

jueves, 24 de agosto de 2017

No es mío, pero es interesante (CV)

Ya tenemos aquí una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han gustado en las últimas semanas. Como viene siendo habitual, algunos blogs consiguen colar más de un post, como son los casos de Microsiervos e Hipertextual, con diez y cuatro aportaciones, respectivamente. Y lo que tampoco cambia es la variedad de contenidos, pues hay un poco de matemáticas, ciencia, astronomía, curiosidades, vídeos, etc.
Echémosle un vistazo a la lista de hoy:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

miércoles, 16 de agosto de 2017

El signo de los cuatro

El tercer libro que ha caído en mis manos este verano ha sido 'El signo de los cuatro', la segunda obra en la que el escritor británico Arthur Conan Doyle relata las dotes detectivescas del genial Sherlock Holmes.
El detective Sherlock Holmes y el doctor John Watson reciben en su domicilio londinense del 221B de Baker Street la visita de la joven institutriz Miss Mary Morstan, quien acude al señor Holmes para que averigüe qué ha pasado con su padre, el capitán Morstan, pues no sabe nada de él desde hace diez años; además, desde hace seis recibe cada año una perla de un collar de un remitente anónimo, y ese mismo día le ha llegado una carta en la que se le ruega que acuda a una cita y en la que se añade que hasta ahora ha sido perjudicada y se le debe hacer justicia. Holmes y Watson acompañan a la joven a esta misteriosa cita, que resulta estar organizada por Thaddeus Sholto, uno de los hijos gemelos del mayor Sholto, amigo del padre de Mary y que compartió regimiento de infantería en la India años atrás. Al parecer, tanto el capitán Morstan como el mayor Sholto tenían un tesoro que ha estado escondido hasta entonces y, tras la muerte de ambos, a ella le corresponde la mitad del mismo. Cuando acuden a la casa del hermano de Thaddeus para recoger el tesoro, resulta que éste ha sido asesinado y que el tesoro ha desaparecido.
He tardado seis años en continuar el canon holmesiano con su segunda novela tras haber comenzado con 'Estudio en escarlata', y la verdad es que ha sido una pena haber esperado tanto, ya que gracias a 'El signo de los cuatro' he tenido la oportunidad de volver a disfrutar de la sagacidad y de los geniales razonamientos deductivos de Sherlock Holmes, uno de los detectives más célebres de la literatura, así como del doctor Watson, su inseparable compañero y excelente narrador de la trama. Es en este título donde se da buena cuenta de la afición de Sherlock a consumir drogas, puesto que, según él, es lo único que estimula su mente a falta de casos que resolver que le saquen de la aburrida rutina de la existencia, y también donde aparece una de sus citas más famosas: "Una vez eliminadas todas las demás posibilidades, la única que queda tiene que ser la verdadera". La estructura del libro es muy similar a la de su precedente: el caso se expone, se investiga y se resuelve, y al final se incluye un relato en el que se narra la historia oculta tras el caso, aunque lo bueno es que esta vez no ocupa tantas páginas como en 'Estudio en escarlata'. Lo malo, que es muy corto, poco más de 150 páginas, aunque al menos me queda el consuelo de que el canon holmesiano está compuesto por otras dos novelas y cinco colecciones de relatos, por lo que todavía tengo mucho Sherlock por devorar.

viernes, 4 de agosto de 2017

Espía de Dios

El segundo libro que he leído este verano, tras haber pasado unos días de viaje, ha sido 'Espía de Dios', del escritor español Juan Gómez-Jurado.
El papa Juan Pablo II acaba de fallecer y la Ciudad del Vaticano se prepara para darle el último adiós, al tiempo que más de cien cardenales se disponen a asistir en los próximos días al cónclave en el que deberán elegir a su sucesor, pero algunos de ellos no podrán acudir. Dos de estos cardenales aparecen asesinados con varias partes de sus cuerpos mutiladas y misteriosos mensajes bíblicos en las escenas del crimen. La inspectora y psiquiatra criminalista Paola Dicanti, con la colaboración del padre Anthony Fowler, un ex militar norteamericano, será la encargada de dar caza a un asesino que resulta ser un sacerdote con un turbio pasado plagado de abusos sexuales a menores, motivo por el cual tuvo que pasar un tiempo en el Instituto Saint Matthew para ser rehabilitado. Desde el Vaticano se intenta ocultar estas muertes para que no interfiera en la celebración del cónclave, pero el asesino tratará de que salgan a la luz mientras sigue acabando con más vidas.
Descubrí este thriller hace unos años en una de mis visitas a las librerías de mi ciudad en busca de nuevos títulos que añadir a mi larga lista de futuribles lecturas. Por su sinopsis deduje inmediatamente que se trataba de una novela del estilo de 'Ángeles y demonios', y de hecho lo publicitaban así, con la coletilla de estar mejor documentado y redactado. Será por gustos, pero yo disfruté más el libro de Dan Brown, lo cual no implica que el de Juan Gómez-Jurado no me haya gustado. No pongo en duda que el que acabo de leer tenga más trabajo de documentación por detrás y que sea muy más realista que el del discutido novelista estadounidense, lo que lo hace más creíble, pero no me ha enganchado tanto como esperaba, y esto es algo que yo valoro, y mucho, en este género que mezcla misterio, crimen y religión. Como aspecto destacable sobre otros libros de esta temática es que al poco de empezar ya se sabe quién está detrás de esos macabros asesinatos, lo cual para muchos lectores es un punto negativo y para otros positivo (a mí me da un poco igual), pero lo que más me ha trastornado de esta novela es el ir y venir entre las dos líneas temporales en las que tiene lugar la trama; eso sí, como autocrítica tendría que decir que he acusado la falta de ritmo tras tirarme diez meses sin leer y que además estos días he estado liado con la planificación de un viaje, por lo que mi cabeza no estaba del todo centrada en esta lectura. Es el primer libro de Juan Gómez-Jurado y tengo entendido que los siguientes son mejores, así que es probable que más adelante lo tenga en cuenta.

