domingo, 7 de febrero de 2010

Viaje a Roma: día 4

Sábado, 10 de octubre de 2009

7:30
Suena la alarma del móvil. Antes de abrir los ojos, empecé a acordarme de que, durante la noche, apenas un par de horas antes aproximadamente, había escuchado llover. ¿Seguiría lloviendo ahora? Sólo había una forma de comprobarlo, así que me levanté de la cama, abrí la ventana y... ¡El diluvio! Una manta de agua caía sobre Roma y otro diluvio, de impotencia, me empapaba al ver esa estampa, porque las previsiones se estaban cumpliendo y el cielo no decía otra cosa que no fuera lluvia durante todo el día.
Entré en el baño a lavarme la cara mientras empezaba a asimilar que toda la planificación se había ido al traste. Jesús y Sebas se levantaron apenas unos minutos después de mí y tampoco daban crédito a la situación, porque una de las peores cosas que te puede pasar cuando vas de viaje es que te llueva. Mientras me iba vistiendo (me puse un polo de manga larga, porque hacía fresquito), seguía escuchando no sólo la lluvia, sino también truenos estruendosos, valga la redundancia. ¡Qué mal color estaba cogiendo el día!
A las ocho, Sebas, Jesús y yo nos fuimos a desayunar al tiempo que Pepe se levantaba para ducharse. Busqué la pseudo Nocilla para quitarme el mal sabor de boca de la lluvia, pero hoy no había rastro de él, así que repetí el desayuno del primer día, es decir, cuatro rebanadas de pan de molde tostadas y un vaso de leche con pseudo Colacao. Después de fregar lo que usé, volví a la habitación para ver las rutas que había planificado para los dos días que quedaban y el mapa e intentar buscar una nueva ruta que nos evitase tener que alejarnos mucho del centro, que consistiese, básicamente, en visitar iglesias y lugares donde poder estar a salvo de la lluvia y donde tuviésemos que andar lo menos posible.
En una mini reunión de emergencia, decidimos empezar la ruta con lo previsto, es decir, con la Basílica que está a unos minutos del hostal, y luego, pues ya iríamos improvisando pero procurando mantenernos a cubierto cuanto más tiempo mejor. Sebas bajó a la calle a sacar dinero y, mientras tanto, Jesús, Pepe y yo cogíamos las cámaras, las rutas, el mapa y, por supuesto, los paraguas que nos habíamos traído como buenos previsores que fuimos. Nada más salir de la habitación, desfiló ante nosotros una hilera de chicas, siete u ocho por lo menos, de unos dieciocho o veinte años que, por el habla y los rasgos, parecían alemanas, aunque también podrían ser rusas o checoslovacas, quién sabe.
Ya en la calle, nos reunimos con Sebas y seguía lloviendo, aunque ya no con tanta intensidad como antes; de hecho, justo antes de bajar hice esta foto desde la ventana de nuestra habitación en la que se aprecia toda el asfalto mojado (la lluvia no se ve, pero creedme que en ese momento llovía).

