lunes, 29 de julio de 2013

No es mío, pero es interesante (LVIII)

Nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que encontraréis las entradas de otros blogs y webs que más me han interesado en las últimas semanas. En concreto, tres blogs han conseguido colar varios posts entre los elegidos, como son los casos de Microsiervos, WTF Microsiervos y Xataka Ciencia, con cinco, tres y tres aportaciones respectivamente. La variedad sigue siendo la principal característica de esta sección, pues podréis leer sobre matemáticas, astronomía, ciencia, humor, curiosidades, así como algunos vídeos.
La lista de recomendaciones de esta entrega se compone de las siguientes entradas:
¿Qué os han parecido las recomendaciones de esta entrega? Espero que os hayan gustado y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

domingo, 21 de julio de 2013

¿Qué diferencia hay entre Inglaterra, Gran Bretaña y Reino Unido?

El pasado miércoles volví de mi viaje a Escocia, el cual, como de costumbre, os relataré con todo detalle durante los próximos meses, y durante dicho viaje tuve una conversación con mis amigos Jose y Miguel acerca de qué son realmente Inglaterra, Gran Bretaña y Reino Unido, en qué se diferencian y, ya de paso, qué es Escocia y qué relación guarda con ellos. Estas preguntas me las llevo haciendo desde hace bastante tiempo, pero nunca me había parado a averiguar la respuesta que ahora paso a compartir con vosotros para que nos quede claro de una vez por todas.
Empecemos hablando de Inglaterra, probablemente el término que utilizamos más habitualmente para referirnos, equivocadamente en la gran mayoría de los casos, a todos los demás. Inglaterra es una nación, pero no un estado como pueden serlo España o Italia, por poner un par de ejemplos. En concreto, Inglaterra es una de las cuatro naciones constituyentes que, junto con Escocia, Gales e Irlanda del Norte, conforman lo que comúnmente denominamos como Reino Unido, aunque estrictamente su nombre completo es el de Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Esto último ya nos da una pista muy importante acerca de las diferencias existentes entre los tres términos que estamos tratando, puesto que el Reino Unido se compone geográficamente de dos territorios: la isla de Gran Bretaña (la mayor de las Islas Británicas) e Irlanda del Norte, que, como su propio nombre indica, se sitúa al norte de la isla de Irlanda.
Reino Unido sería un estado como lo es España, y su capital es Londres, pero es un tanto peculiar, ya que se compone de las cuatro naciones constituyentes que hemos mencionado anteriormente, las cuales cuentan con sus propias capitales como si fuesen cuatro países más: Londres (Inglaterra), Edimburgo (Escocia), Cardiff (Gales) y Belfast (Irlanda del Norte). Otro aspecto curioso es que la bandera del Reino Unido, conocida también como Union Jack, es una combinación de las banderas de los patronos de tres de las regiones que la componen, a excepción de Gales: la cruz roja con fondo blanco (San Jorge para Inglaterra), el aspa blanca con fondo azul (San Andrés para Escocia) y el aspa roja con fondo blanco (San Patricio para Irlanda). Pero cuidado, porque esta última representa realmente a la isla de Irlanda, que se compone de la nación constituyente de Irlanda del Norte y de la República de Irlanda, lo cual puede llevar a confusión.
A nivel político, cada una de las cuatro naciones constituyentes cuenta con su parlamento y tiene su ministro principal, aunque a fin de cuentas el de Inglaterra lo es al mismo tiempo del Reino Unido al completo, de la misma forma que la reina es la soberana del estado, que también lo es de buena parte de los países de la Mancomunidad de Naciones o Commonwealth. A pesar de todo este embrollo de naciones dentro de un estado, un estado que está en dos islas y demás líos, luego resulta que en otros ámbitos la confusión es aún mayor. En los campeonatos de selecciones de fútbol, por poner un ejemplo, Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte compiten por separado, pero luego en los Juegos Olímpicos lo hacen bajo una misma delegación, la del Reino Unido. En fin, los británicos, ingleses o lo que quiera que sean no terminan de aclararse. Espero que yo sí que os haya aclarado que diferencia hay entre Inglaterra, Gran Bretaña y Reino Unido.

viernes, 12 de julio de 2013

Viaje a Milán: día 3


Miércoles, 7 de noviembre de 2012

1:15
Nuestra primera preocupación nada más entrar en la Terminal 2 del aeropuerto de Malpensa era encontrar un sitio donde poder sentarnos medianamente cómodos, lo cual ya sabíamos que sería difícil, y más lo fue cuando comprobamos que estaba lleno de gente y que no se veía sitio libre alguno. Antes de nada, nos dirigimos a la zona de los baños, y, mientras uno de nosotros se quedaba fuera con las maletas, nos fuimos turnando para ir entrando al servicio, donde yo por ejemplo me refresqué y me mojé un poco la cabeza para estar más despierto. Ahora sí, nos pusimos a buscar un hueco para poder descansar unas horas antes de coger el avión; después de unos cinco minutos dando vueltas por la terminal y viendo que todos los asientos y los bancos estaban ocupados, nos tuvimos que conformar con quedarnos junto a un mostrador de facturación en la que se escondían dos sillas de oficina; necesitábamos tres más, pero solamente encontramos otra en un mostrador cercano. Al final, mi primo Alberto, mi hermana y yo nos sentamos en estas sillas, mientras que Marta se acostó en un carrito para portar el equipaje y mi primo Nacho hizo lo propio en la cinta de facturación situada al lado del mostrador.
Cómodos, lo que es cómodos, no estábamos, pero era el precio que teníamos que pagar por ahorrarnos una noche de hotel, con el consiguiente peligro de quedarnos dormidos para un vuelo que saldría a las siete menos cuarto de la mañana. Por lo menos estábamos sentados y no tumbados en el suelo como la joven pareja que llegó minutos después y que se puso a un par de metros de donde estábamos nosotros cinco. Lo primero que hicimos al asentarnos allí fue quitarnos los zapatos, puesto que llevábamos todo el día con ellos puestos y los pies ya nos dolían un poco por todo lo que habíamos caminado. La verdad es que fue un alivio sentir esa liberación, lo mismo que me pasó cuando me deshice del chaquetón, y es que, aunque allí dentro no hacía ni frío ni calor, se estaba bastante bien con poca ropa; de hecho, yo hasta me quité la camiseta del Málaga, que ya no tenía mucho sentido llevarla puesta, y me quedé únicamente con el polo puesto.
Los minutos pasaban y se hacían eternos. A esto había que sumarle que teníamos bastante hambre, ya que la última vez que nos llevamos algo a la boca fue a eso de las cinco y media de la tarde con el panzerotti de Luini, y mi hermana ni eso, porque ella no se tomó nada después de almorzar. En la terminal había dos o tres cafeterías, pero obviamente estaban cerradas por la hora que era. La sed no suponía ningún problema porque bastaba con acercarse a los servicios y beber agua del grifo del lavabo, tal y como hice yo un par de veces. Nacho cayó presa del sueño un buen rato, pero después se despertó y me pidió la cámara para ver las fotos que había hecho en lo que llevábamos de viaje; luego se la di a Marta, que también quería echarles un vistazo. Mientras tanto en la terminal, poco que contar: gente paseando y dando vueltas de un lado a otro, otros roncando, charlando los que como nosotros no querían quedarse dormidos o que simplemente no conseguían conciliar el sueño, etc.
Bien pasadas ya las tres de la mañana, fui yo el que decidió darse una vuelta por allí, a ver si en los paneles de información aparecía ya nuestra puerta de embarque, que sería la D09, aunque todavía no se podía acceder porque estaba todo cerrado. De vuelta con mis compañeros de viaje, nos pusimos de nuevo a charlar para que el tiempo pasara más rápido y el cansancio se notara menos. No sé cómo ni por qué, básicamente porque ya no me acuerdo, Marta tuvo unos minutos de descojone, vamos, que se partía de la risa tumbada en su carrito portamaletas, y al final algo nos pegó a nosotros. Seguramente fue recordando alguna anécdota del viaje, o yo que sé qué; quizás fuera porque mi primo Alberto también sacó su vena graciosa a la hora de intentar aprender a hablar italiano con las clases express que le dábamos mi hermana y yo. En fin, que por suerte no nos aburrimos demasiado.