viernes, 28 de julio de 2017

No es mío, pero es interesante (CIV)

Aquí viene una nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en las últimas semanas. Esta vez, hay dos blogs que copan casi todas las recomendaciones, y son los más habituales, Microsiervos y Fogonazos, con diez y cinco aportaciones, respectivamente. Y como siempre, variedad para todos los gustos: matemáticas, ciencia, astronomía, curiosidades, vídeos, etc.
Repasemos la lista de enlaces de esta entrega:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

viernes, 21 de julio de 2017

Viaje a Córdoba: día 3


Domingo, 26 de febrero de 2017

7:35
El despertador lo programé la noche anterior para que sonara a las nueve de la mañana, pero fueron mis amigos los que me sacaron de mi sueño cuando se levantaron para ducharse, algo inevitable porque tenían que pasar por delante de mi cama y porque el baño estaba al otro lado de mi cabecero; de todas formas, me volví a quedar dormido casi de inmediato, aunque no de una manera tan profunda como antes. Cuando sonó el despertador, apuré unos minutillos más en la cama hasta que finalmente me levanté para asearme. Tal y como me esperaba, Jose y Miguel me confirmaron que había vuelto a roncar, que de nuevo sus palmadas habían vuelto a surtir un efecto casi nulo y que hasta las cuatro o las cinco de la madrugada estuvieron despiertos. Ante esta situación, empezamos a plantearnos seriamente la opción de buscar un apartamento en vez de un hotel para futuros viajes, y de esta forma poder dormir en habitaciones separadas.
Éste iba a ser nuestro último día en Córdoba, así que tocaba hacer las maletas, las cuales dejamos preparadas en la habitación antes de irnos a desayunar. Empezamos nuestra ruta para buscar alguna cafetería por la plaza de la Corredera, donde no nos llamó nada la atención, y lo mismo nos pasó por calle Claudio Marcelo y la plaza de las Tendillas, pero lo que más nos chocó era que había muchas que estaban cerradas a pesar de ser las diez de la mañana y que las que estaban abiertas estaban casi vacías, algo impensable en Málaga un domingo. Finalmente entramos en la cafetería del hotel Córdoba Centro, donde esta vez me pedí un mollete completo con aceite y un Cola Cao, mientras que Jose y Miguel repitieron la elección del día anterior. Desayuno excelente, puesto que el pan estaba tostado en su punto, ni mucho ni poco, y además muy jugoso y contundente; me quedé más que satisfecho, al igual que mis amigos, y el precio también muy adecuado, 2'60 €.
Volvimos al hostal por el mismo camino para, una vez que comprobamos que no dejábamos nada olvidado, recoger las maletas, dejar la habitación y entregar la llave en recepción. Emprendimos ahora el camino hacia el coche, para lo cual pasamos de nuevo por la plaza de la Corredera y continuamos por Rodríguez Marín, Capitulares, Alfaros, Isabel Losa, Santa Isabel y Mayor de Santa Marina, donde lo teníamos aparcado. Guardamos las maletas y dimos comienzo con la ruta matutina con la cercana Torre de la Malmuerta, que se caracteriza por estar apoyada en un arco. A continuación, cruzamos a la plaza de Colón para ver la llamativa fachada del Palacio de la Merced, actual sede de la Diputación Provincial, y pasear unos minutos por los Jardines de la Merced, que ocupan toda la citada plaza y cuyos árboles, por las fechas en las que estábamos, estaban secos en su práctica totalidad; eso sí, de estos jardines habría que destacar que en una de sus entradas se encuentra el Monumento a la Belleza de la Mujer Cordobesa, compuesto por las estatuas de dos mujeres que portan sendos cántaros y una pequeña fuente que surte un chorro de agua.