9:15
Con el paraguas haciendo su función, nos dirigimos a la Basílica di Santa Maria Maggiore, una de las cuatro basílicas mayores de Roma; nos metimos rápidamente en el templo para guarecernos de la lluvia, aunque, todo hay que decirlo, no llovía demasiado. Primero, accedimos a una especie de vestíbulo, donde vimos una gran estatua de Felipe IV de España; a continuación, entramos en la Basílica propiamente dicha.
Como nos imaginábamos, el interior era bastante grande, casi tanto como la Basílica di San Pietro. Estaba un poco oscuro, aunque, a veces, se iluminaba de repente durante un par de minutos para, de nuevo, volver a apagarse las luces; yo supuse que esta intermitencia de luz y oscuridad se debía a que algún turista echaría una moneda en alguna máquina 'tragaperras' como la que estaba al lado de la estatua de El Moisés que vimos el jueves, pero yo no llegué a ver dicha máquina, así que no puedo asegurar que ésta fuera la razón.
Nada más entrar, se encontraba la tumba del papa Clemente IX, con una gran estatua del pontífice presidiéndola. El interior de la fachada estaba plagado de placas de mármol con inscripciones en latín relativas, principalmente, a varios papas y a datos sobre la construcción del templo, mientras que, en la parte superior, se podía ver una vidriera circular con la imagen de la Virgen y el Niño Jesús. Lo que más me gustó de la Basílica fue el artesonado del techo, de estilo renacentista y con un dorado impoluto.
La nave central estaba separada de las laterales por dos hileras de columnas, sobre las cuales había varios frescos que representaban escenas de la vida de la Virgen y de Cristo. En las naves laterales, predominaban las capillas internas dedicadas a papas, como la Sixtina (donde están enterrados Sixto V y Pío V) y la Paulina (donde yacen los cuerpos de Pablo V, Clemente VIII y Paulina Bonaparte). Otras capillas no se podían visitar al estar cerradas las rejas que permiten entrar en ellas, mientras que había una en la que se estaba dando misa, así que imaginaos cómo de grandes eran.
El altar contenía varios elementos destacables. El primero, el baldaquino que hay en el centro, del estilo del de la Basílica di San Pietro; el ábside, con un gran mosaico en la bóveda representando la Coronación de María y, justo debajo, un cuadro con el nacimiento de Jesús; bajo el altar, había un pequeño entrante al que se accedía bajando unos escalones y en el que se guardaba una especie de urna plateada de la que desconozco su simbología, y enfrente una estatua de mármol a tamaño natural de un papa en posición de rezo; por último, a un lado del baldaquino, vimos una columna sola en pie, que seguramente tenía algún significado, pero no sé cuál es, aunque durante el viaje volveríamos a ver algo parecido.
Eran las diez de la mañana y ya acumulábamos unos veinte minutos de retraso, en gran parte debido a la indecisión que tuvimos por culpa de la lluvia. En fin, que salimos a la calle y... ¡El cielo estaba totalmente despejado! No me lo podía creer. En menos de una hora, habíamos pasado de tener que usar el paraguas a comprobar atónitos que en el cielo no se veía ni una nube. Cualquiera diría que había estado lloviendo hasta hace poco, excepto por los delatadores charcos y el asfalto mojado. De esta forma, volvimos a la ruta que estaba planificada, pero antes nos quedaba por ver la columna de la plaza, con la estatua de la Virgen y el Niño Jesús en lo más alto y con una pequeña fuente en su base y la fachada principal de la Basílica, que no daba la impresión de que fuera de un edificio religioso, ya que más bien parecía de un palacio; sobre ella, se levantaba un campanario medieval, el más alto de Roma, con 75 metros de altura.
Luego, rodeamos la Basílica hasta llegar a la fachada trasera, en la Piazza dell'Esquilino, donde vimos el enésimo obelisco de Roma, y no sería el último (yo ya perdí la cuenta); nos hicimos algunas fotos y bajamos Via Cavour hasta la bocana del metro, ya que nuestro siguiente destino se encontraba a más de cinco kilómetros. Tras comprar el billete en las máquinas expendedoras, fuimos al andén y ya empecé a darme cuenta de lo que había leído en Internet: la línea de metro que cruza la ciudad de norte a sur no tiene nada que ver con la que va de este a oeste, ya que está mucho más dejada y más sucia. Los vagones de los convoyes, por ejemplo, eran más viejos que los que usé el primer día para ir a la Piazza di Spagna para reunirnos con Pepe, y, además, estaban llenos de pintadas y graffitis.

