jueves, 24 de junio de 2010

Viaje a Madrid: día 3

Sábado, 27 de febrero de 2010

9:05
Las alarmas de los móviles sonaron a su hora, unos minutos antes de las nueve, pero racaneamos un poco en la cama antes de levantarnos. A las nueve y media habíamos quedado con unos amigos de Pepe para desayunar y luego entrar en el Congreso de los Diputados, así que nos vestimos rápido, cogimos nuestras cámaras de fotos y, por desgracia, también los paraguas. Las previsiones se estaban cumpliendo: el cielo estaba nublado y amenazaba lluvia. Total, que bajamos a la calle y nos fuimos a coger la línea 3 del metro en Argüelles para bajarnos en Sol sobre las diez menos veinte.
Llegamos tarde al punto de encuentro, que no podía ser otro que el Kilómetro Cero, pero los amigos de Pepe no habían llegado todavía, así que nos tocó esperar. Yo aproveché para hacer unas cuantas fotos por la Puerta del Sol (que, por cierto, estaba casi vacía de gente, todo lo contrario que las dos noches anteriores), y así tener inmortalizados el neón de Tío Pepe, el Madroño, la estatua de Carlos III y el edificio de la Comunidad de Madrid tanto de día como de noche. A las diez, avistamos a Trol, Brotons y Noe, que venían por calle Preciados. Cuando vi a Trol, me sonó un montón su cara y le pregunté "¿Tú has estudiado en Maristas?", a lo que él respondió que sí y que mi cara también le resultaba familiar del colegio. Tras presentarnos, y teniendo en cuenta que las visitas del Congreso empezaban a las diez y media, decidimos dejar el desayuno para luego, así que tiramos por la Carrera de San Jerónimo.
En poco más de cinco minutos, llegamos a la fachada principal del Palacio de las Cortes, que alberga el Congreso de los Diputados y cuyos famosos leones estaban ocultos dentro de unas cajas de madera, supongo que para protegerlos de las obras que estaban teniendo lugar en la calle. Por la reja que hay al lado de la fachada no se veía movimiento de personas ni nada por el estilo, así que bordeamos el edificio para ver si por detrás es donde se accede a la visita. En efecto, allí había ya más de medio centenar de personas, la mayoría jóvenes, esperando a entrar, así que nos pusimos en la cola a esperar.
A las diez y media, entró el primer turno, y, como sólo dejaban pasar a unas cuarenta o cincuenta personas, nos tocó seguir de pie esperando hasta las once aproximadamente, soportando una leve llovizna que me obligó a guardar la cámara para que no se mojara. Nada más entrar, tuvimos que entregar cada uno el DNI y pasar por el arco de seguridad; mientras esperábamos a que todo el grupo entrase, uno de los guías, al verme con la cámara colgada al cuello, se me acercó y me dijo que estaba prohibido hacer fotos dentro del edificio. ¿Por qué? Si cada día entran decenas de cámaras de televisión y graban todo lo que les da la gana. De verdad, hay ciertas restricciones que no me entran en la cabeza.
Primero estuvimos en el pasillo que comunica las distintas salas con el hemiciclo y punto de encuentro y debate entre los parlamentarios cuando se escapan unos minutos (o unas horas) de la sesión del día. A continuación, accedimos al Salón de Conferencias, en el que el guía nos destacó sobre todo la mesa de madera con incrustaciones de bronce y nácar que se encuentra en el centro y que fue un regalo del zar Nicolás I a Isabel II, además de la bóveda y, rodeándola, 28 medallones con los políticos más célebres del siglo XIX. Antes de continuar, fueron llamando nombre por nombre para devolver el DNI y seguir con la visita en el vestíbulo, que da a la puerta de la fachada del Palacio y que está presidida por una estatua de mármol de la reina Isabel II.
Después, pasamos al Escritorio del Reloj, llamado así por el reloj astronómico que en él se encuentra y que señala la hora de veinte ciudades del mundo, la posición del Sol, la Luna y La Tierra, una representación de la bóveda celeste, etc.; en resumen, un señor reloj. La siguiente estancia era la del Escritorio de la Constitución, donde se conserva el ejemplar original de la Carta Magna Española y un cuadro en el que aparecen retratados los Reyes de España. Por último, entramos en el hemiciclo, que, como ya sabía de antemano al haberlo visitado hace unos años, es mucho más pequeño de lo que parece por televisión. El guía nos estuvo explicando todos los detalles del Salón de Sesiones, como el tapiz con el escudo de España que lo preside, las dos estatuas de los Reyes Católicos, los dos cuadros que representan las Cortes medievales y las Cortes de Cádiz, la bóveda con los disparos del Golpe de Estado de 1981 y los escudos de todas las provincias españolas que rodean el hemiciclo. También nos indicó la distribución de los escaños y dónde se sientan los distintos partidos, el público y la prensa. Y si antes no dejaban hacer fotos, aquí ni siquiera podías sentarte en los sillones de los parlamentarios o subir a la Tribuna de Oradores. Al salir, nos dieron a cada uno una guía con información sobre el Congreso de los Diputados.