4:00
Por fin empezaba a haber movimiento en la terminal, y casualmente donde nos encontrábamos nosotros, ya que vimos que se acercaba un hombre que resulta que era el del mostrador de facturación que habíamos convertido en nuestra pequeña 'habitación'. Dejamos todo tal y como estaba cuando llegamos, aunque el hombre no nos metió mucha prisa; de hecho, se puso a hablar con nosotros un rato en italiano y chapurreando algo de español al vernos con bufandas y camisetas del Málaga. Nos dijo que él es seguidor de la Juventus de Turín, por lo que obviamente estaba muy contento porque el Milan no había conseguido ganarnos; además, esa noche sería el turno de su equipo, que jugaría contra el Nordsjalland, y estaba obligado a ganar porque compartían un grupo nada sencillo con el Chelsea y el Shaktar Donetsk.
Nos despedimos de él y nos dirigimos al control de seguridad, que superamos sin problema alguno. De allí, nos fuimos directamente a nuestra puerta de embarque, que a esa hora estaba prácticamente vacía salvo por un par de maletas que habían dejado unos pasajeros para guardar cola. Nosotros hicimos lo mismo para ser de los primeros y seguidamente nos sentamos en los bancos para simplemente descansar unos y echar una cabezada otros. Pasadas ya las cinco de la mañana, me paseé por la parte de la terminal en la que nos encontrábamos al comprobar que las cafeterías y demás tiendas ya habían abierto. Me acerqué a ver si me compraba algo para comer, pero los precios eran tan excesivos que se te quitaba hasta el hambre. De verdad, si una vez pasado el control de seguridad se supone que estamos en una zona libre de impuestos, no entiendo por qué todo es tan caro. Total, que me volví al banco de antes para descansar un poco más, aunque sin llegar a dormirme.
La fila de maletas que se había formado en lo que sería la cola de embarque ya era sensiblemente larga, como siempre suele pasar, pero lo que ocurrió allí no se me olvidará nunca. Llegó una mujer tan tranquila y se puso de pie a esperar justo entre nuestras maletas y las que estaban a continuación, y claro los dueños de dicho equipaje, que estaban sentados junto a un ventanal a unos cinco o seis metros de allí, se dieron cuenta de ello y empezaron a recriminarle a la mujer que hiciera cola como todo el mundo. El problema es que esta mujer decía que de allí no se movía, así que una de las dueñas de las maletas se levantó y empezó a discutir con ella hasta el punto de que empezaron a insultarse y, por último, a forcejear. La mujer que se coló cayó de espaldas sobre las maletas que tenía detrás, y menos mal que fue en blando, que si llega a caer directamente al suelo se hubiera dado un buen costalazo. Aquello parecía de película. En fin, las dos mujeres siguieron insultándose de todo mientras los demás pasajeros trataban de separarlas para que no llegaran a más. Al final, la primera mujer se medio salió con la suya porque, aunque no consiguió colarse donde inicialmente se puso, lo hizo justo detrás de este grupo que le recriminó. Hay gente con mucha cara en el mundo.
Este incidente terminó de despertarme, a mí y a todos los allí presentes, que nos quedamos boquiabiertos con lo que acabábamos de presenciar. Ya eran cerca de las seis cuando llegaron los azafatos al mostrador de nuestra puerta de embarque para prepararlo todo, así que me acerqué a despertar a mi hermana y a mi primo Alberto, que estaban dormidos unos bancos más allá y que no se habían enterado de nada de lo que había sucedido. La gente se puso rápidamente en la cola junto a sus maletas no fuera a ser que otro intentara colarse, aunque primero pasaron los que tenían embarque prioritario. Como he dicho antes, nosotros estábamos al principio de la cola, por lo que fuimos de los primeros en pasar, y en mi caso lo pude hacer sin tener que guardar la mochila de la cámara en mi maleta. Accedimos a un pequeño vestíbulo que nos obligaba a bajar o por unas escaleras o por el ascensor. Nosotros escogimos la primera opción; sin embargo, hubo pasajeros que se pasaron de listos porque cogieron el ascensor y una vez abajo se colaron delante de los que habíamos bajado a pie. Tendría que haberles dicho algo, pero no tenía ganas de discutir a esas horas y con lo cansado que estaba.
Después de esperar allí apiñados durante un buen rato, unos diez o quince minutos diría yo, abrieron las puertas y nos dirigimos andando al avión; todavía era de noche y hacía bastante frío, por lo que podrían habernos llevado en un autobús, digo yo. Los primeros en subir al avión fueron los que tenían prioridad de embarque, quienes ocuparon la mayoría de los asientos situados junto a las salidas de emergencia, dejando libres solamente dos o tres separados; entre esto y que además las azafatas no nos permitieron ocuparlos, nos tuvimos que sentar en otros un poco más apretados de lo que nos gustaría, sobre todo en mi caso y en el de mis primos. Éramos bastantes malaguistas en el vuelo, ya que muchos habrían optado por la misma combinación que nosotros, o al menos ésa era la impresión que me daba, porque luego desde Barcelona lo más lógico sería coger un vuelo directo a Málaga. Pues nada, el avión tenía que despegar a las siete menos cuarto de la mañana, pero finalmente lo hizo con un ligero retraso que luego se acabaría compensando.
Nos sentamos en el lado izquierdo del avión, ya que desde ahí se podía ver el amanecer, y de paso haría unas fotos, pero me quedé con las ganas de esto último porque la inclinación del avión no me lo permitía. Mi hermana, mis primos y Marta no dudaron un segundo en aprovechar el vuelo para dormir, y es que llevábamos casi veinticuatro horas despiertos. Por un lado no quería dormir para poder mirar por la ventana, pero en realidad lo único que iba poder divisar era mar y más mar, así que acabé cediendo y me quedé frito. Y no hay mucho más que contar de este vuelo, porque me desperté apenas unos minutos antes de aterrizar en el aeropuerto de Barcelona-El Prat a eso de las ocho y cuarto de la mañana. Cuando el avión ya se detuvo por completo, nos desabrochamos los cinturones y cogimos nuestras maletas para bajar a la pista y subirnos al autobús que nos llevaría hasta la Terminal 2B. Casualidades de la vida, salimos por la misma puerta de embarque del vuelo Barcelona-Milán del lunes, y allí ya estaba formada una larga cola de pasajeros para ese mismo trayecto, supongo que en el avión en el que acabábamos de llegar.
La siesta que nos habíamos pegado durante el vuelo nos vino de perlas a los cinco, pero todavía estábamos algo cansados, lo suficiente como para coger los pasillos mecánicos y así andar lo menos posible. Una vez ya en el exterior, cogimos el autobús gratuito que conecta las dos terminales del aeropuerto para ir hasta la Terminal 1, donde fuimos en busca de la consigna para no tener que cargar con el equipaje durante el día, y es que el vuelo de vuelta a Málaga no saldría hasta las ocho menos cinco de la tarde. Teníamos tres tipos de taquillas disponibles según su tamaño (pequeña, mediana y grande), y, como teníamos que guardar varias maletas, pagamos 5'40 euros por una de las grandes. Nos dieron un pequeño resguardo que no deberíamos perder para luego poder recuperar nuestras pertenencias, así que lo guardé inmediatamente en mi cartera. De allí nos fuimos hacia la planta 0 de la Terminal 1 para tomar de nuevo el autobús que va de una terminal a otra, eso sí, sentados aprovechando de esta forma cualquier posibilidad de descanso.

9:15
Ya en la Terminal 2, ahora teníamos que buscar la manera de ir a Barcelona para echar allí el día. Básicamente, teníamos dos alternativas: coger un autobús que nos dejaría en la Plaça de Catalunya o un tren que haría lo propio pero en el Passeig de Gràcia. Nos decantamos por la segunda opción porque salía casi por la mitad de precio que la primera (más de diez el autobús y algo menos de cinco el tren), por lo que entramos en la terminal del aeropuerto para acceder a la pasarela cubierta que la conecta con la parada de tren correspondiente. Nos acercamos a una de las máquinas para adquirir los billetes, y nos costó bastante dar con la combinación para comprar los que necesitábamos nosotros. Ya habíamos pagado por dos de ellos cuando de repente se nos acercó una mujer de Renfe para prestarnos ayuda, y qué bien nos vino que lo hiciera, ya que, al decirle que luego queríamos usar el metro, nos recomendó comprar mejor un billete que costaba 7 euros y que era válido durante todo el día tanto para este tren como para los autobuses urbanos y líneas de metro de Barcelona. Así pues, fuimos a la taquilla para devolver los dos billetes que ya habíamos pagado y compramos cada uno de nosotros nuestro billete.
Nos fuimos al andén a esperar el tren que teníamos que coger, el R2 Nord, que según los horarios debía llegar a las 9:38, como así fue. Cómo no, pillamos asientos para no tener que aguantar de pie todo el trayecto, que duraría casi media hora, y por suerte encontramos cinco juntos. Ya sentados, mi hermana sacó su móvil para llamar a nuestra madre e informarle un poco de todo; sin embargo, cuando ya llevaban dos o tres minutos hablando, justo cuando el cercanías entró en un túnel, se cortó la comunicación al perderse la cobertura. El tren paró en El Prat de Llobregat, Bellvitge, Sants y, por fin, en el Passeig de Gràcia, donde nos bajamos pasadas ya las diez de la mañana. Nada más salir a la calle, saqué el mapa de Barcelona que todavía guardo de cuando visité la ciudad en el verano de 2007 para tratar de ubicarnos, pero no lo conseguimos, así que lo dejamos para luego y nos centramos en buscar una cafetería para desayunar, que falta hacía, y no nos complicamos la vida, pues nos metimos en la primera que vimos. Yo me pedí un sandwich mixto y un batido de chocolate, mientras que mi hermana, mis primos y Marta pidieron algo muy parecido. La camarera no entendió de primeras lo que era un sandwich mixto (por lo visto en Cataluña no conocen esa forma de llamar a este plato), y le tuvimos que explicar que es el que lleva queso y jamón york.
El desayuno nos supo a gloria, tanto por el tiempo que llevábamos sin comer como por el rato que volvimos a estar sentados otra vez. Cuando ya terminamos, nos acercamos a la barra para pagar cada uno lo suyo, de media unos 4'50 euros, un poco caro a mi parecer. De nuevo en la calle, tocaba ubicarse sí o sí, y finalmente lo conseguimos cuando nos orientamos correctamente con el cruce de calles en el que nos encontrábamos; lo bueno que tiene Barcelona es su Ensanche, con todas las vías paralelas y perpendiculares, pero por contra eso hace difícil adivinar en cuál estás. Callejeando y callejeando llegamos al Passeig de Gràcia, justo al encuentro de la Casa Batlló y la Casa Amatller, donde nos detuvimos un par de minutos para hacer unas cuantas fotos a estos dos edificios tan peculiares de la ciudad condal. Ambos destacan por sus fachadas modernistas, pegadas una a la otra, siendo la primera de ellas obra de Gaudí y la segunda de Puig i Cadafalch. De la Casa Batlló podría destacar principalmente la forma de la mayoría de sus balcones, que se parecen a las oquedades de los ojos de una calavera, y su bóveda, que simula la piel de un dragón o una serpiente; por su parte, de la Casa Amatller me llamó la atención la parte superior de su fachada, de forma triangular escalonada al estilo de edificios más propios de países del norte de Europa.
Descendimos por la boca de metro situada justo en esa misma acera para coger la línea 3, la verde, y bajarnos en la siguiente parada, la de la Plaça de Catalunya, donde llegamos pasadas ya las once. Salimos enfrente de Las Ramblas, pero antes nos acercamos a la plaza para ver algunos de sus elementos más notables, como por ejemplo el Monumento a Francesc Macià o las diferentes escalinatas adornadas con esculturas de bronce que dan acceso a la misma. Desde allí cruzamos y ahora sí nos adentramos en Las Ramblas, probablemente la vía más popular de toda Barcelona, sobre todo por estar siempre a rebosar de gente, por la gran cantidad de pintores, quioscos, floristerías o cafeterías que se reparten por toda su longitud y, cómo no, por estar siempre bajo la sombra de los árboles que la cubren.
Comenzamos por la Rambla de Canaletes, donde se halla la Font de Canaletes, la fuente que más bien tiene forma de farola y en la que se suelen celebrar los éxitos deportivos del Barcelona. Mi primo Alberto, anticulé declarado, ni se quiso acercar a ella, así que yo, para chincharle, le salpiqué un poco de agua, y también bebí un poco, que tenía bastante sed; por cierto, el agua no estaba tan mala como recordaba, y es que cuando vine años atrás con mis amigos Jose y Miguel teníamos que comprar botellas de agua, y eso que eran muy caras, porque daba hasta asco beber de las fuentes. Mis compañeros de viaje se sentaron a descansar en unas sillas y bancos, pero yo les dije que no podíamos estar cada dos por tres parando porque si no no íbamos a aprovechar el tiempo. Continuamos nuestro paseo por la Rambla dels Estudis, donde lo más destacable que vimos fue el edificio de la Reial Acadèmia de Ciències i Arts de Barcelona, y luego por la Rambla de Sant Josep.
Aquí sí que nos detuvimos un buen rato, concretamente al llegar a la altura del Mercat de San Josep, más conocido como el de La Boqueria, uno de los mercados más famosos y turísticos de toda España, y con razón, puesto que basta con entrar para comprobar que no es un mercado más. El ambiente que se respira, el orden y el colorido de sus puestos, la gran variedad de productos, la limpieza, el barullo de gente de un lado para otro... Daba gusto estar allí, pero no podíamos perder allí la mañana, por lo que volvimos a Las Ramblas para seguir camino abajo por la Rambla dels Caputxins, cuyo punto más destacado es sin duda alguna el Gran Teatre del Liceu, uno de los teatros de ópera más importantes del mundo. A continuación, pasamos a la altura del Carrer de Ferran, la calle en la que se ubica el hotel en el que me hospedé cuando vine a Barcelona en 2007. Unos metros más adelante, nos desviamos por una de las bocacalles, concretamente la que conecta con la Plaça Reial, una plaza rodeada por soportales con arcos de medio punto y salpicada de varias palmeras; allí, otra vez mis acompañantes decidieron tomarse otro descanso, y eso que estábamos andando a paso lento.