12:00
De allí nos fuimos hacia la plaza de Capuchinos, donde se encuentra el famoso Cristo de los Faroles, conocido así porque está rodeado por ocho faroles, aunque en realidad se llama Cristo de los Desagravios y Misericordia. En esa misma plaza entramos en la iglesia Conventual del Santo Ángel, la cual no estaba en mi planificación, pero aprovechamos que estaba abierta para visitarla, y suerte que lo estaba, puesto que en ella pude ver varias imágenes de la Semana Santa de Córdoba de una gran calidad y devoción, como por ejemplo la de María Santísima de la Paz y Esperanza. Más adelante nos encontramos con la Cuesta del Bailío, cuya escalinata bajamos para seguir por la plaza Puerta del Rincón, llamada así porque en ella se erige la Torre de la Puerta del Rincón, que pertenecía a la antigua muralla, aunque lo que más nos llamó la atención fue La Regadora, una estatua de una mujer regando las macetas que cuelgan de una de las paredes de dicha plaza.
Retomamos parte del recorrido que hicimos apenas una hora antes para dejar las maletas en el coche, pero esta vez, al llegar a calle Santa Isabel, giramos a la derecha hasta desembocar en la plaza de Don Gome, lugar en el que se encuentra el Palacio de Viana, donde entramos solamente para ver el único patio que se puede visitar libremente, lleno de macetones y plantas y con una pequeña fuente en el centro. Continuamos nuestra ruta con la iglesia de San Agustín, donde solamente entré yo debido a que mis amigos ya estaban un poco cansados de ver iglesias, así que me esperaron sentados en un banco de la plaza de San Agustín, concretamente junto a un bloque de piedra en el que se muestran las partituras de dos composiciones musicales, "Cruz de Mayo" y "Canción del Puente Viejo". En cuanto a la iglesia, me sorprendió gratamente, pues su estructura interior no se parecía a ninguna de las que había visitado hasta entonces, con un techo más bajo nada más entrar y una bóveda más alta a continuación, con numerosos frescos y todo con un aspecto muy barroco.
Seguidamente fuimos en busca de los dos últimos templos que teníamos planificado visitar, la Basílica del Juramento de San Rafael y la iglesia de San Lorenzo, pero no pudimos visitar ninguna de ellas, la primera porque estaba cerrada y la segunda porque se estaba oficiando una misa. Ahora nos tocaba caminar un buen rato hasta nuestro siguiente destino, la Posada del Potro, y lo hicimos a paso tranquilo por unas calles (Santa María de Gracia, Gutiérrez de los Ríos, Carlos Rubio y Lineros) que, como otras por las que pasamos el día anterior, nos hacían pensar que estábamos en un pueblo más que en una ciudad, y es que buena parte del casco histórico de Córdoba se compone de calles estrechas y casas bajas de una o dos plantas, muchas de ellas blancas. Al cabo de unos veinte minutos largos, llegamos a la Posada del Potro, por delante de la cual pasamos la tarde anterior, pero que no pudimos visitar porque solamente abre por la mañana.
Al entrar nos encontramos con una mezcla de corral de vecinos y patio cordobés que a esa hora estaba muy concurrido por turistas atraídos por sus llamativas plantas y macetas, barandas de madera en la primera planta, así como por las dependencias del Centro Flamenco Fosforito, que tiene aquí su sede y en cuyas salas se exponen guitarras flamencas, un grafo con los distintos palos del flamenco, pequeñas maquetas con los antiguos usos que se le daba a la posada, etc. La última zona que nos quedaba por ver era la de los Jardines de la Victoria, adonde llegamos tras coger por las calles Caldereros, Rey Heredia, Jesús María, Conde de Gondomar y Concepción. Una vez allí, lo primero que vimos fue el Mausoleo Romano, un monumento funerario con forma cilíndrica, para luego acercarnos al Mercado de la Victoria, ubicado en una gran caseta y que cobija a varios puestos de venta y negocios de restauración, un poco al estilo del Mercado de San Miguel de Madrid. Tras descansar unos minutos en un banco frente al Monumento al Duque de Rivas, cruzamos a los Jardines de la Agricultura, donde vimos el estanque de los patos, aunque estaba más bien plagado de palomas, y el Monumento a Julio Romero de Torres, insigne pintor cordobés.
Con esto dimos por concluida la visita a Córdoba, pero ahora tocaba almorzar, que ya eran más de las dos. Yo propuse ir a tapear al Mercado de la Victoria en el que habíamos estado hace unos minutos, pero mis amigos preferían ir a otro sitio, aunque sin definir dónde exactamente, así que empezamos a pasear por la avenida Ronda de los Tejares en busca de algo que nos agradase a los tres. Al igual que por la mañana cuando fuimos a desayunar, nos extrañó que hubiese tantos restaurantes cerrados o con poca gente siendo la hora que era, lo que provocó que anduviésemos sin rumbo fijo, hasta el punto que acabamos muy cerca del coche. Fue entonces cuando Jose y Miguel propusieron entonces repetir en la taberna La Montillana, donde tan bien cenamos el primer día, pero eso implicaba caminar todavía más teniendo en cuenta que estábamos a muy pocos metros cuando empezamos a buscar un sitio para comer.

14:45
Tras media hora dando vueltas, llegamos a La Montillana, que, como era de esperar, estaba lleno; por si acaso, Jose le preguntó al camarero si había alguna mesa libre, pero resulta que teníamos que esperar media hora. Así pues, recurrimos a TripAdvisor, que nos recomendaba la taberna Échate pá llá, situada justo en el callejón de enfrente, junto a la iglesia de San Miguel, por lo que no nos lo pensamos y nos sentamos en una de las mesas que había libres. Pedimos tres platos para compartir: mazamorra, volcán de patatas y bacalao al tostón. La mazamorra estaba buena, aunque los tres estábamos de acuerdo en que la que tomamos en La Montillana estaba mejor que ésta; el volcán de patatas, que también llevaba huevos y jamón, no tenía mucho misterio, como el que uno se puede hacer en casa; finalmente, el bacalao al tostón nos encantó, pues estaba muy jugoso y cubierto con una capa de queso que le venía al dedo. Esta vez no nos pedimos postre, que es lo normal en nosotros, por lo que la cuenta salió por 10'20 €, algo menos que en las otras comidas que habíamos hecho durante el viaje.
Antes de volver a Málaga, Jose y Miguel querían ver el partido que enfrentaría al Atlético de Madrid y al Barcelona, que daría comienzo en breves minutos, a las 16:15, así que ahora tocaba buscar un bar donde lo echasen. Creíamos que iba a ser fácil encontrar uno, pero no fue así; de hecho, después de unos diez o quince minutos, solamente vimos dos sitios. En el primero de ellos solamente había libre una mesa alta en la que los tres íbamos a estar un poco incómodos, mientras que el otro, el Mesón El Rincón, estaba casi vacío, con apenas tres o cuatro clientes, por lo que nos quedamos allí, puesto que ya estaba a punto de comenzar el partido. La primera parte acabó sin goles, a excepción del que le anularon a Luis Suárez, mientras que en la segunda se adelantó el Barça con un tanto de Rafinha, a los pocos minutos empató Godín, y ya casi al final Messi marcó el gol de la victoria para alegría de mis amigos, que, si bien son socios como yo del Málaga, también son del Barcelona.
En cuanto terminó el partido nos pusimos en pie para ir hasta el coche, que lo teníamos a algo más de diez minutos. A las seis y cuarto nos pusimos en marcha, no sin antes activar Google Maps para salir de Córdoba sin equivocarnos como el día que llegamos, aunque casi no nos hizo falta porque estaba bastante bien indicado, y de día se ve mucho mejor que de noche, las cosas como son. Al poco de incorporarnos a la autovía, Jose se había quedado dormido, mientras que Miguel también se echó una pequeña siesta porque estaba un poco resfriado. Durante todo el trayecto de vuelta estuvimos escuchando marchas procesionales de Semana Santa, lo que inevitablemente derivó en el eterno debate que siempre tengo con mis amigos al respecto de que, según ellos, todas son iguales, a lo que yo tuve que decirles que no, que para empezar existen cuatro géneros diferentes (cornetas y tambores, agrupaciones musicales, bandas de música y capillas musicales) y dentro de cada uno de ellos hay diversos tipos de composiciones, unas más alegres y otras más fúnebres, unas más proclives a ser interpretadas a Cristos y otras más indicadas para Vírgenes. En cualquier caso, yo les reconocí que hay ciertas marchas que confundo, pero vaya, al igual que me ocurre con canciones de ciertos cantantes y grupos modernos.
A la altura de Antequera ya empezó a anochecer, algo que no me gusta cuando conduzco, pero por lo menos ya estábamos cerca de Málaga, adonde llegamos pasadas las ocho de la tarde. Primero dejé a Miguel en su casa y luego a Jose en la suya, de tal forma que a la mía llegué sobre las ocho y media de la noche. Punto y final a un viaje corto pero que al menos me sirvió para compensar el que no pude hacer el año anterior; eso sí, en el propio viaje empezamos a hablar sobre el que haríamos en el mes de julio, e incluso mi madre también me había planteado por entonces hacer otro en el mes de agosto. Ya os contaré poco a poco todo lo que habrán deparado ambos viajes.