11:30
Ya en la calle, tuvimos que abrir los paraguas porque estaba chispeando un poco, aunque sólo fueron unos minutos. Ahora tocaba ir a desayunar, así que fuimos en dirección a la Puerta del Sol en busca de un sitio muy popular de Madrid que conocía Pepe para tomar chocolate con churros; tiramos por la calle del Arenal y, en una de sus bocacalles, encontramos la Chocolatería San Ginés. Por la decoración del local, se notaba que era muy tradicional, y la popularidad se notaba en que, a pesar de que era relativamente tarde para desayunar, estaba lleno, así que tuvimos que esperar unos minutos a que hubiera un hueco.
Finalmente, nos sentamos en una mesa que quedó libre en la planta baja, un poco apretaditos eso sí, y pedimos diez churros, cuatro porras y cinco chocolates; como era de esperar, nos sentó mejor que bien. Al salir, nos despedimos de los amigos de Pepe, que iban al Museo Thyssen, aunque a la noche nos volveríamos a reunir en el piso de Trol para cenar y ver el Barcelona-Málaga. Nosotros dos fuimos a la Plaza Mayor, que la teníamos a apenas unos metros; como estaban cayendo algunas gotas y no quería que se me estropease la cámara, hice algunas fotos resguardado en los soportales de la plaza, pero en seguida cesó la llovizna, así que pude ver más de cerca la estatua de Felipe III y las fachadas de la Casa de la Panadería y la Casa de la Carnicería, coronadas ambas con dos torres angulares, tan típicas de Madrid.
De allí, nos fuimos a la Catedral de la Almudena, a la que accedimos por el lateral de la calle Bailén. Justo en la puerta de entrada, colgaba un cartel que rezaba algo como "Se ruega donativo de 1€" encima de una pequeña urna vigilada por un hombre que tenía una cara que decía "Como no aportes nada, no te dejo pasar"; me sorprendió bastante esto, porque, en vez de pedir limosna, más fácil sería cobrar directamente una entrada simbólica de 1€, aunque también he de decir que es la primera vez que me veo obligado a meter la mano en el bolsillo para entrar en un templo.
Tras pasar por 'caja', iniciamos la visita al interior de la Catedral por el altar mayor, el cual rodeamos y en el que debo destacar el impresionante Cristo crucificado de Juan de Mesa que lo preside (cómo me gustan los crucificados, a pesar de la escena que representan); después, subimos las escaleras del altar de la Virgen de la Almudena, patrona de la capital de España, que se encuentra en el extremo derecho del crucero. Me detuve en la intersección entre el crucero y la nave central para contemplar las vidrieras y la decoración pictórica, que destacaba por su colorido (a mí, personalmente, no me gustó mucho), la cúpula y el órgano que se encuentra sobre la puerta principal del templo, además de reconocer el marcado estilo gótico que tanto me fascina. Para terminar con la visita, recorrimos las capillas laterales de la nave central, dedicadas especialmente a santos españoles, como Santa María Josefa del Corazón de Jesús, San Josemaría Escrivá de Balaguer o Santa Maravillas de Jesús.