12:00
Pasados diez minutos, reanudamos el paseo, ahora por la Rambla de Santa Mònica, a partir de la cual ya se empezaba a ensanchar poco a poco la parte peatonal hasta llegar a la rotonda sobre la cual se erige el Monument a Colom. Cruzamos a dicha rotonda para ver el monumento de cerca, aunque en verdad el único que parecía mostrar interés en ello fui yo y también Marta un poquito, porque los demás se sentaron directamente en uno de los tramos de escalera de la base. Yo, mientras tanto, cogí mi cámara para hacerle fotos a algunos de los elementos más destacables del monumento: los leones de bronce en los que muchos turistas intentaban subirse, los bajorrelieves que escenifican los momentos más importantes de la vida de Colón, las estatuas alegóricas de las coronas de Castilla, Aragón, Cataluña y León, los medallones que recuerdan a personajes ligados a la vida del navegante (los Reyes Católicos, los hermanos Pinzón...), etc. Cuando me reuní de nuevo con mi hermana, Marta y mis primos, les dije de continuar con el paseo, pero no estaban muy por la labor con la excusa del cansancio, y claro, yo empecé a enfadarme porque, a pesar de que yo estaba igual de cansados que ellos, quería aprovechar el día en Barcelona.
Por fin, tras cerca de quince minutos de tira y afloja, conseguí que se pusieran en pie para cruzar al puerto, a la altura del edificio de la Autoridad Portuaria, desde donde resultaba más cómodo hacerse fotos para que saliera toda la columna con la estatua de Cristóbal Colón, y además poder verla de cara con el brazo extendido y señalando supuestamente a América, aunque en realidad por la postura que tiene indica más bien hacia las Islas Baleares. Desde allí mismo nos asomamos al puerto deportivo, que estaba plagado de veleros y pequeños yates que eran sobrevolados por gaviotas. Mi idea ahora era ir a ver la Catedral de Barcelona, y como veía que ellos no estaban muy dispuestos, les dije que yo iba a tirar para adelante y que de ellos dependía si querían venir conmigo o no. Inicialmente no se creyeron la amenaza, pero cuando me vieron a más de cincuenta metros de distancia ya se acercaron para seguir mi paso, que, todo hay que decirlo, era bastante relajado.
Tiramos por el Passeig de Colom y nos desviamos por la Plaça Duc de Medinaceli, desde donde continuamos por el Carrer Nou de Sant Francesc. A pesar de que contábamos con la ayuda del mapa que yo tenía, nos liamos un poco con las calles, por lo que tuvimos que preguntar a una mujer que pasaba por allí para que nos guiara. Al final, callejeando llegamos a un punto intermedio por el que tenía pensado pasar y en el que ya me terminé de ubicar, la Plaça Sant Jaume, y es que esta plaza la conocía a la perfección, puesto que se encuentra al final de la calle en la que está el hotel en el que me quedé durante mi viaje de 2007. Si por algo destaca esta plaza es por las dos grandes instituciones políticas que tienen allí su sede, como son el Ajuntament de Barcelona y la Generalitat de Catalunya, respectivamente en la Casa de la Ciutat y en el Palau de la Generalitat. Tras hacer algunas fotos, continuamos por el Carrer del Bisbe, una estrecha calle peatonal con el suelo empedrado en la que se puede admirar un pequeño puente neogótico a modo de pasadizo que conecta el lateral de la fachada del Palau con la Casa de los Canonges.
A la una y cuarto llegamos por fin a la Plaça Nova, lugar donde se erige la Catedral de la Santa Creu i Santa Eulàlia. Mis acompañantes se quedaron esperando sentados en unos macetones mientras yo hacía fotos al templo, aunque con bastantes obstáculos puesto que había varios camiones de una cadena de televisión que ocupaban casi toda la explanada que hay junto a las escalinatas, así que me tuve que poner bajo unos árboles para poder hacer alguna, aunque no con toda la fachada como yo pretendía. El estilo gótico de la catedral es más que evidente, como así lo evidencian su puerta principal y sus torres, la más alta de las cuales está rematada con una estatua de Santa Elena, quien según la leyenda encontró la cruz en la que Cristo fue crucificado. Me uní de nuevo a los demás para comentarles que dada la hora que era, casi la una y media, podíamos ir buscando algún sitio para comer, una idea que les agradó bastante.
Cogimos por el Carrer dels Boters y luego por el Carrer de la Portaferrissa hasta desembocar en Las Ramblas, donde empezamos a fijarnos en todas las opciones que había para almorzar; siendo cinco personas, era muy difícil ponernos de acuerdo para ir a un sitio que nos convenciera a todos, y tanto que nos costó. Cuando llegamos a la altura del Carrer de Ferran, en cuyas dos esquinas hay un McDonald's y un KFC, dos restaurantes de comida rápida que a ellos les llamaba la atención pero en los que yo me negaba comer, primero porque siempre los evito y segundo porque, después de haber cedido varias veces a lo largo de la mañana para que ellos descansaran, no iba a hacerlo para la comida. Unos querían ir a un sitio y otros al otro, aunque al final se pusieron de acuerdo y fueron al McDonald's, donde se pidieron varios de los menús ofertados, así que yo luego me tendría que buscar la vida. Subimos a la primera planta del local y nos sentamos en una mesa donde, mientras ellos almorzaban, yo tuve que esperar y ver pacientemente cómo lo hacían.
Serían cerca de las dos y media cuando salimos del McDonald's, por lo que ahora me tocaba a mí elegir un sitio para comer. Aprovechando que estábamos al principio del Carrer de Ferran, la pateamos hasta el final, y en el camino vi dos o tres sitios de pizzas y bocadillos para llevar que tenían buena pinta, pero, al llegar a la Plaça Sant Jaume, me topé con Conesa, una bocatería que conocía de mi anterior visita a Barcelona y que no me decepcionó, así que, como más vale bueno conocido que malo por conocer, me puse a la cola. Le di la mochila de mi cámara a mi primo Nacho para estar más cómodo y, mientras esperaba mi turno, me fijé en la carta que colgaba de su puerta para decidir qué me iba a pedir; de entre los distintos menús disponibles, el que más me atrajo era uno que se componía de un bocadillo, un complemento y una bebida y que creo recordar que costaba 4'85 euros. Llegado mi turno, me decanté por un bocadillo Frankfurt, unas croquetas de cocido y una lata de Coca-Cola.