10:30
En apenas diez minutos, llegamos a la parada de la Basílica di San Paolo Fuori le Mura, donde se dice que está enterrado el cuerpo del apóstol San Pablo. El templo es una de las cuatro basílicas mayores de Roma, junto a la de San Pietro, Santa Maria Maggiore y San Giovanni in Laterano, siendo, además, la segunda más grande después de la del Vaticano; cabe destacar también que el edificio actual no es el original, ya que éste fue destruido por un incendio a principios del siglo XIX, por lo que la apariencia actual no es la típica que tenemos grabada en la mente de una iglesia o un templo religioso.
Tras ver el campanario, bordeamos el edificio y llegamos a uno de sus laterales, pero, al principio de éste, había una parte que parecía el frontal, con una columnata de entrada y un vestíbulo; la verdad es que la primera impresión que me dio el templo es que era muy básico, algo simplón, pero, como suele pasar, y, ya nos ha pasado varias veces durante el viaje, las apariencias engañan. ¡Qué maravilla! No sé cómo expresarlo, pero me quedé embobado con lo tenía ante mí. Me impresionó tanto que no me atrevo a decidirme entre la Basílica di San Pietro y ésta; la estética de las dos es muy diferente, así que con eso me excuso para no poner a una por encima de la otra.
La de San Paolo destacaba por su luminosidad, conseguida, en gran parte, por la abundancia de mármol blanco y los detalles en tonos dorados, aparte de la iluminación artificial, la justa para no deslumbrar demasiado. El ábside del altar me encantó; era un enorme mosaico que representaba a Jesucristo sentado en el centro, con San Pablo y el evangelista Lucas a la derecha, y con San Pedro y su hermano Andrés a la izquierda, mientras que debajo, en el centro, estaban los instrumentos de la Pasión (la cruz, los clavos y la corona de espinas), con los doce discípulos a su alrededor. Luego me fijé en el artesonado del techo, con formas y escudos dorados sobre fondos en color rojo, verde y azul.
Cuando llegamos, se estaba oficiando una misa multitudinaria, ya que la nave central estaba repleta de gente sentada en los bancos, y sacerdotes habría, por lo menos, cuarenta o cincuenta, sin exagerar, además de un coro. En el altar, también destacaba un órgano y el baldaquino, muy diferente a los que habíamos visto en San Pietro y en Santa Maria Maggiore. Después, pasamos por la naves laterales, en las que se encuentran las estatuas de los apóstoles; desde allí, entre los arcos de las largas columnatas, nos asomamos a la nave central, que destacaba por el techo artesonado y por los mosaicos laterales que mostraban escenas de la vida de San Pablo.
Desde el final de la nave central, la perspectiva del templo era espectacular, con el Arco Triunfal separando el transepto de las naves y el ábside al fondo. Sin palabras. En la nave lateral derecha, estaba expuesta una maqueta de la Basílica partida en dos para que se pudiera pasar por en medio y observar los detalles del interior del templo, fielmente reproducidos. A la altura del Arco Triunfal, estaban las estatuas de San Pedro y San Pablo sobre pedestales delante del altar, cada una de ellas pegada a las columnatas laterales; además, detrás de la de San Pablo, estaba una columna sola similar a la que vimos esa misma mañana en Santa Maria Maggiore.
También nos fijamos en una franja horizontal que recorría todo el perímetro del templo; en ella, se alineaban unos medallones con los retratos de todos los papas que ha habido ordenados cronológicamente. Junto a cada uno de ellos, aparecía el nombre del pontífice y la duración de su pontificado; actualmente, un foco ilumina el medallón de Benedicto XVI. Tras visitar algunas capillas, volvimos al fondo de la nave para salir al atrio por la Puerta Bizantina.
El atrio, de forma cuadrada, estaba formado por cuatro pórticos que sumaban 150 columnas en total; además, estaba cuidadosamente ajardinado con setos y y palmeras. En el centro, se erigía una colosal estatua de San Pablo portando una espada, como símbolo de su muerte por decapitación. En la parte superior del pórtico que linda con el templo, la fachada estaba decorada con un mosaico en el que aparecía Jesucristo entre San Pablo y San Pedro, mientras que debajo estaban representados los profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, y el Cordero Místico, del que manan cuatro ríos (los cuatro evangelios) y al que acuden doce corderos (los doce apóstoles).

11:25
Tras echarle un último vistazo a la Basílica, que bien lo merecía, retomamos la ruta prevista. Ahora tocaba andar un buen trecho, pero, a pesar de mirar en el mapa y ver las señales de las calles allí mismo in situ, no supimos orientarnos correctamente, así que, ante la indecisión, preguntamos al primero que pasó a nuestro lado por dónde se iba al Coliseo, ya que nuestro siguiente destino se encontraba en esa dirección. El hombre que nos lo indicó se quedó sorprendido y nos advirtió de que el Coliseo nos quedaba muy lejos como para ir andando, pero le dijimos que no íbamos allí exactamente, sino a un punto intermedio.
El camino no tenía pérdida, ya que sólo teníamos que andar y andar por la Via Ostiense todo recto para adelante. Por suerte, la lluvia no volvió a hacer acto de presencia en todo el día, pero, por contra, hizo bastante calor, y sobre todo llevando un polo de manga larga como me pasó a mí; menos mal que, en el trayecto, pasamos por dos fuentes donde pudimos refrescarnos y beber agua. El cansancio acumulado de los dos días anteriores empezó a hacer mella y, como bien me dijo Sebas, deberíamos haber cogido el metro para ir hasta nuestro siguiente destino, ya que una de las paradas estaba justo enfrente; en fin, habiendo recorrido ya buena parte del camino, lamentarse servía ya de poco. Casi media hora después de salir de la Basílica di San Paolo, llegamos a la Piazzale Ostiense.
En ella, se encontraba la Pirámide Cestia, de estilo egipcio, aunque por fuera está recubierta de mármol en vez de ladrillo, y con una altura de unos 36 metros; junto a ella, estaba la Porta Ostiense, que también se conoce como Porta San Paolo, y que formaba parte de la antigua muralla Aureliana que rodeaba toda la ciudad. Ahora, tocaba ir a una de las sorpresas del viaje, un lugar de Roma que muy poca gente conoce y que, a pesar de su simpleza, maravilla tanto como cualquier monumento típico como el Coliseo. Tiramos por Via Marmorata, donde paramos un momento para que Pepe comprase en un quiosco un ejemplar del periódico 'La Repubblica', y, a continuación, subimos una empinada cuesta formada por la Via Asinio Pollione y por la Via di Porta Lavernale.
Finalmente, llegamos a la Piazza dei Cavalieri di Malta. En principio, no había indicios de que allí hubiera algo destacable, pero resultaba raro ver una pequeña cola de gente delante de una puerta cerrada. Nos unimos a ella y, cuando llegó nuestro turno, miramos por el ojo de la cerradura: un pasadizo cubierto por árboles y plantas y, al fondo, la cúpula de la Basílica di San Pietro. ¡Quién diría que por un agujerito de una puerta se podría contemplar esa escena! Era lo más parecido a un momento mágico, de cómo desde algo tan pequeño se puede ver algo tan grande. Descansamos unos minutos en un banco que había en la plaza y luego bajamos la colina hasta volver a la Via Marmorata.
Cruzamos el Tíber por el Ponte Sublicio y pasamos por delante de la Porta Portese, un trozo de una antigua muralla de Roma, que está un poco estropeada en comparación con la Porta Ostiense que vimos apenas una hora antes. Estábamos bastante cansados y por delante teníamos una larga y empinada subida a una colina desde la que hay unas grandes vistas de la ciudad, así que, antes de seguir, le pregunté a Jesús, Pepe y Sebas si preferían descartar esa parte de la ruta, pero dijeron que no, que ya que habíamos llegado hasta ahí no íbamos a echarnos para atrás.
Empezamos a subir la cuesta, pasando bastante calor; por suerte, vimos una fuente en la que nos hinchamos a beber agua, que estaba bastante fría y que nos vino de perlas. No estábamos muy seguros de en qué punto nos encontrábamos exactamente, así que le preguntamos a un señor que pasaba por allí por dónde se iba al Gianicolo. No me acuerdo cómo avanzó la conversación, pero este hombre nos empezó a hablar en español y nos dijo que era de Madrid; el hombre estuvo muy amable con nosotros y, además, nos recomendó que tirásemos por un camino diferente al que teníamos previsto, que, aunque era un pelín más largo, tenía cosas que ver de por medio.