13:10
Salimos a la calle y comprobamos que el cielo empezaba a abrirse, es más, si no llega a ser porque el suelo estaba encharcado, nadie diría que el día había amanecido lluvioso. Nos dirigimos a la entrada del Palacio Real, pero había una cola considerable, así que me colé para acercarme a la taquilla y preguntar cuánto tiempo dura la visita; me dijeron que sobre una hora u hora y media, así que, tras hablarlo con Pepe, decidimos dejarlo para después de comer. Aprovechamos pues para hacernos algunas fotos junto al palacio ahora que no estaba lloviendo y para pasear por los alrededores.
Entramos en los Jardines de Sabatini, desde cuyo estanque, decorado por varias esculturas, obtenemos una bella postal de la fachada norte del Palacio Real. Luego, estuvimos por la Plaza de Oriente viendo las estatuas de algunos reyes españoles, concretamente los que limitan con los Jardines del Cabo Noval, entre otros Ramiro I de Aragón, Fernán González o Wilfredo el Velloso, además del Teatro Real, con su peculiar forma hexagonal. Como el cielo comenzaba a nublarse de nuevo, buscamos un sitio para comer, y apenas nos costó decidirnos, ya que en la calle Felipe V, una de las que bordean el Teatro Real, encontramos un 100 Montaditos que anunciaba una promoción que Pepe no quería dejar escapar: "Montaditos de tortilla y cañas a 0'60€".
Si fácil fue elegir dónde comer, más lo fue coger sitio, porque sólo había tres o cuatro mesas ocupadas, aunque era lógico teniendo en cuenta que apenas eran las dos de la tarde. Pepe se pidió una caña y cinco montaditos, casi todos de tortilla para amortizar la oferta, mientras que yo me decanté por una Cocacola bien fresquita (qué bien sienta aunque sea en invierno) y cuatro montaditos: uno de jamón ibérico, uno de jamón serrano y queso, uno de chorizo a la sidra y otro de tortilla con alioli. Mientras disfrutábamos del almuerzo, me fijé en la decoración del local, con varias imágenes de algunos de los enclaves más carismáticos de Madrid pero de principios de siglo XX diría yo; lógicamente, aunque prácticamente todos eran reconocibles, alguno que otro ha experimentado cambios más que notables.