15:00
La comida era para llevar, por lo que tuve que buscar un sitio en el que poder sentarme, y en ese instante me acordé de unos bancos de piedra adosados a la pared de una pequeña plaza en mitad del Carrer del Bisbe, una calle por la que ya habíamos pasado antes y que estaba a apenas unos metros de donde nos encontrábamos; allí estuvimos sentados los cinco, yo comiendo y los demás mirando, durante unos quince o veinte minutos. Cuando terminé, ellos me preguntaron qué íbamos a hacer, y yo les dije que por mí seguíamos haciendo turismo por Barcelona, pero que al mismo tiempo sabía que ellos pasaban de ir de un lado para otro aunque fuese en metro. Negociando llegamos a un acuerdo que consistía básicamente en ir a ver la Sagrada Família y a continuación regresar directamente al aeropuerto. Yo tenía planeado visitar más puntos de interés, como por ejemplo la iglesia de Santa Maria del Pi, el Arc de Triomf o el Parc de la Ciutadella, pero no tuve más remedio que conformarme.
La forma más rápida de llegar a la Sagrada Família era cogiendo el metro; así pues, deshicimos nuestros pasos por el Carrer del Bisbe, por la Plaça Sant Jaume y por el Carrer de Ferran hasta volver a Las Ramblas para allí buscar la parada del Liceu. Bajamos por la boca situada en la acera del teatro; sin embargo, una vez dentro nos dimos cuenta de que la línea que teníamos que utilizar, la verde, no iba en dirección al monumento, sino al contrario, por lo que salimos de nuevo a la calle para bajar por la boca de la acera de enfrente y coger allí el metro. Nos bajamos en la parada del Passeig de Gràcia para hacer trasbordo con la línea 2, la morada, que tres paradas después nos dejó definitivamente en nuestro destino. Concretamente, salimos por la boca que está en la esquina del Carrer de Provença con el Carrer de la Marina, la cual da al ábside de la Sagrada Família, que, como era de esperar, estaba rodeada de varias grúas.
Nos situamos justo enfrente de la Fachada del Nacimiento, la primera que se construyó cuando Gaudí aún vivía. Era imposible poder sacar una foto de toda la fachada debido a la gran altura de las cuatro torres que sobresalen de ella, así que me centré en los tres pórticos dedicados a las tres virtudes teologales: la Caridad, la Esperanza y la Fe. En el primero, dedicado a Jesús, el principal grupo escultórico representa la Coronación de la Virgen, y debajo de éste la Anunciación; en el segundo, que está dedicado a José, se escenifica los Esponsales de la Virgen María y San José, además de otras; por su parte, en la de la Fe, dedicado a la Virgen, entre los muchos elementos que contiene, destaca la escena de la Inmaculada Concepción. También merece ser mencionado el Árbol de la Vida que corona el pórtico de la Caridad, así como la escultura de un pelícano como símbolo de la Eucaristía. Como dije antes, desde donde nos encontrábamos no había manera de poder sacarse una foto con toda la fachada, así que Marta y yo nos fuimos al parque situado enfrente de ésta para hacernos unas cuantas, mientras que mis primos y mi hermana se quedaron allí esperando. Tras rodear el lago de este parque, nos fuimos hasta la parte más alejada, donde vimos un banco de piedra sobre el cual se subió primero Marta para que la fotografiara, y luego yo para que ella me inmortalizara junto con tan imponente templo.
Nos reunimos de nuevo con los demás, que no dejaban de pedirme que nos fuéramos ya, pero les dije que antes tenía que echarle un vistazo a la otra fachada de la Sagrada Família, por lo que la rodeamos por el Carrer de Provença, donde ya empezaba la cola de turistas para entrar en ella. Ellos se quedaron en una esquina a la sombra, mientras que yo crucé al Carrer de Sardenya para colocarme a la entrada de la Plaça de la Sagrada Família, justo enfrente de la Fachada de la Pasión. Esta fachada tiene una estructura similar a la anterior, pero su apariencia varía bastante en lo que al estilo arquitectónico se refiere. Ésta también tiene cuatro torres, dedicadas igualmente a otros tantos apóstoles, así como tres pórticos que reciben el mismo nombre que los de la del Nacimiento. Como su propio nombre indica, esta fachada contiene varios grupos escultóricos que escenifican otros tantos momentos de la Pasión de Jesucristo, tales como La Verónica, La crucifixión, La flagelación o el Ecce Homo. Dignas de mención son las dos puertas principales, ambas de bronce y que contienen diversos pasajes del Evangelio. Por último, escondido tras los andamios y redes y situado entre las dos torres centrales, pude divisar una escultura de bronce que representa la Ascensión de Jesús. No cabe duda de que la Sagrada Família es un cúmulo de detalles que cuando termine de ser construida dará mucho que hablar y que estudiar.
De nuevo juntos los cinco, siendo ya algo más de las cuatro y media de la tarde, bajamos por la boca de metro situada en la esquina del Carrer de Provença con el Carrer de Sardenya para coger el metro, concretamente la línea morada, y quedarnos en la parada del Passeig de Gràcia, ya que el cercanías que nos llevaría al aeropuerto pasa por dicha parada. Lo que no nos esperábamos es que al bajarnos del vagón de metro tuvimos que recorrer a pie un larguísimo túnel que no parecía tener fin y que terminaba en el exterior. Ya en la calle, nos fijamos que en el suelo estaban marcadas unas flechas azules que señalaban el camino a seguir para llegar hasta otra boca por la que bajamos y en la que, ahora sí, encontramos el andén del cercanías R2 Nord. Por lo que deduje, todo el rodeo que dimos se debía a las obras del metro, o al menos eso era lo que parecía.
Pues bien, nuestro tren tenía pinta de haber pasado hace bien poco por lo vacío que estaba el andén, tal y como confirmé en los horarios que allí había, así que nos tocó esperar un buen rato, cerca de veinte minutos. No teníamos prisa ninguna porque íbamos bien de tiempo, y de hecho nos vino de perlas para descansar en los bancos. El tren llegó pasadas las cinco y media, y nos subimos de los primeros para coger cinco asientos juntos y seguir con nuestro correspondiente descanso. Por las ventanas del cercanías veíamos que ya estaba atardeciendo, lo cual no hacía más que darnos más sueño todavía. Llegamos a la estación del aeropuerto a las seis, pero ahora nos tocaba recorrer la pasarela que la une con la Terminal 2 y montarnos en el autobús lanzadera para ir a la Terminal 1, lo cual se tradujo en otro trayecto sentados, esta vez de quince minutos. Una vez allí, nos acercamos a la consigna para recoger el equipaje que habíamos guardado por la mañana en nuestro casillero para no tener que cargar con él todo el día, lo cual hubiera sido toda una incomodidad.

18:30
Ya con nuestras maletas, nos dirigimos a la planta baja de la Terminal 1, donde volvimos a coger, ya por última vez, el autobús lanzadera, que nos dejó definitivamente en la Terminal 2. A pesar de que quedaba todavía por delante algo más de una hora para que saliera nuestro vuelo, nos fuimos directamente al control de equipajes, que nos costó bastante encontrarlo debido a que no estaba del todo bien señalizado, y es que para llegar allí recorrimos más de media terminal y luego tuvimos que dar media vuelta hasta el principio para subir a la primera planta, donde finalmente dimos con él. La puerta de embarque ya estaba asignada, lo cual me hizo pensar que tendríamos que esperar mucha cola, pero por suerte no fue así, puesto que cuando llegamos apenas habría unas quince o veinte personas delante de nosotros. Con nuestro sitio ya asegurado, yo me quedé al cuidado de todo nuestro equipaje mientras los demás iban al baño, y además aproveché para guardar la mochila de la cámara en mi maleta para que los de Ryanair no me llamasen la atención luego.
Mientras esperábamos para que llamasen para embarcar, una pareja apareció desesperada en el mostrador de al lado pidiendo a las azafatas que les dejaran pasar, pero éstas decían que no, que habían llegado tarde y que ya no podían abrir la puerta. Los dos se lo suplicaron varias veces, e incluso hacían gestos señalando a los ventanales de la terminal como diciendo que el avión todavía estaba ahí quieto y sin haber arrancado, y que por lo tanto todavía podían subirse a él; por su parte, las azafatas afirmaban que el vuelo ya había salido, por lo que finalmente se quedaron en tierra. A todo esto, las de nuestro vuelo comenzaron a embarcar, primero a aquellos pasajeros que habían comprado un billete con prioridad de embarque, que fueron unos cuatro o cinco nada más, y luego a los demás. Cuando llegó mi turno, enseñé mi DNI y mi billete como siempre, y, ya dentro del túnel de acceso al avión, abrí la maleta para sacar la mochila de la cámara.
Entramos en el avión y, como de costumbre, me fui directo a los asientos de emergencia, que estaban casi todos libres, pero, al igual que en el resto de vuelos del viaje, no me dejaron sentarme en ellos; no obstante, le pedí al azafato que si nadie lo cogía que me lo reservara, y me dijo que ya vería. Nos sentamos justo detrás de las dos filas de emergencia, en el lado izquierdo del avión, y desde allí pudimos reconocer a viejos 'conocidos' del viaje, como por ejemplo al joven que se sentó con mi primo Alberto en el vuelo Barcelona-Milán. En esto, de una forma totalmente inesperada, vi que a la entrada del avión había bastante gente alrededor de una persona, y resulta que era Monreal, el lateral izquierdo del Málaga, que no había podido jugar el partido porque estaba lesionado. Lo que no me cuadraba era que hubiese cogido un vuelo Ryanair al día siguiente del partido en vez de ir en el del equipo. En fin, yo aproveché la ocasión y cogí rápidamente mi cámara para fotografiarle, pero ya había hecho dos cuando se me acercó un azafato para advertirme de que no se podían hacer fotos, así que la guardé en la mochila.
Una vez calmado el revuelo que causó Monreal, volvió el primer azafato para decirme que me podía sentar en los asientos de emergencia, puesto que quedaban algunos libres, por lo que tanto yo como algunos de mis acompañantes aprovechamos la oportunidad para estar más cómodos. Los azafatos se pasaron fila por fila para comprobar que todo estaba correcto, pero se dieron cuenta de que tenía escondida la mochila de mi cámara bajo mis pies y me obligaron a guardarla en el compartimento superior. El avión se puso en marcha a las ocho en punto, cinco minutos después de la hora prevista, rumbo a Málaga. Durante el día habíamos tenido la oportunidad de descansar varias veces (al desayunar, al almorzar, al coger los autobuses, el metro y el cercanías...), en mi caso lo suficiente como para seguir pateándome Barcelona o Milán, pero hubo alguno que otro entre nosotros que no quiso desaprovechar el vuelo para echarse una siesta.
Las azafatas y azafatos de Ryanair empezaron con su carrusel de ofrecimientos nada más estabilizarse el avión en las alturas. Primero, con la revista de la compañía, que no la cogí porque ya lo hice en el vuelo de ida y no tenía nada interesante; luego, con la carta para el que quisiera tomarse algún refresco, sandwich o demás manjares culinarios a precios poco recomendables; y por último, productos más variados como los ya famosos cigarrillos que no expulsan humo, los calendarios de las azafatas de Ryanair o billetes para el autobús turístico de Málaga. El viaje no se me hizo muy largo, sobre todo porque estuve prácticamente todo el trayecto asomado a la ventanilla para intentar distinguir algo desde ahí arriba, a pesar de que ya era noche cerrada y lo más que se lograba divisar eran carreteras con coches circulando y algunos núcleos de población.
Serían las nueve y cuarto cuando el avión comenzó a descender, lo cual significaba que nos encontrábamos muy próximos a llegar; así pues, me fijé con más detenimiento para ver Málaga iluminada desde el cielo e identificar algunos de sus lugares más importantes y reconocibles, tales como el puerto, Gibralfaro o la Catedral. Me hubiera gustado hacer algunas fotos, pero ya comenté antes que estaba prohibido, y además no tenía la cámara a mano. Sobre las nueve y media, algo antes de lo previsto, el avión tomó tierra en la pista de aterrizaje y, tras ello, se acercó poco a poco al edificio de la terminal del aeropuerto para detenerse y apagar definitivamente los motores; en ese instante, se escuchó la melodía de Ryanair con el típico toque de trompeta que provoca que todos los pasajeros se rían y aplaudan al unísono. Cogimos nuestros chaquetones y maletas de los compartimentos superiores y nos dirigimos a la puerta más cercana a la cabina para salir y acceder a la terminal a través del túnel que habían conectado al avión.
Después de recorrer varios pasillos, llegamos por fin al exterior del aeropuerto, donde nos esperaban mi madre y mis tíos (los padres de mis primos) para recogernos. Estábamos saludándonos cuando de repente vimos pasar a nuestro lado a Monreal con un dirigente del Málaga, por lo que Nacho y yo nos acercamos corriendo antes de que se marchara para hacernos una foto. Como ya la tenía guardada, tuve que engancharle un objetivo al cuerpo de la cámara, y tras ello le hice una foto a mi primo con él, e inmediatamente Monreal se tuvo que marchar porque tenía prisa. No sé por qué, pero en la pantalla de la cámara se mostró un mensaje de error en el que se me indicaba que apagase y volviese a encender, y, tal y como me barruntaba, la foto no se había guardado. En fin, tras esta pequeña decepción, mis primos y Marta se marcharon en uno de los coches con mi tía, mientras que mi tío nos llevó a mi madre, a mi hermana y a mí a nuestra casa para poner punto y final a este viaje.