domingo, 16 de julio de 2017

Viaje a Córdoba: día 2

Sábado, 25 de febrero de 2017

7:15
En cuanto sonó mi despertador, me levanté de la cama como un resorte para ir al baño y ducharme, pues no había tiempo que perder. Mis amigos, mientras tanto, seguían durmiendo, aunque, cuando terminé de ducharme y fui a despertarles para que empezasen a vestirse, me recriminaron que apenas habían podido descansar porque había estado roncando buena parte de la noche; de hecho, habían dado palmadas fuertes para que dejase de roncar, pero ni por esas me callaba. Les dije que lo sentía, aunque poca culpa tenía yo, puesto que lo hago de forma inconsciente y sin ánimo de fastidiar el descanso de los demás. En fin, que tras esta conversación nos pusimos en funcionamiento para arreglarnos y dar comienzo a una larga jornada por el centro histórico de Córdoba.
Salimos de la habitación al patio del hostal, muy típico cordobés con sus arcos y macetas colgadas de las barandillas del primer piso; allí mismo, mis dos amigos aprovecharon que en el patio había una máquina de café para prepararse uno cada uno, y ello provocó que saliese una mujer mayor que resultó ser una de las empleadas del hostal, pues se había extrañado al escuchar el ruido de la máquina tan temprano. Ya en la calle, en la que por cierto no había nadie por la hora que era, comprobamos que el día había amanecido nublado, al contrario de lo que habíamos visto en las previsiones del fin de semana, puesto que se pronosticaban días soleados. Bajamos por la calle Armas para continuar por calle San Francisco y luego atravesar un laberinto de callejones estrechos hasta llegar a la Mezquita-Catedral de Córdoba a eso de las ocho y media.
Tras recorrer toda la fachada norte y comprobar que ninguna de sus puertas estaba abierta, seguimos por la fachada oeste, donde ya se veía a varios turistas entrar por la Puerta de los Deanes, la cual da acceso al patio de los Naranjos. Una vez que verificamos en un panel situado nada más entrar que la visita a esta hora era gratuita, nos acercamos a la entrada principal del templo, la Puerta de las Palmas, donde un vigilante de seguridad me revisó la mochila de mi cámara antes de dejarme pasar. Como os podéis imaginar, me quedé boquiabierto cuando vi ese bosque de columnas y arcos bicolores por el que es tan conocida la Mezquita. Tenía algún que otro recuerdo de cuando la visité con el colegio estando yo en 4º ESO o 1º Bachillerato, pero me sorprendió tanto o más que la primera y única vez hasta entonces, y de eso hace ya unos quince años.
A pesar de lo temprano que era, había una cantidad considerable de turistas visitando este monumento, más de lo que me imaginaba, pero aun así se podía ver y admirar con tranquilidad y sin demasiada gente de por medio. Obviamente, mi cámara de fotos empezó a echar humo, y es que casi cualquier ángulo y perspectiva me parecían idóneos para capturar la belleza de esta joya de la que puede presumir Córdoba. Además de los cientos de columnas y arcos que se entremezclan en la Mezquita, en ella también pudimos contemplar numerosas capillas y altares de gran valor artístico, cúpulas y puertas profusamente decoradas y con inscripciones en árabe, urnas expositoras con restos arqueológicos y diversos objetos, etc. Entre tanto, le pedí a mis amigos que me hiciesen alguna que otra foto, y yo además hice otra con mi móvil para mandársela por WhatsApp a mi madre, mi hermana y mis tías de Jerez.
Nos quedaba por ver la parte central de este monumento, que se corresponde con la Catedral, la cual, por sus características, contrasta bastante con el estilo árabe de la Mezquita, aunque está bastante bien integrada con ésta. A la zona que ocupa la Catedral no pudimos acceder porque estaba rodeada esos típicos cordones rojos que suelen poner para prohibir el paso, pero al menos nos podíamos asomar para ver la capilla Mayor, el crucero, el coro (que me recordó mucho al de la Catedral de Málaga), el trascoro y el trasaltar. Precisamente mientras nos encontrábamos frente a la sillería del coro empezó a sonar el órgano situado justo encima, lo cual sorprendió a todos los que estábamos allí, y tras ello los vigilantes comenzaron a desalojar el monumento, pues ya casi eran las nueve y media, es decir, la hora oficial de apertura de la Mezquita-Catedral para los que tienen que comprar entrada.
Ya fuera, nos quedamos un rato por el patio de los Naranjos y por las galerías porticadas que lo rodean, al tiempo que contemplábamos la torre campanario que se erige sobre el monumento y los árboles y fuentes que están repartidas por todo el patio. Me tocó además hacer fotos a varios turistas que me lo pidieron (es lo que pasa por llevar colgada al cuello una cámara réflex), concretamente a un grupo de españoles y luego a un asiático del que no sabría decir su nacionalidad, ya que, como a la mayoría, a mí me parecen casi todos iguales. Finalmente, nos fuimos de allí por la Puerta del Perdón, que es la que situada bajo la torre y justo enfrente de la entrada principal de la Mezquita-Catedral, para continuar con nuestra visita a Córdoba.