14:35
Pepe es de los que no perdonan el café después de comer, así que al salir de los 100 Montaditos nos acercamos al McDonald's de la calle del Arenal para pedirse uno para llevar y tomárselo en el corto trayecto hasta el Palacio Real. A las tres de la tarde que eran, la cola era considerablemente más pequeña y en unos cinco minutos ya habíamos adquirido nuestra correspondiente entrada a 3'5€ (descuento de estudiante, es de lo poco bueno que tiene estudiar). Ahora tocaba pasar por el arco de seguridad y, justo cuando estaba dejando en la bandeja la cartera, la cámara y el móvil, me llamaban mis padres (¡qué casualidad!), así que les dije que me volvieran a llamar unos minutos más tarde que estaba un poco ocupado. Y más ocupado que iba a estar... Paso por el arco y pita; paso de nuevo y pita; me cachean, vuelvo a pasar y vuelve a pitar el arco. Ya estaba sin chaquetón, sin zapatos, y lo siguiente era desnudarme, así que entre que ya se estaba formando una cola y que les dije "Mira, que no estoy escondiendo ninguna bomba ni nada", los vigilantes me dejaron pasar sin más.
Nada más entrar, nos topamos con la tienda, en la que no nos detuvimos, así que salimos directamente a la Plaza de la Armería, desde la que se pueden contemplar las fachadas principales tanto de la Catedral de la Almudena como del propio Palacio Real; como estaba lloviendo (el día se abría, se nublaba de nuevo...), nos metimos bajo los arcos que rodean la plaza. Allí, resguardados del agua que caía, estaba Pepe preparado para hacerme una foto cuando de repente... ¡Bruuuummmmm! ¡Vaya trueno que sonó! Daba la impresión de que el edificio se venía abajo, fue una bestialidad; Pepe me hizo la foto justamente en el instante en el que mi cara dibujaba una expresión de sorpresa e incredulidad por el estruendo que acababa de sacudirnos (algo se intuye en la foto).
A salvo ya de la lluvia en el Palacio propiamente dicho, iniciamos la visita subiendo al primer piso por la Escalera principal, donde ya me encontré la primera señal que me advertía de que estaba prohibido hacer fotos. Seguimos el camino que nos indicaban las flechas y comenzamos por el Salón de Alabarderos y el de las Columnas, lugar este último donde, entre otros momentos destacados, se estableció la capilla ardiente de Franco y se firmó el Acta de Adhesión de España a la Comunidad Europea; precisamente allí, mis padres volvieron a llamarme, aunque duró poco la conversación porque tenía que hablar bajo para no molestar. Justo después, pasamos al Salón de Trono, posiblemente lo más conocido del Palacio por las veces que sale en televisión cuando los Reyes reciben a personalidades invitadas; el salón destacaba por las paredes tapizadas en terciopelo rojo y por el fresco de la bóveda pintado por Tiepolo y que representa "La Grandeza de la Monarquía Española".
Las siguientes estancias se correspondían a salas y habitaciones de los reyes Carlos III y Carlos IV, muy lujosas y recargadas, con grandes lámparas, cuadros, tapices, muebles, etc.; a partir de aquí, seguimos al compás de una guía que le explicaba en inglés a una pareja de turistas lo que se iban encontrando para enterarnos de algo. Me llamó la atención en especial una de estas salas, el Gabinete de Porcelana, que, como su propio nombre indica, está totalmente cubierto de dicho material, tanto las paredes como el techo. Por cierto, que en cada sala había un vigilante, y algunos más paseando por ellas, pendientes de, entre otras cosas, que nadie hiciera fotos, por lo que mi tentación se reducía al mínimo; vuelvo a decirlo, no entiendo esa manía de prohibir hacer fotos en tantos sitios.
Después, entramos en el Comedor de Gala, un extenso salón con una gran mesa de ochenta metros de largo y, cómo no, profusamente decorado y engalanado; de las últimas estancias que formaban parte de la visita, me gustó mucho una en la que se exponía una pequeña colección de Stradivarius Palatinos. Poco después de las cuatro, ya estábamos bajando la Escalera principal para salir de nuevo a la Plaza de la Armería; nos acercamos al lateral oeste para asomarnos y contemplar el 'trocito' de Madrid que se ve desde allí. Aprovechamos que la lluvia dejó de caer para hacernos algunas fotos con el Palacio Real detrás, que antes al entrar no pudimos. Antes de irnos, nos dimos cuenta de que, en la esquina suroeste de la plaza, había una puerta por la entraba y salía gente; era la Real Armería, una gran sala con varias piezas y armaduras, una de las cuales pertenecía a Carlos V y con la que fue retratado en el famoso cuadro de Tiziano 'El emperador Carlos V a caballo, en Mühlberg' que vimos precisamente el día anterior en el Museo del Prado.