13:00
En efecto, en el trayecto pasamos por la Iglesia di San Pietro in Montorio, un convento de franciscanos españoles en Roma y donde tiene su sede la Academia de España en la capital italiana; al entrar en el templo, se estaba celebrando una boda, así que seguimos con nuestro camino. Luego, pasamos por enfrente de una especie de altar dedicado a Roma y, unos metros más arriba, por la Fontana dell'Acqua Paola, también conocida como Il Fontanone, una fuente adosada a un gran pórtico situado en un mirador desde el que ya se podía contemplar toda la ciudad. El último tramo que nos quedaba era la Passeggiata del Gianicolo, un camino en mitad de un frondoso parque adornado con numerosos bustos de personajes italianos.
Por fin llegamos al final de la colina, al Gianicolo. Era una plaza bastante grande presidida en el centro por la estatua ecuestre dedicada a Giuseppe Garibaldi, el líder del Risorgimento italiano; el pedestal tenía mucha carga simbólica, con esculturas de bronce escenificando algunas escenas de la citada época. Desde allí, se podía contemplar toda Roma, una espectacular panorámica que permitía divisar prácticamente todos los monumentos más reseñables, como el Palazzo di Giustizia, la Torre delle Milizie, el Altare alla Patria, la iglesia de Trinità dei Monti, el Panteón, la Basílica di Santa Maria Maggiore, etc. Aprovechamos para descansar allí sentados en el mirador un buen rato, cerca de un cuarto de hora, porque, si ya estábamos cansados de antes, la subida hasta el Gianicolo fue el remate. Pepe se ve que estaba en forma y se fue a la otra punta de la plaza, desde donde se veía también la Basílica di San Pietro y el Castel Sant'Angelo.
Sobre las dos menos cuarto, nos pusimos en pie para seguir conociendo Roma; tiramos de nuevo por la Passeggiata del Gianicolo y, en vez de seguir por donde pasamos antes, cortamos camino por la Via di Porta San Pancrazio, al final de la cual paramos en la fuente donde nos encontramos al señor de Madrid. Yo aproveché para beber agua otra vez y también para mojarme la cabeza, porque hacía mucha calor. A continuación, bajamos por unas escaleras de piedra y recorrimos la Via della Paglia, ya en el conocido barrio del Trastevere; parecía que estuviésemos en otra ciudad, con las calles estrechas, llenas de plantas y flores y un toque medieval que le daba mucho encanto.