Nota: por fin he terminado de relatar este viaje, y es que creía que no iba a dar tiempo antes del viaje de mañana, tal y como me había propuesto. En efecto, mañana bien tempranito, a las 7:15 si no hay retrasos, me subo de nuevo a un avión, esta vez para ir a Glasgow con mis amigos Miguel y Jose. Pasaremos allí dos días hasta el lunes por la mañana, y luego a Edimburgo hasta el miércoles por la noche, que ya estaremos de vuelta en Málaga. Así pues, tengo por delante cinco días para conocer otras dos ciudades y practicar el inglés, que falta me hace. Espero que el relato de este nuevo viaje no se alargue tanto en el tiempo como éste, aunque todo dependerá de los ratos libres de los que disponga. Hasta pronto ;)

viernes, 5 de julio de 2013

No es mío, pero es interesante (LVII)

Nueva entrega de 'No es mío, pero es interesante', una sección en la que os recomiendo entradas de otros blogs y webs que más me han gustado e interesado en las últimas semanas. Algunos de ellos aportan varios posts, como son los casos de Microsiervos, Xataka Ciencia, el Blog de Luis Piedrahita, Ya está el listo que todo lo sabe y WTF Microsiervos, con ocho, tres, tres, dos y dos entradas, respectivamente. Como siempre, aquí encontraréis una gran variedad temática: matemáticas, ciencia, astronomía, curiosidades, humor, vídeos, etc.
Hagamos un repaso de los enlaces de esta entrega:
¿Os han gustado las recomendaciones de esta entrega? Espero que sí y que me lo hagáis saber a través de un comentario ;)

sábado, 29 de junio de 2013

Viaje a Milán: día 2

Martes, 6 de noviembre de 2012

8:00
Antes de que sonara la primera alarma de mi móvil ya estaba despierto, pero no me levanté hasta que dieron las ocho en punto, y es que en la cama se estaba muy a gusto. Al contrario de lo que me imaginaba por la ciudad en la que nos encontrábamos, no pasé nada de frío en toda la noche; es más, me tapé solamente con la sábana dejando la colcha a los pies. Sin hacer mucho ruido para no despertar aún a mi hermana y a mi primo, me puse en pie, cogí una muda y me dirigí al cuarto de baño para ducharme. El agua salió caliente casi de inmediato, y, si a gusto estaba en la cama, no menos lo estaba en la ducha, que me sentó de maravilla y que me despertó del todo. Me vestí de calle directamente para de esta forma poder hacer la maleta y dejarla prácticamente lista a falta de pequeños detalles. Mi primo Alberto fue el siguiente en ducharse, seguido de mi hermana; como ella iba a tardar más, él y yo salimos a eso de las nueve en busca de Nacho y Marta para bajar al comedor a desayunar.
Las mesas eran para dos personas, así que juntamos un par de ellas y cogimos una silla más para los cinco. La variedad del desayuno era la justa: minipanecillos, bollería, embutidos, huevos y poco más para comer, mientras que para beber había una máquina de café y cacao, así como jarras de leche, zumo y agua, que yo recuerde. En mi caso, cogí un par de panecillos para untarlos con mantequilla, un croissant para hacer lo propio con sucedáneo de Nutella, una napolitana rellena de chocolate y un vaso de leche con cacao de la máquina. La calidad no es que fuera gran cosa, pero para salir del paso no estaba mal. Entre tanto, llegó mi hermana, y yo, que quería desayunar contundentemente para no tener mucha hambre luego, cogí otro panecillo y otra napolitana. Cuando ya casi estábamos terminando de desayunar, llegó una nueva bandeja de bollería bien calentita, así que aproveché y me acerqué por un par de croissants que obviamente no dudé en untar con crema de cacao para mi disfrute. Estaba bastante lleno ya, así que me serví un par de vasos de agua para digerir mejor el desayuno y seguidamente subí a la habitación con mis compañeros de viaje.
Ya en ella, mi hermana recibió la llamada de su amigo Jaime, quien acababa de llegar a la Stazione Centrale, por lo que ella le dijo que se quedase allí que se iba a acercar a recogerle y así no perderse a la hora de encontrar el hotel. Mientras mi hermana fue en busca de su amigo, mi primo y yo nos quedamos en nuestra habitación terminando de hacer las maletas; en mi caso, también aproveché para limpiar los objetivos de mi cámara, así como para ponerme la camiseta del Málaga con los nombres de los socios, mientras que mi primo estuvo yendo y viniendo de la habitación de su hermano para traer ropa, guardarla, volver a cambiarse, etc. Casi a las diez y media, llegaron mi hermana y Jaime, a quien no nos tuvimos que presentar porque ya nos conocíamos de antes. Él estaba pasando un año de Erasmus en Polonia y nos contó un poco su experiencia allí: que si todo es bastante barato, que si tienen un bar al que siempre van a ver los partidos del Málaga, etc.
Pues nada, María terminó de finiquitar su maleta y, tras comprobar que no nos dejábamos nada importante, como por ejemplo las entradas del partido o los billetes de avión, bajamos a la recepción para pagar las dos habitaciones. El recepcionista que nos atendió no era el mismo que el del día anterior, era un poco más seco y parco en palabras, y qué sorpresa nos llevamos cuando nos dijo que teníamos que abonar tres euros más por cabeza. No sabíamos cuál era el motivo, así que le preguntamos, a lo que nos respondió que era el 'contributo di soggiorno'; en resumen, una tasa que por lo visto te incluyen sin previo aviso en los hoteles italianos, así que nada, a sacar la cartera. Antes de despedirnos, le preguntamos si era posible dejar nuestro equipaje en el hotel todo el día con la excusa del partido de fútbol, para lo cual no hubo ningún impedimento, aunque lo que nos extrañó un poco fue que las maletas había que dejarlas en un recoveco junto a las escaleras que suben a las habitaciones, por lo que cualquiera podría cogerlas como suyas sin que nadie lo viera, pero no nos quedaba otra que fiarnos, como así hicimos.

