Ni por un instante me podría haber imaginado lo que me ocurrió esta pasada medianoche. Estaba con mis amigos Carmona y Marisa terminando de jugar al Trivial que organiza el pub irlandés Morrisey's cada miércoles, y, tras quedar en tercera posición, mi amigo acudió a la barra para que le dieran nuestro premio (tres chupitos), mientras que Marisa y yo nos quedamos sentados en nuestra mesa charlando. Me di cuenta de que ya eran las 0:15, así que solté en plan de broma un "¡Ya estamos en huelga!". No pasó ni un minuto cuando se nos acercó uno de los camareros del pub para decirnos con una cara de seriedad y preocupación que fuéramos recogiendo porque los piquetes iban a entrar en el local.
Mi amiga y yo nos miramos a la cara con incredulidad y como diciendo "Sí, ¡venga ya! ¿Cómo que van a entrar?". Pues sí, entraron, y no fueron pocos. De repente, unas veinte o treinta personas invadieron el pub armados con sus banderas, pitos y megáfonos, los cuales emitían un sonido tan ensordecedor que yo tuve que taparme los oídos. No contentos con sus gritos, decidieron echar una bomba de humo pestilente dentro del local que nos obligó a abandonarlo porque no se veía casi nada y encima costaba hasta respirar. Al salir a la calle, comprobamos que los huelguistas se iban multiplicando poco a poco y que el Morrisey's no era el único bar al que habían obligado a desalojar. ¿Qué pasa? ¿Que el derecho a la huelga es tener derecho a negar el derecho a trabajar?
Mi indignación iba subiendo por momentos, pues lo que estaba viviendo era como poco esperpéntico. Por lo visto, el portero de una discoteca situada a pocos metros de nosotros se había resistido a los manifestantes y éstos acabaron por tirarle huevos y humillarle. Lo peor no es esto, sino que todo estaba ocurriendo a las doce y media de la madrugada, una hora en la que todo el mundo está durmiendo en sus casas, y hay que tener en cuenta que la gran mayoría de los que viven en el centro histórico de Málaga son jubilados y gente mayor, por no decir además que a muy pocos metros de donde nos encontrábamos (unos cincuenta) hay un hospital. ¿Qué pasa? ¿Que el derecho a la huelga es tener derecho a negar el descanso de los demás?
Los piquetes seguían montando follón, gritando, tirando petardos y bombas de humo, haciendo sonar las sirenas de sus megáfonos... De repente, por una calle se acercaba otro, como si de una guerra se tratara. Os lo juro, ha habido batallas peor organizadas que ésta. Y encima con ellos ni se podía hablar, ya que siempre te negaban la palabra para eludir la realidad y el raciocinio de los que sí estamos cuerdos. Carmona y yo acompañamos a Marisa hasta su coche, y en el camino pasamos por delante de la Catedral, la cual tenía pegados en su reja dos carteles que rezaban "Cerrado por huelga". Marisa, obviamente, se acercó inmediatamente para arrancarlas con rabia y enfado. ¿Qué pasa? ¿Que el derecho a la huelga es tener derecho a meter a la Iglesia en esto?
Ya solos, Carmona y yo decidimos dar una vuelta por el centro para comprobar cómo iba evolucionando la cosa. Sobre la una nos encontrábamos por calle Santiago, donde los policías estaban controlando la situación debido a que algunos bares habían sufrido destrozos por parte de los huelguistas a modo de mesas y sillas tiradas por los suelos. Justo delante del cine Albéniz, uno de ellos se encaró y empujó a un policía e inmediatamente éste y sus compañeros comenzaron a poner las cosas en su sitio haciendo uso de sus porras. Jamás en mi vida había presenciado una cosa así. Los manifestantes seguían con sus megáfonos sonando y gritando sin parar. En ese momento, caí en la cuenta de que desde mi casa se tendría que estar escuchando perfectamente todo este jaleo, y resulta que en mi casa hay una persona gravemente enferma (mi padre) que hoy se ha tenido que levantar a las seis y media para ir al hospital a tratarse con quimioterapia. ¿Qué culpa tiene mi padre de que el Gobierno haya impuesto una reforma laboral que no os gusta para que pueda descansar tranquilamente?