16:30
Volvimos a la tienda para hacer el camino inverso de la entrada y salir a calle Bailén. Vimos las estatuas de los reyes españoles que limitan con los Jardines de Lepanto y que no habíamos visto por la mañana en la Plaza de Oriente, como las de Ataulfo, Eurico, Leovigildo o Alfonso II, y me detuve un buen rato con el Monumento a Felipe IV para hacerle varias fotos aprovechando que el cielo se estaba despejando. Hay mucho que destacar de este conjunto, empezando por la estatua ecuestre, que se mantiene únicamente sobre las dos patas traseras del caballo, siguiendo por el pedestal y terminando con las dos fuentes y los cuatro leones de bronce que se encuentran en la base. Me quedé tanto tiempo fotografiando la estatua que perdí de vista a Pepe, al que finalmente encontré a pocos metros en los Jardines del Cabo Noval; nos sentamos unos minutos para descansar en un banco frente al monumento erigido en memoria del cabo Luis Noval, que da nombre a los jardines.
A las cinco, nos pusimos en marcha de nuevo y cruzamos al Monasterio de la Encarnación para entrar en ella, pero había que pagar y daba la impresión de que iba a ser un poco larga la visita, así que pasamos de largo y seguimos avanzando hasta el Senado, en cuya fachada ondean las banderas de todas las Comunidades Autónomas; delante, en una pequeña plaza, vimos el Monumento a Cánovas del Castillo, con un pedestal bastante alto y con varias figuras alegóricas. A continuación, estuvimos en la Plaza de España, mucho más concurrida que la otra noche cuando apenas había gente; el Monumento a Miguel de Cervantes estaba repleto de jóvenes y turistas haciéndose fotos, al igual que hicimos nosotros, aunque yo también aproveché para hacer algunas con el reflejo del estanque que está a los pies de las estatuas de Don Quijote y Sancho Panza, y, en la fuente que está adosada en la parte trasera, con un poco de tiempo de exposición para lograr el efecto espumoso del agua que tan bien queda.
Cruzamos al comienzo de la calle Ferraz para ver el Monumento al Pueblo del 2 de Mayo, que se erige en medio de un pequeño jardín que conecta con el Parque de la Montaña, en el que se encuentra el Templo de Debod. Tenía mucha ilusión por ver esta construcción, sobre todo de noche cuando está iluminado, pero no eran ni las seis de la tarde si quiera y todavía había luz solar, aunque no mucha porque el cielo se estaba nublando otra vez; de todas formas, me gustó bastante, más que nada porque la arquitectura egipcia me resulta muy llamativa (algún día tendré que ver las pirámides...), pero eso sí, no me iría de Madrid sin verlo iluminado. Al final del estanque en el que está el Templo de Debod, nos asomamos a un pequeño mirador desde el que se divisan el Palacio Real y la Catedral de la Almudena, y no dudé en hacerme una foto como la que ilustra estas líneas.
Ya eran las seis de la tarde y empezaba a notar el cansancio de estar todo el día en la calle de un lado para otro, pero Pepe quería recorrer todo el Parque del Oeste; yo le decía que por mi parte nos íbamos para el piso, que la noche iba a ser larga, pero él insistió, así que iniciamos el camino a través de la boscosidad y la frondosidad de este parque. Andábamos y andábamos, casi siempre cuesta abajo y por unos senderos algo resbaladizos y fangosos por culpa de la lluvia; al cuarto de hora, cuando ya me llevaba unos metros de ventaja, le grité "¡Pepe! ¿Adónde me llevas?", a lo que me respondió "Tranquilo, que ya estamos llegando". No mintió demasiado, porque, a los cinco minutos, llegamos a un pequeño puente sobre las vías de los cercanías desde el que se ven tanto el Palacio Real y la Almudena, igual que antes en el Templo de Debod; "Pepe, esta vista la acabamos de ver hace nada, ¿eh?". Yo necesitaba descansar unos minutos, así que me senté en un banco de madera que había al lado del puente pensando "Si no llevo ni diez horas en la calle y estoy tan cansado, ¿cómo puedo aguantar viendo procesiones seis días seguidos en Semana Santa a más de diez horas cada día?".
Tras el necesario descanso que pedían mis pies, reanudamos el camino. En poco tiempo, desembocamos por fin en una calle asfaltada, en el Paseo de Ruperto Chapí, donde vimos un monumento levantado en memoria del poeta Miguel Hernández, justo cuando empezó a chispear lo suficiente como para tener que abrir los paraguas. Seguimos calle arriba hasta llegar al Arco de la Victoria, un monumento que mandó construir Franco para conmemorar su victoria en la Guerra Civil; como estaba lloviendo, Pepe hizo de techo con su paraguas para que pudiera hacer algunas fotos sin que se mojara mi cámara.
Por fin, iniciamos el camino de regreso al piso, porque tenía unas ganas enormes de sentarme en el sofá. Bajamos el tramo de calle Princesa en el que se halla el Cuartel General del Ejército del Aire para girar por Meléndez Valdés, donde ya cerramos los paraguas porque empezaba a abrir de nuevo el día (como veis, las predicciones no se cumplieron del todo, por suerte). Íbamos caminando sin prisas, con tranquilidad, que bastantes kilómetros nos habíamos pateado de Madrid; nos desviamos por la calle Andrés Mellado y luego por Rodríguez San Pedro, donde Pepe me enseñó el piso en el que vivía el curso pasado, muy cerquita del actual, que está a unos 200 metros.