9:35
Era el momento de decidir dónde desayunar, para lo cual recurrimos a las recomendaciones de TripAdvisor. La opción que más nos convenció era la de un sitio con un nombre muy peculiar, Omundo de Alicia, que además por su ubicación nos venía muy bien, puesto que teníamos pensado pasar la mañana por esa zona, así que nos dirigimos allí al tiempo que empezaba a chispear, y es que el cielo se mantenía nublado. Por cierto, como apunte curioso habría que comentar que por el camino nos topamos con varias alcantarillas con el dibujo de un perro y la frase "Pipí aquí" justo encima, una medida muy acertada, aunque dudo que efectiva, ya que los perros orinan donde pillan y cuando les entran ganas.
Ya en esta cafetería, tras echar un vistazo a la carta del desayuno, me pedí medio mollete con aceite y un Cola Cao, para no perder la costumbre de cada mañana salvo por el cambio obligado del Nesquik, mientras que mis amigos se pidieron cada uno una chapata entera con tomate y jamón y un café. Desayuno muy correcto tanto a nivel de calidad como de precio, pues el mío me costó 2'20 € y el de mis amigos 3 € cada uno. Salimos de allí minutos antes de las once para retomar la visita a la ciudad justo enfrente, en la plaza de la Trinidad, presidida por una estatua del poeta Luis de Góngora y en la que destaca la iglesia de San Juan y Todos los Santos, en la cual entramos. Mis amigos, poco o nada amantes de las iglesias, se sentaron en uno de los bancos del final mientras yo la recorría para ver las tallas de varias imágenes de Semana Santa que allí se encontraban, entre ellas dos crucificados, un nazareno y una dolorosa.
Salimos al Paseo de la Victoria hasta llegar a la Puerta de Almodóvar, una de las pocas que se conservan de la antigua muralla de Córdoba y que además presenta muy buen estado. Junto a ella vimos otra estatua, también de otro ilustre cordobés, Lucio Anneo Séneca, tanto que hasta la Junta de Andalucía le puso su nombre a la aplicación que se usa en los colegios e institutos para gestionar todo lo relativo al alumnado y profesorado de nuestra comunidad, así que como veis hasta el trabajo me perseguía en vacaciones. Atravesamos la muralla para continuar por la calle Judíos, una angosta calle que a esas horas ya estaba bastante concurrida y en la que nos topamos con la Sinagoga, un pequeño templo hebreo al que se puede entrar gratuitamente y que apenas consta de un patio adornado con varias plantas y el templo propiamente dicho, compuesto por un vestíbulo y una sala de oración cuadrada adornado con motivos mudéjares e inscripciones bíblicas en hebreo, aunque parte de ellas se han perdido.
Al salir nos adentramos en el zoco, un mercado de artesanía ubicado en un patio rodeado de varias arcadas y con decenas de macetas desperdigadas que me recordó al de nuestro hostal, aunque éste era bastante más grande. Unos metros más adelante llegamos a otro de los lugares típicos de Córdoba, la pequeña plaza de Tiberíades, en la cual se encuentra la estatua de Maimónides, famoso teólogo, filósofo y médico nacido en esta ciudad. Aprovechamos que estaba allí una guía turística con un grupo con el que también habíamos coincidido en la sinagoga para escuchar sus explicaciones, entre las cuales recuerdo que estaba la de que la gente suele pasar la mano por uno de sus pies porque, según cuentan, te da más inteligencia, y de hecho parece que hay muchos que lo hacen porque la estatua está muy desgastada en esa parte. En fin, una de tantas leyendas que rodean a varios sitios turísticos de todo el mundo.
Más adelante, nos desviamos por una calle que daba a un callejón en uno de cuyos muros había una inscripción que nos llamó mucho la atención, concretamente "He encontrado un atajo", que seguramente llevaría a algún sitio, pero, como no estaba en nuestra ruta y perderse por la judería es harto sencillo, decidimos deshacer nuestros pasos y continuar por calle Tomás Conde. Casi al final de la misma, a mano izquierda, dimos con la Calleja del Salmorejo Cordobés, llamada así porque en su pared hay un enorme azulejo en el que se detallan los ingredientes y se explica cómo se hace este plato típico de Córdoba. Al salir de esta calle, en vez de seguir adelante, giramos a la derecha hacia calle Cairuán para ver la Puerta de la Luna, otra de las entradas de la antigua muralla y junto a la cual encontramos otra estatua, sí, la cuarta del día si no llevo mal la cuenta, esta vez de Averroes, filósofo y médico del siglo XII, y sí, también cordobés.