11:00
Salimos a la calle y giramos a la izquierda por Via Tonale y luego a la derecha por Via G. B. Sammartini hasta llegar a la Piazza Duca D'Aosta, desde donde pudimos contemplar la imponente fachada de la Stazione Centrale, de más de 200 metros de ancho; justo enfrente teníamos también el rascacielos más famoso de Milán, la Torre Pirelli, o Pirellone, como comúnmente lo conocen los milaneses, con sus 127 metros de altura, que tampoco están nada mal. Luego de hacer algunas fotos a ambas construcciones, entramos en la estación y bajamos para coger el metro, concretamente la línea amarilla, puesto que nos llevaría sin necesidad de hacer ningún trasbordo hasta nuestro próximo destino: la Piazza del Duomo.
De nuevo frente a ella, la catedral de Milán, ésa que nunca te cansas de admirar, el día anterior de noche y ahora de día. Saqué la cámara y, tras probar varias combinaciones para ver con cuál de ellas salían mejor los colores, hice unas cuantas fotos: a María con Jaime, a mis dos primos, a mi hermana con una foto de mi padre... Luego fui yo el fotografiado, tanto solo como con la foto de mi padre, que también viajaba con nosotros. En la plaza ya había bastantes grupos de malaguistas ataviados con sus camisetas y cantando y animando con sus bufandas y banderas, y entre todos ellos vimos también a corresponsales de TVE1 Andalucía grabando algunas imágenes, así como un fotógrafo del diario SUR que se nos acercó para preguntarnos si nos podía hacer algunas fotos, y obviamente le dijimos que sí. De quienes sí nos tuvimos que deshacer fue de varios jóvenes de origen africano que se te acercaban para ponerte una pulsera o para ofrecerte maíz para las palomas que invadían la Piazza del Duomo con la excusa de que era gratis, pero realmente después siempre te acosan para que les des algo. Yo ya estaba precavido y había escuchado que si les decías "¡Via, via!" te dejaban tranquilo, y más si lo hacías con gesto serio, y parece que surtió efecto.
Tras hacer unas cuantas fotos al arco de entrada de la Galleria, a la estatua ecuestre de Vittorio Emanuele II que está en la plaza y a algunas de las esculturas de la fachada de la catedral, entramos en ella, no sin antes pararme a admirar la puerta principal, con escenas de las vidas de Jesús y María. El interior del Duomo estaba tal cual yo lo recordaba, con sus altísimas columnas, sus cinco naves, los cuadros y pinturas que cuelgan entre la central y las laterales, sus enormes y coloridas vidrieras y rosetones, etc. Visitamos las diferentes capillas de la nave lateral izquierda hasta llegar a la altura del altar mayor, encima del cual cuelga un crucificado del techo. Cruzamos a la nave lateral derecha, justamente donde se encuentran varios altares y tumbas de algunos obispos de Milán; desde allí también podíamos contemplar los dos enormes órganos del Duomo, así como la estatua de San Bartolomé de Marco da Agrate, la obra de arte más importante de la catedral y que llama bastante la atención de los visitantes porque representa al santo sin su piel. Poco más podíamos hacer allí que bajar a ver el Tesoro del Duomo, pero lo descartamos porque recordaba que no era gran cosa, así que aprovechamos que a pocos metros teníamos una de las puertas de la catedral para salir del nuevo a la calle.
Nuestro siguiente destino era el Castello Sforzesco, para lo cual cruzamos toda la Piazza del Duomo y seguimos por la Via dei Mercanti, una calle peatonal y comercial donde destaca principalmente el Palazzo della Ragione. Luego llegamos a la Piazza Cordusio, una plaza enmarañada de carriles tanto para automóviles como para tranvías y en cuyo centro se erige un monumento a Giuseppe Parini, un poeta italiano del siglo XVIII. Paseando por allí, nos paramos frente a un hombre que estaba sentado apoyado en una marquesina haciendo figuras muy curradas a partir de frutas y hortalizas con la única ayuda de un cuchillo. En esto, se nos acercó un italiano de unos sesenta años que, supongo que al vernos con las camisetas del Málaga, nos preguntó si éramos malagueños. Cuando le dijimos que sí, nos contó medio en español medio en italiano que él ha vivido allí bastante tiempo por cuestiones de trabajo y que le encanta Málaga y toda la Costa del Sol, sobre todo la costa oeste, que es la que más conoce. La verdad es que el hombre estuvo muy simpático con nosotros, y de hecho estuvimos como cinco o seis minutos charlando con él.
Nos despedimos de él y continuamos nuestro camino por otra importante calle peatonal de Milán, la Via Dante, desde la cual ya se atisbaba al fondo el Castello, pero por desgracia la torre principal, la Torre del Filarete, estaba siendo restaurada, por lo que para ocultar los andamios y disimular un poco estaba recubierta por una lona con una imagen de la misma. Al final de la calle, cruzamos por Largo Benedetto Cairoli, una gran rotonda en la que se encuentra un monumento ecuestre dedicado a Giuseppe Garibaldi, el principal artífice de la unificación de Italia en el siglo XIX. Avanzamos por la Via Luca Beltrami para finalmente llegar a la Piazza Castello, donde le hice una foto a mis acompañantes junto a la fuente que hay en ella. A continuación, entramos en el Castello Sforzesco, llamado así porque fue construido bajo el gobierno de Francesco Sforza, que precisamente fue duque de Milán. Actualmente, el castillo se utiliza principalmente para albergar una pinacoteca y varios museos (el de Arte Antiguo, el Arqueológico, el de la Prehistoria, el de los Instrumentos Musicales, etc.), pero nosotros no íbamos a entrar en ellos, sino que simplemente paseamos un rato por allí viendo algunas partes de la construcción, como la Torre de Bona di Savoia, así como los restos antiguos y esculturas que se exponían en el patio principal.
En apenas cinco minutos cruzamos todo el castillo, llegando de esta forma al Parco Sempione, un enorme parque repleto de frondosos árboles y que cuenta en su parte central con un lago. Lo ideal hubiera sido pasear un buen rato por allí para relajarnos, disfrutar de la flora y la fauna del lugar, y acercarnos hasta el Arco della Pace, que está al final del parque, pero ya se acercaba la hora de comer, por lo que nos conformamos con asomarnos al pequeño mirador que hay al comienzo de éste y hacernos algunas fotos. Justo cuando nos íbamos, nos paró una pareja de españoles que me pidió que les hiciera una foto con una panorámica del Parco Sempione; tras ello, cuando ya pasaban unos minutos de la una, dimos media vuelta para salir del castillo y deshacer el camino que habíamos tomado para llegar hasta allí. En la Via Luca Beltrami, nos paramos un momento porque mis primos se encontraron con unos amigos que, al igual que nosotros, también habían venido a Milán a ver al Málaga. Más adelante, en la Piazza Cordusio, iba yo liderando al grupo con la idea de continuar por una calle que desembocaba en una de las entradas laterales de la Galleria Vittorio Emanuele II y de repente me di cuenta de que había perdido de vista a Nacho y Marta, por lo que cogí el móvil para llamarles, pero no contestaban. Por suerte, les encontramos un par de minutos después en la Via dei Mercanti, así que continuamos por dicha calle hasta regresar a la Piazza del Duomo.

13:30
Una vez allí, y tras hacerle un par de fotos a Jaime en la entrada principal de la Galleria, nos adentramos en ella para enseñársela, y luego nos desviamos a la derecha para llegar a la Via Santa Radegonda, donde se encuentra Luini, una especie de panadería y pastelería que mi hermana ya conocía y que sería el sitio donde almorzaríamos. Tal y como nos esperábamos, había una cola inmensa controlada en la puerta por un enorme joven de raza negra totalmente enchaquetado que no te dejaba pasar ni para mirar, así que lo primero que hicimos fue coger sitio y esperar. Cuando ya conseguimos entrar, echamos un vistazo rápido para ver lo que había, básicamente panzerotti, una especie de bocadillo cerrado y relleno de varios ingredientes que se puede pedir frito o al horno. Como no había mucho tiempo para decidirse, no me compliqué la vida y me pedí un panzerotti frito de jamón y queso y un botellín de agua por 3'50 euros, mientras que los demás pidieron una combinación muy parecida a la mía.
Desde que llegamos al sitio en cuestión hasta que le dimos el primer bocado al panzerotti que por cierto estaba bastante bueno, pasaron más de veinte minutos, así que fijáos la cola que había. A pesar de no ser excesivamente grande, yo solamente me comí uno, ya que había desayunado mucho en el hotel y no tenía demasiada hambre, aunque algunos de mis acompañantes no dudaron en repetir. Los panzerottis los comimos de pie apoyados en los escaparates de la heladería que estaba enfrente, Cioccolati Italiani, al que entramos justo después porque algunos, atraídos por lo que se veía a través de ellos, querían tomarse un helado como postre.
De allí nos fuimos andando a la Piazza del Duomo para dar un paseo tranquilo por el centro de la ciudad. Tiramos por Corso Vittorio Emanuele II y luego giramos a la izquierda a la Piazza del Liberty para entrar en la tienda oficial de Ferrari, cuyo principal reclamo es un coche de Fórmula 1 que tiene expuesto nada más a entrar a mano izquierda, concretamente uno de los que condujo Michael Schumacher cuando era piloto de esta escudería. Saqué la cámara para hacerle unas cuantas fotos, pero en cuanto hice dos o tres me llamaron la atención porque por lo visto estaba prohibido, así que, como el coche se podía ver a través del escaparate, las hice desde fuera. Volvimos a Corso Vittorio Emanuele II y, tras pasar por delante de la Basilica di San Carlos al Corso, llegamos a la Piazza San Babila, donde vi el famoso autobús 61, ése que cogí un montón de veces cuando vine a Milán a visitar a Leti y David. Luego cruzamos a Corso Europa para entrar en una pequeña tienda de Adidas porque mis primos querían echar un vistazo para comprarse algo, pero la ropa que allí había era muy estrafalaria, así que no duramos allí ni un minuto.
Propuse continuar por el cuadrilátero, una zona del centro de Milán donde se concentra la mayor parte de las tiendas más caras de la ciudad y que toma ese nombre porque todas ellas se encuentran en una zona delimitada por cuatro calles que forman un rectángulo. A pesar de que a mis compañeros de viaje no les hizo mucha gracia la idea porque ya estaban hartos de andar, al final me salí con la mía, así que volvimos a la Piazza San Babila y seguimos por la Via Montenapoleone. Nada más entrar en esta calle empezaron a cambiar de opinión al ver las tiendas que allí había. Para empezar, Bulgari, y luego Louis Vuitton. A todos nos daba cosa entrar, sobre todo por como íbamos vestidos, y nos conformábamos con mirar los escaparates, pero mi primo Alberto dijo "Pues yo entro". Todos nos reímos y le decíamos que no era capaz; sin embargo, él siguió en sus trece, se acercó a la puerta y le abrieron como a un señor. Al cabo de un par de minutos salió y nos contó la categoría y el lujo del interior de la tienda, pero que casi ni se atrevía a tocar la ropa por si acaso.
La sucesión de tiendas era interminable: Ralph Lauren, Prada, Gucci (con 'económicos' bolsos a 1.950 y 3.900 euros), Damiani (una joyería en cuyo escaparate vimos unos pendientes a tan solo 55.000 euros), Versace, Dior, Cartier... Giramos a la derecha por la Via Gesù, una calle decorada con macetones y cuyos establecimientos no eran tan conocidos como los de la calle anterior, aunque el que se divisaba al final del todo en la confluencia con la Via della Spiga sí que lo era: Dolce & Gabbana. De nuevo, asomarse a los escaparates daba miedo (zapatos a 545 euros, un vestido por 3.450 euros, etc.), pero mi primo también quiso entrar. Dicho y hecho. Mi idea gustó más de lo esperado, aunque me volvieron a insistir en que estaban cansados y que querían coger el metro para volver al Duomo a pesar de que les hacía ver que estábamos a menos de quince minutos andando. Deshicimos la Via Gesù entera hasta llegar a la Via Montenapoleone, de la cual recorrimos su otro tramo; al final, nos topamos con una boca de metro, por la que bajamos para coger la línea amarilla, que tras una sola parada nos dejó en la Piazza del Duomo sobre las tres y media.
La plaza ya estaba repleta de cientos de aficionados malaguistas que se habían citado allí para una quedada previa al histórico partido que iba a jugar el Málaga C. F. frente al AC Milan. Uno de los muchos grupos que se habían formado allí extendieron sus banderas en el suelo para dejar claro quiénes éramos y qué colores defendíamos: la rojigualda de España, la blanquiazul del Málaga, la verde y morada de la ciudad, etc. La espera hasta la hora del partido se me iba a hacer muy larga, así que cogí mi cámara para hacerle fotos tanto al Duomo como a la Galleria Vittorio Emanuele II aprovechando la buena luz que tenía en ese momento. Por cierto, que con tanto malagueño allí reunido era raro no encontrarse con algún conocido: mis primos volvieron a cruzarse con varios amigos suyos, lo mismo que mi hermana y Jaime con compañeros de la facultad, ya que ambos estudian la misma carrera, mientras que yo conseguí identificar a varias personas, como por ejemplo a dos o tres aficionados que se sientan delante de mí en La Rosaleda.
Los malaguistas allí presentes no dejaban de animar, pero hubo un momento en el que se formó una especie de corro que se puso a entonar varias de las canciones más típicas del Málaga, entre ellas cómo no su himno. Era espectacular lo que estábamos viviendo allí: la Piazza del Duomo tomada por malaguistas agitando sus bufandas y presumiendo de colores ante la mirada atónita de los milaneses, que seguramente no se esperaban la llegada de tantos 'tifosi' del Málaga. Pasaban ya varios minutos de las cuatro de la tarde, y ésta ya empezaba a caer, lo cual se identificaba perfectamente en los dos principales monumentos de la plaza, que poco a poco iban adquiriendo un tono más anaranjado como consecuencia de los últimos rayos de sol. Como os podéis imaginar, volví a sacar la cámara para tomar más fotos.