19:15
Como dije antes, nada más llegar al piso solté la mochila de la cámara, me quité el chaquetón y al sofá, ¡qué bien me vino!; el silencio era total en el piso, aunque Diego y Carlos estaban en sus respectivas habitaciones, estudiando se supone. Pepe cogió el portátil y se puso en la mesa del salón a hacer un trabajo de una asignatura de la carrera, mientras que yo encendí la tele, donde nos enteramos del terremoto que había sacudido a Chile apenas unas horas antes. Además de cansancio, también tenía un poco de hambre, así que me acerqué a la cocina para coger un paquete de galletas de la despensa de mi amigo y comer unas cuantas recostado en el sofá. Estaba en la gloria.
Sobre las ocho, Pepe fue a su habitación a echarse un rato hasta que después nos fuéramos a casa de Trol, así que ocupé su sitio para navegar un poco por Internet: algunos correos pendientes en la bandeja de entrada, un repaso a los comentarios recibidos en el blog, un vistazo al Marca para ver cómo va la jornada, actualidad cofrade para estar al tanto de los actos que se celebran en estos días y, sobre todo, el Reader atorado de posts, entradas y noticias por leer. Y así me tiré como una hora, hasta las nueve y cuarto aproximadamente, cuando Pepe ya se levantó, así que apagué el ordenador y me cambié de ropa: la camiseta del Málaga para ver el partido y una camisa para salir después de cenar.
A las nueve y media, bajamos a la calle para ir andando hasta el piso de Trol, que está por Príncipe Pío, a unos veinte minutos. No cogimos los paraguas confiando en que no fuera a llover, como así sería, pero nos hubiera venido bien... No se me ocurre nada para protegerse de un viento que se iba haciendo cada vez más y más fuerte. Cuando íbamos por la calle San Leonardo, ya era un vendaval que nos impedía dar un paso adelante y que levantaba todo lo que había en el suelo, incluso movía los contenedores. A duras penas, nos metimos en el cajero de la sucursal de Banesto que hace esquina con calle Princesa, que estaba cortada al tráfico porque había peligro de que se desprendiera alguno de los adornos carnavalescos que estaban colgados sobre la vía; allí, esperando a que amainase un poco el viento, vi pasar a Ramón Arangüena con una mujer, su novia o su esposa supongo.
Estábamos a apenas seis o siete minutos del piso de Trol, pero era peligroso ir hasta allí andando con el vendaval que hacía, así que no nos quedaba otra que coger el metro en Plaza de España: línea 3 hasta Argüelles y trasbordo con la 6 para bajarnos en Príncipe Pío. Total, que tras darnos un paseo por el subsuelo, llegamos al piso de Trol a las diez, justamente cuando comenzaba el Barcelona-Málaga. Estaban también Noe y Brotons, además de Jorge (Morla para los amigos), al que me presentaron; él iba con el Barça, por lo que se respiraría rivalidad entre nosotros. Lo malo es que la tele se veía regular por culpa del viento, así que casi siempre se veía la imagen entrecortada y pixelada. El comienzo del partido prometía para el Málaga, con un remate de Duda que salvó Valdés en la línea y una mano de Alves dentro del área que no pitó el árbitro, pero, a partir de ahí, monólogo de ocasiones del Barça y a sufrir. Al menos, se fueron a los vestuarios con 0-0, que no era poco.
Aprovechamos el descanso para empezar a cenar: ensalada y filetes en salsa. Pepe ya me había advertido que Trol se sentía a gusto entre fogones, y no se equivocaba, porque todo estaba bastante bueno. Cuando volvimos al partido, aún seguía empatado, y la verdad es que no me lo creía, pero poco duró la resistencia cuando marcó Pedro desde fuera del área. "Por lo menos, hemos plantado cara al mejor equipo del mundo", pensaba yo por entonces, pero llegó el milagro y Valdo restableció el empate en el marcador tras batir a Valdés a falta de diez minutos para el final. No sólo lo celebré yo, sino también los vecinos, que eran madridistas y estaban la mar de contentos, pero de la alegría se pasó a la decepción en sólo tres minutos, los que tardó Messi en poner de nuevo al Barcelona por delante. Y final, 2-1 para el Barça.