12:00
A continuación, nos dirigimos al Alcázar de los Reyes Cristianos, en cuya explanada exterior hicimos un pequeño descanso sentados en un banco aprovechando que había allí un caballo de las Caballerizas Reales con su domador haciendo una demostración de piruetas y distintos tipos de pasos para disfrute de los turistas que hacían cola para entrar en el citado monumento. Nosotros también teníamos pensado visitarlo, pero la cola tenía una longitud considerable y nos daba pereza esperar tanto, por lo que descartamos esta opción y nos conformamos con ver el Alcázar por fuera. Seguidamente nos acercamos a una pequeña plaza en la que se encuentra la Torre de Belén, también perteneciente a la muralla como las puertas de Almodóvar y de la Luna que vimos antes, para luego entrar en las Caballerizas Reales. Lo único que pudimos ver fue la cuadra principal en la que se exhiben diversos carruajes y coches de caballo en lo que antiguamente sirvieron de cuadras, ya que el acceso al patio donde tienen lugar los espectáculos ecuestres estaba cerrado en ese momento, así que apenas estuvimos allí diez minutos.
Seguimos por unas calles  por las que no pasaba ni un alma y que parecían más de pueblo que de ciudad, ya que todas sus casas eran bajitas, de una sola planta, de color blanco y con floridas macetas en sus ventanas y balcones. Al final de estas calles dimos con la Puerta de Sevilla, junto a la cual había... ¿Lo adivináis? Sí, otra estatua de otro cordobés, aunque no tan conocido como los anteriores, un tal Ibn Hazm, y tras ello procedimos a bordear toda la muralla hasta llegar a una de las orillas del río Guadalquivir, que es el que atraviesa la ciudad de Córdoba. Más adelante, a mano izquierda, tuvimos la oportunidad de asomarnos a los jardines del Alcázar a través de una verja, al menos a una parte de éstos, y justo después la parte trasera de este monumento con sus torres del Homenaje y de la Paloma.
Unos metros después, pero esta vez en el lado correspondiente al río, nos acercamos a ver el Molino de la Albolafia, otra de las estampas típicas de Córdoba junto a la del Puente Romano, el cual recorrimos a continuación, aunque antes de hacerlo nos detuvimos un momento viendo la Puerta del Puente, que, situada entre la Mezquita y el citado puente, se parece mucho a los típicos arcos de triunfo que hay en muchas ciudades, aunque realmente también formaba parte de la muralla de Córdoba. En nuestro paseo por el Puente Romano nos topamos a mediación con el Triunfo de San Rafael, en realidad uno de tantos que hay en la ciudad califal, y es que este arcángel es el ángel custodio de Córdoba, y al final del mismo con la pequeña fortaleza de la Torre de la Calahorra, punto en el que dimos media vuelta para volver al centro y seguir con nuestro paseo.
Una vez que atravesamos la Puerta del Puente, vimos otro Triunfo de San Rafael, éste mucho más grande que el anterior, puesto que la estatua del arcángel corona una columna que sobresale de una base, un conjunto que en total alcanza una altura de 27 metros, mientras que a la izquierda teníamos el edificio del Obispado de Córdoba. Fue entonces cuando comenzamos a rodear la Mezquita-Catedral para poder contemplar las diversas puertas, algunas de ellas ocultas tras andamios por estar siendo restauradas, que se hallan en su fachada este, como por ejemplo las de San José, de la Concepción Antigua, del Baptisterio o de Santa Catalina, pero, antes de continuar con las otras fachadas, hicimos un alto para buscar dos pequeñas calles muy famosas de la ciudad como son la calleja del Pañuelo y la calleja de las Flores, ambas a muy pocos metros de la Mezquita.
La primera de ellas no se llama así realmente, sino calle de Pedro Jiménez, pero todo el mundo la conoce como calleja del Pañuelo porque su anchura en la parte más angosta mide más o menos lo mismo que un pañuelo de señora; de hecho, dos personas no pueden pasar al mismo tiempo por ese pequeño tramo de este callejón. No tiene mucho más que el reclamo turístico que se ha ganado, pero la calleja de las Flores sí que tiene más motivos para ser visitada, es más, estaba tan concurrida que tuvimos que esperar para poder recorrerla. Una de las razones es por su estrechez, pues apenas es un poco más ancha que la otra, pero la otra es que sus paredes están plagadas de macetas azules con coloridas flores que ofrecen una estampa única si uno se sitúa en la placita en la que termina, y es que entre dichas paredes aparece perfectamente encuadrada la torre campanario de la Mezquita.
Volvimos a recorrer las fachadas del principal monumento de Córdoba, ahora la fachada norte, que ya la habíamos visto por la mañana, y la oeste, con un aspecto muy similar a la del este y en la que habría que destacar las puertas del Postigo de la Leche, de los Deanes, del Espíritu Santo y del Sabat. Ya eran casi las dos de la tarde y el hambre apremiaba, por lo que tocaba buscar un sitio para almorzar. Jose sugirió ir a Los Patios de la Marquesa, ya que tenía buen recuerdo de este sitio de una visita anterior, así que nos acercamos a echar un vistazo por si nos convencía. Este sitio es básicamente una especie de mercado gastronómico con varios puestos de comida de diversos tipos, lo cual es bastante atractivo, pero descartamos esta opción porque Miguel prefería ir a algún restaurante.