14:00
Llegamos a la Piazza di Santa Maria in Trastevere, que toma su nombre de la famosa basílica que se encuentra en ella; había bastante gente en la plaza, sobre todo sentada en la fuente que hay en el centro. El exterior del templo no era gran cosa, ya que el mosaico de la fachada estaba bastante gastado y el pórtico de entrada, junto con las estatuas que tiene encima, un poco sucios; sólo destacaba el campanario, que aparentaba estar muy bien conservado. Pero como nos pasó esta mañana en San Paolo Fuori le Mura, el interior mejoró, y mucho, la primera impresión.
La Basílica di Santa Maria in Trastevere parecía una miniatura de la de Santa Maria Maggiore, aunque no es que fuera especialmente pequeña, sino todo lo contrario. Lo primero que nos llamó la atención fue el artesonado de madera del techo, creando formas geométricas alrededor de frescos y escudos de oro. Las capillas de las naves laterales eran muy variadas, con un crucificado, tumbas de papas, otras dedicadas a la Virgen, etc. El Arco Triunfal, decorado con frescos, separaba las tres naves del transepto, donde el techo también era un artesonado, con una escultura de la Virgen en el centro, mientras que, en uno de los laterales, se encontraba un enorme órgano.
En el altar, estaba el baldaquino, algo más discreto que los de San Pietro, Santa Maria Maggiore y San Paolo, y la columna solitaria, ésta en forma de espiral, de la que desconozco su significado. Lo mejor de la Basílica era, sin duda alguna, su ábside, el cual podéis ver en la imagen. En la parte superior, se representaba la Coronación de la Virgen, y en la central y en la inferior, algunas escenas de su vida, todo ello en forma de mosaico. A los pies del altar, se exponía una conocida iconografía bizantina de la Virgen con el Niño Jesús, que se suele denominar Theotokos.
Ya eran cerca de las dos y media, por lo que tocaba buscar un sitio para almorzar. En mi lista, tenía anotados varios sitios del Trastevere, pero pasamos por un par de ellos y estaban cerrados; en la Via Francesco a Ripa, vimos una mezcla entre bar y restaurante en el que había un menú consistente en dos platos, pan y bebida por 9'50 euros, creo recordar, así que no nos complicamos la vida y elegimos ese sitio; nos atendió un joven que, más o menos, hablaba español, así que no nos costó mucho comunicarnos con él. Sólo se podía elegir entre dos platos del primero y otros dos del segundo; yo me pedí de primero spaghettis al pomodoro y de segundo un filete de cerdo con salsa de pimienta, y mis amigos casi lo mismo que yo.
El primer plato tardaron un poco en traerlo, unos veinte minutos, pero no nos importó mucho, porque, de lo cansados que estábamos, ya nos daba igual unos minutos más que menos; de todas formas, así estaríamos más tiempo sentados y descansando las piernas y, sobre todo, los tobillos, que yo los tenía destrozados. Los spaghettis no eran nada del otro mundo, aunque tampoco estaban malos, pero me esperaba el tomate en salsa y no en trozos, que no me gusta nada. El segundo plato fue una decepción, porque el filete era un filetito, para nada tenía un tamaño aceptable, y la guarnición consistía en una especie de puré de patatas rebozado y un par de patatas fritas de sobre. Los cuatro coincidimos en que lo que habíamos comido no costaba lo que pagamos después, sobre todo si lo comparábamos con cualquier bar del estilo en España donde te pides un plato combinado y te quedas más que satisfecho.

15:45
La hora larga que estuvimos sentados para comer nos vino muy bien para reponer fuerzas, porque todavía quedaba mucha tarde por delante. Nos dirigimos a la Isla Tiberina, que, como su propio nombre indica, se ubica en el río Tíber; es bastante pequeña, ya que sólo tiene una plaza, una iglesia y un palacio que actualmente alberga un hospital como lugares notables. Cruzamos a la otra orilla del río, donde encontramos el edificio de la Sinagoga, ya que en ese barrio estaba ubicado el gueto judío de Roma, y, unos metros más adelante, el Pórtico d'0ttavia, bastante deteriorado, aunque se intuían algunas inscripciones y mosaicos en su fachada; también advertimos que se podía acceder desde allí al Teatro Marcello, que ya visitamos el jueves.
Luego, fuimos a la Piazza Mattei para ver la Fontana delle Tartarughe, pero estaba rodeada de una rejilla metálica, supongo que para restaurarla. Seguimos por la Via dei Falegnami y por la Via dei Giubbonari hasta la Piazza Campo de' Fiori, una de las más concurridas de Roma, sobre todo por la noche, debido a que los jóvenes se suelen reunir en sus numerosos pubs. En la plaza, en torno a la estatua central de Giordano Bruno, también se monta cada día un mercadillo repleto de tenderetes donde poder comprar fruta, carne o pescado; casualmente, estaban empezando a recoger y limpiar todo cuando llegamos. A apenas unos metros de la plaza, estaba la Piazza Farnese, llamada así por el Palazzo Farnese, actual embajada de Francia.
No nos entretuvimos mucho porque ya llevábamos más de media hora de retraso acumulada, por lo que nos fuimos rápidamente por la Via dei Baullari y Corso Vittorio Emanuele II para entrar en la Iglesia di Sant'Andrea della Valle, cuya fachada estaba tapada por unos andamios, y con la que iniciaríamos la que se podría denominar como 'ruta de las iglesias', ya que durante la tarde visitaríamos unas cuantas. Ésta tenía una planta y una estructura similar a las que ya conocíamos de los dos días anteriores, pero se diferenciaba del resto en el predominante tono dorado del interior, mientras que el techo de la nave central, en forma de bóveda de cañón, estaba decorado con varios frescos.
Las capillas laterales eran muy barrocas y contenían muchas esculturas, entre otras, una copia de 'La Piedad' de Miguel Ángel, aunque en mármol negro. Lo más reseñable del templo era la parte del altar, ya que sobre ella estaba una enorme cúpula, la tercera más alta de Roma, con los cuatro evangelistas pintados en cada esquina del crucero; detrás del altar, un profundo ábside con tres gigantes cuadros que representaban los últimos momentos de la vida de San Andrés, al que está dedicada la basílica: la crucifixión, el martirio y la sepultura. Por último, también vimos un gran órgano adosado a la parte interna de la fachada, sobre la puerta de entrada.