16:30
Como decía antes, la espera se nos estaba haciendo eterna. Todavía quedaban más de cuatro horas para que comenzara el esperado partido, pero tampoco podíamos hacer mucho más que quedarnos allí y ver pasar los minutos. Mi hermana y Jaime estaban un poco sedientos, por lo que se fueron en busca de un quiosco para comprar unas cervezas; mientras tanto, fueron llegando más y más aficionados, como por ejemplo peñas tan conocidas como Malaka Hinchas y Guiri Army, que colgaron sus respectivas banderas en las vallas que rodeaban la estatua de Vittorio Emanuele II. Reunidos todos de nuevo y charlando con personas con las que nos íbamos encontrando, nos enteramos de que a las seis estaba previsto que llegase la policía italiana para escoltar y llevar en metro a todos los malaguistas reunidos en la plaza hasta el estadio. Yo entendía esa medida, pero me negaba a ir en un vagón de metro como si fuéramos sardinas en lata, así que le propuse a mis compañeros de viaje la opción de irnos justo antes y evitar el barullo y la incomodidad que supone ir vigilado por varios policías. Mi idea no les convencía del todo, y por más que discutíamos cuál era la mejor o la peor opción no nos poníamos de acuerdo.
Ya eran las cinco de la tarde, sin rastro de luz solar y con toda la plaza bañada por la sombra, por lo que tanto la catedral como la Galleria comenzaron a iluminarse lentamente. En esto, dije de acercarnos a Luini para tomar algo puesto que luego iba a estar complicado poder cenar, teniendo en cuenta que el partido terminaría sobre las diez y media de la noche y después tendríamos que volver al hotel a recoger las maletas. Mi hermana y Jaime prefirieron quedarse en la plaza, así que mis dos primos, Marta y yo entramos en la Galleria Vittorio Emanuele II hasta llegar a la Piazza della Scala, donde me detuve un par de minutos para fotografiar el Palazzo della Banca Commerciale Italiana, el monumento a Leonardo da Vinci que se erige en el centro de la plaza y, cómo no, el Teatro alla Scala, uno de los teatros de ópera más importantes del mundo. De allí, cogimos por la Via Tomasso Marino y luego por su continuación, la Via Santa Radegonda, donde se encuentra Luini, que a esas horas no presentaba la extensa cola del mediodía. Los cuatro nos pedimos un panzerotti frito de tomate y queso que, a pesar de lo simple que era, estaba bastante bueno.
Volvimos a la plaza por el camino más corto, es decir, por Via Giovanni Berchet y por la Galleria, iluminada por completo al igual que el Duomo, pues ya era prácticamente de noche. Allí estaba yo, pasando los últimos minutos del viaje que iba a estar frente a mi catedral preferida, admirándola. Quién sabe si alguna vez se me presentaría la oportunidad de volver a Milán, así que me colgué la cámara al cuello y le hice unas cuántas fotos más; por último, fue mi primo Alberto el que me inmortalizó junto a ella después de que yo hiciera lo mismo con él. Quedaban apenas diez minutos para las seis cuando comenzaron a llegar los carabinieri en sus furgones, y fue entonces cuando le dije claramente a mis compañeros que yo me iba ya antes de que nos escoltaran; finalmente, todos me hicieron caso, a excepción de Jaime, que prefirió quedarse con unos amigos, aunque luego nos volveríamos a reunir con él. Así pues, nos dirigimos los cinco a una de las bocas de metro de la plaza, y bajando por ella me giré para mirar atrás y despedirme del Duomo. Ojalá volvamos a vernos.
Para ir a San Siro, teníamos que coger la línea 1, la roja, pero debíamos estar atentos porque esta línea se desdobla en dos a partir de una parada y solamente uno de los desdobles llega hasta nuestro destino. Casualmente, el primero de los convoys que llegó al andén era el que necesitábamos, así que nos montamos en él junto con algunos aficionados tanto del Málaga como del Milan. El trayecto era largo, de casi un cuarto de hora, ya que tuvimos que pasar hasta por ocho paradas hasta que nos bajamos en la de Lotto Fiera. Nada más salir al exterior, me ubiqué de inmediato al mirar a mi alrededor y recordar el camino que seguí la vez que estuve en el estadio con David cuando vine a visitarle a él y a Leti, incluso algún malaguista que estaba un poco perdido me preguntó por dónde debía tirar, y le dije que era tan sencillo como coger por la larga y arbolada Viale Caprilli hasta toparse con San Siro, o Giuseppe Meazza, que es su nombre oficial. La luz procedente del estadio se divisaba a lo lejos, pero por más que andábamos no veíamos el estadio. Después de casi veinte minutos de caminata, y tras pasar por delante del hipódromo, ya estábamos frente a San Siro.
Mi hermana, mis primos y Marta se quedaron embobados al ver el estadio, y eso que todavía no habían entrado. Su silueta era más que reconocible, sobre todo por esas vigas rojas que le sobresalen y por esas torres cilíndricas que le hacen inconfundible. Eran poco más de las seis y media, por lo que teníamos tiempo de sobra por delante. Cómo no, lo primero que hicimos fue sacarnos unas fotos: primero se la hice yo a mis primos y a Marta mostrando sus bufandas; luego, me tocó el turno también con mis primos; y, por último, le hice una a mi hermana. Empezamos a bordear el estadio por una zona repleta de puestos de comida (pizzas, paninis, kebabs...) y tenderetes con artículos de fútbol (banderas, bufandas, camisetas, sudaderas, bocinas...), además de una especie de gran cabina donde se ubicaba una tienda oficial del Milan. Entré con mis primos porque querían la bufanda oficial del partido, pero no la tenían, así que al final cada uno se la acabaron comprando por 10 euros creo recordar a un joven de aspecto africano que se estaba paseando por allí intentando venderlas, y con dichas bufandas nos volvimos a hacer más fotos delante del estadio.
Ya iba siendo hora de entrar al estadio, por lo que nos dirigimos a la puerta 5, que es la que teníamos asignada los aficionados del Málaga. Antes de entrar, mi primo Nacho nos dio a cada uno nuestra correspondiente entrada, ya que eran nominativas, aunque después no verificaron que cada uno iba con la correcta. Por incierto, hago un pequeño inciso para comentar que la entrada me costó solamente 20 euros, nada que ver con lo que hay que pagar para ver un partido en cualquier estadio de España, y encima éste era de Champions League. Total, volviendo a lo de antes, pasamos un primer control donde comprobaron que todos teníamos entrada; luego, un segundo control donde nos cachearon por completo y donde tuvimos que enseñar el contenido de nuestros abrigos, bolsos y, en mi caso, la mochila de cámara; por último, un tercer control en el que ahora sí pasamos la entrada por el lector para poder acceder al estadio tras superar un torno infranqueable. En resumen: si alguien se quería colar en este estadio, lo tenía bastante crudo.
Tal y como nos indicaron los vigilantes de seguridad, nos dirigimos a la torre de una de las esquinas del estadio y empezamos a subir por su rampa en forma de hélice. Cada puerta que nos encontrábamos en el camino estaba cerrada, así que subíamos y subíamos y subíamos, y eso no parecía terminar nunca; por lo menos, el esfuerzo se vio compensado con el gustazo de ver la reluciente y dorada Madonnina del Duomo a lo lejos a través de la rejilla metálica que cubría la torre. Por fin, después de unos quince minutos de una subida interminable, llegamos a nuestra grada, y lo primero que dijo mi primo Alberto, madridista confeso, nada más asomarse y ver el estadio por dentro fue lo siguiente: "¡Qué pasada! Esto es mejor que el Bernabeu". No le faltaba razón. San Siro es espectacular, probablemente el estadio que más me ha gustado de los que he visitado hasta ahora. Yo ya lo conocía porque hice el tour cuando fui a verlo con David, pero fue de día, y obviamente de noche e iluminado impresiona muchísimo más.