14:15
Nos dejamos guiar de nuevo por TripAdvisor, que nos recomendaba varias tabernas situadas alrededor de la Mezquita, y una de ellas era El Capricho, que fue por la que nos decantamos en parte porque el dueño nos paró cuando pasábamos por allí al advertir que teníamos pinta de estar buscando un sitio para comer y nos dijo que en cinco o diez minutos se quedaría una mesa libre, y por otro lado porque tenían un menú cordobés que era muy del gusto de mis amigos. Mientras esperábamos, Miguel revisó detenidamente los comentarios de esta taberna en TripAdvisor, y, si bien tenía muy buena nota y además especificaba que había ganado recientemente un premio al mejor rabo de toro de Córdoba, le llamó la atención que algunos de los últimos comentarios que le otorgaban la máxima puntuación estaban muy mal redactados, con faltas de ortografía flagrantes como no poner la h al conjugar el verbo haber, palabras unidas y expresiones como "es kisito" en vez de "exquisito" o "bol beremos" en vez de "volveremos". Torpes de nosotros, más tarde deduciríamos que dichos comentarios habían sido escritos por amigos o familiares para subirle la nota.
Ya en la mesa que nos había prometido el dueño, precisamente al lado de una con aficionados ataviados con camisetas y bufandas del Alcorcón, que jugaba esa tarde contra el Córdoba, le echamos un vistazo a la carta, aunque en realidad ya teníamos claro lo que íbamos a pedir: mis amigos, el menú cordobés compuesto por salmorejo, rabo de toro y pastel cordobés; por mi parte, me decanté por el menú del día, del que elegí los espaguetis boloñesa, un flamenquín y natillas. ¡Qué decepción se llevaron Jose y Miguel! Según dijeron tras probar sus platos, el salmorejo no era nada del otro mundo, mientras que el rabo de toro, el cual les costó una barbaridad separarlo del hueso, no estaba especialmente bueno y venía acompañado por escasas patatas fritas del montón, opinión que días más tarde publicaría Miguel en TripAdvisor; además, llegado el momento del postre, ambos pidieron cambiarlo por unas natillas, y el dueño solamente permitió cambiarlo a uno de ellos y tras mucho insistir. En cuanto a mí, pues también un poco decepcionado, ya que los espaguetis eran fácilmente mejorables, el flamenquín tenía un relleno gelatinoso que no supe adivinar qué era exactamente, y las natillas tenían muy poca consistencia.
Nos fuimos de allí con muy mala sensación, como si nos hubiesen timado (10 € costaba mi menú y 14 € el de mis amigos), aunque fuimos educados y cuando al final nos preguntaron cómo había estado todo les dijimos que muy bien. Ya eran las tres y media, y Jose planteó la posibilidad de ir a tomarnos algo a una terraza situada frente al río que él conocía, pero al final nos decantamos por dirigirnos al hostal y echarnos una siesta para descansar, y es que, aunque habíamos caminado a un ritmo suave, casi no habíamos parado en todo el día. Mi idea era solamente estar tumbado en la cama, sin dormirme, pero finalmente no pude evitar echarme una pequeña siesta; por su parte, Jose y Miguel se pusieron a ver la tele y luego también se echaron un rato. Acordamos reanudar la visita a las cinco y media, aunque, como casi siempre ocurre, mis amigos remolonearon un poco más y salimos unos minutos más tarde.
En primer lugar, fuimos a la iglesia de San Francisco, la cual estaba cerrada a esa hora, por lo que nos tuvimos que conformar con ver su fachada, así como la plaza del mismo nombre situada en uno de sus laterales, caracterizada por su forma cuadrangular y por las arcadas de dos de sus lados. A muy pocos metros de allí teníamos la plaza del Potro, llamada así porque en ella hay una pequeña fuente rematada con una estatua de este animal; además, en dicha plaza también se encuentran dos museos, el de Bellas Artes y el de Julio Romero de Torres, y otro de los triunfos de San Rafael que hay en la ciudad. A continuación, cogimos por calle Lineros para llegar a la Basílica de San Pedro, que estaba abierta y en la que entramos unos minutos, mis amigos para sentarse y yo para verla, como siempre hacemos; de este templo destacaría el retablo mayor, una Virgen que supongo pertenece a alguna cofradía y una capilla en la que hay una urna de plata llena de calaveras y huesos.
Nuestra siguiente parada era la plaza de la Corredera, que recuerda inevitablemente a la plaza Mayor de Madrid por su forma y su estilo arquitectónico, con edificios de tres plantes y soportales en todo su perímetro, a excepción de dos edificios, la antigua Casa Consistorial y las Casas de Doña Jacinta. Tras atravesar la plaza de punta a punta, salimos por calle Rodríguez Marín para ir hasta el Ayuntamiento, probablemente el más feo de los que he visto hasta ahora en todos mis viajes, y visitar la iglesia de San Pablo, templo al que se accede tras pasar previamente por una portada barroca y por una pasarela descendente. Ya dentro de la iglesia, me pasé por todas sus capillas para contemplar las imágenes de Cristos y Vírgenes que allí se veneran, lo cual es uno de los principales motivos por los que me gusta visitar estos templos, y es que todo lo que tenga que ver con la Semana Santa, sea de la ciudad que sea, ya sabéis que me tira un montón.