17:00
Salimos a la calle y, de camino a nuestro siguiente destino, nos topamos con el Area Sacra, una plaza en la que se conservan numerosos restos arqueológicos del Imperio Romano tales como varios templos de los que sólo se han salvado algunas columnas y muros. A continuación, fuimos a la Iglesia del Gesù, la cual ya habíamos visitado el jueves por la tarde, pero entramos de nuevo porque la otra vez estaba muy apagada debido a que ya iba a cerrar. Los bancos del templo estaban todos ocupados, ya que se iba a celebrar una misa organizada por el grupo religioso 'Gesù al centro', que ya conocíamos del día anterior, cuando nos pararon cerca de la Piazza Navona para informarnos de los actos que iban a llevar a cabo.
Como en la mayoría de las iglesias, el techo de la nave central era una maravilla; en este caso, toda la atención se la llevaba el fresco del Triunfo del Nombre de Jesús, rodeado por varias esculturas de ángeles en la bóveda de cañón. El altar no era demasiado vistoso, si lo comparamos con el resto del templo, pero la cúpula, del mismo estilo que la de Sant'Andrea della Valle, sí se merecía que mirásemos hacia arriba. Después, pasamos por las capillas laterales, diez concretamente, que no podían negar que fueran barrocas por toda la ornamentación que tenían; sin duda, la más expresiva de todas era la Capilla de San Ignacio, donde está la urna que conserva el cuerpo del santo con un grupo escultórico a cada lado y un lienzo encima.
Continuamos con nuestra particular 'ruta de las iglesias' con la Iglesia di Santa Maria in Via Lata, aunque, para llegar allí, tuvimos que sortear el odioso tráfico de Roma, porque los conductores no saben parar en los pasos de cebra. Este templo era mucho más pequeño que en los que acabábamos de estar, no obstante, el interior sí compartía la estética barroca. El artesonado del techo era un poco simple, con ventanas en los muros sustentados por columnas de mármol; el altar alberga el objeto más importante de la iglesia: un icono de la Virgen del siglo XIII, a la que se le atribuyen algunos milagros. Tras contemplar las capillas y el órgano que hay sobre la puerta principal, cruzamos de acera para entrar en la Iglesia di San Marcello al Corso, pero, antes de ello, nos detuvimos un rato justo delante para ver a un hombre que pintaba en unas láminas, utilizando únicamente sprays, algunos moldes y hojas de periódico, unos dibujos un tanto futuristas mezclando planetas con el Coliseo o varias pirámides.
Esta iglesia era más grande que la anterior, aunque un poco menos que la del Gesù, por poner un ejemplo. El techo artesonado creaba formas cuadriculadas en cuyos huecos había insertados elementos en tonos dorados, como varios escudos y una Virgen en el centro. Las capillas se caracterizaban por su variedad, ya que lo mismo encontrabas un monumento fúnebre, que una escultura de una dolorosa o un cuadro de un santo; en el ábside del altar se hallaba un fresco en el que aparecía el papa Marcelo I, al que está dedicada la iglesia.