19:10
Fuimos recibidos por un acomodador al que le enseñé mi entrada para que me llevara hasta mi asiento, pero nos dijo que nos podíamos sentar donde quisiéramos porque toda la grada estaba reservada para los aficionados del Málaga; entre eso y que además fuimos de los primeros en llegar, tuvimos la suerte de coger unos asientos justo detrás de la portería. Nuestra grada, situada en el tercer anillo de uno de los fondos, era la de los asientos de color verde, y estaba separada de las gradas inferiores por una mampara de cristal y por una red protectora para que no hubiese problemas entre las aficiones. A continuación, cogí mi cámara y comencé a sacar fotos y más fotos del estadio, que a esa hora estaba todavía prácticamente vacío. Primero hice una vista general de San Siro, y luego, una a cada grada: la de enfrente era la azul, donde ya había algunos tifosi milanistas colocando sus pancartas; la de nuestra derecha era la de los asientos rojos, en la que también se ubica el palco de autoridades; y a nuestra izquierda teníamos la naranja, que solamente tiene dos anillos y a través de la cual podíamos ver la ciudad de Milán iluminada. Seguidamente, le hice varias fotos a los dos enormes videomarcadores que cuelgan del techo, que por cierto cubre todas las gradas, y también al terreno de juego, que presentaba un aspecto impecable, y es que el césped lo cambian tres o cuatro veces cada temporada.
Ahora tocaba nuestro turno para fotografiarnos. Primero le hice una a los cuatro, y después le dejé la cámara a un malaguista que pasaba por allí para que nos sacara una a los cinco juntos. Luego, fui fotografiándoles individualmente: a Nacho con la bufanda que se acababa de comprar, a Alberto con la del Málaga, a mi hermana, ella a mí, yo a ella con una de las fotos de mi padre, ella de nuevo a mí solo con otra foto de mi padre y luego también con mis dos primos, y ya por último Marta nos hizo una a los cuatro primos con una de las fotos de mi padre. Nuestra grada se iba llenando cada vez de más y más aficionados, y, con tanto barullo, nos dimos cuenta de que en el pasillo situado detrás de nuestros asientos había una bufanda oficial del partido que se le debió caer a alguien, pero esa persona no vino a buscarla, así que me la quedé; mientras tanto en el terreno de juego, unos operarios del estadio empezaron a colocar en el círculo central la lona que simula el balón de la Champions League, al cual también le hice una foto.
Poco antes de las ocho, saltó a calentar al césped Caballero con Xabi Mancisidor, el preparador de porteros, lo cual hizo que la afición entonase su cántico "¡Caballero, Caballero, Caballero, Willy Caballero!". Minutos después salieron los demás jugadores del Málaga, así como los del Milan y el quinteto arbitral encabezado por Howard Webb, sí, ese nefasto árbitro inglés que tan mal pitó la final España-Holanda del Mundial de Sudáfrica. Viendo los que estaban entrenando, pudimos deducir la alineación con la que saldría el Málaga (Caballero, Jesús Gámez, Demichelis, Weligton, Sergio Sánchez, Camacho, Iturra, Eliseu, Isco, Joaquín y Saviola), así como que jugaríamos con pantalones azules, toda una novedad en lo que llevábamos de temporada. Por su parte, el Milan presentaba un once muy ofensivo con jugadores como Bojan, Pato, Emanuelson o El Shaarawy, mientras que otros como Boateng y Robinho esperarían en el banquillo. Conforme se acercaba la hora del partido, más y más aficionados fueron llegando al estadio, aunque al final apenas hubo media entrada, bastante menos de lo que me esperaba, y es que había muchos claros; por nuestra parte, fuimos unos 2.500 aficionados los que finalmente acudimos al estadio para presenciar uno de los encuentros más importantes de la historia del Málaga.
Sobre las ocho y media, con los equipos ya preparándose en los vestuarios, se empezaron a recitar por megafonía las alineaciones al tiempo que también se mostraban a través de los videomarcadores. La del Milan fue espectacular, ya que se anunciaba el nombre y seguidamente todo el estadio gritaba al unísono el apellido del futbolista en cuestión. Como era de esperar, las dos aficiones pitaron las alineaciones del equipo contrario, y por consiguiente comenzaron a intercambiarse cánticos e insultos del tipo "¡Milan, Milan, vaffanculo!", que poca traducción necesita. A pesar de que el campo no estaba lleno, imponía bastante, sobre todo la grada en la que se sientan los ultras del Milan, ondeando decenas de banderas y con varias pancartas en las vallas. Por fin, a las nueve menos veinte, los dos equipos saltaron al terreno de juego, y, tras situarse debidamente sobre el césped, comenzó a sonar el himno de la Champions League mientras varios jóvenes ondeaban la lona del centro del campo. Los vellos se me pusieron de punta, ya que el sonido era atronador, y es que se escuchaba mucho más fuerte que en La Rosaleda.
Justo a las nueve menos cuarto se puso en marcha el partido. Los primeros diez minutos estuvieron bastante igualados, pero a partir de entonces el Milan se acercó con bastante peligro al área malaguista; de hecho, Caballero se vio obligado a lucirse con dos auténticos paradones, primero ante un zurdazo de Bojan y luego para desviar con la yema de los dedos una falta directa lanzada por Emanuelson que se colaba por la escuadra. La cosa no pintaba bien, y encima el árbitro tampoco colaboraba porque era muy permisivo con los jugadores del Milan al no pitarles varias faltas de manual. El éxtasis llegó en el minuto 39 cuando Isco recibió cerca de la frontal del área para mandarle un pase al hueco a Eliseu, que batió a Abbiati con un disparo cruzado y pegado al segundo palo (0-1). Los aficionados malagusitas enloquecimos con el gol, que para más inri fue en nuestra portería, y al mismo tiempo enmudeció San Siro, que veía cómo un debutante en la competición como el Málaga se ponía por delante en el estadio de un equipo que ha sido siete veces campeón de Europa. Yo grité como nunca, y es que casi no me podía creer lo que estaba viviendo, ni yo ni nadie de los que estábamos allí.
El primer tiempo duró cinco minutos más, y, tras los quince del descanso, dio comienzo la segunda parte. Todo hacía indicar que el Málaga tendría que aguantar los arreones del conjunto rossonero, que no se podía permitir perder el partido porque si no tendría más complicado poder clasificarse para la siguiente ronda. El Milan se hizo con la posesión desde el comienzo y se acercó varias veces al área malaguista, pero inicialmente no tradujo ese dominio en ocasiones realmente claras. Todo parecía relativamente controlado por parte del Málaga; sin embargo, el árbitro empezó a tomar decisiones muy discutibles en nuestro perjuicio y el Milan empujaba cada vez más. Fue en el minuto 72 cuando llegó el empate que resultaría definitivo tras un centro de Emanuelson al segundo palo que cabeceó Pato al fondo de las mallas (1-1); por cierto, que éste era el primer gol que encajaba el Málaga en la Champions después de dos partidos de la eliminatoria previa y otros tres de la fase de grupos. Los jugadores blanquiazules dispusieron de alguna que otra acción de peligro, aunque el último cuarto de hora fue un poco agobiante, más que nada por el rival que teníamos enfrente y porque jugábamos fuera de casa.

22:35
Finalmente, el partido acabó con un justo empate a uno que le daba al Málaga el pase matemático a octavos de final de la Champions League y un primer puesto virtualmente asegurado, por lo que el sueño europeo se prolongaría por al menos dos partidos más. Los jugadores saludaron desde el centro del campo a una afición que seguía celebrando el éxito conseguido, todo un hito en la historia del fútbol malagueño. Por la megafonía se avisó minutos antes del término del encuentro que la afición visitante debía permanecer en la grada a la espera de ser escoltados al exterior del estadio, tal y como me imaginaba. El problema era que nosotros queríamos volver al aeropuerto en el último autobús de la noche, que saldría a las doce y media de la madrugada, y antes nos teníamos que pasar por el hotel para recoger el equipaje, así que le dije a mi hermana, a mis primos, a Marta y a Jaime, que se acababa de reunir con nosotros, que deberíamos acercarnos lo más posible a la torre de la esquina del estadio para ser de los primeros en salir. Esta vez me hicieron caso prácticamente de inmediato, y, tras recoger todo, nos dirigimos a esa zona.
Mientras esperábamos de pie en las escaleras del graderío, le hice unas cuantas fotos al interior de San Siro, que ya estaba totalmente vacío salvo por unos cuantos operarios que estaban trabajando por los alrededores de los banquillos, hasta que, sobre las once, los vigilantes de seguridad de nuestra grada dieron vía libre para salir de ella de forma ordenada. Ahora teníamos que bajar por la interminable rampa de la torre, aunque cuesta abajo se hizo bastante más corto que cuando tuvimos que subirla al llegar al estadio. Cuando llegamos al nivel de la calle, nos esperaban otros vigilantes y también policías que nos llevaron agrupados y por un camino vallado hasta un aparcamiento cercano al Giuseppe Meazza que estaba repleto de autobuses. Primero dejaron pasar a los aficionados que tenían asignado un autobús en concreto, y luego al resto, que nos fuimos montando en los demás autobuses. Nosotros nos dirigimos a uno de los que estaban más cerca de la salida, pero paradójicamente no fue de los primeros en salir, y eso que apenas tardó en llenarse; mientras se decidía a ponerse o no en marcha, le hice unas últimas fotos a San Siro, que todavía se mantenía iluminado.
Por fin, el chófer del autobús arrancó para coger por la Via Achille, Piazzale dello Sport, Viale Caprilli y Piazzale Lorenzo Lotto, donde se bajaron los aficionados de todos los autobuses, lo que se acumulara mucha gente en muy poco espacio. La verdad es que la policía italiana no estuvo muy acertada en este aspecto, aunque sí que atinaron a la hora de reservar varios trenes de metro solamente para nosotros desde la parada de Lotto Fiera. Nos montamos allí y el tren únicamente paró en Cadorna y luego en la del Duomo, donde nos bajamos para hacer trasbordo con la línea amarilla, que nos dejó definitivamente en la parada correspondiente a la Stazione Centrale pasada ya la medianoche; precisamente durante el trayecto en metro, recibí una llamada de mi madre para preguntarnos qué tal estábamos y si habíamos disfrutado con el partido. Salimos pitando de la estación porque íbamos con el tiempo muy justo, y andando a paso muy ligero nos dirigimos al hotel. Por el camino nos preguntábamos si nos habrían robado alguna de las maletas, pero no, cuando llegamos allí comprobamos que todo nuestro equipaje estaba en su sitio tal cual lo dejamos, por lo que las recogimos y nos despedimos del recepcionista.
De nuevo en la calle, tiramos por el camino más corto posible para llegar al autobús que nos llevaría al aeropuerto; así pues, cogimos por la Via Niccolò Copernico, por la Via Tonale y luego seguimos rectos por el túnel que pasa por debajo de las vías de tren hasta llegar por fin a la Piazza Luigi di Savoia poco antes de las doce y veinticinco de la noche. Encontramos nuestro autobús sin problemas, lo cual fue todo un alivio después de todas las prisas que nos habíamos dado para poder pillarlo a tiempo. Jaime no iba al aeropuerto de Malpensa como nosotros, pues su vuelo saldría de Bérgamo, por lo que nos despedimos de él; seguidamente, metimos todo el equipaje en el maletero y luego sacamos los billetes de ida y vuelta que compramos el día anterior para mostrárselos al conductor. Apenas un minuto después de sentarnos, concretamente a las doce y media, el autobús se puso en marcha rumbo al aeropuerto.
Estábamos muy cansados después de todo un día de un lado para otro, que si andando, que si cogiendo el metro, que si viendo el esperado partido, que si las prisas... Normal que tanto mi hermana como mis primos y Marta decidieran echarse un sueñecito durante el trayecto hasta Malpensa; sin embargo, yo, que también estaba reventado, aguanté despierto como buenamente pude no fuera a ser que nos quedásemos dormidos y que se nos pasara la parada de la Terminal 2, puesto que la siguiente y última era la de la Terminal 1, que está bastante lejos y poco comunicada con la otra. Lo dicho, me las apañé como pude para no dormirme hasta la una y cuarto, hora a la que llegó el autobús al aeropuerto, donde nos bajamos somnolientos y con una larga noche por delante.