Domingo, 28 de febrero de 2010

0:00
Después del partido, nos quedamos en el salón los seis charlando y pensando el plan para luego, que consistiría finalmente en ir a Malasaña y tomarnos algo en algún bar y luego entrar en alguna discoteca. Sobre la una y cuarto, decidimos irnos ya, porque teníamos que coger el metro y el último pasaba sobre esa hora, y perderlo no nos haría mucha gracia. Jorge decidió irse a su piso, por lo que Trol, Noe, Brotons, Pepe y yo nos fuimos a Príncipe Pío para tomar la línea 10 y bajarnos en la parada de Tribunal. El ambiente que había en la calle era indescriptible, repleto de jóvenes que iban de un lado para otro, sobre todo a la Pachá, que tenía una cola considerable.
Nosotros buscábamos algo más suave para empezar la noche, así que callejeamos unos minutos por la zona hasta que nos decantamos por un bar cuyo nombre me resultó cuanto menos curioso: "Y ahora qué". Nos fuimos al fondo del pasillo del bar, donde había menos gente y la música te dejaba hablar con el de al lado. Como de costumbre, yo me pedí una Cocacola (2'5€, un poco de clavada), y los demás, una cerveza. Allí estuvimos alrededor de una hora, hasta las tres más o menos, cuando decidimos irnos al centro.
Tiramos por Fuencarral hacia abajo para seguir por Montera, donde me quedé alucinado con la cantidad de prostitutas que había rondando por esta calle, y antes, terminando Fuencarral, también había alguna que otra. No veías dos portales seguidos sin una mujer en busca de 'negocio' o, directamente, que se echaran encima de los hombres que pasaban por allí. Había escuchado y leído muchas veces acerca del tema de la prostitución en las calles céntricas de Madrid, pero ni por asomo me imaginé que fuera tan notorio.
Los amigos de Pepe tenían pensado entrar en una discoteca que conocían cerca de la Puerta del Sol, pero, cuando llegamos, vimos que había bastante cola y que, además, ni si quiera avanzaba; ante esa situación, dado que no merecía la pena quedarse a esperar, peinamos la zona en busca de otra discoteca. En la calle Echegaray, pasamos por delante de una llamada 'La boca del lobo' que pedía 8€ por entrar con una copa incluida, pero el problema era que a mí no me gusta el alcohol y no estaba dispuesto a tirar el dinero, por lo que hablamos con el portero para ver si era posible cambiar mi copa por dos Cocacolas; él en principio no daba problemas, aunque con quien realmente tendríamos que negociar sería con la chica de la barra.
Pues nada, pasamos por 'caja' (el bolsillo del portero) y entramos en la discoteca, ruidosa y calurosa como todas (yo es que no soy nada discotequero). Nos pillamos un hueco en una de las salas y momento de negociación: no hubo peros por parte de la chica. Cada uno con su copa y yo más contento que nadie con mi par de Cocacolas (primero una y después otra, no penséis que tenía un vaso en cada mano). La música, en general, regular para mi gusto salvo alguna canción suelta, así que por mi parte hubo poco bailoteo (no es lo mío y no estoy interesado en aprender), todo lo contrario que Noe por ejemplo, que, como a todas las mujeres, le gusta mucho mover el esqueleto cuando suena la música.
En el tiempo que estuvimos en la discoteca, hubo tiempo para todo: un ligón que sacaba a bailar a todas las mujeres que se le ponían por delante, vasos que se caían al suelo dejándolo pegajoso, la cervecita para terminar que nunca perdona Pepe y, para rematar, Trol que se hace amigo de un guiri. A las cinco, decidimos irnos, justo cuando empezaban a desalojar la discoteca; tras despedirnos de Noe, Brotons y Trol en la Puerta del Sol, entramos en el intercambiador de Sol para volver al piso en metro, pero el vigilante de seguridad nos dijo que hasta las seis no pasaba el primero. Como eran las cinco y cuarto, optamos por ir andando, ya que, al fin y al cabo, llegaríamos incluso antes a pie.
A paso de tortuga (bueno, no tanto, pero sí despacito), cogimos por Preciados, Callao, Gran Vía y San Bernardo, que costó un poco más porque la calle está ligeramente empinada hacia arriba; en la Glorieta Ruiz Jiménez, giramos a la izquierda por Alberto Aguilera, luego por calle Vallehermoso y, por último, por Emilio Carrere. Por fin en el piso. Hicimos el menor ruido posible para no despertar a Carlos y Diego y nos acostamos, que el cuerpo no daba para más. Pepe no puso ninguna alarma en su móvil, pero yo me lo puse para la una y media, que no me gusta levantarme muy tarde, aunque esa hora lo es ya de por sí para empezar el día. El domingo también estaba previsto que lloviera con una probabilidad del 100%; en la próxima entrada, os desvelaré si me mojé o no.