18:00
Subimos por la Via del Corso y continuamos por una de sus bocacalles, la Via del Carabita, que desembocaba en una pequeña plaza en la que se erigía la Iglesia di Sant'Ignazio di Loyola; su fachada era tan grande que, situándome lo más lejos posible de ella, era incapaz de hacer una foto en la que pudiera salir entera. Si por fuera, sus magnitudes se salían de lo normal, en el interior, pues más de lo mismo. El fresco de la bóveda de cañón era admirable, aunque, con la poca iluminación que había, no se apreciaba bien del todo, al igual que la cúpula, que tampoco se quedaba atrás en espectacularidad. En el ábside, se mostraban mediante cuadros algunos pasajes de la vida de San Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuítas, también representado en una estatua en una de las capillas de las naves laterales. Las dos capillas de las esquinas del crucero eran las más elaboradas, con grandes altares dedicados a San Luis y a la Anunciación de María.
Nos sentamos unos minutos en los bancos de la iglesia para descansar un poco, que falta hacía después de todo lo que habíamos andado durante el día. Luego, fuimos a la Piazza di Pietra, donde hallamos el Templo de Adriano, bueno, más bien lo que queda de él, once columnas de quince metros de altura que actualmente forman parte de la fachada de un edificio; en el escaparate de una tienda de la misma plaza, vimos una maqueta de cómo era el templo allá por el siglo II, cuando se construyó.
Seguidamente, nos dirigimos al Palazzo di Montecitorio, sede de la Cámara de los Diputados; en la plaza en la que se encuentra, también se erigía un obelisco, para variar. Por cierto, en la puerta del palacio había varios carabinieri a los que parece que no les importaba que les fotografiaran, porque me extraña que no se dieran cuenta de ello con la cantidad de turistas que rondaban por allí haciendo fotos; en fin, no eran tan tiquismiquis como el de ayer. A apenas unos pasos de allí, estaba la Piazza Colonna, llamada así por la columna de Marco Aurelio que se levanta en ella, aunque realmente es una estatua de San Pablo la que la corona y no la del emperador romano.
Avanzamos por la Via del Corso unos minutos hasta la Iglesia dei Santi Ambrogio e Carlo al Corso, cuya fachada era un poco diferente de la mayoría de las que habíamos visitado esa tarde; el interior sí mantenía la estructura típica de las iglesias de Roma, pero la tonalidad predominante de las paredes y las columnas era más cálida. Se estaba oficiando una misa, así que no la vimos con mucha profundidad, aunque sí pudimos apreciar la bóveda de cañón de la nave central con un gran fresco centrada en ella, algunas capillas muy recargadas con altares, esculturas y pinturas, y la cúpula, una de las más grandes de la ciudad.
A la espalda de la iglesia, en la Piazza Augusto Imperatore, nos topamos con el Mausoleo de Augusto, un monumento de forma circular que, con el paso del tiempo, se ha ido cubriendo de plantas y árboles, aunque, a pesar de ello, sigue manteniendo casi intacta su estructura original.

19:00
A continuación, fuimos en dirección a la Piazza del Popolo, pero, a mitad de camino, nos detuvimos en la Fontana del Babuino, una de las estatuas parlantes de Roma. Unos minutos después, llegamos a la conocida plaza, la última de las más importantes que nos quedaba por visitar. Estaba llena de gente, principalmente sentada en los escalones del Obelisco Flaminio, que se alza en medio de la plaza, y en los de las iglesias gemelas de Santa Maria dei Miracoli y Santa Maria in Montesanto, donde se cruzan la Via del Babuino, la Via del Corso y la Via di Ripetta.
En los laterales este y oeste, había dos fuentes adosadas al muro que rodea la plaza y presididas por respectivos grupos escultóricos con tintes mitológicos; en uno de ellos, se reconocía fácilmente una escena similar a la de la Fontana di Trevi, con Neptuno y los dos tritones. Justo enfrente de una de las dos fuentes, estaba un imitador de Michael Jackson bailando algunas de sus canciones con bastante público alrededor, aunque no lo imitaba del todo bien. En ese instante, perdí de vista a mis amigos; llamé a uno de ellos pero no me lo cogían, seguramente porque no escucharían el móvil con todo el ruido y el bullicio de la plaza, así que estuve unos minutos solo.
En el extremo norte de la Piazza del Popolo, se encontraba la Basílica di Santa Maria del Popolo, en la que no entré porque ya estaba cerrada, y la Porta Flaminia, con varias inscripciones y estatuas en la parte externa a la plaza. Poco después, me encontré con Pepe, Jesús y Sebas, que también me estaban buscando; mientras ellos veían la Porta Flaminia, yo me quedé esperándoles sentado en la escalinata de la basílica porque estaba fundido, los tobillos casi ni los sentía y cada paso que daba era un doloroso pinchazo en las plantas de los pies.
Reunidos los cuatro de nuevo, nos acercamos al obelisco, donde Pepe había quedado con su amiga Bea, que tenía su piso a muy pocos metros de allí; le vimos en seguida con otras amigas que, como ella, estaban en Roma de Erasmus. Como ya no íbamos a visitar nada más, decidimos dar una vuelta por el centro de la ciudad con Bea y, de paso, buscar un sitio para cenar. Justo cuando nos pusimos en marcha para tirar por la Via del Corso, de la Iglesia di Santa Maria in Montesanto, una de las dos iglesias gemelas de la plaza, salía una procesión con varios sacerdotes y personas portando cirios encendidos, al tiempo que rezaban; quién me iba a decir que vería algo así en Roma a esas alturas de año.
Como vimos que se estaba formando mucha aglomeración de gente y que nos íbamos a quedar en medio de ella, avanzamos rápidamente por la Via del Corso, al final de la cual se veía el Altare della Patria totalmente iluminado; bien se merecía hacer una foto, pero con el objetivo de mi cámara no se podía hacer mucho; nos desviamos por la Piazza Colonna y, tras callejear un poco, llegamos a la Piazza della Rotonda, es decir, donde está el Panteón. En una de las bocacalles, entramos en una pequeña pizzería para tomarnos unas pizzas al taglio; no había mucha variedad, así que casi todos nos pedimos la de jamón, que no estaba nada mal y, además, a buen precio, unos 3'5 euros creo recordar. Si nos las tomábamos en una de las mesas, nos cobraban más, así que las pedimos para llevar y nos fuimos a la plaza para sentarnos en los escalones del obelisco que hay en medio.
¡Qué bien se estaba allí! Temperatura agradable, el Panteón enfrente de nosotros, descansando sentados después de un largo día caminando de un lado para otro... Estuvimos un buen rato charlando con Bea de todo lo que habíamos visto estos días, y se quedó sorprendida de lo bien que habíamos aprovechado el viaje, porque, todo hay que decirlo, en tan poco tiempo no se pueden visitar tantas cosas. Le estuve enseñando algunas de las fotos que había hecho, y coincidió conmigo en que la Basílica di San Paolo Fuori le Mura era uno de los sitios menos famosos de Roma que más le gustaba. También aproveché para borrar algunas fotos, porque, si no lo hacía, no iba a tener suficiente memoria libre para fotografiar los lugares que veríamos el domingo.