Con el paso de los minutos, los manifestantes se fueron dispersando hasta el punto de que las calles se quedaron prácticamente vacías sobre la una y media como si nada hubiera pasado. Durante nuestro paseo, comprobamos que todos los negocios habían sido empapelados con carteles de "Cerrado por huelga" o cosas por el estilo, y en varios muros también se podían leer pintadas con mensajes similares. No se salvaron ni los cajeros automáticos, que digo yo que entonces hoy no puedo sacar dinero, ¿no? Pasamos de nuevo por delante de la Catedral, que de nuevo estaba adornada con más pegatinas del 29-M y que no dudé en despegar. Ya en calle Císter, donde vive mi amigo Carmona, vimos un par de contenedores derribados y con toda la basura esparcida por el suelo. ¿Qué pasa? ¿Que el derecho a huelga es tener derecho a destrozar el mobiliario urbano y llenar las calles de mierda?
Me despedí de mi amigo y volví a mi casa por calle Alcazabilla, no sin antes detenerme en cada negocio y pared para arrancar todo rastro de cartel huelguista como buenamente pude, porque algunas pegatinas no se podían quitar del todo. Si ellos me fastidiaron una noche de ocio y diversión con mis amigos, si ellos impidieron a los camareros del pub en el que me encontraba a trabajar libremente, si ellos no habían dejado dormir a unos malagueños que no tenían culpa de nada... ¿Por qué no iba yo a responder de esta forma? Si ellos tienen derecho a empapelar Málaga con sus quejas, yo también tengo derecho a dejar limpia mi ciudad.
Yo reconozco que no tengo ni la más remota idea de lo que implica la reforma laboral del PP. Sí, llamadme ignorante, desentendido de la política de mi país o lo que queráis. Yo no me caso con ningún partido político, pero no hay que ser muy listo ni estudiar ninguna carrera universitaria para darse cuenta de que lo de anoche no habría pasado con el PSOE, ¿o es que alguien recuerda algo así en la anterior huelga? El que quiera opinar aquí, que opine, pero aviso de antemano que no voy a tolerar que me tachen de un partido o de otro porque estará muy equivocado. Eso sí, me gustaría que alguno de los que estuvo esta madrugada escandalizando por las calles del centro de Málaga tuviera un mínimo de dignidad de comentarme y defender que algo de lo que acabo de relatar es mentira.
De los huelguistas y sindicalistas de anoche sólo puedo decir que son unos auténticos cobardes. ¡Qué fácil es entrar en un pub y obligarles a que cierren con amenazas y destrozos! ¡Qué valiente es luchar cien contra cinco! ¡Qué fácil es desvelar a unas personas que no tienen culpa de nada con gritos, pitos y sirenas! ¡Qué valiente es luchar contra personas indefensas! De haber sabido lo que pasó anoche, hubiera cogido mi cámara de fotos para poder denunciar a todos los que hicieron que tuviera que salir huyendo del Morrisey's para no ahogarme en sus bombas de humo. Y menos mal que yo soy pacífico y que ellos eran muchos más, que si no el que habla habría empezado a pegar mamporros a todo el que se pusiera por delante hubiera sido yo. Pensarlo lo pensé, pero ¿quién es el valiente que se juega el físico ante una panda de maleducados?
Por último, quiero terminar diciendo que, si ya tenía un mal juicio de los políticos, más lo tengo ahora de los sindicatos, que, por cierto, los pagamos todos los españoles con nuestros impuestos. Tanto que nos quejamos de los sueldos vitalicios de los políticos, ¿por qué no quejarse del dinero que se llevan los sindicalistas? Yo no voy a apoyar huelgas como ésta, tengan o no tengan razón, pero las cosas no se hacen así. Sólo hay que tener dos dedos de frente, nada más.