18:35
Continuamos ahora con el Templo Romano, por delante del cual ya habíamos pasado varias veces sin detenernos demasiado tiempo a verlo, y del que solamente se conservan algunas columnas de orden corintio y varios restos a los pies de éstas. Seguimos por la calle Claudio Marcelo, pero nos desviamos por calle María Cristina para acercarnos a la plaza de la Compañía a ver la Torre de Santo Domingo de Silos y sí, otro Triunfo de San Rafael (ya he perdido la cuenta de cuántos habíamos visto ya). Tras coger por Duque de Hornachuelos, desembocamos en la céntrica plaza de las Tendillas, probablemente la más conocida de Córdoba y donde tienen lugar numerosos actos, como por ejemplo el Carnaval, y es que allí nos topamos con un escenario y varias decenas de sillas para las actuaciones que tendrían lugar más tarde. Con respecto a la plaza en sí, llama la atención la estatua ecuestre del Monumento al Gran Capitán que está situada justo en el centro, así como el edificio de la Unión y el Fénix.
Minutos más tarde nos encontrábamos frente a la taberna La Montillana, donde habíamos cenado la noche anterior, pero esta vez era porque enfrente se encuentra la iglesia de San Miguel, a la cual solamente nos pudimos asomar porque casualmente a esa hora estaban dando una misa y no era el momento adecuado para verla. Con esto dimos por terminada la visita a la ciudad en el día de hoy, así que decidimos hacer un alto en el camino y tomarnos algo en los 100 Montaditos que está enfrente de la iglesia, mis amigos una cerveza y yo una Coca-Cola Zero. Estando allí sentados, justo cuando ya nos íbamos, me llamó mi madre para preguntarme por cómo había pasado el día, a lo que mis amigos aprovecharon para decir en alto que ronco mucho y no les dejo dormir, lo que provocó las risas de mi madre.
A continuación, nos pusimos a callejear en busca de un cajero BBVA porque Jose necesitaba sacar dinero, aunque antes entramos en la tienda de ropa El Ganso, donde mi amigo se compró unas zapatillas que no encontraba en la tienda de Málaga. Salimos a la avenida del Gran Capitán, que estaba a rebosar de gente y en la que encontramos una sucursal del citado banco. Al final de la misma nos topamos con El Corte Inglés, donde entramos unos minutos para hacer tiempo antes de buscar algún sitio donde pusieran el Eibar-Málaga que iba a dar comienzo a las 20:45. Finalmente, tras dar unas cuantas vueltas por toda la avenida, dimos con el gastrobar La Antigua, en cuya terraza vimos un hueco libre para poder sentarnos y ver el partido. Para no perder la costumbre, tanto Jose como Miguel se pidieron una cerveza, mientras que yo me tomé una Coca-Cola Zero.
En cuanto al partido, por aquel entonces el Málaga venía de una dinámica muy negativa a pesar de haber ganado el último encuentro, con el segundo entrenador de la temporada y sin jugar bien. Los primeros minutos no estuvo demasiado mal, sin ocasiones a favor, pero tampoco en contra, aunque a falta de unos minutos para el descanso encajó un gol que le hizo irse a los vestuarios por debajo en el marcador. Los que también se fueron en el descanso fuimos nosotros, en parte porque eran las nueve y media y queríamos buscar un sitio para cenar y también porque la segunda mitad no pintaba muy bien. Bajamos la avenida del Gran Capitán para continuar por Conde de Gondomar, donde nos encontramos a bastante gente alrededor de una murga, mientras que en el escenario de la plaza de las Tendillas había otra actuando con motivo del Carnaval, así que nos quedamos allí un rato viendo dichas actuaciones al tiempo que consultábamos en Internet cómo iba el Málaga, que acabaría perdiendo 3-0.

22:15
Otra costumbre que nos caracteriza, y mucho, es el tonteo a la hora de buscar un sitio para cenar. Por una razón o por otra, a cada restaurante le buscamos una pega, o bien el que a priori nos gusta está lleno, lo que nos hace seguir mirando el siguiente, y el siguiente, y el siguiente... Ni con la ayuda de TripAdvisor nos poníamos de acuerdo. Al final, después de varias vueltas, entramos en El Aljibe del Río, donde nos tuvimos que sentar en una mesa alta con taburetes porque las demás estaban ya ocupadas. La carta no es que fuese excesivamente amplia, por lo que no tardamos mucho en elegir lo que íbamos a cenar: yo me pedí la hamburguesa de buey, mientras que Jose y Miguel compartirían media de ensaladilla de langostinos y una presa ibérica con risotto; en cuanto a la bebida, ellos se tomaron una caña, y yo, agua.
No nos equivocamos con los platos que pedimos, tanto en cantidad como en calidad, si bien a mi entender un poco más caro de lo normal, en parte justificado porque es el típico restaurante en el que te sirven un plato grande y luego lo que es la comida no ocupa ni la cuarta parte del mismo, lo cual nunca acabaré de entender: finalmente, para rematar la cena pedimos un brownie con helado para compartir entre los tres. La cuenta salió a 14'5 € por cabeza, que repito, no estaba mal, pero si lo comparamos con la cena de la noche anterior sale perdiendo claramente. Eran poco más de las once y media de la noche y estábamos a apenas diez minutos andando del hostal, pero antes, aunque eso conllevase alejarse, quería pasarme por la zona de la Mezquita para verla iluminada y hacer algunas fotografías, para lo que tuve que convencer a mis amigos.
Paseamos tranquilamente por la Ronda de Isasa, a orillas del Guadalquivir, hasta llegar al Puente Romano, al cual hice varias fotos y que recorrimos hasta la mitad aproximadamente para tener una bonita vista del conjunto formado por la Mezquita-Catedral y la Puerta del Puente. Tras rodear la Mezquita por sus fachadas sur y este, emprendimos el camino de vuelta al hostal por las mismas calles por las que habíamos cogido por la mañana temprano pero en sentido inverso; eso sí, nos llegamos a perder y nos vimos obligados a recurrir a Google Maps para guiarnos hasta que al final dimos con una calle en la que nos terminamos de ubicar. Llegamos al hostal a las doce y cuarto de la madrugada, y poco más hicimos que lavarnos los dientes y acostarnos. Yo fui el primero en meterse en la cama y quedarse dormido; de hecho, empecé a roncar y mis amigos se vieron obligados a iniciar el concierto de palmadas para compensar el que yo estaba dando. La noche iba a ser larga...