6 comentarios:

Cendrero dijo...

Qué día más completo, ¡eso sí que es hacer turismo en una ciudad!

La verdad es que Madrid está llena de cosas interesantes por ver, creo que no tiene desperdicio. Desde monumentos a museos, pasando por los edificios históricos y construcciones reales.

Ah! Yo también he comido en el bar de "100 montaditos", es bastante gracioso y tiene una buena relación calidad/precio. Mi amor se presentó en forma de jamón y salchichas (o algo así, una de esas combinaciones) :D

En fin, muy bien narrada la historia de tu viaje, no se me ha hecho nada pesada. ¡Nos vemos!

Andrés dijo...

¿Vaya suerte tienes con fotografiar en recintos eh? igualitico que en Roma XD.

Y no pongas esas fotos de chocolate con porras porque... yummy yummy.

Como siempre, un placer leer una crónica de viaje tan detallada.

Saludos.

David dijo...

No veas si comento tarde :P

Un día de lo más completo, pero si me permites una opinión yo hubiera puesto un salto para que no se prolongara la noticia tanto.

Ey pero que solo es una opinión sin maldad.

Rafalillo dijo...

Cendrero: yo cuando viajo, aprovecho los días al máximo :D
100 Montaditos hay en muchos sitios, en Valencia también comí allí un día. La idea es bastante buena, pero ahora se han puesto un poco careros.

Andrés: pues sí, el viaje de Madrid ha sido poco productivo a la hora de hacer fotos en ciertos sitios (Palacio Real, Museo del Prado y Congreso).
Jaja qué buenos estaban los churros ;)

David: antes de nada, eres Abolafia, no? Es que acabo de verte como nuevo seguidor del blog. Bienvenido de nuevo ;)
A qué te refieres con lo del salto? Con poner algo como 'Seguir leyendo' que enlace a toda la entrada en vez de mostrarla entera? No sé, de momento seguiré haciéndolo así; sé que es bastante largo, pero bueno...
Las opiniones siempre son bienvenidas ;)

Gracias a los tres por vuestros comentarios ;)

Roberto dijo...

Hola. Espero que no te moleste, he tomado prestada tu foto del típico desayuno madrileño para ilustrar una entrada de mi blog: 'La porra de los Goya 2014'. :P
Por supuesto, si no te parece bien la quitaré al momento.
Un saludo.

www.enproyeccion.wordpress.com

Rafalillo dijo...

Hola, Roberto.

Por supuesto que no me molesta, sobre todo teniendo en cuenta que me enlazas como autor de la fotografía, así que no te preocupes por nada.

Por cierto, ya aprovecho para preguntarte cómo has llegado hasta mi blog, porque supongo que habrás buscado en Google 'churros y porras con chocolate' o algo por el estilo, pero que hayas elegido mi foto y no otra me resulta curioso. En fin, por mí encantado :D

Saludos y suerte con la porra ;)