21:30
Nos pusimos en pie para comprarnos un helado en una heladería que estaba al lado del Panteón; mientras pensaba de qué me lo iba a tomar, me llamaron mis padres al móvil para preguntarme qué tal me había ido el día y lo que había visto. Tras pedirme el helado (no me acuerdo de qué sabores, pero chocolate o nutella, o los dos, seguro que los elegí), nos dirigimos a la Piazza Navona, donde estaba montado un escenario; era un acto organizado por el grupo religioso 'Gesù al centro', con el que ya nos habíamos cruzado un par de veces durante el viaje.
La mayoría de los integrantes eran jóvenes de unos veinte años; dieron un pequeño concierto de canciones sobre Jesús, contaron experiencias religiosas que habían vivido, etc. Lógicamente, era todo en italiano, pero más o menos se entendía lo que decían. Estuvimos en la plaza cerca de media hora, hasta que decidimos volver al hostal, más que nada porque Pepe tenía que levantarse un poco más temprano al día siguiente para ir al aeropuerto y hacer la maleta para tenerla lista por la mañana, así que, como íbamos a tirar por caminos distintos, nos despedimos de Bea.
No teníamos más remedio que ir andando hasta el hostal porque las paradas de metro nos quedaban muy lejos, pero, a pesar de que estábamos muy cansados, poco importaba teniendo en cuenta que era la última noche en Roma; como ya no teníamos prisa ninguna, nos tomamos con tranquilidad el camino de regreso al hostal, y, en el trayecto, pasamos por la Piazza Venezia, con el imponente Altare della Patria, y por los Foros Imperiales; después, seguimos por Via Cavour hasta la Via Napoleone III, donde estaba nuestro hostal, al que llegamos pasadas las once de la noche.
Lo primero que hice nada más entrar en la habitación fue tumbarme en la cama; estaba molido y sólo tenía ganas de dormir y dormir. Como dije antes, Pepe se puso a hacer su maleta, y yo, pues prácticamente hice lo mismo, porque sabía que por la mañana me daría más pereza ponerme a ello; de todas formas, no la hice del todo, sólo por encima, porque faltaría meter el pijama, las zapatillas y alguna que otra cosa, pero, por lo menos, que estuviera casi hecha. Las alarmas de los móviles las pusimos a la misma hora que los días anteriores, es decir, a las siete y media, aunque Pepe puso la suya a las siete para que le diese tiempo a ir al aeropuerto para volver a Madrid. Y ya tocaba irse a la cama a descansar pensando en que el viaje tocaba a su fin...

2 comentarios:

Andrés dijo...

Como siempre, una crónica superdetallada, menos mal que dejó de llover.

Y qué pena que comieras unos spaguettis que no te gustaran en esa tierra tan típica de la buena pasta.

Un 10 como siempre por la redacción y el trabajo que has hecho.

Rafalillo dijo...

No he dicho que los spaghettis no me gustaran, lo que no me gustaron fueron los tomatitos que le pusieron. Lo que era la pasta estaba normal, pero claro, estando en Italia uno se espera un poco más de calidad... La que me comí el día que me queda por contar es inolvidable :D

Y gracias por los halagos ;)